Pobreza y política en México ante el contexto internacional



Desde 1973 nuestra nación ha entrado en una fase de desaceleración económica que deja atrás aquel periodo del “Milagro Mexicano” que va de 1939 a 1972, donde el crecimiento del Producto Interno Bruto creció a una tasa promedio anual del 8%.

La grave dependencia comercial que se gestó durante la post-guerra hacia nuestro primer socio comercial Estados Unidos de Norte América, así como la sobre especialización de nuestras exportaciones en un solo producto (el petróleo), que hizo a nuestra nación vulnerable a los cambios internacionales en la cotización del hidrocarburo -y sobre todo que las finanzas públicas del país fundaron su principal fuente de recursos en la captación de divisas por las ventas del crudo en el extranjero-, amarraron nuestra moneda a las recesiones norteamericanas (y del dólar), ante la creciente presencia en el mercado internacional de la Comunidad Económica Europea –con una política regional de sustitución de importaciones de origen estadounidense-, y de los tigres de oriente, encabezados estos últimos por el Japón, que le fueron desplezando.

Así, la crisis en México, entre uno de sus principales causales, se explica por la continua devaluación del dólar ante el yen, el marco alemán, y otras divisas fuertes del mercado internacional, que arrastra al peso en continuas devaluaciones de una manera más sentida, en vista de que la devaluación del dólar conlleva a una sobrevaluación de las monedas de los países que son sus socios comerciales, entre ellos México, y obliga a que éstos recurran también a devaluar sus monedas nacionales para mantener un margen subvaluatorio que les posibilite la colocación de sus mercancías en el mercado norteamericano.

En respuesta, la reformulación del esquema económico ante la crisis vino a establecer dos líneas de acción estratégicas para afrontar la situación: primero, promover las exportaciones no petroleras para romper nuestra dependencia comercial y financiera respecto a un solo producto (el petróleo); por otra parte generar divisas que fueran el sustento financiero para afrontar el sobre endeudamiento en que se había incurrido ante el continuo déficit de balanza de cuenta corriente, y con ello sustentar el crecimiento económico; y segundo, procurar nuevos nichos de mercado que disminuyeran la grave dependencia comercial hacia América del Norte para lograr –como principal arma-, que las devaluaciones del dólar no arrastraran nuestra divisa nacional a un continuo deslizamiento devaluatorio.

Para 1984 la fórmula de devaluación-inflación-sobrevaluación se daba como un recurso no factible para resolver la problemática económica nacional. Con ello, lo único que se había logrado era concentrar el ingreso en un estrato minoritario de la población, generando pobreza (vía inflación), y postergando la crisis a otras esferas de tipo social y político.

En ese mismo año, y bajo condicionamiento de organismos financieros internacionales tales como Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, y a través de las llamadas “Cartas de Intensión” que, por cada crédito que se solicitó a dichos organismos, nos eran impuestas para modelar nuestra política financiera y comercial –e inclusive en materia social y política-, bajo las directrices del capital transnacional, y especialmente, en respuesta a los intereses de occidente, se gestó el modelo liberal de sustitución de exportaciones en México.

En liberalismo en México se viene dando desde 1984, pero se hace patente ante la apertura comercial hacia América del Norte con nuestra anexión al TLC en 1993. Con esto, no obstante las líneas de acción estratégica nacionales para afrontar la crisis consistían en romper con la dependencia comercial hacia un solo país, y respecto a un solo producto, el TLC viene a amarrar aún más nuestra grave dependencia comercial y financiera respecto a nuestro vecino del norte, no sin embatgo el éxito obtenido en la promoción de las exportaciones no petroleras. En la negociación de dicho acuerdo (1991 y 1992), obviamente los términos de intercambio se dieron ante abierta desventaja de negociación de nuestro país con respecto a los Estados Unidos de Norte América, tomando en cuenta que para ese tiempo nuestra nación, de lo que exportaba el 85% iba al vecino del norte , y de lo que se compraba, el 75% provenía del mismo. Para nuestro principal socio comercial, las ventas mexicanas sólo le significaban el 3.5% de sus compras, y nuestras compras realizadas a éste le comprendían el 5% de sus ventas. Nuestras ventas compuestas de bienes primarios y manufacturados, altamente sustituibles en el mercado internacional, y nuestras compras preminentemente bienes de capital, imprescindibles para el desarrollo estratégico de nuestra nación, y no fácilmente sustituibles en el comercio extranjero, en especial si se toma en cuenta que la dependencia tecnológica de México respecto a los E.E.U.U. no se puede romper sin un penoso y largo lapso de reconversión industrial, aparte de oneroso, y no del todo justificable dado que traería consigo la desvalorización prematura del capital invertido en este tipo d tecnología, y su sustitución no necesariamente traería consigo la mejora del proceso productivo, ni la de la calidad de los productos.

Así, el liberalismo en México responde más a los intereses del desarrollo de la nación norteaméricana que a la nuestra, y por ello, existen autores latinoamericanos que le han dado a llamar a esta fase de desarrollo de las economías de los países de reciente industrialización, el “desarrollo del subdesarrollo”.

“América para los Americanos” (doctrina Monroe o “Neomonroelismo”), reza finalmente la política que Estados Unidos de América del Norte, ante su cada vez menor presencia en los mercados internacionales de Europa y oriente, y la búsqueda de atenuar su recesión comercial y financiera procurando nuevos nichos de mercado dentro de los territorios de sus vecinos del sur, “cautivos” con sobreendeudamiento de sus economías respecto a los E.E.U.U.. Donde se han impuesto con base al neoliberalismo los términos de intercambio que a dicha nación le conviene establecer. Países mismos que subsidian y abaten la crisis de Norte América con la continua subvaluación-devaluación de sus monedas, así como del creciente endeudamiento externo, el que tratan de sufragar “vendiendo” su país a los extranjeros vía “privatizaciones” de paraestatales en mercados bursátiles conectados New York y Chicago; y por otra parte, con el depauperio de las remuneraciones de sus trabajadores connacionales, lo que trae consigo un enorme sacrificio social que se traduce en empobrecimiento de la población de dichas naciones.

En México, el ámbito de la crisis económica se traslada a la esfera social y política. La reformulación del sistema económico y el desquebrajamiento del esquema político, que por casi 60 años mantuvo al país en una práctica dictadura de partido, se traduce en el resurgimiento de nuevas clases políticas que procuran la promoción de la democracia como respuesta a la pérdida de legitimidad de las instituciones políticas tradicionales.

A la par en que viene dándose el aumento de la pobreza en México, la contienda política se vuelve más aguerrida. Y paradójicamente, no obstante la urgencia que se tiene ante las demandas sociales, la vanguardia política –de manera paulatina-, va quedando en las manos de partidos que más allá del PRI, ostentan tener la legitimidad ante la causa que procuran: el PRD y el PAN, cuyas políticas se resumen para el primero en una derecha moderada, y de izquierda demogógica, y para el último, en un abierto discurso de extrema derecha.

En el centro-sur del país la socialdemocracia (PRI y PRD), tiene la ventaja electoral; en el centro-norte es la democracia cristiana cristalizada en el PAN, quien domina.

La pobreza en toda la nación es general. De acuerdo a resultados del XI Censo General de Población y Vivienda (INEGI, 1990), se puede afirmar que más de dos terceras partes de los nacionales vivimos entre la pobreza y la extrema pobreza. Tan sólo en Guanajuato, el promedio de ingreso de la población ocupada de 12 años y más es de 1.5 veces el salario mínimo (aproximadamente).

La alternancia política es más latente como una realidad nacional –donde nuestra entidad guanajuatense es parteaguas a nivel de toda la República-. No obstante, la alternativa de los partidos dominantes estriba entre una oferta política que bien se puede resumir en un “gobierno de ricos para pobres” por parte del PRI, y “un gobierno de ricos para ricos” por parte del PAN. El PRD con un discurso político cargado de contenido social, y legítimo ante el nexo económico actual, pero con un fuerte estigma político, al ser el trampolín político –valga la redundancia-, de expriístas, y posiblemente, “el as bajo la manga” del PRI ante su inminente caída.

Finalmente, la crisis económica ha engendrado la reformulación política, pero esta última lejos anda aún de ser el garante de la democracia, debido a que la democracia no es una categoría de comicio, sino de consistencia entre justicia (lo que debe ser), legalidad (lo que se permite), y legitimidad (lo que es) ante las causas sociales, especialmente de los humildes. La alternativa política real deberá poder inscribir estos tres aspectos como propuesta de acción social y política ante las auténticas aspiraciones democráticas de los mexicanos.

Las líneas de acción que las administraciones del PRI y del PAN han establecido, y en lo singular del último, rayan en acciones que vienen a beneficiar los intereses de un solo sector de la población: los empresarios, dejando a un lado las urgentes necesidades e intereses de las clases laborales; por decir, la miopía de tales políticas llega a tal grado que, por citar un caso y en resumidas cuentas, para el PAN y sus gobiernos estatales, el pueblo sólo lo comprenden los empresarios y el resto de la población es el llamado “insumo humano”, con un sólo valor de comicio. Las acciones emprendidas se dan a favor del grupo empresarial, al menos en lo sustantivo, y el aspecto social les es relevante cuando procuran la legitimidad de su discurso. Lo mismo que con los priístas y los perredistas, pero con distinto énfasis.

Es así, tristemente, que la poca sensibilidad política de los partidos en el juego de la alternancia en el poder, y colateralmente, la creciente pobreza del país, nos deja un escenario poco alentador ante el fin del milenio. El discurso se vuelve frío y carente de contenido al sobreponerse la urgencia de lo estricto, ante la demagogia como recurso político de los “superfluos”.