De la especulación apátrida a la venta de la Patria

 

A raíz del apalancamiento financiero que el descubrimiento de importantes yacimientos petrolíferos en 1976 dio a nuestra nación, el endeudamiento de la economía mexicana, paulatinamente, ha ido evolucionando hasta cantidades que hoy sobregiran los 150 mil millones de dólares (entre deuda pública y privada).

 

En 1988, al inicio del sexenio salinista, la cantidad era apenas superior a los 90 mil millones de dólares, al término de la misma se había incrementado a mas de los 150. No obstante que en dicha administración se renegoció el monto de deuda que le debíamos a los Estados Unidos de Norte América logrando la condonación del 20%, nuevos créditos, prórroga en los plazos, y una tasa de interés adecuada a nuestra capacidad de pago.

 

No obstante la venta masiva de paraestatales en papeles que giraron a través de la Bolsa Mexicana de Valores a otras Bolsas internacionales como la de Londres, la de New York y la de Tokio, la capitalización obtenida en mucho fue la base de financiamiento de programas de proselitismo político tales como Procampo, Solidaridad, entre otros. Sin embargo, los compromisos financieros de nuestra nación con respecto al exterior se incrementaron en aproximadamente 50% en sólo 6 años. Para 1994, al término del periodo salinista, nuestra nación estaba más endrogada y el país era menos nuestro.

 

Quienes hicieron de las suyas en tal administración fueron los banqueros a quienes se les vendieron (en la privatización bancaria) los Bancos con un valor contable asequible a sus intereses, sin considerar su valor histórico -acepción que por demás hoy día en materia contable y financiera se ha dejado al olvido de ex profeso-, y con todas las facilidades y garantías que estos exigieron para adquirir tal venta, so pretexto de haber sido víctimas de la nacionalización bancaria en el 82 por el entonces presidente de la República José López Portillo.

 

Y así, desde 1988 a la actualidad, el sector bancario del país ha gozado de abiertas canongías de la administración federal. Tal es el caso que en 1994, se dio una situación muy similar a la que enfrentó el país en la crisis del 1982, pero ahora no se sacrificó a un solo sector de la economía como se hizo en aquel entonces, sino a todo el país, en pro de no perjudicar al sector financiero de la nación, porque bien es sabido que haberlo hecho así hubiera sido contraproducente para nuestra nación, dado que estos ya tienen tal capitalización –y sobre todo, la economía real esta ahora, gracias al salinismo, en subsunción del capital financiero, fiduciario y especulativo, que su repercusión hubiera sido realmente catastrófica.

 

Haber sujetado nuestra economía a los intereses del capital financiero fiduciario internacional ha generado un mayor grado de vulnerabilidad de nuestros balances macroeconómicos a las transacciones de los especuladores. Así, no sólo le debemos al salinismo el ser menos dueños de nuestra nación, el tener mayor endeudamiento, y el ser vulnerables a la adversidad del capital financiero internacional, sino que también con ello, se amarró el destino de nuestros hijos al juego de la especulación de un capitalismo financiero apátrida, bisoño, volátil, bursátil, voluble e racionalmente inhumano.