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LA ECONOMÍA MEDIEVAL Y LA EMERGENCIA DEL CAPITALISMO

Isaías Covarrubias Marquina




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Notas

Capítulo I

1 Las últimas generaciones de historiadores han roto definitivamente con la antigua noción de unos tiempos de recesión y autarquía económica, haciendo retroceder el umbral de los comienzos de la renovación agraria y comercial de la Edad Media a los siglos VII-IX. Por otra parte, se han hecho insostenibles las tesis según la cual el latifundio constituyó el modelo exclusivo de explotación agraria en los primeros siglos medievales. En realidad, existían pequeñas y medianas explotaciones y los modos de explotación eran múltiples. Existieron desde por lo menos el siglo VII, grandes aglomeraciones rurales llamadas vici de carácter eminentemente agrario, que no excluían actividades de transformación e intercambios, que los convertía en verdaderos centros locales. Véase P. Contamine et. al. ”La economía medieval” 2000. p. 25.

[2] Siempre que se refieren cifras de la población europea de los siglos medievales se hace con cautela y señalando que se trata de elaboraciones aproximadas. La falta de información fidedigna respecto a registros, tasa de natalidad y de mortalidad de la población, dificultan la labor de entregar cifras definitivas. Por otra parte, la información existente proviene fundamentalmente de las fuentes obtenidas de los países de Europa occidental, careciéndose de buena información en lo que respecta a la región oriental, por lo que las estimaciones tienen mayor probabilidad de error. Por estas y otras razones cualquier aproximación demográfica del período medieval europeo siempre será susceptible de debate y discusión. Sin embargo, los progresos de la cliometría han permitido adelantar trabajos cada vez más rigurosos sobre el verdadero tamaño de la población europea de los siglos medievales. Es así que varios historiadores y demógrafos han comenzado a coincidir en las cifras. Por ejemplo, la información poblacional indicada proviene de la comparación de tres fuentes revisadas para un estudio realizado por profesores de la Universidad de la Laguna, y coinciden aproximadamente con las estimaciones de K. Bennet de 73 millones de habitantes para el año 1300 y de 69 millones para el año 1500. Véase Universidad de la Laguna “Guía didáctica de la asignatura: historia económica mundial” 2002. p. 33 y I. López “Europa en la época del Descubrimiento” 1998. p. 26.

[3] Existen varias hipótesis que, aisladas o en conjunto, sirven para explicar el repentino éxito británico en la consecución de cañones de hierro colado relativamente seguros. Ya se mencionó que la abundancia de mineral de hierro y la escasez de cobre impulsó a los ingleses a buscar desarrollar la metalurgia de fundición usando el recurso que poseían. Ciertamente que la experimentación continua tiene que haber influido en la obtención de cañones más largos y de inferior calibre, que aseguraban una potencia de propulsión mucho mayor. Pero queda por explicar porqué no estallaban con tanta frecuencia como los cañones de hierro colado. Se ha sugerido que la seguridad y calidad de los cañones ingleses se debía a la presencia de fósforo en el mineral. Véase C. Cipolla “Máquinas del tiempo y de la guerra” 1999. p. 108.

Capítulo II

1 Con relación a la preeminencia de un saber imbuido de teología, da cuenta el hecho que muchos fenómenos sorprendentes que se daban en la naturaleza y en la vida del alma no eran investigados científicamente, pues no se sentía ninguna necesidad de hacerlo, en tanto sus causas eran atribuidas a fuerzas demoníacas, cuya creencia no sólo explicaba el fenómeno en cuestión, sino que señalaba como único expediente al cual recurrir para combatirlo a la propia religión. De igual manera, la sanción moral religiosa sobre las actividades económicas consideradas ilícitas, también se afincaba en la apelación al demonio. De allí que en una escena dramática de la literatura medieval, el diablo se lleva las almas de los hombres dedicados a las más diversas profesiones: zapateros, curtidores, panaderos, y comerciantes, condenados por sus fraudes y engaños. Véase J. Bühler “Vida y Cultura en la Edad Media” 1977. p. 57.

2 Uno de los ámbitos donde los habitantes de los primeros siglos medievales aprovecharon el legado tecnológico de la Antigüedad fue en la producción de la sal marina. La sal, único conservante para carnes y pescados, era un producto de primera necesidad, que no se encontraba en cualquier lugar y cuya fabricación en un medio marino requería de unos equipamientos técnicos especiales que no tardaron en desarrollarse dentro de las comunidades medievales. Véase P. Contamine et. al. Op. Cit. p. 37.

3 Las rutas de la seda significaron un intenso intercambio comercial entre Occidente y Oriente desde la época de los grandes imperios antiguos, y extendiéndose durante la Edad Media, tanto por vías terrestres como marítimas. En Occidente se adquirió la costumbre de utilizar productos orientales como las especias y en especial la seda, cuya técnica de obtener el hilo a partir de los capullos permaneció en secreto hasta mediados del siglo VI, cuando monjes nestorianos transportaron escondidos los huevos de los gusanos para su cría en el Mediterráneo. En el siglo XII Roger de Normandia, Rey de Sicilia, hizo traer obligados artesanos griegos para la fundación de una industria de seda en Palermo. Desde entonces la fabricación de tejidos de seda se implanta en Occidente. Véase L. Boulnois “La ruta de la seda” 1986. pp. 101-122 y G. Messaldié “Los grandes inventos de la humanidad” 1995. p. 170.

[4] En realidad, la repercusión de una actitud mental diferente respecto a la tecnología que comienza a exhibir Occidente frente a Oriente, tiene sus primeras expresiones en una fecha relativamente temprana. En efecto, en el año de 1338 partió de Venecia una galera en dirección a Oriente que llevaba entre su carga un reloj mecánico. Esto constituye un hecho notable, puesto que es el primer bien tecnológicamente avanzado que Europa exporta a Asia. Con este modesto inició se abre una nueva época. Un siglo después, la supremacía tecnológica de Europa occidental sobre Asia comienza a hacerse evidente. Véase C. Cipolla. Op. Cit. 1999. p.10.

5 El Descubrimiento también tuvo una influencia determinante en el cambio de visión acerca del hombre y de la sociedad. Se pueden rastrear en los estudios americanos acerca de los usos y costumbres de los indios y su relación con el ambiente, prolegómenos de la antropología y de la sociología moderna. La transformación de la conciencia europea concomitante a el proceso “civilizador” iniciado en el Nuevo Mundo coadyuvaron a la formación de una nueva visión de lo político, lo económico y de lo social, reflejándose en los ideales de justicia, de igualdad y de libertad que representaron las ideas utópicas, el nacimiento del derecho internacional, la teoría del hombre afincada en el “buen salvaje” americano y las tesis mercantilistas sobre comercio y producción. Véase G. Arciniegas “América en Europa” 1980. p. 201.

Capítulo III

[1] El trabajo asalariado se expandió de tal manera que, hacia finales del siglo XV, llegó a la organización militar. Las tropas se conformarán en adelante con mercenarios o por ejércitos de soldados nacidos dentro de la unidad política que se tratara, pagados por el Estado mediante la recaudación de impuestos, préstamos, o los propios botines de guerra. Al respecto, Nicolás Maquiavelo observó en El Príncipe, escrito en 1513, la necesidad que Florencia, su patria, conformará un ejército propio, con la finalidad de evitar que los mercenarios cometieran traiciones o hicieran negociaciones con el enemigo. Véase J. R. Hale “Maquiavelo y el Estado autosuficiente” En D. Thomson “Las ideas políticas” 1977. p.23.

[2] La principal debilidad de la tesis de Pirenne es el rechazo de la enorme influencia que la economía agraria tuvo sobre el renacimiento urbano. El desarrollo urbano es producto de un estrechamiento de los lazos entre el campo y la ciudad. Requiere, como en el caso de Flandes, de una red tupida de mercados rurales y de un poblamiento regional denso. Esta misma articulación se va a observar en el caso del artesanado. Lo cual fue visto por Pirenne como una consecuencia del renacimiento comercial. En realidad ambos son concomitantes e incluso, en algunos lugares, el renacimiento del artesanado va a preceder al comercial. Véase P. Contamine et. al. Op. Cit. p. 171.

[3] Los enormes requerimientos de especias por parte de las regiones de Europa occidental se han tratado de explicar con base al hecho de que las comunidades agrícolas, al menos hasta el siglo XVI, padecieron un déficit crónico de forraje de invierno para el ganado. Esto conllevaba a que gran cantidad de ese ganado tuviera que ser sacrificado, y su carne conservada para el consumo invernal salándola o adobándola. De allí la constante demanda de especias para el condimento y la conservación. Aparte de la sal, que era el preservador más común y barato, las demás especias provenían de Oriente: la pimienta de la India y las Indias Orientales; la canela de Ceilán, el clavo de las islas Molucas, y el jengibre de China. Véase J. H. Parry “Europe and Wider World 1415-1715” 1975. pp. 40-41.

[4] De manera similar al incremento experimentado por el precio de los cereales, durante el período 1180-1330, el crecimiento de la ganadería, causada por la progresiva diversificación del régimen alimenticio, la creciente demanda de cuero y sobre todo de lana, va a determinar el crecimiento escalonado de los precios tanto del ganado como de rubros derivados. En Normandía, los precios de las ovejas en el período comprendido entre 1203 y 1255 se incrementan en un 305%. Entre 1255 y 1328 los precios se duplican. Véase P. Contamine et. al. Op. Cit. p. 214.

[5] Es probable que la balanza comercial internacional hacia 1500 oculte el hecho de que el comercio de esclavos traídos de las costas occidentales africanas, recientemente descubiertas por los portugueses, comenzó a ser relativamente importante a partir de la segunda mitad del siglo XV. Entre 1445-1450 cerca de mil esclavos africanos fueron capturados o comprados a los jefes de las tribus del litoral occidental africano. El comercio de esclavos llegó a extenderse tan rápidamente que en 1448 el príncipe Enrique ordenó la construcción de un fuerte y un depósito en la isla Arguim, en la bahía formada por la curva de cabo Branco. Este depósito de Arguim fue la primera factoría comercial europea en ultramar. Véase J. H. Parry. Op. Cit. p.32

Capítulo IV.

[1] La concepción hierocrática de los poderes sostenida por la Iglesia, se asentaba en la creencia de que el rey era un laico más, y por consiguiente, en los asuntos de la Iglesia era tan súbdito del Papa y del clero como cualquier otro. Aunque el Papa poseía tanto el poder espiritual como el temporal, la coacción física propia del poder temporal sólo era ejercida por los gobernantes laicos. Empero, también significaba que los papas podían reclamar, en virtud de este mandato divino, su derecho a orientar a los reyes sobre el modo como se debía administrar, en todos los sentidos, el poder temporal. Hacia el final del siglo XIII esta doctrina, a pesar de seguir siendo aceptada, no tiene ya un efecto importante. Para la época indicada, los reyes y los príncipes poseían un grado considerable de autoridad moral en sus respectivos reinos y un control bastante efectivo sobre sus respectivos cleros locales. Véase A. Black. “Political Thought in Europe, 1250-1450” 1992. pp. 58-59.

2 Paradójicamente, no existían restricciones para que las mujeres fueran agremiadas, aunque aplicaban algunas restricciones. Ciertos gremios de mujeres, organizados del mismo modo que los oficios de los hombres, tenían sus “mujeres juradas” nominalmente, porque en la practica dependían de un gremio vecino. Particularmente en la industria textil abundaron las mujeres dentro de los gremios en calidad de aprendices, pero también hubo maestras como se destaca de los estatutos de un gremio parisino de fabricante de tejidos de principios del siglo XV. Véase J. Jacques “Las luchas sociales en los gremios” 1972. p. 84.

Capítulo V

[1] Algunas investigaciones dan cuenta que la industria de la pañería inglesa era en realidad muy floreciente hacia 1200, y tenía una estructura parecida a la correspondiente en las ciudades flamencas. La supuesta decadencia de la industria textil inglesa hacia el siglo XIII no tiene asidero si se tiene en cuenta que para la época ocurrió más bien una revolución industrial consistente en una mecanización del enfurtido, gracias a la utilización del molino hidráulico. El resultado de ello fue la transferencia de la industria hacia las regiones accidentadas del Norte y del Oeste. Incluso se ha documentado que al lado de la importante industria de paños conviene colocar una industria emparentada con la misma, la del lino. Véase H. Pirenne “Historia económica y social de la Edad Media” 1975. Anexo bibliográfico y crítico del Capítulo V. pp. 228-229.

[2] En ciertos casos, como en la constitución de los Países Bajos (Bélgica y Holanda) el factor mediador en la formación del Estado nacional fue fundamentalmente el político, po sobre factores económicos o geográficos. Tampoco fue influyente la formación de una temprana conciencia nacional. De hecho, ocurrió al contrario, la conciencia de formar la nación fue el resultado de toda una trayectoria, no una causa, sino una resultante, que podría haber sido muy distinta si se hubiesen modificado los elementos componentes. Véase J. Huizinga “El concepto de la historia” 1992. p. 240.

[3] Algunas tesis provenientes de la escuela de historia de las mentalidades, le otorgan un peso significativo a aspectos como la sed de justicia en la explicación de las revueltas medievales. El entorno mental y político que rodea a la justicia medieval es particularmente relevante porque constituye la principal función administrativa delegada por el rey a los señores feudales. Es por ello que la percepción de lo que es y no es justo resulta trascendental detrás de los estallidos sociales. Al parecer, la sed de justicia, justificada en los agravios que sufrían por parte del señor, fue la motivación fundamental en la revuelta protagonizada por los irmandiños, en la región de Galicia entre 1467 y 1469. Por supuesto, no se descartan las motivaciones políticas y económicas, como la coyuntura política de guerra civil y vacío de poder en la corona de Castilla, o el aumento de la presión tributaria de los nuevos señores sobre los vasallos. Pero la preeminencia en las causas la tiene la mentalidad justiciera de los irmandiños. Véase C. Barros. “La mentalidad justiciera en las revueltas sociales (edades media y moderna)”. 2000. s/p.

Capítulo VI.

1 Conviene dar una definición sucinta de instituciones y cambio institucional. Las instituciones representan las normas formales, obligaciones informales, tales como normas de comportamiento y códigos de conducta autoimpuestos y en sus características relativas a su observancia. Las instituciones existen, entre otras cosas, porque reducen las incertidumbres propias de la interacción humana. Estas incertidumbres surgen como consecuencia de la complejidad de los problemas de cooperación social, por ejemplo, para el intercambio, que deben resolverse. El cambio institucional es el fomento de cambios y transformaciones en las normas, reglas, organizaciones, que define un sistema de cooperación social con la finalidad de acercar la tasa privada de beneficios con la respectiva tasa social. Véase D. C. North “Institutions, Institutional Change and Economic Performance” 1990.

[2] El ascetismo terrenal implícito en la ética protestante, al convertirse en la base histórica para nuevos hábitos de trabajo metódicos, derivando en el protestante austero, moralmente limitado para disfrutar de los frutos de su trabajo, contrasta abiertamente con el hombre económico moderno en su valoración del ocio y en sus hábitos de consumo. Antes más bien, se ha querido asemejar el puritano del capitalismo emergente con el individuo asiático actual. Imbuido de una ética confuciana, su conducta supone una actitud de disciplina y automejoramiento, muy conveniente para el trabajo, aunado al respeto por la autoridad, la frugalidad y un interés exagerado por la estabilidad familiar. Véase B. Levine et. al. “El desafío Neoliberal” 1990. p. 60.


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