Las enseñanzas de pasado




La crítica que se viene haciendo a la teoría económica, según la cual ésta no había dedicado hasta hoy ninguna atención a la consumición y que incluso había obstaculizado su investigación (1) nos parece justificada en el plano material, pero formalmente nos resulta exagerada. En efecto, en la mayor parte de los economistas encontramos referencias al uso y a la consumición de productos (2) antes de que J.B. Say lo hiciera al proponer la división del proceso económico en producción, circulación, distribución y consumición, poniendo la última lugar al mismo nivel que las demás.

Las referencias a la consumición se hacía la mayor parte de las veces solo como “puro recordatorio”. El acto de la consumición se consideraba improductivo (3), por lo que estaba ausente de la ciencia económica al ser considerado como algo de naturaleza fisiológica o psicológica, es decir, como una simple cuestión de estómago, por lo que no quedaba modificaba la idea generalmente admitida de que la producción y la distribución de bienes tienen en la consumición la salida lógica y natural.

¿Pero por qué la economía política no trata satisfactoriamente esta materia? En principio, porque la naturaleza y la orientación de sus investigaciones dependían de las condiciones de la época y se basaban en la concepción que se tenía entonces de los problemas económicos. Las urgentes tareas asignadas al orden económico de los tiempos modernos- el capitalismo- en el campo de la producción y de la distribución de bienes relegaban automáticamente el problema de la consumición al último lugar. El análisis de las funciones desempeñadas por agentes económicos tan bien definidos como el empresario capitalista o el obrero asalariado parecía conceptualmente más fácil y se tenía por más esencial que el estudio detallado de la masa amorfa de los consumidores finales. Es cierto que éstos aparecían en el circuito económico como los agentes de la demanda del mercado, pero no se tenían en cuenta los elementos físicos y espirituales que provocan la demanda. La demanda se concebía como voluntad de comprar, como elección tomada. El papel de los consumidores se parecía, pues, al de los figurantes en un obra de teatro; no participaban directamente en ninguna escena, eran simplemente el marco indispensable en el que tiene lugar el intercambio de cantidades masivas de bienes de acuerdo con reglas racionales.

Los consumidores pasan a ser demandantes anónimos y su aparición en el mercado, su participación real en la formación de precio, se inserta en la teoría del intercambio de un modo lógico, sin relación directa con el modo en que realmente tiene lugar la consumición.

Esta escala de valores, esta jerarquía de conceptos, en la que la posición del consumidor no representaba en la economía más que ”cantidad sin interés” (3 bis) no aparecía sólo en la teoría sino que se encontraba también en la actividad económica y en la política económica. Ambas desdeñaban tomar en consideración el interés de los consumidores y rehusaban de entrada incluso tenerlos en cuenta. Fue ante todo el mercantilismo el que defendió el punto de vista del productor y manifestó en numerosas ocasiones su hostilidad frente al consumidor. Particularmente, fue el caso de la consumición interior, que “estaba desprovista de cualquier interés a los ojos de los mercantilistas” (4)

Un sistema económico que consideraba la producción como un objetivo en sí mismo tenía que atribuir lógicamente a la consumición un rango inferior y mantenerla en subordinación. Reglas y prohibiciones vigilaban para que la consumición de bienes quedara sometida al fin perseguido por la política económica mercantilista, a saber, un abastecimiento tan completo como fuera posible del mercado con mercaderías y, sobre todo, con metales preciosos. Con la aparición del liberalismo la consumición pudo desprenderse de este tratamiento y abandonar el insignificante papel que se le atribuía. Los principios cosmopolitas y anti intervencionistas del liberalismo permitieron finalmente liberar a la consumición de la coacción ejercida por la autoridades y que se le reconociera como siendo la finalidad última de la actividad económica. Heckscher describe el cambio de apreciación en estos términos: “El liberalismo reconoce lo que las demás tendencias niegan, a saber: la supremacía de la consumición, en el más amplio sentido del término, sobre la producción, incluso en su más amplia acepción, es decir, en el contexto de la estructura de las fuerzas económicas” (5).

Sin embargo, la libertad de consumición reconocida por el liberalismo no representaba tolerancia sino aplicación del “laisser-faire” a su evolución. No se trata de una toma de consideración sistemática de los intereses de los consumidores, de una política de consumidores, sino más bien de que se caería lógicamente en contradicción con la doctrina liberal, es decir, con la autorregulación de la economía, con el equilibrio automático entre intereses en conflicto. De hecho, asistimos en la época de la revolución industrial que trajo el liberalismo económico a un éxito asombroso de las fuerzas productivas, frente al cual la consumición no se consideraba más que como un instrumento pasivo desprovisto de voluntad propia. La consumición podía ser perfectamente presentada teóricamente como el objetivo final del proceso económico, pero estaba desprovista, en la práctica, de los medios de influenciar la evolución de las condiciones de la producción, sirviendo, por ejemplo, de contrapeso en la formación de monopolios. La libertad con la que el liberalismo gratificó al consumidor, no revestía, por consecuencia, más que un aspecto formal y negativo. El liberalismo hizo caer las cadenas pero olvidó facilitar el modo de empleo de la libertad recobrada. Tampoco fue explotada por él. La situación respondía a la fórmula de Nietzsche: “¿Libre de qué es lo que importa a Zarathustra? Tu visión debe decir claramente: ¿libre para qué?”.

Antemos que la constatación de Heckscher (6), según la cual las tendencias no liberales no reconocen supremacía alguna de la consumición sobre la producción, está en contradicción con el hecho de que es precisamente con el dirigismo económico, y a medida que éste se desarrollaba, cuando empezaron a tenerse en cuenta los intereses de la consumición y particularmente del consumidor final. Fue la intervención creciente del Estado en la economía lo que permitió al punto de vista del consumidor imponerse con conocimiento de causa y, por eso mismo, conquistar al menos una igualdad de principio con respecto a los intereses del productor. No es, pues, por azar que, precisamente en una época que ha asistido al completo hundimiento del liberalismo, y que ha conocido frecuentes intervenciones del Estado en la economía, las relaciones entre el productor y el consumidor sean objeto de investigación y la doctrina haya otorgado a este último una supremacía de principio. En este sentido, Ammon (7) expresó esta comprensiva afirmación: “Si bien es correcto decir que la producción existe porque existe la consumición, y no a la inversa, que la consumición es el objetivo último de la economía y que la producción no es más que un medio, es correcto igualmente decir que no puede haber consumición sin producción y que una política que tenga en cuenta los intereses de los consumidores está obligada a tener en cuenta, igualmente los intereses de la producción y, en consecuencia, los del productor”.

En efecto, fue precisamente la época del dirigismo estatal integral la que facilitó la demostración de la importancia de la consumición y la que la adoptó como centro de su acción económica. No fue la abundancia de bienes sino la penuria de mercancías que siguió a las dos guerras mundiales lo que puso de relieve el papel primordial que juega la organización de la consumición y el comportamiento de los consumidores en el sistema de aprovisionamiento. Para asegurarlo fue preciso promover una política global de consumición completada con su correspondiente reglamentación, a saber, el racionamiento. “El medio más conocido y, en la mayor parte de los casos, el más eficaz para orientar y restringir la consumición, sobre todo, si se trata de bienes vitales, fue el racionamiento a nivel del consumidor final” (7a)

La evolución económica muestra pues lo contrario de la declaración de Heckscher: “El liberalismo colocó a la consumición en la cumbre de la escala de valores de la economía, pero se vio obligado a desinteresarse de readucir este postulado en hechos. Fue la economía no liberal, las“ otras tendencias”, en las que el contenido material prevalece sobre la fuerza de la teoría, las que pasaron a la acción y llevaron a cabo una auténtica política de consumición. Esta nueva orientación en el sentido de alineamiento a favor de la consumición, hasta entonces sumida en un “sueño dogmático“, se transfirió también a la investigación científica, precisamente porque sus problemas son los problemas están ligados a nuestro tiempo”.