La industrialización

 

Concepto de cultura

Para Garza Cuellar, [1] la cultura puede ser definida en un sentido amplio, como todo lo cultivado por el hombre, ya que comprende el total de las producciones humanas, tanto en el ámbito material (como, por ejemplo, los productos del arte y la técnica) así como en el espiritual (donde se mencionan las ciencias, el arte y la filosofía).

En un sentido más restringido, la cultura se constituye por los diversos saberes, tanto de tipo especulativo como práctico, que la humanidad ha alcanzado y recopilado, en forma más o menos sistemática, a lo largo de la historia.

Bell, define la cultura como “un proceso continuo de sustentación de una identidad mediante la coherencia lograda por un consistente punto de vista estético, una concepción moral del yo y un estilo de vida que exhibe esas concepciones en los objetos que adornan a nuestro hogar y a nosotros mismos, y en el gusto que expresa esos puntos de vista.” [2] Mientras que para Inglehart la cultura se entiende como: “los valores, las creencias, las capacidades y la gregariedad de los miembros de una sociedad determinada.” [3]

Así, el sistema cultural constituye una estrategia de sobrevivencia para la sociedad, ya que son los reglamentos sobre los cuales se funda un conjunto de personas que intercalan acciones entre sí para satisfacer sus necesidades. Ésta tiene una relación de apoyo mutuo con la economía y la política; es decir, bajo un sistema de creencias se justifica el orden social. Por otro lado, cualquier sistema sociopolítico se complementa y a la vez se apoya en un orden moral dado para obtener la legitimación de éste.

Según Samuel Ramos, “Cultura y conciencia de los valores son expresiones que significan la misma cosa.” [4] Es decir que se puede entender que los valores son una extensión de la cultura o que ésta es la manifestación viva de aquéllos.

En el caso de nuestro país, la familia sigue siendo la base de la sociedad, mantiene prioridad aun sobre el trabajo. Además, las jerarquías dentro de ésta son muy marcadas y deben ser respetadas; los roles que cumple cada miembro están bien definidos. Dentro de la familia, los valores y actitudes que se muestran y enseñan al niño son de protección, aprecio y amor, mientras que el tiempo recreativo normalmente se disfruta con toda la familia, con vecinos y con amigos de la escuela.

Por lo anterior, la mayor parte de los niños son muy dependientes del apoyo moral de la familia. En el contexto mexicano, la familia juega un rol tan importante que la mayoría de los puestos se siguen otorgando por contactos familiares, o personales, los cuales se logran establecer, generalmente, a través de un familiar. Además, los antecedentes familiares expresados por apellidos paterno y materno son factor importante para la posición en la comunidad.

Otro elemento cultural importante en nuestro país es la religión. De acuerdo con Espinosa:

“En México la religión católica es la más arraigada y ésta es el resultado de una conversión masiva, forzada y acelerada que dio lugar a un mal sincretismo dogmático, donde subsiste el ritualismo mágico, plagado de superstición, resignación y fatalismo, lo que llevó a las masas a la obediencia y a la sumisión. La religión provoca que el mexicano sienta que su vida está controlada por un ser superior, de modo que con resignación acepta el éxito o el fracaso, la felicidad o la tragedia, la riqueza o la pobreza. En las clases sociales más pobres, y por tanto más incultas y fanáticas, provoca un desaliento para sobreponerse a situaciones difíciles y en muchos casos ni siquiera intentan mejorar su situación en la vida.” [5]

Además, la cultura preindustrial o rural alienta la condición social establecida, por lo que ésta es hereditaria de tal forma que las aspiraciones de movilidad social en estos grupos son reprimidas. También es inculcada la importancia de la caridad, pues se considera que la acumulación de riquezas es signo de avaricia.

Mientras que, por otro lado, en las sociedades con un crecimiento económico acelerado, la movilidad social es bien vista, ya que para facilitar la acumulación se requiere del impulso de la industrialización, y ésta conlleva un relajamiento de las inhibiciones culturales. Por ello, el romper al menos con algunos elementos de los sistemas de valores tradicionales ha sido imprescindible para la modernización.

Simultáneamente, la indagación científica entra en acción para debilitar aún más los sistemas de valores de la sociedad tradicional, pues pone en duda el papel de Dios como creador del mundo en pro del conocimiento científico. Así, dentro de un nuevo contexto cultural ya no es mal visto realizar acumulación monetaria, sino todo lo contrario. Como resultado de la nueva visión se dan cambios en los patrones de comercio, de producción y de repartición de bienes.

Independientemente de su definición, la cultura es el punto de partida para entender las transformaciones que ha sufrido una sociedad en particular. Como menciona Espinosa Infante “la reproducción social posee necesariamente un dimensión cultural.” Y agrega: “La cultura en México, y los valores que ésta conlleva,… son fundamentales para la cohesión social y la preservación moral, ayudan a la convivencia humana cotidiana; éstos no pueden ser dejados a la entrada de la fábrica, de la oficina, del despacho, son introducidos en estos espacios juntos con las personas.” [6]

Por otro lado, debe hacerse notar que la supuesta incorporación de las comunidades indígenas o rurales a una cultura superior, obedece a la lógica del mercado, y a las tendencias modernistas, mediante las cuales se abren mayores oportunidades de producción y de consumo, sobre todo de esta última ya que genera una serie de ganancias económicas sin precedente.

Así, para la modernidad y el desarrollo los elementos que señalan algún rasgo de identidad, dentro de los grupos indígenas, tales como la etnia, la religiosidad, la territorialidad, etc. son reemplazados por algún tipo de identidades homogéneas nacionales, tales como la ciudadanía.

La existencia de grupos indígenas ha sido considerada como un obstáculo a los esfuerzos por lograr la unidad nacional y el desarrollo. Así, la solución encontrada tanto por gobiernos y científicos sociales ha sido fomentar lo que se ha llamado la aculturación, asimilación, incorporación o integración. Con este propósito, los gobiernos han puesto en práctica políticas específicas en los campos educativo, cultural, económico y social, destinadas a “integrar” a las poblaciones indígenas a la cultura dominante.

Empero, no debe pasar desapercibido que la comunicación actúa como un mecanismo de integración a la modernidad, a tal grado que las respuestas culturales a la modernización necesariamente tienen que pasar por ésta.

Por otro lado, los problemas de la cultura y de las telecomunicaciones, se dan sobre todo porque no hay una aceptación del derecho a la diversidad y a la especificidad cultural que es parte estructural de nuestras sociedades y de nuestra historia. La imitación derivada del consumismo y propiciada por las diversas fuentes de información masiva, genera esta suerte de falta de identidad cultural de los pueblos que son sometidos a procesos de integración nacional.

Hablando de historia, hay que hacer notar que el pensamiento marxista latinoamericano malentendió la realidad que encontró: la presencia de las etnias y de relaciones sociales que poco tenían qué ver con las categorías europeas con las cuales se pretendía catalogarlas. En las ricas y diversas realidades culturales que no se parecían al prototipo del proletariado industrial europeo, sólo se pudo encontrar atraso y falta de conciencia de clase.

Por su parte, el estructuralismo y la CEPAL encontraron una lamentable heterogeneidad estructural en lugar de la debida homogeneidad capitalista, de tal forma que la realidad del continente no es analizada como proceso histórico y cultural que en sí mismo tenga significación. Su única historia es la del paso de su condición tradicional a la de sociedad moderna, y como tal, merece ser incorporada a los patrones culturales de dicha sociedad.

Así los proyectos de futuro de las diversas elites se han fundado más en un abstracto deber ser en referencia a experiencias externas, que en la construcción de lo posible a partir de lo existente.

Por lógica y siguiendo el pensamiento de Rahman [7] “el desarrollo fue definido exclusivamente como desarrollo económico, reducido esto a la medición de indicadores correspondientes a la experiencia de los países centrales.”

De tal forma que las tradiciones culturales, las formas de hacer y de vivir de la mayoría de la población del continente fueron descalificadas como inválidas, esta vez ante el conocimiento de los expertos internacionales en desarrollo. Así, la asistencia tecnológica y financiera ofrecida a partir del supuesto de su superioridad en la marcha a la civilización, trajo como resultado la desarticulación cultural, la pérdida de autoestima y de identidades colectivas y por último, el aprendizaje de la desesperanza.

Es por ello que la misma población ha buscado quien la modernice, a tal grado que ha sacrificando en el proceso sus propios valores, culturas y su conocimiento y sabiduría acumulados a través del tiempo. Ha sufrido, en una palabra, la pérdida de identidad, y la capacidad de desarrollarse endógena y auténtica, a partir de sus propias culturas y capacidades.

Y como corolario, la población se encuentra con que al desarticularse las formas productivas tradicionales, de igual forma se afectaron los patrones culturales tradicionales. El ejemplo más notorio de esto es cuando los campesinos fueron expulsados de sus tierras emigran a las ciudades, aumentando el desempleo urbano, o pasaron a ocupar tierras marginales, pero de una forma o de otra, los patrones culturales de la modernización, ya se habían introducido en su ser y se comenzaba a imitarlos.

Si se acepta la tesis de que el mundo es un espacio multicultural, cabe hacer ver que el mercado mundial no es un instrumento económico neutro, como el lugar de encuentro e intercambio entre diferentes pueblos y tradiciones culturales. Por el contrario, es el lugar de subordinación y sometimiento de todas las demás culturas del planeta a las exigencias del patrón cultural occidental capitalista.

Por ello, las decisiones y negociaciones referentes a la apertura de los mercados no sólo son decisiones económicas sino, simultáneamente, trascendentes decisiones políticas y culturales, ya que refuerzan la subordinación de las culturas del continente a las tendencias universalizantes y homogeneizantes de la cultura capitalista transnacional. El único criterio considerado como válido para decidir si se produce un determinado bien sería su costo de producción, independientemente de las implicaciones que ello tenga desde el punto de vista de la organización de la sociedad, o para la preservación o destrucción de tradiciones culturales o para la capacidad autónoma de las poblaciones afectadas.

Según Coraggio, [8] la creciente transnacionalización de los medios de comunicación social y de producción de cultura de masas, es decir, de los medios consumistas, constituye un componente básico de este enfrentamiento cultural. Se trata de un proceso que va sustituyendo progresivamente las múltiples perspectivas del mundo y autopercepciones desde diferentes regiones, países y culturas, por una única perspectiva: la central.

Por ello, la resistencia a la competencia en el mercado sin la protección de las regulaciones y barreras arancelarias del Estado, no es un comportamiento económico irracional, sino que se actúa de esa manera para la defensa de formas tradicionales de vida, relaciones sociales, costumbres, ritmos de vida e identidades individuales y colectivas que son valoradas y que por lo tanto no se quiere ver desaparecer.

Por otro lado, y simultáneamente, se presentan los modelos híbridos que se están convirtiendo en una necesidad y realidad social, particularmente ante la agravada crisis de la modernidad y el desarrollo en el Tercer Mundo. A lo que Escobar comenta:

“Ya no se concibe la realidad social de acuerdo a dos polos o estadios separados, tradición y modernidad. Se hace innegable cada vez más que estamos ante articulaciones complejas de tradiciones y modernidades diversas y desiguales, frente a la coexistencia de múltiples lógicas del desarrollo. La ‘reconversión’ económica y simbólica efectuada por el capital y la modernidad ha conllevado adaptaciones de saberes y de prácticas a todo nivel y en todos los estratos sociales, particularmente los populares... las tradiciones aún no han sido suprimidas. Se hibridizan con lo moderno, crean nuevas realidades.” [9]

De tal manera que se vislumbra la posibilidad de concebir otro universalismo, producto de un complejo diálogo multicultural; universalismo que parte del reconocimiento de la diferencia, y que por lo tanto, no se asemeja al de la cultura occidental.



[1] GARZA Cuellar, op cit, p. 122.

[2] BELL, op cit, p. 47.

[3] INGLEHART, op cit, p. 5.

[4] RAMOS, Samuel. “Hacia un nuevo humanismo.” Citado por Garza, op cit, p. 54.

[5] ESPINOSA I. y Pérez C. “Cultura en México y su impacto en las empresas.” En revista Gestión y Estrategia. Núm. 6, julio-diciembre de 1994, pp. 74-75. Véase también: KRAS, Eva. “Cultura gerencial. México-Estados Unidos.” Grupo Editorial Iberoamérica. México. 1990.

[6] ESPINOSA Infante, Elvia y Rebeca Pérez Calderón. “Liderazgo y valores culturales en México.” En www-azc.uam.mx/gestion/num7/art12.htm

[7] RAHMAN, Anisur. “Towards an alternative development paradigm.” En Ifda Dossier 81. International Foundation for development alternatives. Nyon, abril-junio 1991. pp. 18-19. Véase también: LANDER, Edgardo. “América Latina: historia, identidad tecnología, y futuros alternativos posibles.” En LANDER op cit, pp. 106-107.

[8] CORAGGIO, José Luis. “Ciudades sin rumbo. Investigación urbana y proyecto popular.” Ciudad y sociedad interamericana de planificación. Quito. 1991, pp. 318-319. Veáse también LANDER, op cit, pp. 108-109; El Nacional, 17 de abril de 1993, p. A-7.

[9] ESCOBAR, op cit, pp. 90-91.

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