Prólogo




Dos razones nos incitan a estudiar las relaciones entre turismo y consumición. La primera es inherente al fenómeno y a la esencia misma del turismo, que lleva a los hombres a gastar dinero, a enajenar una parte de sus ingresos, es decir, justamente, a consumir. Frente a los gastos en viajes y en vacaciones, que es lo que a groso modo constituye el hecho económico del turismo, figuran partidas en el presupuesto de los turistas, al contrario de lo que sucede con los viajes de negocios, para los que no hay previsión (presupuestaria) alguna. Los interesados – llamémosle turistas para simplificar – son “consumidores finales” de bienes y servicios ofrecidos por la industria del turismo, representados por ejemplo por la hotelería o los remontes. El producto ofrecido no es adquirido por los compradores para su reutilización o transformación y desaparece tan pronto como se consume. Los gastos específicos reflejan el precio de la regeneración física o psíquica, el aumento del potencial del turista. El turismo, en consecuencia, está netamente orientado hacia la consumición con respecto a la cual se presenta como parte de un conjunto más amplio.

Es este conjunto lo que nos permite entrever la segunda razón que nos llevó a confrontar turismo y consumición. En la teoría, la consumición de bienes era hasta hace muy poco tratada como el pariente pobre. El capítulo clásico dedicado a este tema por los manuales no rebasaba lo que F. V. Gottl decía de la enseñanza tradicional, a saber: “un dogma velado de la economía política”. Ha habido que esperar a los últimos años para discernir (la existencia de) ensayos sistemáticos que rebasan las investigaciones sobre la estructura cuantitativa de la consumición y sobre el establecimiento de cuentas familiares que interpretan la consumición como el contrapunto de la producción. El impulso lo dio, por una parte, la sociología y, de otra, las preocupaciones más prácticas por el estudio de la consumición en tanto que investigación al servicio del control de los mercados por las empresas. Lo que caracteriza a ambas corrientes es la consideración de la consumición como una categoría autónoma del pensamiento económico y no como mero añadido al proceso de producción y distribución.

Es natural que la nueva concepción de la consumición, al menos en lo que concierne a la literatura europea, se encuentre todavía en estado embrionario y que el proceso de emancipación esté todavía en plena evolución. Esta es precisamente la razón por la que nos parece necesario considerar el turismo como un caso típico ideal y paradigmático de consumición. No nos proponemos contribuir solamente al estudio del turismo en sí mismo, sino que, estudiando sus múltiples aspectos, tratamos de aprovechar su valor como ejemplo para, inductivamente, aumentar nuestros conocimientos sobre la consumición considerada como una materia más amplia. Es, pues, nuestra firme intención situar en primer plano la fase final del proceso económico, que hasta ahora ha estado sometida a un silencio elocuente, dar más importancia científica a la consumición y ponerla en el lugar que le corresponde.

Debo un profundo reconocimiento a Mr. Richard Ulrich, licenciado en ciencias económicas y políticas por el gran interés que tiene por este trabajo y por el entusiasmo que nos ha transmitido durante su elaboración. Por otra parte, este estudio no habría podido ver la luz sin la teoría científica del turismo elaborada en colaboración con nuestro amigo y colega Walter Hunziker, de la que no es más que un complemento.



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