Epílogo:
Capitalismo, Empresarios, Instituciones
Empresarios y Capitalismo
Hacia el año 1700, las incipientes
Estado-naciones de Holanda e Inglaterra se encontraban en el borde de iniciar
un proceso de crecimiento económico sostenido. Este incremento, medido en
términos de la renta por habitante, ha sido atribuido a la ampliación del
comercio interno y ultramarino, a los cambios demográficos favorables, así como
a las primeras manifestaciones de cambios tecnológicos importantes en la
producción agrícola y manufacturera. Empero, la transformación más resaltante
estaba ocurriendo en el contexto institucional. La concesión de privilegios
exclusivos por parte del Estado a comerciantes y sociedades, las abundantes
reglamentaciones para realizar actividades económicas y la legitimación de los
poderes impuestos por los gremios, comenzaron a desaparecer desde el mismo
momento que los mercados nacionales e internacionales en crecimiento exigieron
nuevas reglas de juego, en la dirección de abaratar los costos de transacción
que hicieran más eficiente el sistema.
La evolución del comercio en unas
nuevas circunstancias, al cambiar las relaciones de intercambio, trajo como
consecuencia una mayor demanda de derechos de propiedad claramente reconocidos
y sancionados por el Estado. Se produjo entonces una evolución institucional en
la dirección de promover reformas al derecho de sociedades, que se adaptaran a
los significativos cambios operados en el comercio internacional y en la
industria. Se originó un proceso de desplazamiento de los sistemas de
concesión, en que los gobernantes otorgaban el derecho a constituirse en
sociedad, atendiendo generalmente a favores especiales, a un sistema de
registro en que toda compañía que reunía unos requisitos mínimos podía constituirse
en sociedad. Como lo han destacado North y Thomas (1976:
245-246) para el caso de Inglaterra:
La
menor influencia de las reglamentaciones industriales y la disminución del
poder de los gremios permitieron la movilidad de la mano de obra y la innovación
de las actividades económicas; posteriormente, la institución de una regulación
de las patentes en el Statute of Monopolies fomentó aún más esta
tendencia. La movilidad del capital aumentó gracias a las sociedades anónimas,
los orfebres, los coffee-house (precursores de los seguros organizados)
y el Banco de Inglaterra, factores todos ellos que abarataron los costos de
transacción en el mercado de capitales, y, lo que tal vez sea lo más
importante, la supremacía del Parlamento y la incorporación de los derechos de
propiedad al derecho civil puso al poder político en manos de hombres deseosos
de explotar las nuevas oportunidades económicas.
También en Francia cabe hablar de importantes cambios
institucionales, pero en este caso producidos de forma violenta a partir de la
Revolución. En efecto, ya hacia fines del siglo XVIII se había hecho patente
que el mercantilismo francés conducía al país hacia el empobrecimiento,
estrangulando las iniciativas privadas mediante un conjunto de normas excesivas
y discriminatorias. En este contexto, la Revolución Francesa provoca el inicio
del desmantelamiento de las prácticas mercantilistas, aunque tuvieron que pasar
muchas décadas antes de que Francia lograra una relativa igualdad de
oportunidades económicas y sociales. En la era napoleónica se consiguió
democratizar el acceso a la empresa, al dar a todos los franceses igualdad
frente a la ley. En el transcurso del siglo XIX, Francia abandonaría casi
completamente el mercantilismo y se convertiría en una verdadera economía de
mercado (De Soto, 1987).
Los cambios institucionales impulsaron de forma
manifiesta las actividades económicas de un grupo de actores sociales ya
identificados plenamente con la denominación de empresarios. En los albores de
la Revolución Industrial, recibieron la atención de Adam Smith, quien otorgará
a la búsqueda del interés propio, como motivación económica fundamental, una
sanción moral positiva. Al hacerlo, legitimó la actividad empresarial como la
llamada a propiciar el desarrollo del sistema capitalista. Dicha búsqueda y,
por ende, la prosperidad del empresario y de la sociedad como un todo, sería
tanto más exitosa cuanto menos fuera obstaculizada por intervenciones,
restricciones o regulaciones, ya provinieran del gobierno o de otros agentes.
El empresario capitalista se encargará de dar un sentido práctico al
pensamiento teórico del liberalismo económico, haciendo corresponder su visión,
imbuida de la necesidad de su tarea, con lo que se consideraba era
políticamente correcto y socialmente útil. De allí que la práctica empresarial
inmersa en el capitalismo fomente un conjunto de actitudes sicológicas y
disposiciones morales compatibles, que son tanto deseables en si mismas, así
como conducentes a la mayor expansión del sistema.
A comienzos del siglo XX, el científico social
italiano Wilfredo Pareto, a partir de su análisis histórico sobre las élites,
hará una distinción de actores sociales en el campo de la actividad económica
de la cual surge, a su vez, una diferenciación clara de la categoría de
empresario. Pareto contrasta los “rentistas” con los “especuladores”. Los
rentistas son esencialmente hombres que perciben ingresos fijos, en tanto que
los especuladores o “empresarios” persiguen siempre mayores beneficios y corren
siempre mayores riesgos. Además, los empresarios son activos, imaginativos,
interesados en promover innovaciones, son especuladores tanto en el sentido
filosófico del término, como en su sentido económico. Los rentistas son
pasivos, faltos de imaginación, conservadores. Cada grupo tiene objetivos
conscientes que afectan a la sociedad, pero ninguno de los dos grupos tienen
conciencia de sus funciones sociales, es decir, de las consecuencias impensadas
de sus acciones deliberadas (Burke, 1996). Pareto, no tiene una inclinación
especial para conferirle un sentido instrumental valorativo a la actividad
empresarial. Observa sí, con perspicacia, que períodos de crecimiento económico
lo favorecen, mientras que períodos de estancamiento o recesión son ventajosos
para el rentista. No obstante, entiende que la clase de empresario es la
llamada a promover los cambios sociales y la de los rentistas a resistirlos. El
equilibrio social se convierte de esta manera en el resultado de la interacción
de ambas funciones.
Joseph Schumpeter, otorgará al empresario un papel
central en el desarrollo económico al convertirlo en el eje de sus cambios. En
su obra Teoría del Desenvolvimiento Económico, publicada originalmente
en 1912, hace descansar en la innovación y en el empresario innovador que la lleva
a cabo, el mayor peso del desarrollo económico. Una función básica de todo
empresario consiste en la búsqueda de ganancias extraordinarias, y éstas pueden
provenir exclusivamente de la innovación. La necesidad de innovar le lleva a
seguir atentamente la evolución de las oportunidades técnicas que genera el
potencial científico y, en algunos casos, a desarrollar directamente las nuevas
tecnologías.
Una característica fundamental que tienen las
innovaciones en el enfoque schumpeteriano, es que éstas no aparecen en forma
continua, sino que, en caso de aparecer, lo hacen en forma discontinua y en
grupos o racimos. Por esta razón, también los empresarios innovadores aparecen
en grupos, puesto que el surgimiento de uno o más empresarios facilita la
aparición de otros y éstos, a su vez, la de nuevos grupos, cada vez en mayor
número, ya que el éxito original anula de manera creciente los obstáculos,
haciendo familiar la innovación y suavizando su aceptación. El ciclo económico
tiene en la actividad del empresario su principal determinante. La fase inicial
de un proceso de innovaciones permite al empresario obtener una rentabilidad
elevada, puesto que se beneficia de una renta de situación (que puede llegar a
ser un monopolio). A medida que la innovación se difumina y se generaliza,
aumenta la competencia, y, gradualmente, desaparecerán las ganancias
extraordinarias. Al eliminarse la ganancia extra del empresario, se agota el
impulso para nuevos avances en esa dirección. Esto conlleva a que junto con la
aparición del auge económico, producto de la introducción de innovaciones, le
siga, bajo una lógica intrínseca (no considerando la aparición de elementos
fortuitos como guerras, pánicos, destrucción del sistema de crédito, quiebras
masivas) la aparición de la depresión, consecuencia del proceso normal de
absorción y liquidación de las innovaciones.
El enfoque schumpeteriano, centrado en el empresario
innovador y en el proceso de “destrucción creativa” del capitalismo, ha sido
reforzado por Drucker (1998), pero bajo una perspectiva que no enfatiza en la
aparición de grandes innovaciones agrupadas, pues éstas también se producen de
manera aislada. La capacidad de innovación puede ser definida como la habilidad
para explotar la ciencia y la tecnología con el fin de crear provechosamente
productos y procesos nuevos y perfeccionados. La innovación se convierte en la
responsabilidad principal del empresario, orientada a la búsqueda consciente de
nuevas oportunidades que aumenten el potencial económico y social de la empresa.
Las más importantes fuentes de oportunidad que generan innovaciones son las
ocurrencias inesperadas, las incongruencias, los procesos necesarios y los
cambios industriales y de mercado. Además, existen fuentes de oportunidad en el
ambiente externo relacionados con cambios demográficos, cambios de percepción y
nuevos conocimientos.
Por otra parte, la
continua actividad empresarial en las diferentes facetas del capitalismo se ha
ido nutriendo de una tradición, una suerte de learning by doing que
opera para hacer cada vez más eficiente el sistema, trátese del comercio, la
manufactura o lo servicios. Cuando está tradición no está muy desarrollada o ha
ido desapareciendo con el tiempo, las instituciones ad hoc suelen ser
débiles e ineficaces y el potencial empresarial restringido. La tradición es un
factor importante particularmente para el desarrollo de pequeñas y medianas
empresas. Es el caso de los fabricantes de relojes en Suiza o los fabricantes
de instrumentos médicos de la India, cuyos productos son reconocidos
mundialmente como resultado del talento empresarial y la motivación consagrada
en la tradición familiar.
También es el caso de
algunas regiones como Cataluña, que mantiene una sólida tradición empresarial
desde mediados del siglo XIX. En efecto, hacia 1850 empresarios catalanes
introdujeron, importado de Inglaterra, el telar automático, iniciando una
importante tradición en el sector textil que convirtió a la región en la
primera en importancia en esta industria, hasta el punto que su valor agregado era
más de cinco veces superior al de todo el sector siderúrgico español de la
época, concentrado especialmente en las regiones vasca y asturiana. Además, la
relevancia adquirida por la Escuela Industrial de Barcelona, sirvió de
catalizador para generar iniciativas empresariales en los sectores metal
mecánico y eléctrico, complementando el sector textil. La temprana revolución
industrial catalana aseguró la presencia de instituciones adecuadas para el
surgimiento de empresarios y su consolidación.
Se ha sostenido que
el crecimiento económico de los tigres asiáticos, particularmente Taiwán y Hong
Kong, se articuló con base a una tradición donde se le otorga primacía a la
pequeña y mediana empresa, arraigada en la ética laboral confuciana, que valora
y tiene una actitud positiva hacia la disciplina, el respeto a la autoridad, la
frugalidad (base de la alta tasa de ahorro de estas sociedades) y el interés
por la estabilidad familiar. Por ejemplo, en el despegue económico taiwanés, la
estructura industrial se apalancó en un gran número de pequeños y medianos
empresarios, establecidos con el ahorro familiar y redes de cooperativas de
ahorro, apoyados, cuando fue necesario, con créditos de los bancos
gubernamentales.
La existencia de una
tradición empresarial en determinadas comunidades y su ausencia de otras, es
decir, la presencia de un proceso sociocultural particular, que imbuiría a
estas comunidades de los elementos necesarios para propiciar la iniciativa
empresarial y el desarrollo económico, ha llamado la atención sobre la
importancia que tienen los valores para el alcance del progreso económico. Es
así que se ha atribuido el desarrollo de Europa Occidental a la presencia de la
ética protestante, el crecimiento japonés en el siglo XX sería un reflejo de
los valores de la cultura samurai y el más reciente auge económico de
los países del Este Asiático lo explicaría la práctica del confucianismo. Sin
que estos valores dejen de ser relevantes en la explicación de sus progresos,
las hipótesis que otorgan un peso relativo muy significativo a esta correlación
han perdido vigencia, como lo pone de manifiesto Sen (1998: 3):
Es
difícil rechazar la idea de que existen fuertes elementos de arbitrariedad y
teoría ad hoc en la cuestión de considerar los valores asiáticos particularmente
favorables al rápido crecimiento económico y social. Para decirlo de otra
manera, si es verdad que los valores han tenido tanta importancia en la
reciente prosperidad económica de estas regiones, ¿por qué han tardado tanto?
¿Han cambiado los valores? Si es así, ¿por qué? ¿O es que su enorme potencial
permanecía dormido e inactivo y se ha desencadenado hasta no hace mucho tiempo
y por alguna razón con toda su fuerza? ¿Si es así, cual ha sido la razón de
este cambio? Es mucho más fácil dar explicación de valor ex post que ex
ante, y la facilidad de estas respuestas esconde las preguntas que se
tienen que formular para hacer un escrutinio crítico de las respuestas.
Por lo demás, la
evidencia empírica demuestra que la mayoría de las religiones, desde las más
universales y antiguas, hasta las más recientes y localizadas, promueven
valores éticos positivos, como el voluntarismo, la asociatividad, las virtudes
cívicas, la confianza y la solidez de la familia. De manera que el aspecto
verdaderamente importante es como una determinada sociedad internaliza esos
valores y los convierte en instituciones que los propicien y fomenten, de
manera que sirvan de apoyo al proceso de desarrollo económico mediante, entre
otras cosas, el fomento de emprendimientos.
De lo anterior se
desprende que el empresario no se crea ni evoluciona en un vacío social. Desde
los mercaderes-empresarios del incipiente capitalismo mercantil, pasando por
los empresarios característicos de la revolución industrial, y llegando hasta
el empresario innovador del actual capitalismo informacional, este actor social
siempre ha sido y es el producto del contexto dinámico en el que se desarrolla
la economía y sus instituciones. Al mismo tiempo, ha servido de agente de los
cambios institucionales y ha cumplido funciones de liderazgo social. En
particular, los empresarios emergentes del capitalismo informacional, de
cualquier país o región, sean pequeños, medianos o grandes, que utilizan la
innovación y la flexibilidad como rasgos esenciales del nuevo sistema de
producción, dan por un hecho que la intensa competitividad prevaleciente los
obliga a innovar constantemente, pues corren el riesgo de quedar superados por
otros. Por esta razón, se convierten en los principales promotores de los
cambios que faciliten la creación y desarrollo de empresas.
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