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LA ECONOMÍA MEDIEVAL Y LA EMERGENCIA DEL CAPITALISMO

Isaías Covarrubias Marquina




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IV. Instituciones

1. La Iglesia

La Iglesia se va a erigir a lo largo de toda la Edad Media y más allá como un gran poder espiritual, pero, por sobre todo, como un poder político y económico, a la par de los demás poderes seculares, a veces en condiciones de cooperación, a veces en abierto conflicto con éstos. Bühler (1977) ha dejado asentado algunas de las corrientes de poder mediante las cuales la Iglesia irradió su vasta influencia sobre el mundo medieval. En lo que respecta a los papas, sus objetivos se dirigían a extender todo lo posible su poder secular, arrogándose el derecho a tutelar los demás reinos y gobiernos. Las órdenes monacales, si bien hacían voto de pobreza, constituían verdaderas corporaciones que contaban con miles de miembros. Al renunciar a sus vínculos familiares y aumentar sucesivamente las posesiones terrenales en manos de la Iglesia, los monasterios se convertían en dueños y señores de gigantescos latifundios. Esta condición les permitía, a su vez, ser árbitros de la política, de la economía y servir de influyentes consejeros en los principados. Por su parte, los representantes más conspicuos del poder eclesiástico, como Santo Tomás de Aquino, en virtud que la Iglesia monopolizaba el saber y la educación, lograron articular filosóficamente esta combinación de ascetismo y dominación del mundo. Imbuida de elementos jurídicos, políticos, económicos, teologales, los escritos de Aquino y otros filósofos escolásticos se concentraron en la búsqueda de un sistema universal armonioso del orden social.

Este orden armonioso postulado por la Iglesia, como lo destaca Black (1992), se va a afirmar en consideraciones que llevan a santificar la división del trabajo en su forma existente. Los individuos debían conformarse con su “estación en la vida” justificándose de este modo las desigualdades sociales, incluidas las hereditarias, y los distintos privilegios para distintas profesiones. Además, implicaba aceptar que el bien de cada parte equivalía al bien del todo; por consiguiente, era beneficioso para todos, y justo, que cada uno subordinase lo que consideraba su bien a lo que los demás consideraban el bien del todo. La justicia consistía, pues, en reconocer las diferencias sociales y coordinarlas en un todo armonioso. Como colorario, la sociedad y la comunidad política son entonces intrínsecamente armoniosas por naturaleza; los conflictos, la rebelión y la tiranía, son el resultado de la ambición, la avaricia, la soberbia, siendo éstas manifestaciones de un espíritu de competencia del todo ajeno a la armonía.

Los intentos de la Iglesia por controlar los poderes seculares y dictar las pautas de gobierno y economía de la sociedad, tuvieron, sobre todo a partir del siglo XIII, la repulsa de los reinos. Signados por una dinámica social propia, sus acciones se dirigieron a confrontar abiertamente los preceptos normativos eclesiásticos. Las relaciones entre el poder temporal y el espiritual en los reinos más pequeños no va a ser necesariamente conflictiva, más bien se establece con base a una división nominal de estos poderes, un orden que respeta la dignidad eclesiástica y su derecho a aconsejar a los gobernantes en materia de conducción del pueblo laico, subsumiendo la orientación regia a la más importante dirección para la salvación de las almas 1. Donde los conflictos por el dominio del poder y la facultad de gobernar se hacen agudos es en los territorios imperiales, como lo refleja la confrontación iniciada hacia 1075 entre el Papa Gregorio VII y Enrique IV, rey de Alemania, candidato al Imperio, que se hizo tanto más violento, cuanto ambos contendientes no podían abandonar sus posturas sin riesgo de poner en peligro los propios fundamentos de su autoridad. Esta pugna reverberó a lo largo de los siglos siguientes como manifestación de la voluntad de los poderes terrenales por imponer sus reglas dentro del marco ampliado insurgente de la nación-estado. Por ello, el conflicto que va a oponer, a principios del siglo XIV, al rey de Francia Felipe el Hermoso y al papa Bonifacio VII, no sólo va a concluir con una victoria para la autoridad regia, sino que va a significar la decadencia de las pretensiones teocráticas en la lucha por el poder político (Navarro y Palomino, 2000).

Siendo la Iglesia del período medieval una institución poderosa, la manifestación más visible de este poder lo representa las grandes cantidades de tierra que llegó a controlar. Es probable que los monasterios más ricos poseyeron extensiones de hasta 40.000 hectáreas y cualquiera de la infinidad de monasterios existentes con riqueza territorial media tenía una extensión de 300 a 400 lotes de tierra, equivalentes aproximadamente a unas 4.000 hectáreas. En lo tocante a la forma como se desplegó la labor agrícola del feudo eclesiástico, no existieron mayores diferencias respecto a los feudos seculares. La tierra se distribuía en lotes y parcelas que eran labradas por los siervos y colonos, formando parte, en mayor o menor medida, del complejo general de las tierras de las aldeas, mezcladas con las tierras de los campesinos libres y con las de otros señores territoriales. Las posesiones eclesiásticas se regían por el derecho consuetudinario a usufructuar comunalmente los bosques y los pastos. Los monasterios participaron activamente en el movimiento de extensión de la tierra cultivada, roturando una serie de tierras para ser labradas por sus propios siervos y otros campesinos sujetos a prestaciones personales hacia ellos. Igualmente, siendo importantes propietarios de tierras baldías, fueron cediéndolas paulatinamente a la población campesina mediante el reconocimiento de ésta de sus prerrogativas señoriales y la aceptación de tributos y prestaciones. También practicaron la entrega de tierras mediante contratos de arrendamiento de corto y largo plazo.

De la misma manera que respecto a la explotación de las tierras, existieron bastantes similitudes entre los señoríos eclesiásticos y los seculares en cuanto a la organización para la provisión de los productos artesanales e industriales requeridos. En principio dirigida a cubrir las necesidades más elementales y bajo un contexto donde la autarquía se tenía como un ideal, la producción artesanal dentro de los feudos clericales va a experimentar un crecimiento sostenido, a la par que se corroboran algunos adelantos técnicos en la fabricación y en el uso de máquinas y herramientas, así como en la obtención de energía. Surge así una incipiente especialización del trabajo, demarcando las diferentes tareas; destinándose determinados oficios a ciertos individuos con capacidades para ejercerlos. Uno de los modelos de estos talleres artesanos operando al interior del señorío lo constituyen los gineceos; salas especiales en el que algunas mujeres jóvenes eran reunidas para hilar y tejer los vestidos de sus señores. Empero, no todos los oficios manuales de la época eran ejercidos dentro de los feudos, ni todos los trabajadores que realizaban una tarea en particular eran asignados con exclusividad a ésta. Por lo demás, los productos se entregaban como parte de las prestaciones que el siervo debía en calidad de trabajador a su señor, quien se convertía así en el único cliente. Con todo y estas limitaciones, es válido observar en estas actividades el germen del desarrollo de una porción importante de la clase de artesanos que luego laborarán, bajo otras condiciones, en las ciudades.

La actividad productiva de la Iglesia va a desarrollarse en buena medida en los monasterios. Un modelo clásico de estas unidades económicas lo constituye la orden cisterciense que, como otro tipo de organizaciones en el feudalismo, se apoyó en la estructura organizativa y productiva de la comunidad para conseguir tierras y explotar el flujo de donaciones que recibió. La consecución de la expansión de sus tierras siguió también otra vía; actuar en aquellos espacios donde habían conseguido derechos señoriales, mediante la compra de la propiedad dominical donde ya tenían la jurisdicción. Una vez logrado el objetivo, se aprestaban a reordenar la parcelación y la producción. Sus granjas combinaban la producción de cereales, pastoril y vitícola, con la metalurgia; orientando la producción de centeno, queso, leche y mantequilla, hacia el consumo del monasterio, y productos como la carne, la lana, trigo y vino a los mercados regionales. También se daba en el interior de los monasterios un incipiente proceso de manufacturado de bienes con vistas a ser vendidos en los mercados; su eficaz organización les permitía desarrollar el comercio por su propia cuenta y ofrecer servicios de transporte. Es así que los monasterios franceses compraban lana en Flandes para el desarrollo de su propia tejeduría, controlaban el comercio del vino de Borgoña, y abadías del Loire y del Sena poseían una flota de barcos fluviales para sus actividades mercantiles. Es probable que la industria lanera florentina comenzara con el establecimiento de una orden monástica, donde el trabajo era ejecutado por hermanos laicos bajo la supervisión de sacerdotes.

Se puede corroborar que, como lo sugiere Echegaray (1999), los monasterios se convirtieron en instituciones orientadas hacia la acumulación de diversos factores de la producción. Tomando como referencia una orden monástica española del siglo XIII, se tiene que su actividad la llevó, en primer lugar, a apoderarse de gran parte de los mecanismos locales de circulación de la tierra, ya fuera porque poseían más cantidad de ella o porque ejercían su poder señorial. En segundo término, el monasterio poseía más cantidad de medios de producción que la comunidad campesina. Algunos de ellos, como las semillas, los bueyes, los arados, los molinos, los lagares, eran imprescindibles para la evolución económica de la comunidad. Igualmente acumuló derechos de aprovechamiento de tierras comunales, bosques y pastos en cantidades superiores a cualquier otro particular. Tercero, los marcos políticos en los que se producía la negociación, producción y distribución de recursos y bienes, jugaban indefectiblemente a favor del monasterio. Por ejemplo, un control muy importante de los monasterios ocurría a nivel del cuasi monopolio ejercido en la circulación de dinero y el crédito en el ámbito local, por el simple hecho de que manejaban una mucho mayor cantidad respecto a comunidades donde no existía prácticamente ninguna liquidez.

Sin que se pueda hacer ningún tipo de generalización para los demás monasterios medievales europeos, algunos de los efectos ejemplificados con las actividades económicas de los monasterios españoles también estuvieron presentes en éstos. Echegaray (1999) llega a la conclusión que estas actividades conllevaron a un sistema altamente ineficiente en términos económicos, pues el proceso se orientó hacia la consolidación de una gran propiedad monástica acumuladora de renta con fines suntuarios, en desmedro de la pequeña propiedad campesina, que necesariamente adquirió un perfil de mera subsistencia. En este contexto, se acentuó el proceso de diferenciación social dentro de las comunidades, al crear redes de relaciones económicas menos expuestas a la dinámica de redistribución comunitaria campesina a partir de sus propios mecanismos, ahogada como estuvo por la fuerte incidencia que sobre ellas ejercieron las políticas y estrategias monásticas, dirigidas a sentar las bases de una amplia acumulación patrimonial.

Un campo de actividades donde la Iglesia va a tener una influencia fundamental a todo lo largo de la Edad Media es en la divulgación de doctrinas económicas. A través de los escritos de los escolásticos se puede seguir la evolución del pensamiento económico de la época. En realidad, este pensamiento estuvo sometido a la tradición, en la medida que respondía a retomar las ideas aristotélicas en combinación con preceptos éticos y religiosos cristianos. Empero, el crecimiento económico de los siglos XII y XIII, al poner en peligro los viejos valores cristianos, obligará a los teólogos a dotar de mayor flexibilidad sus concepciones económicas. Las más conocidas de las posturas escolásticas respecto a la economía se refieren a la determinación del valor de las mercancías, cuyo tratamiento está implícito en la idea del “justo precio” y en su condena a la usura y el cobro de interés.

Los escolásticos, fieles a la tradición de la moral cristiana, complementada con el pensamiento aristotélico, se preocuparon en lo fundamental por las nociones de equidad y justicia en cuanto a la determinación de los precios y salarios. Galbraith (1991), destaca que en el marco de referencia del mundo medieval, la fijación impersonal o competitiva de precios para las transacciones era bastante excepcional. La mayor parte del comercio se ajustaba a relaciones entre mercaderes aislados u organizados en corporaciones como los gremios. El desequilibrio en el poder de negociación que se manifestaba entre vendedores y compradores de mercancías, o en el terreno de fijar los salarios del trabajador, hizo que se planteara el tema de la equidad y justicia de los precios. El promulgador de la teoría del “justo precio”, hacia mediados del siglo XIII, es Tomás de Aquino. El justo precio no es una teoría del valor, constituye una serie de reglas de lo que estaba prohibido o era ilícito realizar en una transacción, como comprar un bien con el objeto de venderlo a un precio superior. Preceptos similares conducían a establecer salarios justos para los trabajadores. Aunque los escolásticos consideraron los aspectos referentes al trabajo, los costos, y los beneficios “legítimos” del productor, no los convirtieron en elementos decisivos en la determinación del valor de las mercancías. Por encima de estos aspectos se colocaron nociones morales y religiosas de obligatorio cumplimiento para los cristianos que realizaban cualquier tipo de actividad económica o establecían un contrato, a riesgo de sufrir la condena moral y religiosa de su comunidad.

De todas las cuestiones morales suscitadas por la expansión comercial, los aspectos referentes a la usura ocupan un lugar principal. De la misma manera que las ideas acerca del justo precio, los escritos y doctrinas de la Iglesia referentes a la usura y el cobro de interés hunden sus raíces en la tradición cristiana, como se desprende de la utilización de los textos del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento para reforzar la postura medieval de la Iglesia al respecto: Nummus non parit nummos, (dinero no hace dinero). Mientras el uso y la circulación de la moneda tuvieron un carácter limitado la cuestión de la usura permaneció en un segundo plano, pero al acelerarse la difusión de la moneda y del crédito a partir de la segunda mitad del siglo XII, la postura de la Iglesia al respecto se hace menos radical. En el siglo XIII se puede observar que la Iglesia ha abandonado la condena absoluta de la usura por preceptos más tolerantes. Aparece una clara distinción entre usura e interés, de manera que se denuncia fundamentalmente los excesos en el cobro de interés, al usurero manifiesto. Por el contrario, para dar relevancia al concepto de indemnización, de remuneración del trabajo, y del riesgo, los escritos escolásticos comienzan a revelar justificaciones para la percepción de un interés. Esta flexibilización implica considerar como lícitas algunas operaciones como la renta consolidada, el cambio y las sociedades de comercio.

La menor rigidez de las percepciones eclesiásticas acerca del cobro de interés alcanzó también a otras actividades económicas. Se produce paulatinamente la rehabilitación de trabajos anteriormente menospreciados y el trabajo se convierte en una fuente de riqueza y de salvación, al mismo tiempo que se justifica la obtención de beneficios generados a partir del ejercicio de las actividades profesionales. El rechazo de la Iglesia hacia el mercader va cediendo poco a poco y se deja por sentado que los individuos dedicados al comercio trabajan al servicio de la sociedad y en función del bien común. Con todo, sería improcedente concluir que desaparecieron todos los obstáculos morales y religiosos que afectaban el comercio y las operaciones financieras. Por el contrario, la prohibición, al menos en teoría, de operaciones como la venta a crédito o la venta simulada de un bien, revelan las limitaciones que existían respecto a la percepción sobre aspectos inherentes al riesgo y la obtención de beneficios. Por lo demás, a pesar que la Iglesia monopolizó durante la Edad Media el pensamiento dirigido a explicar y justificar las actividades mercantiles, financieras y de trabajo, no se puede decir que se haya forjado una verdadera doctrina económica.

En general, más allá de la flexibilización de sus postulados acerca de las cuestiones económicas, la Iglesia nunca abandonó sus posturas moralizantes respecto a las actividades productivas, especialmente las financieras. Cuando el monje escolástico Nicolás de Oresme, advirtió hacia mediados del siglo XV sobre lo insano que resultaba para la actividad económica las prácticas muy comunes entre los gobernantes dirigida a alterar y manipular las monedas, no estaba proponiendo ninguna doctrina monetaria positiva. Su preocupación fundamental era introducir la sanción moral y la razón en las prácticas monetarias de la monarquía.


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