BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

LA ECONOMÍA MEDIEVAL Y LA EMERGENCIA DEL CAPITALISMO

Isaías Covarrubias Marquina




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3. El caso de China en el siglo XV

No cabe duda que cuando se revisa, en una perspectiva histórica, el despliegue de tecnología y organización social existente en el mundo oriental, particularmente en China en los siglos XIV y XV; tecnología que fue transferida y aprovechada por las naciones europeas, comparativamente más atrasadas, no queda sino preguntarse porqué la propia civilización china no logró desplegar todo el potencial que parecían tener sus fuerzas productivas. Aunque los historiadores económicos siguen debatiendo intensamente sobre las causas de la ralentización de la sociedad china desde mediados del siglo XV, no hay análisis concluyentes al respecto.

En cuanto a población, progreso técnico y producción, el rápido avance chino en estos factores suponía una gran superioridad sobre Europa occidental a inicios del siglo XV. Es posible que para la época la población china se aproximara a los 100 millones de habitantes, una población mayor que la población europea. Esta cifra supone la existencia de recursos y tecnología agrícola suficientemente desarrollada para sostener la población y su crecimiento. En efecto, evolucionando desde el siglo X, la agricultura de arrozales se convirtió en una producción intensiva, basada en una cuidadosa gestión del agua y selección de las semillas. El aumento de la producción del delta inferior del Yangtze fue suficiente para alimentar tanto a la población rural como a la creciente población urbana. El cambio tecnológico más importante fue la introducción de un tipo de semilla de arroz, procedente del sudeste de Asia, que maduraba antes y permitía llevar a cabo una doble cosecha. Adicionalmente, se implementó la canalización de las zonas pantanosas del delta inferior del Yangtze, acompañado de un sistema de calibración del agua eficaz, suminsitrando la cantidad correcta de agua a la temperatura correcta durante la temporada en que crecía el cultivo.

China contaba con altos hornos y el pistón necesarios para el acero; pólvora y cañones para la conquista militar; la brújula y el timón para poder explorar el mar; el papel y la imprenta móvil; el arado metálico, el collar del caballo y varios fertilizantes, tanto naturales como artificiales, para generar excedentes agrícolas. En matemáticas, conocían el sistema decimal, los números negativos y el concepto de cero. La producción y las rutas comerciales estaban más desarrolladas que en ninguna otra parte del mundo, enlazando a multitud de ciudades continentales y portuarias: Desde el siglo XI existía una intensa producción de hierro, básicamente para fines militares, que alcanzó alrededor de las 125.000 toneladas anuales, cifra que sólo sería superada siete siglos después, por la producción inglesa de comienzos de la Revolución Industrial.

Las invenciones y descubrimientos chinos tenían un gran peso en su tecnología naval; una formidable industria que se traducía en enormes flotas de barcos de guerra y para la exploración de mercados ultramarinos. Se ha calculado que en 1420 la armada de la Dinastía Ming (1368–1644) poseía 1.350 navíos de combate, incluidas 400 grandes fortalezas flotantes y 250 barcos diseñados para persecuciones de largo alcance. Algunos de los grandes buques parecen haber tenido cerca de 1.200 metros de largo y desplazar más de 1.500 toneladas. Las expediciones de larga distancia, emprendidas por el almirante Cheng Ho entre 1405 y 1433, recorrieron multitud de puertos del pacífico asiático, desde Malaca y Ceilán hasta las entradas del mar Rojo y Zánzibar. Es muy posible que estas embarcaciones hayan podido navegar en torno a Africa mucho antes que los portugueses descubriesen Ceuta. Aunque sin la espectacularidad de la flota de guerra, numerosas embarcaciones privadas navegaban hacia las costas de Corea y Japón, para realizar comercio con una infinidad de productos (Kennedy, 1987).

No obstante los significativos avances de la sociedad china y su expansión comercial, al parecer se ha tendido a sobredimensionar su capacidad y potencial de progreso económico. Con base en los estudios realizados por Maddison (2001), es posible que el producto per cápita chino haya sido alcanzado por el respectivo de Europa en fecha tan temprana como 1350. Si se toman por ciertos estos nuevos valores, queda un poco desestimada la teoría según la cual, de seguir durante el siglo XV el despliegue de una fuerza productiva mucho más poderosa, China se habría distanciado de Europa, en términos de desarrollo económico, y no al contrario, como efectivamente ocurrió. Esta singularidad de la historia económica ha llamado la atención por diversas razones, pero, fundamentalmente, por las causas endógenas detrás de la explicación de porqué el incipiente desarrollo de la nación oriental hasta el primer tercio del siglo XV no logró consolidarse, más bien fue perdiendo vigor progresivamente.

Factores políticos e institucionales parecen haber tenido mucho peso en el estancamiento económico chino, toda vez que las autoridades estaban más preocupadas por el crecimiento y consolidación del estamento burocrático, que por seguir promoviendo la expansión comercial e industrial, sustentada fundamentalmente en las actividades de una nueva clase empresaria muy dinámica. Esta clase fue percibida por el Imperio como una amenaza en dos direcciones; por una parte su crecimiento estaba directamente relacionado con el incremento de las posibilidades de comercio ultramarino; por otra, con la importación de ideas y costumbres que pudieran socavar la base de los valores imperiales. Por esta razón, mediante un edicto imperial se prohibieron, a partir de 1433, las expediciones de larga distancia y la construcción de barcos para la navegación oceánica. El resultado fue que, en pleno apogeo de la navegación china, ésta se vio reducida a la navegación fluvial continental, cerrandose a las oportunidades ofrecidas por la navegación ultramarina.

Se ha argumentado que habían razones estratégicas detrás de la decisión de la Dinastía Ming respecto a cerrar los puertos y cancelar la navegación ultramarina. Las fronteras norteñas del imperio volvían a estar sometidas a la presión mogol y tal vez la necesidad de concentrar los recursos militares en esta zona, impulsó la decisión. Sin embargo, al desaparecer y neutralizar la amenaza mogol, los emperadores no optaron por eliminar la retirada naval y reconstruir su poderío, simplemente reaccionaron, aunque sin mucha fuerza, sólo un siglo después, cuando sus costas fueron atacadas por piratas japoneses y los navíos portugueses ya las visitaban.

La merma del poderío económico chino es en parte consecuencia del conservadurismo adquirido por las autoridades mandarines. Aunque la administración imperial estaba constituida por una clase culta y educada, con posterioridad a la neutralización de la amenaza mogol, los funcionarios se dedicaron a preservar y recapturar el pasado, no en incentivar dentro de la población la búsqueda de nuevas oportunidades de comercio, ni siquiera fomentaron nuevas invenciones, salvo aquellas que interesaban directamente para las construcciones del imperio. La acumulación de capital privado, las práctica de vender y revender artículos en búsqueda de aumentar este capital, ampliando la cobertura geográfica de los negocios, ofendía a la élite burocrática instruida. Por ello, se convirtieron en un obstáculo para el desarrollo comercial y empresarial, mediante la instauración de leyes y reglamentos que permitían la confiscación de propiedades y prohibían determinados negocios.

En algún momento durante el período Ming, ante la evidencia que se podían aprovechar los logros tecnológicos, la burocracia se planteó el objetivo de ser una suerte de sustituto de la capacidad empresarial privada. Este objetivo se convitió en una finalidad de Estado, que se tradujo, por ejemplo, en la reconstrucción de la Gran Muralla, el desarrollo del sitema de canales, el trabajo del hierro y la reorganización de la armada. Pero, de la misma manera que podían iniciarse estas empresas también podían descuidarse. Los canales se deterioraron; el ejército quedaba regularmente sin nuevos equipos; se descuidaron las fundiciones de hierro, cayendo paulatinamente en desuso; y hasta los formidables relojes astronómicos fueron abandonados. Estos no eran los únicos obstáculos para el crecimiento; se pueden mencionar como barreras adicionales el hecho que la impresión de libros se dedicó exclusivamente a trabajos eruditos, evitándose la divulgación de los conocimientos prácticos; la difusión de papel moneda era discontinua, y las ciudades no disfrutaban de un mínimo nivel de autonomía (Kennedy, 1987).

En resumen, a China le faltó para sostener su incipiente crecimiento económico, no precisamente capacidad mecánica ni actitutd científica, ni tan siquiera la acumulación de riqueza, sino las oportunidades para la empresa privada. Al no existir ninguna libertad individual o seguridad para la empresa privada, ninguna base legal de derechos de propiedad mas allá de los del Estado, ninguna garantía de no sufrir extorsiones o intervenciones, el incentivo para iniciar negocios quedó seriamente limitado. Este aspecto resultó determinante, puesto que el prestigio oprimente de la burocracia hizo inútil, desde el inicio, cualquier intento de diferenciación de la burguesía, de creación de una conciencia de clase y de luchar por una posición autónoma dentro de la sociedad (Balazs,1964). Es por lo menos curioso que los gobernantes japoneses Tokugawas (1603–1868) impusieran una estructura gobernativa similar, aislando a su pais del resto del mundo y limitando la iniciativa empresarial privada. Pese a que lograron un largo período de estabilidad y cierta expansión comercial doméstica, los japoneses igualmente pagaron por esta actitud un alto precio para su desarrollo económico.

La debacle china también revela una faceta del desarrollo que es preciso tener en cuenta, pues bordea la historia económica de muchas naciones en diferentes períodos; ya se hizo un primer análisis para el caso de Europa: el equlibrio necesario entre el crecimiento de la población y del producto. En el caso de China, la pérdida de vigor y de emprendimiento económico durante la dinastía Ming, conllevó a un estancamiento en el mejoramiento de las tecnicas usadas en la agricultura, lo que obligó al uso de tierras marginales que comenzaron a resultar insuficientes para el crecimiento demográfico. Este crecimiento, al igual que había sucedido en Europa occidental a mediados del siglo XIV, sólo sería controlado por la irrupción de los mecanismos malthusianos de la plaga, las inundaciones y la guerra. Ni siquiera el remplazo de los Ming por los más vigorosos Manchúes, después de 1644, pudo detener la continua decadencia relativa.


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