LA ECONOMÍA MEDIEVAL Y LA EMERGENCIA DEL CAPITALISMO



 

Isaías Covarrubias Marquina 


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2. Una visión puntual: los cañones de guerra

La producción de cañones de guerra en Europa hacia el siglo XIV y XV, puede analizarse como una suerte de “caso de estudio” que refleje, en cierto sentido, algunos de los impactos relativos provocados por variables como la disponibilidad de recursos, la geografía, la variable tecnológica, políticas, actitudes mentales, costos relativos, sobre la estructura que servía de base a la economía medieval tardía, e incidiendo, a su vez, en las estructuras que servirán de apoyo al mundo en transición orientado hacia la emergencia del capitalismo. Este complejo de factores pueden ser comparados con un sistema de fuerzas intrínsecamente y extrínsecamente vinculadas, donde el impacto sobre la totalidad ciertamente da un resultado que es siempre mayor y, podría decirse, cuantitativa y cualitativamente más enriquecido que la mera suma de las partes. En lo sucesivo se desarrolla el análisis basándonos fundamentalmente en Cipolla (1999).

La creación de grandes unidades políticas y militares, reflejado en los estados nacionales, como una consecuencia indirecta de la expansión del comercio y el crecimiento demográfico, trajo aparejado la constitución de poderosos ejércitos y flotas navales, que respondieran, a su vez, al impulso requerido por la expansión geográfica, la exploración ultramarina y a la amenaza de las incesantes guerras tanto al interior, como al exterior de Europa occidental. Todo ello repercutió en un incremento sustancial de la demanda de cañones. En principio, la disponibilidad geográfica de los recursos para producir cañones, básicamente cobre y estaño, en el caso de los cañones de bronce, y hierro, para el caso de los cañones fabricados con este metal, más la disponibilidad de suficientes corrientes de agua para energía hidráulica y transporte, orientó la pauta para que determinadas regiones se especializaran en su producción con vistas a atender la creciente demanda. No obstante, la disponibilidad de recurso humano especializado se convirtió en el factor verdaderamente importante, llevando ventaja las regiones que, además de contar con los recursos naturales, tenían artesanos y técnicos que dominaban las artes metalúrgicas. En el plano tecnológico, el incremento de la demanda generó el incentivo para introducir mejoras en la producción de artillería, mediante el perfeccionamiento de las fundiciones. Originalmente, regiones italianas, alemanas, flamencas y francesas cumplían con estos requisitos, por lo cual desarrollarán una industria artillera de importancia.

Desde la segunda mitad del siglo XV en adelante, España y Portugal, debido especialmente a su afán de expansión ultramarina y a su papel político en Europa, requerían de una gran cantidad de artillería, pero, adoleciendo de capacidad tecnológica para producirla, se convirtieron en excelentes mercados para los fabricantes de cañones. Sin embargo, la gran necesidad de contar con una industria de artillería se convirtió en un “asunto de Estado” siendo asumida directamente por los soberanos ibéricos. Con este fin se idearon políticas dirigidas a atraer artilleros y fundidores expertos de otros países, construir y mejorar las maestranzas y a establecer centros de enseñanza de la artillería. Los portugueses lograron desarrollar una industria local de pequeña proporción, aunque insuficiente para satisfacer completamente la demanda. Los españoles tenían una mayor tradición en la fabricación de cañones, explayada por diversos lugares, donde artesanos trocaban la fundición de campanas por la de cañones de bronce. Pero, cuando España se vio lanzada a la expansión ultramarina y a incidir de manera significativa en la gran política europea, el tamaño de escala de su industria de artillería, válido en el contexto del tiempo medieval, resultaba completamente inconveniente en las nuevas circunstancias. La corona instrumentó las políticas señaladas para confrontar la situación, construyendo maestranzas y fundiciones de cañones en Medina del Campo, Málaga y Barcelona. El principal problema era la escasez de mano de obra cualificada, que trató de solucionarse invitando a artesanos italianos, alemanes y flamencos. Esta política no se sostuvo en el tiempo, y con frecuencia, por razones económicas y religiosas, se despedía a los fundidores extranjeros y no se prestaba apoyo a los trabajadores nacionales.

Este hecho parece revelador de una determinada actitud mental, atribuida al hombre ibérico de la época, que lo limitaba para la asunción de empresas y para la producción manufacturera que requería de conocimientos técnicos. Por esta razón, entre otras, la enorme empresa que significó el descubrimiento y posterior exploración y conquista de los vastos territorios americanos y el control de una buena parte del comercio con Asia, no se convirtió en la base para que estos países lograran equiparar su industria al menos con el nivel alcanzado por Francia y Holanda para las condiciones y circunstancias de la época. La poca inclinación de los españoles para ocuparse de cosas prácticas no se debía tanto a la cualidad y potencial del país en sí, sino a la permanencia de una mentalidad conservadora, propia del mundo medieval, que restringió enormemente las posibilidades de desarrollo económico. Cuando buena parte de los europeos occidentales, fueran artesanos, técnicos, hombres de ciencia, autoridades, comerciantes, le estaban abriendo las puertas al nuevo mundo que se estaba forjando, los españoles se concentraron en oponer parte de su poder en contra de estos cambios.

Por otra parte, la preferencia por la fabricación de cañones de bronce durante todo el siglo XV, se debía fundamentalmente a razones económicas, aunque con implicaciones tecnológicas. La fabricación de cañones de hierro estaba impregnada de complicaciones técnicas que impedían obtener un mejor producto. La artillería de bronce era relativamente costosa en la medida que el cobre y el estaño eran costosos y sólo se conseguían en regiones localizadas. Además, debido a la imperfecta tecnología, la vida útil de las piezas de artillería era baja, lo que constituía un incentivo para conseguir mejoras técnicas que suministraran piezas más baratas y duraderas. Durante los siglos XIV y XV, la industria artillera inglesa se encontraba retrasada respecto a la del continente, debido fundamentalmente a que en la proximidad de los bosques británicos abundaba el mineral de hierro, por lo cual los ingleses lo utilizaron preferentemente en sus esfuerzos metalúrgicos. Mientras la técnica de fundir el hierro fue menos efectiva que la de trabajar aleaciones cuprosas, los ingleses llevaron la desventaja. Pero, una vez que los ingleses alcanzaron el éxito en la fabricación de cañones de hierro colado relativamente seguros y mucho más baratos que los cañones de bronce, la situación se revirtió y la producción de cañones de hierro se incrementó significativamente, redundando en un inmediato éxito económico. No sólo Inglaterra se convirtió en un importante exportador de cañones de hierro, especialmente hacia Holanda durante toda la segunda parte del siglo XVI, sino que también se colocó a la vanguardia del desarrollo tecnológico en metalurgia [3].

La repentina supremacía inglesa en la producción de artillería sirve nuevamente para ilustrar el efecto de diferentes actitudes mentales generadas dentro de ambientes socioculturales en pleno proceso de cambio. Los ingleses habían obtenido un producto cuyas deficiencias cualitativas estaban más que compensadas por su ventaja económica comparativa. Este hecho revela una temprana actitud hacia la actividad económica apoyada en el desarrollo de tecnología, combinada con cierto espacio para la iniciativa privada, donde lo prioritario es que los productos cumplan su función al menor costo posible. Esta finalidad eminentemente práctica, contrastaba con la actitud de algunos fabricantes de artillería italianos, quienes cincelaban y decoraban con fines ornamentales, no sólo los cañones, sino incluso los proyectiles, lo cual iba en detrimento de la eficacia de su artillería. No extraña, pues, que la industria artillera italiana declinara paulatinamente y perdiera “competitividad”.

También contrasta el éxito británico con la debacle que sufre Francia en cuanto a su sector industrial de artillería. Durante el siglo que va de 1450 a 1550 la industria francesa de artillería se había destacado por su producción y nivel técnico, pero, a partir de esta fecha se debilita enormemente llegando casi a desaparecer. Las guerras civiles trajeron como secuela directa un estado de confusión y desorganización administrativa que impidió prestarle apoyo a esta industria. Al mismo tiempo, se reveló una debilidad intrínseca en su desempeño, toda vez que se hizo patente que no podía subsistir si no contaba con alguna clase de ayuda y protección estatal. Adicionalmente, gran número de trabajadores cualificados del sector abandonaron el país por motivos religiosos, o en búsqueda de mejores salarios. Aunque subsistieron algunas fábricas, el colapso de la industria significó que Francia tuviera que depender durante un buen tiempo de los suministros extranjeros.

Incluso el éxito inglés en la producción de cañones se encontró amenazado, paradójicamente, dentro de la propia nación, a partir de la insurgencia de actitudes y posturas que iban a contracorriente de seguir impulsando esta industria. Dado que la demanda extranjera de cañones ingleses se hizo muy relevante, comenzaron a alzarse voces en contra de las exportaciones de cañones. Los argumentos nacionalistas apuntaban en la dirección de que se trataba de un producto “estratégico” que no podía suministrarse a potenciales enemigos de la corona. La idea ganó fuerza entre los círculos políticos, y como resultado de ello la reina Isabel decretó en 1574 que los cañones que se fundieran en Inglaterra fuesen reservados al uso exclusivo del reino. Aunque se dieron autorizaciones para exportar cañones a potencias protestantes amigas, y se realizaron, por supuesto, ventas subrepticias, esta política económica repercutió de manera desfavorable en la industria de artillería inglesa.

A lo largo del siglo XVI, Holanda y Suecia, con actitudes más abiertas hacia la tecnología y el comercio que las tenidas en su momento por españoles y portugueses, obtendrán mucho más éxito en su afán por procurarse una industria artillera. Los holandeses asentaron su producción de armas basándose en sus redes comerciales para la obtención de cobre de Suecia y Japón y estaño de Inglaterra y Alemania, lo cual les permitió fabricar cañones de bronce en su propio territorio. Adicionalmente, organizaron la producción de cañones de hierro en el extranjero, donde podían obtener el adecuado mineral de hierro y el carbón vegetal. En el caso de Suecia, un país abundantemente dotado de mineral de cobre, estaño y hierro, con inmensos bosques productores de carbón vegetal y suficientes corrientes de agua de donde obtener la energía hidráulica, la producción de cañones de hierro forjado, de artillería de bronce y de hornos de fundición se desarrolló de manera bastante rápida, si se le compara con el resto de Europa. Además de contar con los recursos, los soberanos suecos impulsaron con políticas efectivas el establecimiento de la industria de artillería, impulsando la construcción de factorías, de las cuales eran propietarios en su gran mayoría y elevando el nivel de la producción con el empleo de técnicos extranjeros.

Si bien otros pueblos bastante preparados para la guerra, como los turcos, fabricaron cañones (en forma primitiva), y los utilizaron tanto en el acoso de fortalezas como en las batallas navales, no pudieron obtener mayores usufructos de esta invención, toda vez que fueron incapaces de insertar la nueva tecnología bélica dentro de los parámetros socioculturales que determinaban su forma de hacer la guerra. Los turcos siguieron manteniendo una mentalidad medieval respecto a las artes militares cuando ya había comenzado la era moderna, dependiendo fundamentalmente de la energía humana y animal para el combate. La anticuada táctica de abordaje y embestida de sus buques de guerra resultó un fracaso frente a los barcos de vela europeos, con gran capacidad de maniobra y bien provistos de cañones. Los chinos, inventores de la pólvora, también fabricaron cañones metálicos hacia mediados del siglo XIV. Sin embargo, cuando los europeos llegan al Asia y particularmente a China, se encuentran una sociedad mucho más culta, pero que, sin desmedro de la importancia de su cultura, estaba atrasada respecto a vislumbrar las posibilidades prácticas derivadas de los conocimientos científicos y técnicos. Por esta razón, hacia 1498, los chinos y los indios van a observar con asombro y temor el equipamiento armamentista de los navíos portugueses, suponiendo, razonablemente, que ante un conflicto bélico estarían en enorme desventaja.

Preguntarse porqué los chinos no produjeron buena artillería, ni extrajeron todas las consecuencias prácticas de sus inventos es una pregunta que está plagada de hipótesis difíciles de probar. Pero, la actitud de desdén de la corte imperial china hacia la tecnología de Occidente, es un buen indicador de las barreras culturales que se interpusieron en las posibilidades de que China desarrollara una tecnología bélica a la par de la europea. El final de la Edad Media marca para los europeos el inicio de su expansión geográfica y económica bajo el signo de su poder militar y tecnológico. Es el inicio, además, de nuevas actitudes hacia los negocios y un espíritu de empresa renovado con base en la reproducción y acumulación de capitales. Refleja una nueva visión donde el progreso técnico, vale decir, las innovaciones, son percibidas por sus ventajas inminentes, pero también, y de forma más importante y duradera, por sus cualidades potenciales o evolución futura. Este proceso caracteriza la transición hacia un primer sistema mundo globalizado, vinculado al dominio económico y político de las potencias europeas, prefigurando, en sus rasgos y tendencias, un desequilibrio de poder que se mantiene hasta nuestro tiempo.