La teoría actual




Nosotros no hemos afirmado que los economistas no tengan conciencia del papel de la consumición como elemento del proceso económico nacional, pero con una reserva: sus declaraciones al respecto revelan que un carácter casi exclusivamente formal. Esto nos lleva a preguntarnos ahora sobre la naturaleza y la extensión de nuestros conocimientos actuales sobre la consumición.

a) Se refieren principalmente a la elaboración de conceptos, lo que se traduce en un mosaico variopinto de definiciones de consumición (8).

La divergencia en la terminológica de base es sintomática del carácter deductivo y especulativo de la teoría de la consumición y de la falta de datos suficientes. Justifica al mismo tiempo esta observación de Eucken: “Se empieza por cuestionar los conceptos y no las relaciones entre los hechos. Así, desde el principio, el trabajo científico está mal orientado... Si se parte de definir el concepto “economía” antes de encuestar los hechos, cualquier fundamentación será defectuosa” (9)

Sin intención de alargar la lista de definiciones, nos conformamos con presentar rápidamente las principales características de la consumición. También en este campo, partiremos del lenguaje de todos los días, que asocia a la idea de “consumición” las de utilización y destrucción, sobre todo de productos fabricados. Se trata, por tanto, de una consumición efectuada por seres humanos, de una consumición individual, que se presenta bajo un doble aspecto:

A.- En tanto que satisfacción de una necesidad, considerando este término como el sentimiento de frustración, procurando o aumentando la sensación de placer, pero eventualmente también de displacer o de sufrimiento (cuando se come más allá de la saciedad, se lleva una vestimenta que no nos gusta, se escucha una música que nos parece molesta o incluso nos contrariamos por la degradación de un paisaje turístico)

Se trata aquí de apreciar el valor de uso de los bienes y servicios consumidos, es decir, su actitud para satisfacer necesidades humanas. También del proceso técnico de la consumición de bienes, por ejemplo, del aplacamiento de la sed bebiendo uno o varios vasos de cerveza, de un viaje en ferrocarril a la Jungfraujoch, de la satisfacción de necesidades culturales por la frecuentación de un espectáculo teatral o de un concierto. En todos los casos, se trata de comprobar por experiencia personal el valor de un bien o de un servicio capaz de suscitar emociones, desde las más vulgares hasta las más sublimes. Bücher (9a), que aportó, con su teoría de las satisfacciones económicas, una prueba apreciada y de gran peso para los seguidores en la escuela histórica, habla de “consumición de placeres” y afirma que la teoría de la consumición no debería salir de esta marco. De ello se desprende que esta teoría abre igualmente perspectivas sobre sectores extraeconómicos y que pueden salir, por ejemplo, de la tecnología, de las artes o de otros campos.

B.- En tanto que fenómeno puramente económico, la consumición individual se presenta bajo el aspecto del valor de cambio de bienes y servicios consumidos. Aquí , el elemento esencial está constituido por la degradación del valor de cambio, tanto desde el punto de vista individual como desde el punto de vista de la economía nacional, porque, al contrario de lo que ocurre con el consumo productivo, que será tratado más adelante, en la consumición individual no hay creación de nuevos valores de cambio.

Visto desde este ángulo, la consumición individual se resume así: los seres humanos consumen bienes y servicios para sí mismos. Esta interpretación coincide en esencia con la definición dada por Oldenberg (10): “Consumición es la satisfacción de necesidades humanas por medio económicos”. La satisfacción de necesidades representa, por tanto, según la lógica formal, el genus proximum y los medios económicos utilizados para tal fin, la diferencia específica. La satisfacción de necesidades humanas por medios no económicos, como por ejemplo la consecución de aspiraciones religiosas por medio de un sacerdote, no se considera consumición si los fieles no aportan algún óbolo por el uso de las instalaciones sacerdotales y por recibir servicios del sacerdote para cubrir dichas aspiraciones.

Hemos conseguido también establecer al mimo tiempo una nueva y doble delimitación en lo que concierne al objeto y a la duración de la consumición. En principio no es imprescindible que los medios utilizados sean destruidos por el acto de consumición y que desaparezcan con él. Un bien puede desaparecer por consumición pero también puede ser consumido por medio de actos repetidos, es decir, de un modo continuado. El acto de beber y el uso de un edificio para reuniones son dos casos extremos. Por otro lado, el objeto de consumición pueden ser bienes concretos y servicios. Así, por ejemplo, el trabajo del hotelero y de sus empleados se consume como la comida que se sirve a los clientes o las instalaciones que se ponen a su disposición. Mayer (11) defiende, sin embargo, la concepción opuesta y rehúsa considerar a los servicios como objeto de consumición, que son utilizados, no consumidos. A esto se puede objetar, en principio, diciendo que existen, además de servicios, bienes de consumición que sirven no una sino muchas veces, es decir, casi indefinidamente, y que, por consiguiente, la destrucción se retrasa en el tiempo. Pero hay también un argumento práctico a favor de nuestra tesis, a saber: la prestación de servicios se asemeja por su propia naturaleza a bienes de consumición ya que es una prestación de servicios lo que permite que, a fin de cuentas, los bienes resulten accesibles (al consumidor). No es posible comer en un restaurante sin la colaboración simultánea de los camareros, cuyos servicios forman, en consecuencia, parte integrante del acto de consumición, ya que no pueden ser disociados uno de otro.

a) En la doctrina actual, las relaciones entre consumición y producción, explicadas dialécticamente de un modo extraño, ocupan un lugar especial. Si la delimitación de ambas nociones ofrece tantas dificultades es porque la producción no puede, en sí misma, realizarse más que a través de la consumición de bienes, es decir, por la utilización y la destrucción de materias primas o de accesorios y por el empleo de la mano de obra necesaria en el proceso de producción. Es decir, que la producción es consumición ; pero la consumición no sirve, en este caso, para fines productivos, es decir, para producir nuevos objetos por medio de la explotación y transformación de las materias previamente disponibles.

La consumición de bienes y servicios en el proceso de producción es reproductiva o técnica: se distingue de esta forma de la utilización del producto por el consumidor final. Si bebo leche lo hago a título individual, para mí mismo. Pero si me sirvo de ella para fabricar mantequilla, la utilizo de un modo productivo. Un ejemplo más: la consumición de una cierta cantidad de energía eléctrica por las máquinas de una empresa, digamos que para soldar las piezas de una locomotora, es reproductiva o técnica, mientras que la utilización de la misma cantidad de energía para iluminación y para cocinar por parte de un determinado número de familias es consumición por estar al servicio del utilizador final, es decir, en el pleno sentido que le damos aquí. “La producción crea los bienes que son el correlato de las necesidades, la distribución los reparte según leyes sociales … para que sean consumidos, el producto se desliga de este proceso social y transforma en un objeto cuya finalidad es la satisfacción de una necesidad concreta”.

Marx, a quién pertenece esta frase, expuso, por así decir, de paso, en un anexo poco conocido de su “ Crítica de la economía política”(12) las relaciones que existen entre producción y consumición. Lo que Marx dijo sobre la cuestión se aleja de lo que sostiene la mayor parte de los economistas. Marx no solo considera que la producción está condicionada por la consumición, en sentido técnico y reproductivo, o, según su expresión, productivo, sino que considera que lo contrario también es verdad: La consumición engendra la producción en el sentido de que la consumición crea y mantiene el trabajo humano como factor de producción. “Es evidente que por la alimentación, que es una forma de consumición, el hombre produce su propio cuerpo. Pero esto vale para cualquier consumición ya que, de una manera o de otra, (siempre) reporta alguna forma de beneficio al hombre”. Por ello Marx habla en estos casos de producción consumible.

Por consiguiente, la producción es consumo como la consumición es producción. Cada una es, al mismo tiempo, ella y su contrario. Entre ambas tiene lugar simultáneamente un cambio y un equilibrio. “La producción hace posible la consumición porque crea el soporte material sin el que ésta última quedaría privada de finalidad (objeto). Pero la consumición, a su vez, hace posible la producción al darle una finalidad, es decir, creando su sujeto, sin el cual no habría necesidad de productos”(13)

La identidad entre producción y consumición elimina escrúpulos, de los que no participamos, de cara a la integración de los servicios en la noción de consumición (14). En la medida en que servicios como el trabajo del personal de un hotel constituyen una actividad productiva, creadora de valor y generadora de ingresos, muchos autores sostienen que no debe ser considerado al mismo tiempo como objeto de consumición.

La doble naturaleza de la consumición y la producción, su equivalencia, permite esta interpretación y, según la fórmula de Vershofen (15), “considerar idénticas la producción de servicios y su utilización”.

En lo sucesivo, haremos abstracción del consumo productivo y por consumición entenderemos, al contrario que Marx, únicamente la consumición individual. Siguiendo nuestro ejemplo, no consideraremos como consumidores de energía eléctrica más que a quienes la utilizan con fin no productivo.

c) Por otra parte, la teoría dominante admite la coincidencia entre consumición y mantenimiento del individuo. Se ha observado y constatado históricamente una disociación progresiva entre los dos componentes de la unidad económica primitiva, la “oikos”, la economía doméstica autárquica, en el interior de la cual tiene lugar el ciclo completo que va de la producción a la consumición. El proceso (de disociación entre ambas) está ya tan avanzado en nuestros días como para que la economía familiar quede fuera de la producción de bienes ya que no participa de una continua especialización(16). Su actividad radica en la consumición de bienes, representada típicamente por las funciones de la familia, las cuales consisten, esencialmente, en asegurar y orientar la consumición. La familia penetra, por tanto, profundamente en el campo de la consumición y éste constituye su principal campo de aplicación.

Se podría objetar, no obstante, como lo ha hecho Mayer (16a), que la principal actividad de la familia reside en administrar la renta, el uso del poder de compra que representa, y no en la consumición. Pero incluso si se toman como punto de partida las relaciones de intercambio, tal y como resultan en una economía con división del trabajo, incluso si no se consideran las cosas bajo su apariencia real sino bajo el orden monetario, no podrá el pensamiento separar a la familia de la consumición. En este orden de ideas se llega a la oposición entre consumición y ganancias obtenidas que se encuentra en el pensamiento de Liefmann (17), la que existe entre economía de consumición y economía de ingresos profesionales. La primera usa la renta para satisfacer las propias necesidades mientras que la segunda se orienta a conseguir un beneficio monetario. Incluso en este marco más amplio, la familia se orienta necesariamente hacia la economía de consumición, porque, en sentido económico, no busca rentabilidad o ganancia sino, exclusivamente, satisfacción de necesidades de sus miembros.

Egner (18), en su exhaustiva e impresionante obra, atribuye a la familia, que en esencia no es “ni economía de producción ni economía de consumición”, una posición independiente y preponderante, caracterizada como “el conjunto de decisiones tomadas por un grupo humano en el marco de una sociedad, para asegurar la cobertura de sus necesidades comunes”, viene obligado, cuando se ocupa de la economía familiar, a hacer numerosas concesiones a la teoría de la consumición, lo que le sirve, en particular, para explicar cómo funciona una familia y cómo asegura la cobertura de sus necesidades, lo que prácticamente equivale a introducir por la puerta falsa la economía de la consumición en el sagrado seno de la economía familiar.

Se puede invertir el problema y preguntarse si la consumición tiene lugar en el marco
de la familia individual. En la medida en que se toma en consideración la circulación de bienes, es evidente que una parte importante de la consumición se efectúa fuera de la comunidad espacial constituida por la familia en el sentido estricto de la palabra. Basta mencionar en este sentido los bienes consumidos por los miembros de la familia fuera de su domicilio, con motivo de viajes de negocios o de vacaciones. La consumición resultante de las ausencias temporales durante las vacaciones reclamará evidentemente nuestra atención de un modo muy particular. Mas difícil resulta decidir si, desde el punto de vista del gasto monetario, es posible concebir una consumición no basada en la familia, en tanto que comunidad de consumición con disponibilidad de ingresos. En este caso, la distancia recorrida, el alejamiento geográfico del domicilio, no juega ningún papel, ya que sólo cuenta la pertenencia a la familia. Cuando este es el caso, cualquier consumición - como la del padre durante un viaje al extranjero, la de la madre en una cura termal, o los gastos ocasionados por los estudios de los hijos o la dote de la hija – está contemplada en el presupuesto familiar. Y, por consiguiente, puede haber una consumición de bienes que, ni con relación a los productos ni con relación a la renta tenga relación con el presupuesto familiar ni con la familia, lo que, al contrario de lo que advierte Ch.v. Reichenau, no excluye otras relaciones sociales. Este caso puede ser identificado de alguna forma por el grupo de los “solteros sin familia”. Si se hace abstracción de la ficción un tanto artificial que considera la economía de consumición de un individuo que vive solo como una familia, y se reserva, como parece lógico, el término para designar una comunidad familiar (18a), resulta evidente que la consumición no tiene lugar sólo en el interior del hogar, y que estos dos casos no se encubren completamente. En la casa, es decir, en la familia, tienen lugar los casos más relevantes de consumición, pero no son los únicos. Para tener en cuenta todas las combinaciones probables de una economía de consumición, resulta muy indicado tomar como sujeto no la familia o el hogar que ella funda sino el individuo, que es el eslabón final del proceso económico, quien realiza el acto de consumición, en definitiva, el consumidor final.

d) Sería, sin embargo, injusto olvidar las investigaciones ya realizadas sobre la estructura de los bienes utilizados por las familias de uno o más miembros. Al llevarlas a cabo se descubrieron rápidamente ciertas regularidades en la demanda de bienes de consumición, derivadas de la extremada igualdad que existe entre las necesidades humanas que llevan a la consumición: alimentación, bebida, cierto confort doméstico. Se observa una notable concordancia no sólo en la elección y la calidad de los bienes de consumición sino también en la cantidad y orden jerárquico de las necesidades satisfechas y, ante todo, en el orden de prioridad adoptado. La concordancia está ligada al hecho de que los bienes disponibles para la consumición y los recursos monetarios de las familias no se distribuyen al azar entre todos los órdenes de magnitud sino que constituyen clases o categorías determinadas de renta. Se observa, pues, un cierto ordenamiento en el hecho de la consumición que, tanto en su naturaleza como en la ponderación de los diferentes gastos, parece determinado por la renta disponible. Philippovich formula esta constatación de la forma siguiente en su coriáceo estilo: “El hecho de la igualdad en la estructura de las necesidades más esenciales así como el de la similitud de las relaciones de renta en las diferentes clases sociales explican la constancia y la regularidad de la consumición (18b)”.

Esta constatación es el resultado de las tentativas que tratan de establecer empíricamente las reglas que determinan la parte de los diferentes elementos que entran en la consumición total de la familia. Se conocen sobre todo las observaciones hechas desde mediados del siglo XIX por Engel sobre la estructura de la consumición y que la siguiente cita resume muy bien: “Cuanto más pobre es una familia mayor es el porcentaje (de sus ingresos) que dedica por término medio a gastos de alimentación”. La relación se cumple igualmente, según los resultados de las encuestas efectuadas en medios urbanos, para los gastos de alojamiento, cuyo nivel crece proporcionalmente a medida que la renta baja. Según la ley de Schwabe (1868), expresada en términos modernos, la elasticidad de la demanda de alojamiento con respecto a la renta es menor que la unidad. La ley generaliza la pesada carga que significan para las rentas bajas la alimentación y el alojamiento en el conjunto de necesidades vitales, lo que permite una formulación general de la ley de Engel como sigue: con rentas crecientes, la parte proporcional de los gastos en (satisfacción de) necesidades vitales en los gastos totales de una unidad de consumición disminuye, y aumenta la dedicada a (la satisfacción) de necesidades no vitales.

Sin ninguna duda, (la ley de Engel) es una contribución esencial al conocimiento de la estructura de la consumición que es válida también para la consumición turística. Sin embargo, la ley de Engel es insuficiente en el marco de nuestra investigación porque no facilita más que una relación funcional; describe solo la relación existente entre determinadas partes de la consumición y la consumición total en función de las variaciones de renta; permanece muda sobre el origen, la evolución y la distribución de la consumición en general; no facilita ninguna explicación sobre las causas del comportamiento del consumidor, sobre todo de la satisfacción de sus necesidades libremente elegidas, de sus necesidades de lujo.