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LA ECONOMÍA MEDIEVAL Y LA EMERGENCIA DEL CAPITALISMO

Isaías Covarrubias Marquina




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2. Las Revueltas

Dado que, como se ha visto, los cambios demográficos y económicos ocurridos durante la Edad Media no tuvieron un carácter sostenido, observándose más bien avances y retrocesos que hacían modificar la dirección de variables importantes, como el tamaño de la población, el precio de los alimentos, la dinámica del comercio y de la industria; las recurrentes épocas signadas por perturbaciones en el curso de estas variables traían aparejadas el surgimiento de conflictos sociales, tanto en el medio rural como en el medio urbano. La conflictividad respondía, en última instancia, a la existencia de grupos sociales con intereses claramente contrapuestos. En el medio rural el conflicto potencial enfrentaba a los campesinos con los señores feudales bajo cuya jurisdicción se encontraban. En los núcleos urbanos la dicotomía se planteaba entre varios actores sociales, involucrando a nobles, burgueses, artesanos y jornaleros, toda vez que surgían las condiciones apropiadas para las desavenencias. Es plausible suponer que en el centro de estas luchas se encontraban el mantenimiento de diferentes privilegios, las imposiciones fiscales, la rigidez del trabajo y la apropiación del escaso excedente como su detonante. Pero, con toda probabilidad, también respondían a otras causas, como las religiosas e incluso las étnicas, palpable en el antijudaísmo existente y, sobre todo a partir del período bajomedieval, al advenimiento de ideas de justicia social, solapadas en la irrupción de derechos civiles.

El campesinado constituía la fuerza fundamental del trabajo en la sociedad medieval. A pesar de ser la fuerza generadora de la mayor parte de la riqueza de la época, los campesinos van a ser los menos favorecidos en la apropiación del producto excedente, por lo cual, sus condiciones sociales, aunque mejoraban en algunos períodos, reflejarán grandes carencias a lo largo de toda la Edad Media. Dos factores básicos condicionarán tal estado de cosas. Por una parte, la baja productividad que signó el comportamiento de la producción agrícola medieval socavó en buena medida las posibilidades de lograr una mejoría de los niveles de vida campesina por la vía del incremento de dicha productividad. Por otra parte, el reparto del escaso excedente estaba sometido a la conculcación, que se hacia efectiva en virtud de los derechos que sobre este excedente se arrogaban el señor feudal, el gobernante y la Iglesia. De esta manera, los campesinos medievales soportaban los tributos señoriales, el peso fiscal del reino, en forma de rentas y otros tributos, además de los diezmos eclesiásticos.

Si bien durante el siglo XIII muchos campesinos quedaron liberados de estas obligaciones, bien porque avanzaron hacia la ocupación de las tierras vírgenes, bien porque abandonaban el feudo y se dirigían a la ciudad, al no estar sujetos a la obligación de la servidumbre hereditaria, allí donde permaneció el régimen feudal las condiciones se volvieron cada vez más difíciles para la masa rural. Los mismos cultivadores libres no estaban exentos de soportar el peso de los tribunales territoriales de los que dependían sus tenencias, por medio de las cuales seguían bajo el dominio económico de los señores. El descontento social campesino no sólo estaba dirigido contra los señores, en ocasiones se extendían hasta los alcaldes del burgo, que obligaban a los habitantes del campo a contratarse en calidad de obreros agrícolas en las tierras en su poder. Tampoco lograban eximirse de esta manifestación de repulsa los sacerdotes, cuando abusaban de la población rural en la imposición del diezmo. Todo ello fue conformando un contexto para que, en diversas partes de Europa y en diferentes períodos, estallaran revueltas campesinas.

Son tres los conflictos de esta naturaleza que por su carácter merecen ser mencionados como arquetípicos de las revueltas campesinas: la insurrección del litoral flamenco de 1323 a 1328; la Jacquerie de 1358 en Francia; y el levantamiento de 1381 en Inglaterra. La primera revuelta fue bastante larga y cruenta. Según lo considera Pirenne (1975), la larga duración de este conflicto demuestra que en su trasfondo se encuentra la acción de una plebe miserable y débil. Se trató de un verdadero intento de rebelión social dirigido contra la nobleza, con el objeto de arrebatarle la autoridad judicial y financiera. El rigor con que el reino de Francia cobraba los impuestos que pagaban las multas de Flandes, luego de ser vencida en la guerra, sirvieron de detonante para el estallido de una rebelión abierta contra el orden establecido. La amenaza de triunfo de esta insurrección movilizó al propio rey de Francia a combatirlo, lográndose su neutralización en 1328. El radicalismo que se le imprimió a esta revuelta no puede ser considerado sino como la expresión pasajera de un descontento llevado a su límite por las circunstancias. En su larga duración influyó el hecho que el movimiento fue sostenido y excitado por artesanos de Ypres y Brujas adheridos a éste.

La Jacquerie se va a producir como consecuencia de razones similares a las que explican las revueltas flamencas, pero también obedeció a condiciones muy particulares atravesadas por el reino de Francia hacia mediados del siglo XIV. La Francia de esta época es un país desolado y sometido por las continuas guerras, especialmente la de los Cien Años, y sufriendo los embates de la propagación en su territorio de la peste negra. También se ha esgrimido como causa colateral de este conflicto, la caída en el precio de los cereales, en vista de que el movimiento se generó inicialmente en una de las principales regiones productoras de granos de Francia. Sobre este escenario se va a generar un movimiento que en principio se reflejó como una explosión de cólera social más o menos espontánea, protagonizada por los campesinos de más baja condición. No obstante, el revisionismo histórico ha apuntalado la tesis que si bien la faceta anárquica pudo estar presente en el comienzo de la revuelta, posteriormente se organiza. Prueba de ello es la participación de labriegos de buena posición económica, el apoyo recibido del estamento artesanal urbano y la presencia de líderes. En cualquier caso, la Jacquerie fue un movimiento de gran intensidad pero de corta duración que tampoco logró conectarse con la rebelión que por la misma época había estallado en París. Una vez socavada, se puso en marcha una dura represión contra los participantes en la revuelta, pero, a pesar de su fracaso, la Jacquerie dejó una huella muy profunda en la conciencia colectiva del campesinado del país galo.

La sublevación campesina inglesa de 1381 tiene sus raíces en el descontento generado por la implementación del impuesto conocido como poll-tax, aprobado por el Parlamento, cuyo propósito era arbitrar recursos para la guerra contra los franceses. Si bien la condición social del campesino inglés había mejorado sustancialmente desde el siglo XIII, persistían focos de servidumbre más o menos acentuada en algunas regiones. La situación resultaba mucho más insoportable al considerarse que el alza de los precios y de los salarios, sobrevenida después de la peste negra, marcaba una diferencia entre la condición social del siervo respecto al labriego libre. Por esta razón, se ha sugerido como una posible explicación a la revuelta, los intentos por parte del pueblo de destruir los vestigios del régimen señorial. Esta tesis encuentra asidero en el hecho que el descontento popular se dirigía específicamente contra algunos señores, como el poderoso Juan de Gante, duque de Lancaster, tenidos por opresores. Además, como cincuenta años antes en Flandes, hubo vagas aspiraciones comunistas entre los insurrectos, inspirados en ideas y en otros movimientos, como el de los “flagelantes” extendidos por Alemania y los Países Bajos tras la peste negra, que llamaban a constituir un nuevo orden social más justo y humano. También esta sublevación contó con el apoyo de artesanos y comerciantes de algunas ciudades como Cambridge y Londres, donde los menesterosos recibieron con beneplácito la revuelta, e incluso de algunos clérigos. La insurrección duró sólo unos meses y perdió vigor una vez que fueron capturados y ajusticiados sus líderes sin que el rey cediera en definitiva a sus peticiones de obtener sus cartas de libertad.

Por lo demás, como lo hace notar Pirenne (1975), si bien las clases agrícolas formaban la mayor parte de la sociedad, las insurrecciones rurales difícilmente podrían haber tenido éxito, toda vez que eran incapaces de unirse para una acción común, y aún más incapaces en pensar en construir un mundo nuevo. Por esa razón sólo reflejaron arrebatos locales y pasajeros que no tuvieron mayores consecuencias. Las innumerables revueltas campesinas que se dieron a lo largo de la época medieval, además de las mencionadas, como la protesta llevada a cabo contra sus señores en 1318 por los habitantes de Castropignaño, en tierras del Reino de Nápoles, o la acción emprendida por los vecinos castellanos de Paredes de Nava, en el año 1371, revelan el carácter efímero de estas sublevaciones. Ciertamente estos levantamientos tuvieron causas objetivas, aunque particularizadas en cada situación, época y región. Adicionalmente encontraron eco en el recrudecimiento considerable, y tal vez súbito, en los comienzos del siglo XIV, de la explotación de los campesinos por los señores. Empero su repercusión fue mucho más limitada que los más complejos movimientos sociales urbanos.

Ciertamente las condiciones en las que se desarrollaban las actividades económicas en las urbes era mucho más compleja y, por tanto, más susceptible de generar potenciales conflictos. Sin embargo, como se indicó, en ocasiones las revueltas campesinas se solapaban con las insurrecciones urbanas, o al menos eran apoyadas por estamentos de la población de las villas y ciudades. La diferencia esencial entre los movimientos rurales y los urbanos estriba en que, dadas las características inherentes al desarrollo de la economía urbana, su contexto comportaba la posibilidad de que se acentuaran mucho más las divergencias de riqueza entre las clases, al reflejarse unas relaciones diferentes en la generación y apropiación de los excedentes. El hecho que se limitara la participación directa en la producción, mediante el veto de los gremios, se controlaran los salarios de los trabajadores, se mantuvieran los privilegios derivados de los monopolios y las restricciones al comercio, resultan elementos indicativos de las pugnas incipientes por la apropiación de la tierra, el trabajo y el capital. Revelan también lo precario e inconstante que resultaba el sistema de generación de excedentes, al no corresponderse la dinámica de las actividades económicas con un incremento sostenido de la productividad, haciendo más proclive las relaciones de tipo suma cero.

Si bien las brechas de riqueza entre las diferentes clases que caracterizan a la sociedad medieval, tanto las tradicionales como las emergentes, tendieron a profundizarse, también es muy común encontrar diferencias más acentuadas entre individuos pertenecientes al mismo estamento, que entre individuos ocupando una posición social diferente. En efecto, en algunas ciudades inglesas existía una marcada distinción entre un estrato superior y otro inferior de burgueses. En Derby, los burgueses pobres que vivían extramuros eran tratados como de condición inferior; en Canterbury las familias terratenientes más antiguas de la ciudad y contornos eran tenidas por burgueses de condición superior. No resulta extraño entonces comprobar que cierta burguesía de menor rango era proclive a apoyar levantamientos rurales y urbanos. Sea como fuere, estas diferencias no fueron significativas antes del siglo XIV, y en lo que corresponde a las diferencias entre el oficial que trabajaba junto a su empleador en el taller, en muchos casos era imposible encontrar mayor diferencia social entre ambos (Dobb, 1979).

Por su parte, más allá de las diferencias sociales, las transformaciones económicas medievales también propiciaron cierta movilidad, siendo favorecidos aquellos estamentos involucrados de una manera directa con los cambios. Por ejemplo, la evolución del sector agrícola inglés en los siglos XIV y XV va a provocar la presencia del cultivador arrendatario. Este campesino marca una diferencia con el resto de los campesinos, en tanto se vuelven capaces de acumular un pequeño capital, a la par que intuyen claramente las ventajas de producir para un mercado urbano en crecimiento y para un comercio en expansión exigido de alimentos y materias primas. Estos arrendatarios ensayaron nuevas técnicas de cultivo que a la postre resultaron más eficientes, permitiéndoles aumentar sus tenencias mediante arriendos de tierra adicional, y estar dispuestos a contratar los servicios, al salario vigente, de otros campesinos más pobres. Aunque en menor medida, dadas las restricciones gremiales que obstaculizaron el ascenso social de aprendices, no faltaron los casos del oficial corriente, ahorrativo e industrioso, que logró ser capaz de establecerse como maestro y afiliarse al gremio respectivo, asegurándose el derecho a tener taller propio y dedicarse al comercio al menudeo.

Adicionalmente, las características de los negocios desarrollados por algunos maestros artesanos y comerciantes en las regiones de Europa de mayor actividad económica, va a estar signada por la posibilidad de acumular capitales. Aunque esta acumulación de capital es limitada, en principio, por la escala del comercio que se práctica, va a servir, no obstante, para el surgimiento de mercaderes ricos, devenidos en banqueros y en empresarios capitalistas. De hecho, constituyen la base de la formación de la clase burguesa; prontamente involucrada en hacer conciliar sus intereses privados con las virtudes públicas necesarias para la conducción del gobierno y de la sociedad. See (1974) nos entrega una imagen de un capitalista comercial reflejada en el fabricante de paños. Su primera actividad es comprar la lana, luego la hace tejer, abatanar y teñir; posteriormente paga a los artesanos cada fase de la fabricación y finalmente vende a los comerciantes de géneros la mercancía fabricada. Este empresario ya se distingue claramente del fabricante artesano, aunque el capital involucrado sea todavía poco importante y se encuentre él mismo sometido a las condiciones que le imponen los más poderosos mercaderes exportadores.

Desde la perspectiva de los estamentos menos favorecidos, la situación va a ser diametralmente opuesta. Por ejemplo, las condiciones de vida de los campesinos pobres que afluían hacia las ciudades, donde la tejeduría les garantizaba un medio de subsistencia, no cambió significativamente a lo largo de la Edad Media y tendió a empeorar dramáticamente en épocas de incremento de los precios de los alimentos y recurrencia de las pestes. Los datos más antiguos al respecto, que datan del siglo XI, describen a una plebe brutal, inculta y descontenta. Los jornaleros urbanos se veían sometidos a la rigidez del mercado de trabajo, impuesta por gremios y empresarios. La descompensación de los salarios nominales frente a los aumentos de los precios, provocó en algunas regiones las presiones de los jornaleros para conseguir mejores salarios y otras reivindicaciones económicas. Empero, recibieron una fuerte oposición de maestros y comerciantes, quienes corrientemente contaron con el apoyo de las autoridades de la ciudad.

En la manifestación de estos descontentos se encontraría la insurrección de los trabajadores de la lana florentinos en 1378-1382, llamada de los Ciompi, representando el carácter y sentido que tuvieron las revueltas urbanas a todo lo largo del siglo XIV. Es muy probable que en este movimiento en particular las causas coyunturales hayan tenido un peso relativo significativo. La caída de los salarios, la escasez de granos, la disminución de la producción textil el incremento de los impuestos, consecuencia de los gastos de la guerra con la Santa Sede, aportaron su cuota al conflicto. También el factor monetario ha sido considerado. La depreciación de la moneda negra, con respecto al florín de oro, arruinaba a los obreros, que la recibían en pago de sus sueldos y no podían ahorrar para acceder a los usuarios de los florines de oro. Quienes compraban con florines de oro estables, compraban, particularmente el pan, más barato, provocando la frustración de los obreros que lo compraban con base a una moneda, la moneda negra, depreciada.

En el mismo orden de ideas, aunque rompiendo con la sabiduría convencional, Heers (1978) ha atribuido una gran importancia en esta lucha a diferentes facciones de aristócratas pertenecientes a clanes familiares de la ciudad, empeñados en proseguir una vendetta política. Lo que da a este conflicto la dimensión añadida de “lucha de clases” se debe ante todo al desarrollo alcanzado por la industria florentina, implicando la existencia en la ciudad de un gran número de obreros, que tomaron partido por uno de los bandos en pugna. Esta hipótesis toma relevancia al corroborase que las exigencias de los alzados y sus líderes se concretaban en el derecho a participar en el gobierno municipal y peticiones de desagravio hacia algunas personas. La violencia inusitada del movimiento permitió el logro de ciertos éxitos iniciales, antes de su fracaso definitivo, llevando incluso a la capitulación de los priores de la ciudad y a la elaboración de un programa en el que se recogían las principales aspiraciones de los rebeldes.

Sea cual fuere la explicación detrás de la revuelta de los ciompi, sí queda claro que detrás de ésta y otras rebeliones urbanas europeas, particularmente las que median entre 1360-1440, existían causas de fondo, fundamentalmente referidas a la desigualdad social, manifestándose con mayor fuerza en períodos de crisis política o económica. Sin embargo, por su carácter amateur y carente de conciencia ideológica definida es posible que estas luchas reflejaran también, de manera solapada, pugnas entre bandos aristocráticos rivales, entre gremios confrontados en sus intereses, entre empresarios y comerciantes. Por la complejidad de los intereses involucrados resulta difícil emitir un juicio sobre las consecuencias perdurables de estos disturbios. En realidad, a diferencia de otros aspectos de la economía y la sociedad medieval, que son expresiones incipientes de aspectos que tomarán plena forma durante el mercantilismo o en el desarrollo del capitalismo industrial, las revueltas no parecen ser el germen de las intensas luchas sociales libradas en períodos posteriores, aunque las condiciones objetivas sí estuvieran presentes [3].


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