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LA ECONOMÍA MEDIEVAL Y LA EMERGENCIA DEL CAPITALISMO

Isaías Covarrubias Marquina




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2. Los Gremios

El incremento del comercio, de las rutas comerciales y la especialización, sirvieron, en principio, de aliciente para el surgimiento de agrupaciones de comerciantes, como los vendedores de agua en el valle del Sena, de ciudades, como las de la Liga Hanseática, o las establecidas alrededor de las ferias de Champaña, y la reunión en torno a un oficio o industria específica, como los gremios de cuchilleros de París, o los armeros de Londres, constituidos alrededor de 1322. El propósito de los gremios no era otro que obtener protección de las autoridades para sus actividades y el derecho a regularlas detalladamente. Esta necesidad de protección y de seguridad para las transacciones, como lo señala Landes (1999), también respondía en parte a las tradiciones imperantes, ya que los gremios nacieron y se desarrollaron con una infinidad de rasgos no utilitarios, que sólo poco a poco los intereses económicos irán desplazando. En algunos casos estas organizaciones de comerciantes y artesanos se adaptaron a un entorno que desalentaba e incluso penalizaba el enriquecimiento personal. No estaba permitido adelantarse y vender antes de determinada hora ni después de tal otra, competir con los precios, disminuir la calidad ni la solidez a cambio de un precio inferior, tampoco comprar barato para vender caro; lo que se traducía en la práctica en la inexistencia de competencia de mercado. A todos los que hacían su trabajo les correspondía su sustento. El objetivo era una justicia social igualitaria, pero imponía serias limitaciones a la empresa y el desarrollo; una red de seguridad a expensas de las ganancias.

Se ha sugerido que los gremios y corporaciones artesanales medievales son producto de una larga tradición de asociación que se remontaría a la época de la Roma antigua, donde existían grupos profesionales asociados. Sin embrago, estos grupos desaparecieron de las ciudades de la Italia bizantina, o de la Italia bárbara en los siglos VII y VIII. Tampoco parecen guardar mucha relación con las asociaciones denominadas collegia del Bajo Imperio. Todo indica que los gremios medievales que surgieron hacia los siglos XI y XII se crearon sobre unas bases muy diferentes y propósitos más amplios. Su variada naturaleza parece estar relacionada con el hecho de que fueron incentivados por distintos estamentos de la sociedad con fines y propósitos diferentes (Contamine et. al., 2000).

El origen de algunos agrupamientos artesanales se inserta en el marco de iniciativas señoriales, como lo demuestra el hecho que en muchas regiones los maestros que presiden el oficio o gremio fueran designados por el señor o el obispo de la localidad. El componente religioso era muy importante en la formación de las corporaciones artesanales, de manera que la caridad y la ayuda mutua prepararon el camino para organizaciones más profesionalizadas. La adquisición de personalidad jurídica, mediante reglamentación promulgada por la autoridad municipal, representaba la obligación de respetar los estatutos y la concesión de algunos privilegios. De este modo la corporación se arroga la prerrogativa de regular ella misma el oficio y ejercer funciones de policía.

En el norte de Francia y en París, surgen, a mediados del siglo XII, los gremios más antiguos de cuyos estatutos se tengan conocimiento. Estos son el gremio de los panaderos de Pontoise creado en 1162 y el de los curtidores de Ruan en 1163 que obtuvieron por parte de las autoridades la confirmación de sus privilegios para ejercer en exclusiva sus actividades y regirlas. En el primer cuarto del siglo XII surge la hansa parisina, gremio mercantil que se arrogó poderes municipales. Esta organización tenía el privilegio exclusivo del comercio fluvial en el suburbio de París, y percibía derechos sobre el tráfico de Normandía a Borgoña y viceversa. La práctica gremial se hizo tan extendida que, como lo comenta Huberman (1995), hasta los mendigos de Basilea y Frankfort llegaron a tener asociaciones que no consentían la presencia de pordioseros de otras partes en esas ciudades, salvo dos días al año. De la misma manera, la Iglesia, a pesar de su poder, tuvo que acatar las regulaciones gremiales y en 1498, los rectores de la iglesia de San Juan, en una ciudad alemana, tuvieron que pedir la aprobación del gremio de panaderos para poder elaborar el pan con el trigo y el centeno obtenido de sus campos.

Los gremios van a ser dirigidos mediante una organización interna bastante rígida. La jerarquía de trabajo se establecía en tres niveles: maestros, oficiales y criados aprendices. Los maestros deben demostrar su competencia y su capacidad financiera y en algunos gremios, debían realizar una “obra maestra” para acceder a la maestría, así como debían pagar una matrícula. Los maestros son los únicos que pueden votar los estatutos por los que se rige el gremio y elegir los procuradores y jefes del mismo. Los oficiales son maestros en potencia y las condiciones para acceder a la maestría están contenidas en los estatutos. Además de su formación, el oficial tenía derecho a recibir alojamiento, alimentación y un salario. Los criados aprendices, con bajos salarios, permanecían de por vida en su estado. Las condiciones de contratación y de trabajo variaron de un gremio a otro y con el tiempo.

El desarrollo de los gremios va a la par de la intensificación de la competencia industrial y comercial. Nacidos con una tradición de solidaridad y piedad cristiana, y hasta identificados con un sentimiento democrático en ciernes, paulatinamente el espíritu de monopolio se va a apoderar de los gremios. Como lo sostiene Jacques (1972), de organismos profesionales que englobaban a todos los agremiados pasaban a ser un organismo en defensa de los intereses de los maestros exclusivamente. Los reglamentos, elaborados unilateralmente por los maestros, limitaban cada vez más la actividad y el espíritu de iniciativa del artesano. De esta forma, las aspiraciones de los oficiales de acceder a la maestría fueron seriamente limitadas. Desde el siglo XIV se elevan aun más los requisitos de admisión. En la medida que se arraigó la práctica de que fueran los hijos aprendices los llamados a ocupar el puesto de sus padres maestros artesanos, esta condición se convirtió en un privilegio hereditario. Otra manera de restringir el acceso al gremio era exigir la ciudadanía al recién llegado. Para gozar de los derechos de la ciudad debía contar con la recomendación de seis miembros reputados de su oficio, por lo cual el ingreso estaba muy condicionado. Estos pretextos actuaron como un mecanismo que repelió a muchos candidatos a ser agremiados hacia las filas de los trabajadores asalariados, engrosando la lista de obreros carentes de alguna protección o seguridad [2].

Dado que los miembros de un gremio estaban agrupados fundamentalmente para retener el control directo de la industria en sus manos, era indispensable la relación estrecha con la unidad política prevaleciente, puesto que era de ésta, en principio, de donde emanaban las leyes de monopolio protectoras del gremio. Desde esta perspectiva, se puede comprender porqué el poder de los gremios se extendió en varios casos hasta el control de los gobiernos municipales. Es así que de ser instituidos originalmente por señores, más o menos independientes del poder central, en ciudades que dependían de su jurisdicción, con un alcance local, paulatinamente los gremios, sobre todo los mercantiles, van a preferir estar arbitrados por el rey. En la medida que la expansión del comercio trajo aparejada una mayor competencia, el alcance local de las prerrogativas gremiales resultaba insuficiente para protegerse de dicha competencia. Por esta razón, los gremios se aliaban frecuentemente con el poder centralizado en su lucha contra los feudos, aunque no se debe colegir de ello que existiera una política coherente por parte de la autoridad real respecto a estas organizaciones.

El gremio local, artesanal, como el de los panaderos y herreros, va a diferir sensiblemente respecto a los más desarrollados gremios que se crean en torno al comercio de exportación. En aquellos, los utensilios, el taller y la materia prima, pertenecen al artesano, como el propio producto que vende a sus clientes. En la industria de exportación, por el contrario, el capital y el trabajo se han separado. El obrero apartado del mercado conoce únicamente al empresario que le paga, disociándose del intermediario, quien será el encargado de vender en las escalas portuarias la mercancía producida. Al paso que se extendía el comercio internacional, se requerían una mayor cantidad de obreros de la exportación. Hacia mediados del siglo XIV, en Gante, una ciudad de alrededor de 50.000 habitantes, los tejedores y bataneros representaban un 10% de la población total. La diferencia con los obreros modernos es que en vez de reunirse en grandes fábricas se repartían en talleres con pequeñas cantidades de obradores. El maestro tejedor o batanero, propietario o, con mayor frecuencia, arrendatario de la herramienta que empleaba, era esencialmente un trabajador a domicilio, asalariado de un gran mercader capitalista.

Las luchas por el acceso al poder entre los gemios menores y los gremios mayores que agrupaban de una parte a las artesanías, y de otra parte a los incipientes empresarios y comerciantes exportadores, resultaron frecuentemente en la materialización de enervantes conflictos. Se generalizan los enfrentamientos, toda vez que cada gremio trata de imponer sus prerrogativas particulares y busca asegurar algún control sobre las decisiones de gobierno que le atañen. Por ello, durante todo el siglo XIV se observa a los gremios artesanales más pobres caer bajo el dominio de una guilda de mercaderes, cuyos individuos comienzan a cumplir el papel de empresarios capitalistas. Es el caso de los fabricantes de espadas y de tijeras londinenses, que van a ser controlados por los fabricantes de cuchillos. Por su parte, hacia 1330 la guilda de mercaderes del paño inglesa, además de limitar severamente el derecho de ingreso, prohibió la venta de tejidos a quien no fuera miembro de ella. Esta guilda devino en un ente tan poderoso que en 1364 obtuvieron el derecho a monopolizar prácticamente todas las actividades relacionadas con la producción y el comercio de tejidos, subordinando a los demás productores, sean estos tejedores, bataneros y tintoreros; estableciendo relaciones de producción típicamente capitalistas, similares a las concebidas entre el patrono respecto al trabajador asalariado.

Por supuesto, la reglamentación de la industria en manos de los gremios significó el surgimiento de brotes de manifestación y desacuerdo por parte de los jornaleros. En las ciudades más manufactureras del mundo medieval, como las flamencas, los obreros textiles comenzaron a manifestar una gran hostilidad hacia los regidores, que no atendían sus reclamos, prefigurando el inicio de las huelgas. Por otro lado, ciertos estamentos de la burguesía mercantil excluida del poder pugnaban por insurreccionarse, haciéndolo mediante los gremios que controlaban. Si bien estos levantamientos tenían éxito en la medida que la mayor parte de los gremios se unían contra el enemigo común, una vez conseguido el objetivo la unidad no se mantenía. Cualquier gremio que llegaba al poder político frecuentemente le otorgaba prioridad a materializar en resoluciones públicas la defensa de sus privilegios e intereses económicos privados.

Los denominados Consulados de Mar son un fiel reflejo de la relación de la burguesía mercantil, constituida a partir de los gremios, con la elección y control de los cargos políticos. En general, el ascenso de los Consulados de Mar fue el efecto de la expansión comercial en el Mediterráneo occidental y su organización aparece primero en las ciudades donde el comercio marítimo era más activo. De origen en Pisa y Génova a finales del siglo XII, posteriormente arraigó en Provenza y el Languedoc y, en el curso de los siglos XIII y XIV, surgió en varias ciudades a lo largo de la costa catalano-aragonesa y en varias ciudades isleñas del Mediterráneo occidental. Al principio este tipo de gremio fue una asociación de comerciantes marítimos, patronos y propietarios de barcos, pero la evolución del Consulado como tribunal comercial corrió paralela a la transformación de la asociación marítima en una corporación que finalmente abarcó a grandes terratenientes e industriales. Además del propósito de garantizar la protección y el progreso de la clase de los comerciantes, el Consulado de Mar tenía como objetivo fundamental asegurar que se zanjaran en forma expeditiva, económica y equitativa, las disputas referentes a contratos marítimos y mercantiles (Sidney, 1978).

Sirva de ejemplo de las relaciones entre el gremio, la clase mercantil y el poder municipal, las actividades del Consulado de Mar, hacia finales del siglo XIV, en la Corona de Aragón. En esta región el Consulado funcionó primordialmente como tribunal, directamente responsable de la municipalidad e indirectamente responsable de las demandas de la clase mercantil, de manera que por esta vía indirecta, los comerciantes consiguieron ejercer influencia sobre ciertas esferas del gobierno municipal. La defensa de la clase mercantil se realizaba a partir de garantizar el cumplimiento de licencias, cartas de naturaleza o cualesquiera otros derechos otorgados, así como en todos los aspectos referentes a registros, impuestos, peajes y cesiones, tanto dentro como fuera de los dominios del Consulado. Radicaba en estos gremios una responsabilidad considerable en lo concerniente a emprender las obras públicas necesarias para la navegación y el estímulo del comercio. Por esta razón, en la construcción de obras, como faros, dársenas, arsenales y diques secos, colaboraron los gremios, siéndoles conferida autoridad por parte de la municipalidad para el cobro de impuestos con los cuales subvencionar las obras. De hecho, la opinión común existente tenía el parecer que, siendo la clase mercantil quien exigía las mejoras portuarias, los fondos debían proceder de la tesorería del gremio más bien que de los fondos de la ciudad.

De manera un poco diferente a las funciones cumplidas por los Consulados de Mar, pero con igual propósito de orientar el comercio a favor e sus miembros, actuó la Compañía de Mercaderes Aventureros, constituida entre comerciantes ricos ingleses asentados en poblaciones marítimas y ciudades grandes como Londres, York, Norwich, Exeter. Esta compañía obtuvo derechos exclusivos sobre el comercio de paños entre Inglaterra y Holanda, Brabante y Flandes y mantenía estrecha vinculación con otros gremios de tejedores como los dedicados a la fabricación de sedas. La existencia de este monopolio provocó una prolongada y dura guerra comercial entre los comerciantes ingleses de paños y la Hansa (Dobb, 1978).

Los gremios cumplieron un papel fundamental en la actividad económica desarrollada a todo lo largo de la Edad Media y aun más allá, en la medida que el proteccionismo y las rivalidades comerciales se acentuaron, extrapolándose al comercio interoceánico. Los gremios artesanales van a surgir como respuesta a la necesidad de proteger unos mercados restringidos, en un ámbito de alcance local. La aparición de los gremios mercantiles suponen un conjunto de variables más complejas, relacionadas con un mayor desarrollo industrial y comercial en torno a las amplias redes articuladas de producción y comercio que abarcan el mediterráneo, la región nórdica y la fachada atlántica europea. Los monopolios gremiales artesanales no fueron agentes de la acumulación originaria del capital; por el contrario, su desempeño representó un obstáculo para la acumulación capitalista. No resulta extraño que los negociantes, libres de las trabas impuestas por las comunidades de oficio, tuvieran más oportunidad de convertirse en estos agentes. Los gremios mercantiles, asociaciones de ricos comerciantes con una mentalidad proclive a la acumulación, si pueden considerarse, con todas las limitaciones, formando parte de los cambios por venir.


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