El desarrollo en México:
de mal comprendido a mal emprendido



La crisis de México que desde 1976 viene manifestándose ha trascendido no sólo en cuestiones de carácter estructural como institucional. También ha enajenado muchos de los preceptos del bienestar social. Uno de ellos es el concepto de desarrollo.

Lo primero que se observa es que se nos ha hecho creer que es una acepción meramente económica y sinónimo de crecimiento económico. Lo cual no es cierto. Primeramente el desarrollo es un precepto de contenido social y segundo, el crecimiento económico no necesariamente logra un incremento en el bienestar social.

Prejuiciosamente se concibe que el crecimiento económico es la base del desarrollo. Pero esto no es así, el crecimiento sólo toca a un incremento en el Producto Interno Bruto (o en el Ingreso nacional), pero no a la distribución social de la riqueza. El desarrollo, por otra parte, implica una mejora en el bienestar social.

La política económica en México, bajo auspicio de organismos financieros internacionales tales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o las autoridades monetarias estadounidenses, tradicionalmente ha fundado la base de su intervenión económica en la fórmula que consiste en inyectar dinero a la economía para crear crecimiento, y de hecho lo han logrado, pero con un enorme costo social: inflación.

La política monetaria procura incrementar el crédito para incentivar la inversión, el empleo y el crecimiento económico, pero como efecto colateral, conforme se inyecta nuevo circulante a la economía, al parejo repunta la inflación.

La idea es que el incremento en el ingreso nacional en términos reales sea superior al incremento en los precios y con ello la población adquiera un mayor poder adquisitivo.

No obstante, la política monetaria enfrenta cuatro grandes restricciones en su aplicación que son precisamente las condiciones de las que depende el grado de su efectividad.

Para que la política monetaria sea efectiva se requiere que existan en la economía recursos que explotar y gente que contratar, pues de ellos depende –en parte- el aumento de la producción. En pleno empleo, el crédito creado no tiene a quien más contratar, y si no hay potencialidades naturales donde aplicar la inversión, no puede incrementarse la producción. Entonces, el dinero inyectado a la economía crea inflación sin crecimiento (estanflación).

Otro condicionante es que haya concurrencia para evitar desviaciones en el comercio pues los monopolios esterilizan -en grado- la efectividad de la política monetaria pues, ante el incremento de la demanda que ocasiona la expansión de la oferta monetaria, estos no incrementarían su producción, sino sus precios. De nuevo inflación sin crecimiento (estanflación).

Así también, la certidumbre es otro componente importante puesto que disminuye los riesgos que corren los inversionistas y esto les estimula a adquirir crédito e invertir. Si el ambiente es de incertidumbre, entonces el aumento de la oferta monetaria solo crea inflación por el temor de los inversionistas a no tener claro lo que sucederá el día de mañana. La inflación se nutre de este tipo de expectativas riesgosas y de nuevo se repite el fenómeno de la estanflación (inflación sin crecimiento).

Por último, la democracia garantiza que exista certidumbre puesto que -especialmente en México- al no existir democracia (salvo en caso de dictaduras), el poder se centraliza en el ejecutivo nacional, y el poder legislativo pierde peso puesto que fracción mayoritaria de un partido dentro de la cámara, y el borreguismo característico, confiere un exceso de poder al presidente, de tal forma que al concentrarse la toma de decisiones en una sola figura crea expectativas poco ciertas. Con ello, los inversionistas, por más baja y atractiva que sea la tasa de interés no se estimulan a adquirir nuevos créditos, porque tienen temor a un abrupto cambio de opinión en el poder ejecutivo, así todo lo anterior es otro elemento estanflacionario.

¿Qué ha pasado en México? No obstante poseer un enorme ejercito industrial de reserva (desempleo) y grandes potencialidades naturales de colocación de inversión, el que exista una alta monopolización de la economía mexicana, poca certidumbre y el presidencialismo sui generis, la política monetaria expansionista ha demostrado ser muy poco efectiva pues, aún que crea cierto crecimiento, lo logra con fuertes tasas inflacionarias.

En conclusión, el crecimiento en nuestro país se logra a costa del desarrollo. ¿Por qué? Simplemente por el efecto que la inflación sella en la redistribución regresiva del ingreso nacional (llamamos redistribución regresiva del ingreso cuando esta viene a acentuar las asimetrías existentes en el reparto social de la riqueza de un país).

Las autoridades mexicanas oficialmente declararon que en 1999 el PIB creció en un 4%, la inflación se estimó en un 12% y el salario mínimo aumentó en 10%. Esto implica lo siguiente, que no obstante hubo un incremento en el ingreso nacional los trabajadores perdieron aproximadamente un 2% de su poder adquisitivo en sólo un año. Entonces, ¿quiénes percibieron el declarado incremento del PIB? Pues la clase oligárquica del país, especialmente la gran burguesía mexicana.

Lo cuestionable entonces es lo siguiente: ¿vale la pena el actual esquema de política económica que la administración pública federal viene implementando desde 1982? Después de 28 años de seguir enriqueciendo a los ricos y empobreciendo a los pobres ¿no se han dado cuenta que están logrando crecimiento económico a costa del desarrollo? Esa aparente miopía y obtusamiento en la planeación económica mexicana no es ingenua. La verdad es que el Estado Mexicano es un Estado Burgués, y atiende los intereses de las oligarquías económicas y políticas mexicanas, dejando de lado el fin público que implica la búsqueda del desarrollo.

Por otra parte, el desarrollo, como ya declaré líneas atrás, es una variable social, no económica. Tiene que ver más con la procuración de justicia, la equidad y la democracia que con la dimensión de las variables macroeconómicas.

El concepto de desarrollo a sido enajenado por la tecnocracia que lucha por desviar la ciencia económica a algo así como la física, como si se tratara de estudiar las relaciones entre las cosas, y no entre personas. A esto ellos llaman teoría económica (positiva), la cual no cuestiona el interés que hay en el reparto de una estructura económica de mercado, sino procura establecer los parámentros en que se puede dar la justeza, soslayando la justicia. Toda esta corriente es hija de las escuelas anglosajonas de naciones industriales. Universidades tales como Harvard, Oxfort, Chicago, Yale, Cambridge (Inglaterra), entre las principales a citar. Economistas que inventan al por mayor modelos cerrados econométricos que son verdaderos instrumentos para poder procurar el crecimiento económico, dejando de lado la implicación político-social de aplicar sus fórmulas tecnócratas, las cuales en países del tercer mundo son causa de la polarización del ingreso.

Ante tan nefastas tesis, en nuestro país ya se admite -entre líneas- que nuestros tecnócratas educados en las Universidades de inspiración anglosajonas han gestado administraciones públicas cuya finalidad ha sido ajustar el balance macroeconómico a costa del bienestar social. (enajenados totalmente). El abandono de la tecnocracia y el resurgimiento de los políticos es manifiesto. Véanse tan sólo los perfiles de formación de los candidatos a la presidencia de la República que postulan los partidos políticos, ninguno de ellos tecnócratas aún siendo demócrata-cristianos (de ultraderecha fascista) y social-demócratas (de una izquierda moderada, coqueta y convenenciera).

El desarrollo es más un predicado de la procuración de una sociedad más justa equitativa e igualitaria que un simple incremento del PIB. El desarrollo implica un incremento en el bienestar social, pero aún el propio concepto de bienestar ha sido desviado al cual se le confunde con un simple incremento en el “confort”, concepto abiertamente hedonista, característica de la corriente positiva de la teoría burguesa.

Tristemente bajo esa nefasta influencia muchas de nuestras instituciones educativas latinoamericanas, especialmente escuelas de economía, han quedado atrapadas en tan terrible confusión. Escuelas instrumentalistas que perfilan a sus egresados a ser econometristas que procuren explicar los complejos y cambiantes problemas económicos bajo una óptica científica propia de la física creando modelos simplistas, reduccionistas y mecanicistas, bastante restrictivos e inoperante en la realidad nacional, sobre todo por su carente contenido social (empiriocriticismo ingenuo, pseudopositivismo obtuso, ignorancia ex profesa, estupidez suprema).

Si deseamos ser una sociedad desarrollada, más que procurar un incremento del ingreso nacional, se debe hacer hincapié en la procuración de la justicia, en un más justo reparto económico y en la democracia. Evitar la confusión creada ex profeso del desarrollo con el crecimiento económico. Lo que es de interés para las burguesías nacionales puesto que es otra expresión del incremento de sus ganancias. Confusión creada a través de los medios masivos de comunicación y por medio de la perversión de los cuadros educativos profesionales, sobre todo en el área de la ciencias económico-administrativas y sociales. Ideología enajenada que a la clase dominante le conviene divulgar y que para el caso de México adquiere la fórmula siguiente: “en nuestro país se informa desinformando, o se desinforma informando”.

La administración estatal, en sus tres niveles de gobierno, aún bajo administraciones socialdemócratas o demócratacristianas, debe procurar rescatar su carácter público, social; y no servir, como actualmente lo hace, a las oligarquías mexicanas. En ello hay que hacer énfasis. En parte de esto se origina la crisis de conducción en México, pero ese tema será contenido de un próximo artículo en este mismo periódico.