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LA ECONOMÍA MEDIEVAL Y LA EMERGENCIA DEL CAPITALISMO

Isaías Covarrubias Marquina




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Introducción: Un breve repaso por la historiografía económica

Las ciencias sociales, incluida la historia económica, comparten desde su gestación el afán por constituirse en ciencias positivas. Una breve correlación de cómo el espíritu positivo fue permeabilizando el estudio de lo social hasta constituirse en la fórmula legítima de conocimiento, puede iniciarse atendiendo a las teorías que en la segunda parte del siglo XV postularía Nicolás Maquiavelo, intentando asentar la política como una responsabilidad pública susceptible de ser estudiada positivamente. Posteriormente, entre el último tercio del siglo XVII y mediados del siglo XVIII, William Petty y Richard Cantillon indagan sistemáticamente sobre el mundo de la producción y el comercio, y la forma como las sociedades se enriquecen. Hacia la primera parte del siglo XVIII, Jhon Locke consustanció la teoría de la naturaleza humana con los hechos sociales, convencido de la existencia de principios de regularidad que rigen sobre los acontecimientos. Es significativo de este espíritu positivista que Adam Smith, al escribir La Riqueza de las Naciones, publicada en 1776, se inspirara en la mecánica en boga para facilitar su descripción de un “orden natural” que permeabiliza las relaciones productivas. Por su parte, Augusto Comte al establecer las bases de la sociología, en la tercera década del siglo XIX, formuló los requerimientos de una filosofía positivista que convirtiera a la sociología en una verdadera disciplina científica, desligándola completamente de la religión y de la metafísica. Estos requerimientos suponían la construcción de dos ámbitos: uno estático, que albergaría las leyes del orden social; el otro, dinámico, reuniría las leyes del progreso (Covarrubias, 2002).

La posibilidad de derivar, a partir de teorías y leyes, una visión del progreso social, es tributaria de forma importante de la influencia que el evolucionismo ha tenido dentro del ámbito de las ciencias sociales. Desde los escritos de los fundadores de las ciencias sociales, en las tesis de Carlos Marx y sus continuadores, en el pensamiento liberal, el evolucionismo aparece como un estado de espíritu frecuente y generalizado, haciéndose explícito o surgiendo de manera subyacente en una gran cantidad de conceptos, categorías e interpretaciones. A partir del evolucionismo se reafirmó la posición respecto a que las disciplinas sociales no se ocupan de fenómenos estáticos y fuera del tiempo, sino de procesos de cambio y desarrollo (Ianni, 1998). Siendo así, la historia pertinente a esta dinámica se ha mostrado como una suerte de mecanismo retroalimentador, sirviendo tanto de espejo como de filtro, resaltando o ensombreciendo diferentes aspectos del proceso social. Los aspectos que merecen ser objeto de investigación se hacen importantes al tenor de los cambios históricos que los destacan. Un acontecimiento realmente histórico no sólo cambia el mundo, sino que cambia también la comprensión del mundo, a su vez, esa nueva comprensión acarrea una nueva e imprevisible repercusión sobre la forma de funcionar el mundo (Soros, 1999).

No es de extrañar, pues, que las metodologías de las ciencias sociales y sus múltiples formas de abordar la realidad se hayan transformado paulatinamente, alcanzando igualmente a la forma de mirar el pasado. Esto significa que los historiadores recurran de manera creciente a las ciencias sociales en busca de métodos y modelos explicativos, al mismo tiempo que, por ejemplo, los economistas intenten de forma también creciente, adoptar perspectivas históricas y para ello cuenten con el auxilio de los historiadores. Con la renovación metodológica que han experimentado las ciencias sociales desde hace unas décadas, imbuidas de una condición que algunos denominan “postmoderna”, la discusión epistemológica al interior de cada uno de los campos del saber de lo social ha estado signada por la pérdida de significado para la investigación de conceptos positivos como verdad objetiva y sujeto independiente del objeto. Se reconoce que la estabilidad atribuida normalmente al entorno no es revelable con independencia de la operación/observación de su observador. La búsqueda de la verdad objetiva, por sobre parciales versiones, se convierte en un valor inalcanzable. Como lo comenta Arnold (1997), el objeto de la investigación se desplaza, en consecuencia, a sus posibilidades: al encuentro de explicaciones (buenas, mejores y útiles). Ya no es posible asegurar observaciones verdaderas o últimas. De allí que las explicaciones son inevitablemente competitivas y dinámicas, en tanto que las posibilidades de observación que las sustentan son también innumerables.

En el primer plano de los nuevos enfoques metodológicos, se encuentran las diferentes posturas respecto a las ventajas que puede brindar un estudio fragmentado o, por el contrario, la posibilidad de un enfoque sistémico para la explicación de los hechos sociales. La primera postura rescata la capacidad de mejores explicaciones que encierra la fragmentación; la posibilidad de levantar un cuerpo de teoría y predicción a partir del aislamiento de ciertos hechos, sometidos al rigor de modelos teóricos y empíricos pertinentes. La otra visión postula la necesidad del abordaje sistémico, con el objeto de explicar bajo supuestos que tomen en cuenta las profundas interrelaciones que guardan los hechos, sean estos de naturaleza política, económica, cultural.

En este sentido, existe el reclamo de que el relativo aislamiento en el que ha permanecido la economía respecto a las demás ciencias sociales haya terminado por restarle capacidad explicativa. Según el criterio de Stiglitz (1991) debe existir una preocupación genuina por incorporar al campo de lo económico los hallazgos sistemáticos de otras ciencias sociales, particularmente la sociología y la sicología. Desde otro ángulo, la capacidad de las ciencias sociales de proveer soluciones a los problemas, también se ve reducida cuando el enfoque utilizado es ahistórico y restringido. El uso de un enfoque ahistórico y tecnicista, propugnador de soluciones a los problemas mediante la utilización de modelos y de dispositivos mecánicos, si bien ha dado magníficos resultados en algunos campos, carece de perspectiva y no tiene en cuenta nada que no haya sido introducido en el modelo desde un principio. No se pueden introducir todas las variables en un modelo, y las que se dejan fuera no son nunca idénticas ni en el lugar ni en el tiempo (Hobsbawm, 2002).

La historia económica, una disciplina que se fundamenta en la posibilidad de suministrar teorías y explicaciones acerca del pasado material y su evolución, no se escapa de esta confrontación metodológica, puesto que en la base de ésta se encuentra, a su vez, la posibilidad de hacer una interpretación del pasado enriquecida por enfoques renovados y creativos. La nueva historia económica ha venido evolucionando en una dirección que supone una percepción mucho más consciente de las limitaciones que encierran explicaciones lineales y deterministas de los fenómenos históricos, sean estos de naturaleza económica o social. Por ello, se ahonda en enfoques metodológicos que pongan el acento en la multiplicidad de perspectivas de explicación de los hechos. Se llama la atención sobre la necesidad de explicar desde diferentes puntos de vista, apreciando un entorno de factores más amplio y no exclusivamente económico.

En este sentido, no tienen ya más cabida enfoques deterministas o reduccionistas, sean de tipo marxista o no marxista, como el reduccionismo que supuso la publicación a principios de los sesenta de Las etapas del crecimiento económico, de Walt Rostow. A propósito del reduccionismo económico o de cualquier otro tenor, que toma un factor o a lo sumo un grupo de factores como explicación unívoca de los hechos, el historiador Carlo Cipolla ironiza sobre el particular en un singular ensayo que se intitula: El papel de las especias (y de la pimienta en particular) en el desarrollo económico de la Edad Media. Cipolla hace descansar en el supuesto poder afrodisíaco de la pimienta, el incentivo fundamental para que se diera el fenómeno de las Cruzadas, la posterior expansión del comercio mediterráneo, la acumulación de capital, el desarrollo de la banca en Florencia y hasta la guerra de los Cien Años. Usando técnicas “cliométricas” calcula unos factores que aparentemente le dan respaldo estadístico a su teoría. Por supuesto, en definitiva se está lanzando un llamado de alerta sobre lo inconveniente que resultan los modelos explicativos simplificadores de la realidad.

Dentro de los factores deterministas la tecnología ocupa un lugar relevante en la historiografía. Está implícito en la frase de Marx: “El molino manual trae la sociedad feudal; el molino de vapor, la sociedad capitalista industrial”. Sin embargo, el determinismo tecnológico en la historia económica ha experimentado un retroceso en las últimas décadas, toda vez que han surgido fuertes críticas a los modelos que asignan una eficacia causal exclusiva o preponderante a la presencia visible de maquinaria, para explicar los cambios en el orden socioeconómico, con prescindencia de la influencia invisible de otros factores. Incluso este determinismo alcanza al proceso de innovación tecnológica en detrimento de otras innovaciones económicas y sociales. Como lo señala Williamson (1985), a pesar de la importancia de las organizaciones, el estudio de la innovación organizacional ha estado relegado a ser el “pariente pobre” del estudio de la innovación tecnológica.

La dificultad para aceptar el determinismo tecnológico tiene que ver con las altas exigencias reduccionistas a las que conduce. Como lo apunta Heilbroner (1996), se necesita un mecanismo casi alquímico que traduzca una enorme variedad de estímulos, procedentes de las alteraciones del trasfondo material, en unos cuantos vectores de comportamiento perfectamente definidos. Debe producirse una reducción sistemática de la complejidad de la causa en la simplicidad del efecto, que permita explicar cómo el desarrollo de una nueva maquinaria de producción puede alterar las relaciones sociales que constituyen el feudalismo y convertirlas en las que constituyen el capitalismo o convertir las de un tipo de capitalismo en las de otro. Esta dificultad no debe llevar a desechar todo el concepto de determinismo tecnológico por falso o engañoso. Relegar la tecnología de una posición inmerecida de primum mobile en la historia a la de factor mediador, que influye en la sociedad a la vez que es influida por ella, no es desdeñar su influencia, sino únicamente especificar su modo de actuación con mayor precisión.

De manera similar al determinismo tecnológico, se han planteado serias críticas al alcance de la cliometría dentro de la historia económica. Hacia la década de los sesenta el trabajo de la cliometría estaba fuertemente sujeto a la aplicación de la economía neoclásica dominante, especialmente la teoría de precios, con el fin de exponer las debilidades en la lógica de los argumentos presentados por historiadores tradicionales. Posteriormente, evolucionó hacia un campo que supone la aplicación de métodos econométricos sofisticados. Los servicios prestados por la cliometría han sido significativos, particularmente en el ámbito de la medición y estimación histórica del crecimiento económico. De las estimaciones cliométricas del crecimiento económico emergió una visión contrastante con la sabiduría convencional respecto al verdadero impacto de un descubrimiento tecnológico sobre el crecimiento global. En efecto, los estudios arrojaron que dicho impacto es en realidad más modesto de lo que normalmente se supone, sobre todo al principio (Crafts, 2001).

Sin embargo, siendo la cliometría una disciplina que transforma la historia económica en econometría retrospectiva, algunas críticas han estado dirigidas en el mismo tenor con que se cuestionan la validez y pertinencia de los modelos econométricos en la ciencia económica. Por una parte, se ha cuestionado que la nueva historia económica, soportada fundamentalmente en la cliometría, se sujetó al análisis ortodoxo cuando conceptos como competencia imperfecta y costos crecientes se estaban introduciendo en el mainstream de la economía. Por otra, esto conllevó al reclamo de la revisión de los resultados cliométricos iniciales, toda vez que no se ajustaban a la consideración de las nuevas herramientas analíticas teóricas. Los niveles de cuestionamiento que parten de los propios economistas representan críticas de forma más que de fondo. No sucede lo mismo con la percepción que sobre los alcances y limitaciones de la cliometría tienen los historiadores profesionales.

En general, siguiendo las críticas de Hobsbawm (2002), si bien la cliometría puede cuestionar y modificar la historia producida por otros medios, se encuentra regularmente incapacitada para generar respuestas propias. Por otra parte, asumiendo que se necesitan modelos teóricos y estos modelos tienen que ser abstractos y simplificados, al menos deberían serlo dentro de marcos que se especifiquen históricamente. En términos más concretos, la cliometría presenta otros defectos que, sin desmedro de su utilidad, la limitan seriamente. En primer lugar, en la medida que proyecta sobre el pasado una teoría esencialmente ahistórica, su relación con los problemas más generales de la evolución histórica no está clara o es marginal. Un segundo problema se relaciona con el tratamiento de algún aspecto de la historia mediante el uso de teorías como por ejemplo la “elección racional del consumidor”. La elucidación de la motivación detrás del hecho histórico apelando al criterio exclusivamente económico, desdeña otras explicaciones causales motivacionales igualmente válidas. El tercer defecto de la cliometría se refiere a que necesariamente tiene que apoyarse no sólo en datos reales, a menudo fragmentarios o poco dignos de confianza, sino que también tiene que recurrir a datos supuestos o inventados. Un cuarto inconveniente tiene que ver con el riesgo de incurrir en circularidad. En la medida que se busca acoplar los datos al modelo específico, éstos pierden su independencia para juzgar la teoría propuesta, así como invalida la explicación del hecho histórico.

Otra discusión sustantiva en torno a las posibilidades de interpretación dentro de la historia económica, se refiere al papel que pueden cumplir las motivaciones de los agentes económicos para explicar los hechos del pasado. El trabajo de Elster (1981), sirve de marco de referencia para abordar este asunto. En el contexto del cambio histórico, la introducción del análisis motivacional pasa por preguntarse ¿Cambia la conducta porque las oportunidades se amplían o se contraen, o porque las motivaciones y las mentalidades cambian? ¿Puede darse algo como una “historia de las mentalidades” autónoma? En caso negativo ¿Cómo explicamos entonces el hecho de que las motivaciones cambian? El carácter estructural que adquiere la visión de los hechos históricos, lo cual no es exclusivo de la tradición marxista, sirve de contrapeso a la aceptación de una teoría que tome la motivación como el mecanismo de preferencia para explicar la conducta de los agentes y los cambios que dicha conducta generan. Esto es así porque, en general, se da por sentado que los condicionamientos estructurales en su conjunto, causan una contracción de las oportunidades viables, limitando seriamente el alcance que puedan tener las motivaciones. Esto no significa desdeñar por completo las motivaciones para comprender porqué los hombres actúan como actúan, pero una razón poderosa para dar preferencia metodológica a las oportunidades por encima de las motivaciones, se debe a que el recurso a las motivaciones tiene el peligro de que la conducta a explicarse tiende a ser el único criterio para la validez de la explicación.

En resumen, evitando las simplificaciones que conllevan un tratamiento determinista o reduccionista de los hechos y datos históricos deriva en importantes ventajas metodológicas. Por ejemplo, de la confrontación entre la visión hermenéutica y la visión sistemática de la historia económica se desprende la necesidad de superar las contradicciones, en aras de aprovechar tanto las interpretaciones cuando faltan los hechos, como aquellas teorías que se sustentan en los hechos, pero cuya fundamentación tiende a volverse ahistórica. Esto es así porque los conceptos estructurales de la historia económica, que ordenan las masas de materiales y de datos económicos, alcanzan gracias a los factores no económicos un plus cualitativo de contenido explicativo. Con este proceder se esta postulando una historia económica cuyo interés epistemológico se coloca por encima de la corona de datos, para mostrar que la “totalidad” de los procesos sociales no se agota ni en los procesos y relaciones económicas, ni en las teorías inmanentes al sistema (Boehme, 1981).

Algunas características adicionales de la historiografía económica pueden ser visualizadas a través de los estudios específicos respecto a la época medieval y el origen del capitalismo. Profundizando en la problemática detrás del determinismo tecnológico, las objeciones al trabajo de principios de los sesenta de Lynn White: Tecnología medieval y cambio social, resulta un buen punto de partida. El argumento de White apunta a destacar la influencia de la tecnología en una sociedad agraria, la sociedad feudal, basándose en un único factor: el arado de vertedera (arado pesado). Desde su punto de vista, la introducción del arado pesado en Europa del Norte explica la expansión demográfica, el crecimiento del comercio, el aumento de la producción industrial y el auge de las ciudades en esa región. Perdue (1996) considera que el enfoque basado en un único factor tiene grandes ventajas, al llamar la atención sobre un elemento pasado por alto y simplifica el análisis. Empero, y este sería el caso con respecto a la tesis de White, comúnmente se deriva hacia una suerte de lógica funcional que desdeña la consideración de otros factores, eleva el factor único al nivel de causa necesaria y suficiente y opaca la posibilidad que se llegue a los mismos resultados por sendas diferentes. Particularmente en este último aspecto, hay fuertes evidencias que Italia y el sur de Francia lograron aumentar la producción agrícola lo suficiente para sostener la extensa urbanización, observada desde el siglo X, sin recurrir al arado pesado, es decir utilizando el más tradicional arado romano. Al parecer, más importante que el arado mismo resultó ser la diseminación de las franjas de tierra.

Aunque tampoco ha estado exenta de críticas, la escuela historiográfica de las mentalidades ha sido una de las escuelas que más ha aportado interpretaciones originales y agudas sobre el período medieval y el ascenso del capitalismo. Como lo apunta Barros (1992), la constante preocupación de los fundadores, en 1929, de la escuela de los Annales, Marc Bloch y Lucien Febvre, por hacer una historia sintética, total, les condujo a estudiar tanto las bases económicas como las bases sicológicas y culturales de los hechos históricos; en lucha con una historia positivista, tradicional, que profesa la sumisión pura y simple a los hechos, y con una historia de la filosofía que separa las ideas del tiempo, del espacio, de la vida social. De allí que la historiografía medieval francesa de las mentalidades haya privilegiado el estudio sincrónico de la sociedad global. El punto de partida es el libro La sociedad feudal de Marc Bloch, publicado en la década de los treinta, donde se estudia a la vez la relación de vasallaje, las clases sociales y la atmósfera mental, las formas de sentir y de pensar, la memoria colectiva. Posteriormente, el enfoque fue adoptado y reflejado en los trabajos sobre historia medieval debidos a Jacques Le Goff y George Duby a partir de la década de los sesenta. Le Goff y Duby combinan la economía, la sociedad, la lucha de clases y las mentalidades. De la misma forma, sus trabajos posteriores representan singulares elaboraciones acerca del tiempo y del trabajo en los sistemas de valores medievales, los campesinos y los oficios en las fuentes literarias, entre otros.

El proyecto de los Annales de integrar la totalidad de una sociedad, incorporando el entorno geográfico, la base tecnológica, la estructura social, la cultura y la mentalidad en un todo unificado fue también impulsado por los trabajos del historiador francés Fernand Braudel. La perspectiva histórica de Braudel produce una ruptura al cambiar la temporalidad, puesto que sustituye el tiempo rápido del acontecimiento por el tiempo largo de los ritmos de la vida material. Esta búsqueda se revela en su obra en tres volúmenes Civilización material, economía y capitalismo, publicada hacia finales de los años setenta. Braudel estudió los polos de actividad humana que eran Venecia, Milán, Génova o Florencia y los intercambios que se llevaban a cabo entre ellos y trazó las líneas fundamentales de la historia del desarrollo del capitalismo, de los flujos de comunicación y de dinero que genera, el desplazamiento de fronteras que conlleva y la modificación de la estructura del Estado que determina. El marco de esta reconstrucción de la historia es el mundo entero, una historia total que, Braudel era consciente de ello, se debe reforzar con la incorporación al estudio del pasado de los métodos modernos de cuantificación.

Por su parte, no cabe duda que la poderosa historiografía marxista ha contribuido significativamente en el aporte de hipótesis en torno a la era medieval, particularmente en lo que corresponde al análisis estructural de la transición del feudalismo al capitalismo. Esto ha sido así por diversas razones, pero, según el criterio de Hicks (1975), la razón fundamental para que se utilicen tanto las categorías marxistas o una versión modificada de las mismas en el abordaje de la historia económica se debe a la falta de opciones que tomar. Sin embargo, esta perspectiva ha cambiado en las últimas décadas, aunque la mayoría de los nuevos enfoques siguen siendo tributarios, en mayor o menor grado, de los postulados de Marx. Como lo explica Hobsbawm (2002), las nuevas perspectivas llaman la atención sobre la presunción de que en el análisis histórico no puede prescindirse de la conciencia, la cultura y la acción intencional dentro de instituciones que sean obra del hombre. Pero, en general, la orientación metodológica prevaleciente, ha ido en el sentido de que si la historia debe integrarse a las ciencias sociales, tiene que adaptarse principalmente a la ciencia económica. Este planteamiento ya estaba implícito en las tesis de Marx, para quien sea cual sea la inseparabilidad esencial de lo económico y lo social en la sociedad humana, la base analítica de toda investigación histórica de la evolución de las sociedades humanas es y seguirá siendo el proceso de producción social.

Dentro de esta corriente, el trabajo que marcó un hito en los estudios historiográficos marxistas ocupados en el período medieval y el desarrollo temprano del capitalismo, fue la obra de Maurice Dobb Estudios sobre el desarrollo del capitalismo, publicada a mediados de la década de los cincuenta. En esta investigación, Dobb abandona, hasta cierto punto, los criterios rígidos y deterministas característicos de buena parte de la historiografía marxista, concentrada casi unilateralmente en hacer acoplar el análisis de factores como la acumulación de capital, la fuerza de trabajo y el progreso técnico con la superestructura jurídica y política. Sin ser desdeñados en absoluto, estos aspectos son estudiados junto con otros elementos que se consideran igualmente importantes, particularmente una mayor preocupación por el complejo de factores sociales, estructura de clases e instituciones.

El debate suscitado por el análisis de Dobb respecto a la transición del feudalismo al capitalismo entre historiadores y economistas marxistas, e incluso entre historiadores y economistas no marxistas, generó una amplia discusión sobre aspectos relacionados con conceptos como el de “modo de producción” y sobre aspectos como hasta qué punto la “economía monetaria” actuó como un disolvente de las relaciones feudales. Hilton (1977), en la introducción que hace a uno de los varios libros que se han editado con las contribuciones al debate, hace un recuento de los problemas principales examinados: la definición de servidumbre, el origen de las ciudades, el desencadenamiento de la producción simple de mercancías, los modelos alternativos sobre el surgimiento de la producción capitalista y el concepto de “principio motor”.

La corriente de estudios marxistas sobre el origen del capitalismo experimentó, en la década de los setenta, una renovación singular a partir de los trabajos de Immanuel Wallerstein. Este intelectual comienza por cuestionar la validez de los planteamientos que sobre el capitalismo hacen los mismos marxistas, arguyendo que sus análisis generalmente están viciados de alguno de dos defectos considerados. El primero tiene que ver con el carácter de análisis lógico-deductivo adquirido por sus estudios. Parten de definiciones de lo que se piensa es en esencia el capitalismo y examinan luego hasta que punto se ha desarrollado éste en diversos lugares y épocas. Es el tradicional modelo sucesivo: esclavitud, servidumbre, capitalismo. El segundo defecto está centrado en las presuntas grandes transformaciones del sistema capitalista a partir de un punto reciente en el tiempo, donde todo el tiempo anterior sirve de contraste para considerar la realidad empírica del presente. Wallerstein opone a estos modelos de interpretación su propia visión, que supone ver el capitalismo como un sistema histórico, a lo largo de toda su historia y en su realidad concreta y única. La finalidad última es describir esta realidad, delinear con precisión lo que siempre ha estado cambiando y lo que nunca ha cambiado históricamente (Wallerstein, 1988).

En este sentido, el esquema apropiado para abordar el capitalismo desde sus orígenes, la unidad correcta de análisis es el sistema mundial o, como también lo define, la “economía-mundo”. A finales del siglo XV y principios del XVI, surge la economía-mundo europea. No se trata de un imperio, no obstante ser tan amplia como un gran imperio y compartir algunas de sus características. Es un sistema social del todo inédito y que constituye el carácter distintivo del moderno sistema mundial. Es una entidad económica pero no política, al contrario que los imperios, las ciudades-estado y las naciones-estado. En realidad los comprende a todos dentro de sus límites. Es un sistema mundial, no porque incluya la totalidad del mundo, sino porque es mayor que cualquier unidad política jurídicamente definida. Es una economía-mundo debido a que el vínculo básico entre las partes del sistema es económico, aunque está reforzado por vínculos culturales y arreglos políticos (Wallerstein, 1979).

Un enfoque alternativo de explicación sobre el origen del capitalismo, se inicia a mediados de la década de los setenta con los trabajos de Douglas North y Robert Thomas. Particularmente, su obra en conjunto El nacimiento del mundo occidental. Una nueva historia económica (900-1700), abrió un campo fértil para la indagación histórica dentro de un esquema no marxista. La continuación de esta línea de investigación, con nuevos adeptos, se inscribe dentro de la importante escuela de economía neoinstitucional, constituyendo uno de los enfoques más consistentes tras el objetivo de explicar, no sólo el nacimiento de la economía capitalista mundial, sino también los factores históricos detrás del buen o mal desempeño económico de las sociedades a lo largo del tiempo. Más allá de la ruptura parcial con el análisis factorial tradicional, este enfoque recala en un esfuerzo deliberado por hacer una historia económica ajustada a los requisitos de la teoría y el análisis económico neoclásico o, como mínimo, del mainstream de la economía.

El enfoque neoinstitucional hace especial énfasis en el papel de los cambios jurídicos e institucionales como los aspectos claves del desenvolvimiento económico en su perspectiva histórica. El argumento central es que la clave del crecimiento reside en la constitución de una organización económica eficiente y eficaz, que paulatinamente minimice los costos de transacción y negociación implicados en las actividades productivas. Una organización eficaz supone el establecimiento de un marco institucional y de una estructura de la propiedad capaz de canalizar los esfuerzos económicos individuales hacia actividades que se traduzcan en una aproximación entre la tasa privada y la tasa social de beneficios. Esto supone, en la visión de North y Hartwell (1981), la exploración sistemática de los costos de transacción que definen y se aplican en un sistema de derechos de propiedad de una sociedad, considerando un determinado estado de la tecnología. Este tipo de investigación contribuye a explicar las varias formas de organización económica a través de las cuales se ha realizado el intercambio en la historia y ayuda a interpretar la división de las actividades económicas entre las familias, las organizaciones voluntarias, los mercados y el Estado en un determinado momento, así como los cambios en la combinación de esos factores a lo largo del tiempo. Además, una ventaja importante del enfoque de los derechos de propiedad es que se presta a la investigación empírica y a las proposiciones comprobables.

Este breve repaso por la historiografía, particularmente por la que se ha ocupado del período medieval y la transición del feudalismo al capitalismo, no pretende ser exhaustiva. Basta indicar que no se ha hecho mención de autores fundamentales para la comprensión del tema medieval como Henri Pirenne y Jacques Heers. En el caso de Pirenne, el análisis de algunas de sus contribuciones remite a considerar las causas subyacentes al renacimiento comercial, desde el siglo X, de las ciudades europeas, particularmente en el Mediterráneo. En el caso de Heers, a enfocar la atención sobre el importante papel que a lo largo de la Edad Media cumplieron en lo político, económico y social los clanes familiares.

No obstante, el bosquejo realizado acerca de la gama de posibilidades de interpretación del papel y desarrollo de la historia económica, y en específico de la historia medieval y la emergencia del capitalismo, es suficiente para subrayar la tarea cada vez más imperativa de hacer una historia económica que acepte la invisibilidad de los diferentes factores exógenos y endógenos implicados en el desarrollo económico del pasado y del presente. Un principio metodológico fundamental debería rescatar el concepto tradicional de la historia social y económica, combinándolo con los resultados de la investigación orientada al crecimiento cuantitativo. Como lo advierte Braudel (1982), si la historia económica del mundo es la historia entera del mundo, es porque es vista desde un solo observatorio: el observatorio económico. Elegir este observatorio es privilegiar de antemano una explicación unilateral y peligrosa.


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