Empiricia vs. pericia

 

La cada día mayor concurrencia en ciertos ámbitos del mercado, en lo especial en el mercado laboral, calcan fuertemente su ímpetu de competencia en la lucha entre los individuos por el logro de nuevos espacios de trabajo.

 

El desarrollo del capitalismo basado en la individualidad y la lucha aguerrida por adquirir ventajas competitivas ante los competidores, trae consigo la neurosis de un sistema que desde el alumbramiento de los hombres inicia su alineación dentro del engranaje productivo, su alienación ideológica a la ideología del mercado, y sobre todo, la inminente enajenación de su sentido de ser.

 

La colaboración no es una fórmula aceptada, y cuando se da toma visos de abierto cártel. En el capitalismo, según sus principios, es del egoísmo hedonista de los hombres de donde se espera opere aquella mano invisible a la que hizo mención Adam Smith (1723 – 1790). En neoliberalismo en grueso con su burguesa ingenuidad propone que la búsqueda del beneficio personal, es el mecanismo por el cual se garantiza el beneficio social.

 

Ya Jesús de Galilea había indicado -hace 2 mil años aprox.- que el origen de los males de los hombres partía del egoísmo de los mismos, y que la única fórmula para vencer tan dura naturaleza era por medio del amor a los hombres, quizá el primer antecedente del socialismo utópico.

 

Hoy día, el sistema vomita hombres, y con ellos su experiencia. La violenta dinámica de acumulación capitalista desecha todo dogma, y abiertamente adquiere un matiz de pragmatismo. Principios, ética, moral, pasan a ser elementos atávicos no deseables para el entorno empresarial. En la guerra y en el amor todo se vale, y los hombres luchan valiéndose de toda fórmula posible para sacar ventaja de las relaciones interpersonales. No existen relaciones ingenuas en el capitalismo. Todos procuran un abierto interés, en especial el pecuniario.

 

Nuestros hijos son instruidos a la competencia voraz por los medios masivos de comunicación, el respeto a la edad, al sexo, a la minusvalía, no son válidos ante el esquizofrénico deseo pasionario de “ser el mejor”, y que en su caso más patológico se resume en “ser el único”.

 

La vorágine reviste la ambición, cegándola, recreándola en subsunción al capital.

 

La competencia laboral lleva dos estrategias para sobresalir, ya sea la sobre-especialización, o la vocación interdisciplinaria. Esta última adquiriendo clara ventaja ante la primera, contrario a lo que suponían los sociólogos. La versatilidad de los individuos ha demostrado mejor colocación en el mercado laboral que la sobre especialización. Los empleos ya no son permanentes, sino transitorios. La nueva legislación laboral da pié a contrataciones vía honorarios que permitan rotar el personal permanentemente. Nadie hace antigüedad, nadie tiene prestaciones, nadie crea derechos, todo esta en uso y desuso del capital. Así, ya no son los cultos, ni los técnicos especialistas quienes se adueñan del mercado. Ante tal pragmatismo, es la pericia la que se impone a la experiencia. Se procuran personas proactivas para los puestos gerenciales, no sabios. Estos últimos son recluidos a las universidades, a la cátedra. Finalmente nunca la ciencia ha sido un proceso acumulativo de conocimiento, sino dialéctico, de contraposición y síntesis de posturas. La esperanza de vida laboral de un individuo se reduce drásticamente  de 30 años en trabajo activo a sólo la mitad. Así, un profesionista que se anexa al mercado laboral a los 25 años, a los 40 es desechado y suplido por un elemento más joven sin experiencia pero con mayor pericia. Porque ante los constantes cambios técnicos y la necesidad de continua capacitación y actualización, no hay experiencia que valga. El cambio generacional ya no es de padres a hijos, sino de hermanos a hermanos. Jóvenes de 25 años, ya no se entienden con jóvenes de 20, y menos jóvenes de 15. Las mentalidades cambian a razón de la propia mercadotecnia, precipitada, violentada por la irracional lucha de la competencia; finalmente reflejo del egoísmo humano. Ya no hay quien nace póstumo. Nos ha tocado vivir el crepúsculo de la posteridad.