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LA ECONOMÍA MEDIEVAL Y LA EMERGENCIA DEL CAPITALISMO

Isaías Covarrubias Marquina




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2. El espíritu del capitalismo

Los cambios institucionales operados durante la Edad Media no sólo alcanzarán la esfera de las leyes, la política y el comercio; subyacente a estos cambios ocurrirán paulatinamente otras transformaciones en el ámbito intangible, pero no por ello de menores consecuencias, de las creencias, actitudes y valores hacia el trabajo, los negocios, el cálculo económico y el riesgo. Estas transformaciones conforman lo que se ha dado en llamar el surgimiento del espíritu capitalista, imbuido de unos rasgos propios, bien diferenciados de los prevalecientes durante la mayor parte del tiempo que cubre la Edad Media. Los factores intangibles asociados a la emergencia del espíritu del capitalismo son de variada índole y naturaleza, generando un contexto para el debate de tesis más o menos plausibles. No obstante partir de supuestos diferentes, se congregan en torno al hecho manifiesto que, hacia el final de la Edad Media, las actitudes y valores cambiaron en la dirección de imprimir una característica adicional al naciente capitalismo.

Se ha discutido ampliamente si acaso un primer cambio de actitud se produjo desde una conciencia arraigada en el espíritu colectivo, propia de los ideales del hombre medieval, hacia una conciencia más individualista, característica del hombre representativo del surgimiento del capitalismo. La existencia de asociaciones de todo tipo durante todo el período medieval y hasta su final parece indicar que ciertamente prevalecieron los valores comunitarios en detrimento de los valores individualistas. Sin embargo, como lo destaca Black (1992), si bien es cierto que la mayoría de la población pertenecía a varios grupos como la familia, el gremio, la aldea, la ciudad, la iglesia, cuyas funciones dentro de ellas se solapaban unas con otras, esto no significa que la gente se considerase en términos colectivistas en contraposición a los individualistas. En realidad aunque el discurso comunitario estaba a la orden del día, manifestaciones como la poesía y la escultura, y fundamentalmente la actividad económica demuestran simultáneamente una notable presencia del espíritu individualista. A decir verdad, no hubo una ruptura brusca entre el colectivismo medieval y el individualismo renacentista; había mucha conciencia individual en la Edad Media, y las lealtades comunitarias se han mantenido incluso hasta el presente.

Uno de los factores más debatidos es el papel atribuido al aspecto religioso, tanto sirviendo de obstaculizador y limitante para el despliegue de las fuerzas capitalistas, como sirviendo de instrumento para su plena irrupción. Desde la perspectiva de las barreras, siguiendo a Roll (1985), sólo basta apreciar las ideas de los escolásticos acerca de la necesidad que en las transacciones prevaleciera un “precio justo”, o las medidas dirigidas a condenar y prohibir el cobro de intereses de los préstamos (la primera de ellas decretada en el Concilio Lateranense de 1179) para avizorar las divergencias entre estas posturas y las prácticas, ya muy comunes en el siglo XII, que revelaban la consecución de alguna ganancia en los intercambios y la obtención de réditos de los préstamos. La paulatina adaptación de las doctrinas escolásticas a las nuevas realidades, junto con la pérdida de poder de la Iglesia en su afán de regular la vida económica, resultó un proceso lento.

En efecto, como lo sugiere la tesis de Le Goff (1996), en esta adaptación la Iglesia tuvo bastante cuidado de separar la usura de las operaciones que rendían interés a partir de las actividades de la banca y las finanzas, en la medida que ella misma participaba de éstas, obteniendo importantes rentas. El usurero no era el único ni fundamental actor en el préstamo de dinero, pues mercaderes y orfebres también participaban en esta circulación, pero los argumentos condenatorios se van a dirigir casi en exclusiva sobre las actividades del usurero. Es, pues, la polémica alrededor de la usura y no el interés lo que mantiene la postura eclesiática dentro de los parámetros de justicia social que defendían. A pesar de lograrse una separación en los argumentos condenatorios entre la usura y el interés, necesariamente el obstáculo ideológico funcionó como mecanismo de sanción moral, lo cual supuso retrasar y trabar el desarrollo del nuevo sistema económico. Paradójicamente, una evolución similar con relación a la aceptación de ganancias en los negocios y los préstamos con interés, experimentarán las posturas de los jefes de la Reforma. Lutero aceptaba la doctrina del precio justo y condenaba la usura con no menos rigor que los escolásticos. Por su parte, el pensamiento de Calvino al respecto, ya es más flexible y sólo se va a oponer a la obtención de réditos sobre los préstamos cuando éstos se hagan a personas necesitadas que deben resolver una calamidad.

La nueva percepción acerca de la función del interés en la actividad económica, aunque de manera lenta arraigó finalmente y con profundidad. Hirschman (1977) ha sostenido que la idea del interés, en el sentido de cálculo racional económico, recibió desde por lo menos principios del siglo XVI, particularmente en el pensamiento de Maquiavelo, un fuerte impulso en la teoría política. El interés experimentó una transformación en su concepción de avaricia, de usura, hacia una concepción más benigna, significando su contraposición a otras pasiones de carácter destructivo, como la guerra. Los argumentos políticos a favor del capitalismo apuntaban a mostrar que la búsqueda del interés propio y la actividad lucrativa como pasiones benevolentes, se orientaban en una dirección transparente y predecible que no podría sino beneficiar el interés público y, por tanto, tendría efectos ventajosos para el Estado. Esta justificación hacia el interés va a evolucionar hacia un complejo de ideas más alambicado que Hirschman (1992) agrupa dentro de lo que denomina el "comercio gentil". Antes de la Revolución Industrial ya existía una postura fuertemente arraigada en los individuos europeos, particularmente de la sociedad inglesa, e incluso de Norteamérica, que los impulsaba a percibir el comercio como un agente civilizador de gran fuerza y alcance. El comercio tomó así un carácter de sistema pacífico, operando para hacer cordial a la humanidad, volviendo a las naciones y a los individuos mutuamente útiles.

La secularización de los negocios, al separarse de la esfera de la autoridad religiosa, liberó las energías del empresario, pero una vez conseguido esto, la religión siguió sirviendo como mecanismo de sanción moral para la iniciativa empresarial (Tawney, 1972). Según el argumento de Hill (1972), las doctrinas fundamentadas en los motivos de la conciencia, permitiendo que las presiones sociales influyan sobre la conducta individual más libremente, probablemente tienen mayor oportunidad de florecer en períodos de rápidos cambios sociales y entre los individuos más expuestos a sus efectos. Este sería el caso del protestantismo, que ayudó a romper la corteza de costumbres, tradición y autoridad impuesto por la iglesia católica. Allí donde el capitalismo ya existía, adquirió en adelante mayores posibilidades. Pero los individuos no se hicieron capitalistas porque fuesen protestantes, ni protestantes porque fuesen capitalistas. En una sociedad que se estaba convirtiendo ya en capitalista, el protestantismo facilitó el triunfo de los nuevos valores.

Sería pues de esta simbiosis, que vincula las actividades económicas a los principios fundamentales del sentido del deber y del logro de la moral puritana, de donde Weber (1969) va a extraer la savia que le permite interpretar el ascenso del capitalismo como un triunfo de estos preceptos, imbuidos de espiritualidad, pero impactando sobre el desarrollo del mundo material. El empresario burgués va a internalizar progresivamente una ética característica, de matices individualistas, arraigada en un sentido profundo de deber hacia el trabajo. La moral puritana va a funcionar como una especie de imperativo categórico, mediante el cual el individuo podía y debía guiarse por su interés de lucro, siempre y cuando su conducta ética fuese intachable y no hiciese un uso inconveniente de sus riquezas. Por lo demás, los preceptos puritanos, al interpretar la desigual repartición de los bienes y de la propiedad como un resultado de la providencia divina y sus designios inescrutables, le otorgaron a la burguesía un sentimiento de seguridad tranquilizadora, de estar obrando correctamente.

Si bien el fuerte sentido de la frugalidad, capacidad para el trabajo y la organización inherentes al protestantismo, representan una interpretación plausible de los valores que posibilitaron el ascenso del capitalismo, con seguridad no fueron los únicos, y se ha discutido intensamente si acaso fueron en realidad los más importantes. El propio Weber, como lo hace saber Landes (1972), nunca arguyó que fuera exclusivamente el protestantismo el que había conducido al capitalismo. En realidad alegó específicamente otros factores para completar su interpretación de la formación inicial capitalista; entre ellos se cuentan: el florecimiento de la nación-estado, la formación de una burocracia profesional, los avances científicos y el triunfo del espíritu racionalista [2].

La nueva actitud hacia el trabajo va a reflejar la nueva moral imbuida de un alto sentido de responsabilidad y disciplina, pero, al mismo tiempo, una actitud obsesiva en contra del ocio y, colateralmente, hacia la mendicidad. En efecto, como lo hace saber Braudel (1984), los menesterosos pasaron de ser considerados “enviados de Dios” a ser tenidos por perezosos y peligrosos, por una sociedad que temía el aumento constante de miserables. Esto conllevó, sobre todo en Inglaterra, a que se promulgaran medidas muy severas contra los vagabundos. A mediados del siglo XVI estas medidas incluían la estigmatización del indigente, mediante una marca que se le hacía con hierro ardiente y su sometimiento, empleando mecanismos de “reeducación” mediante la obligatoriedad de trabajar en talleres creados especialmente para ellos.

Es probable que los cambios en las actitudes mentales hacia los negocios y el riesgo, ajenos a la ética religiosa, puede haber influido mucho más temprano que los preceptos morales en el tejido social sobre el que se estaba constituyendo una base material y de relaciones productivas de carácter capitalista. En el mundo altomedieval europeo, como lo destaca Huizinga (1972), operaciones como los seguros de transporte de mercancías o los seguros de vida, se asumían como una forma de apuesta, como juegos de azar, sin que reflejaran, o lo hicieran muy imperfectamente, su sentido económico. Se apostaba sobre la vida y la muerte de personas, sobre viajes y peregrinaciones, sobre el nacimiento de niños o niñas, sobre la conquista de países y ciudades y hasta en la elección de un nuevo Papa. La predicción al azar de un determinado resultado económico incierto va dando paso al cálculo intuitivo, cuyo desarrollo continuará hasta el cálculo de probabilidades. El cálculo del riesgo de pérdida o ganancia implicado en los negocios mercantiles se hace consustancial a la actividad económica y en la medida que ésta se amplía, surgen mediciones más formales y claras para evaluarlo.

La internalización de las ideas subyacentes a aspectos relacionados con los negocios, particularmente con la necesidad de diversificar el riesgo, cobran gran importancia. Hacia mediados del siglo XV aparece un tratado que puede considerarse un verdadero manual de consejos financieros, escrito por el comerciante italiano Benedetto Cotrugli y que lleva por titulo: Della mercatura et del mercato perfetto. La estrategia de un mercader debe depender del montante de su capital inicial. Si dispone, por ejemplo, de una decena de miles de florines debe invertir la mitad de esta cantidad en su propia empresa y la otra mitad en diferentes compañías mercantiles e industriales de otras plazas comerciales, es decir diversificar los riesgos bajo el principio, válido todavía en el presente de “no poner todos los huevos en la misma canasta”.

Otra manifestación palpable de este cambio de actitudes se constata en las inquietudes, surgidas desde la segunda mitad del siglo XII, por apreciar mejor el valor de las cosas y establecer balances. La necesidad de poseer una contabilidad precisa se refleja, hacia el final del siglo XII, en los primeros instrumentos contables de los príncipes, como el grof brief flamenco o los computa de los primeros condes-reyes catalanes. Estos instrumentos demostraban una nueva aproximación a la cifra económica, en la que el aspecto práctico predominaba sobre el teórico, hasta entonces más importante. Al mismo tiempo, se desarrollan los primeros intentos de llevar a cabo una gestión administrativa. La preocupación fundamental en ambos casos es la posibilidad de organizar racionalmente las actividades económicas, con el fin de hacerlas más eficaces y productivas.

Otro tipo de actitud que estaba cambiando aceleradamente, convirtiéndose en referente del capitalismo, era la actitud hacia la posesión de bienes. Con el desmantelamiento progresivo de las relaciones medievales, los bienes van adquiriendo una característica que los hace respetables y deseables, al margen de las necesidades que cubren. Se pueden acumular, almacenar, exhibir, transformarlos temporalmente en las formas más etéreas de dinero, de letra de cambio o de crédito, posibilidades éstas que si bien existían con anterioridad no eran visualizadas en sus enormes potencialidades como medios de trabajo y de intercambio. Hasta la rentista clase aristocrática, impulsada por el aumento de su demanda de nuevos bienes y servicios, tendió a adoptar la vocación y los nuevos intereses de la clase emergente de comerciantes y fabricantes, cuando no a asociarse en aventuras financieras y de negocios de todo tipo (Mumford, 1971).

El afán de posesión de riquezas se asocia con el afán de ascenso social que comienzan a demostrar los comerciantes enriquecidos. Los deseos de estos comerciantes por ingresar a la clase noble adquiere diferentes rasgos y matices, pero en todos los casos se ve acompañada por demostraciones de boato y lujo, como manifestación de poderío económico. A juicio de Sombart (1979) este fenómeno comenzó a registrarse desde por lo menos el siglo XIII, imprimiéndole un gran impulso a las actitudes favorecedoras del capitalismo, si bien su efecto sólo se hace sentir con autentica fuerza desde el siglo XVII. Aunque el villano elevado a noble del período bajomedieval no transformó sustancialmente el estilo de vida feudal, la absorción continua de comerciantes devenidos en nobles terminó constituyendo mayoría, por encima de la nobleza originaria, de modo pues que este cambio cuantitativo sí produjo un cambio cualitativo en un estilo de vida más permisivo hacia el consumo de muchos más bienes y servicios.

Los cambios institucionales, la acumulación originaria de capital, junto con las nuevas actitudes mentales, sean éstas afianzadas en valores religiosos o de otro tipo, trátese de que quienes las promueven sean mercaderes, financistas, fabricantes o gobernantes, van a tener como consecuencia el establecimiento de los rasgos característicos del naciente capitalismo. Por lo demás, estos rasgos imprimirán con el tiempo un carácter diferenciador al desarrollo económico de una parte de Europa occidental. Diferencia que se manifestará, a partir del siglo XVI, en el despliegue de una dinámica de desempeño económico, que vinculará el capitalismo mercantil junto con la articulación de poderosos estados europeos, derivando en la introducción de desequilibrios permanentes en la distribución del poder económico y político del mundo. Este proceso, característico de las naciones que lideraron la emergencia del primer orden económico mundial (Francia, Inglaterra, Holanda) va a ser prácticamente desconocido en otras civilizaciones. Iberoamérica, el Medio Oriente, Africa y Asia van a presenciar desde el margen, y a menudo desde el sometimiento, este despliegue de fuerza económica, política y militar europea.


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