Nueva clase ociosa no violenta

 

A la progresiva implantación secular del principio de eficiencia económica podemos atribuir la evolución de la especie humana desde la animalidad primigenia hasta las cotas de civilidad alcanzadas en los albores del tercer milenio d. C. Aquel hombre inmerso en la animalidad era, como ya hemos dicho, soberano y libre. Hoy es dependiente y multicondicionado. Aquel ser primero sufría la escasez. El de hoy la ha llegado a combatir tan eficientemente que una gran minoría vive en la opulencia. La institución que ha conseguido hacerlo es el mercado, la quintaesencia del desarrollo y consolidación del principio de eficiencia. El mercado ha demostrado de un modo incuestionable su capacidad para crear riqueza y niveles de opulencia colectiva jamás soñados. A pesar de que numerosos sectores sociales disfrutan hoy de niveles de vida que hasta no hace tanto eran exclusivos de los herederos de las antiguas clases ociosas, lo cierto es que esto se está consiguiendo a través de la asignación de todos los recursos humanos al proceso de producción, eliminando a las clases ociosas y a sus herederos. También se logra por medio de la banalización de numerosos bienes y servicios, los que son deliberadamente producidos para ser puestos al alcance de las clases más modestas. Las clases ociosas primigenias (a las que podemos llamar inútiles porque estaban liberados por su estatus de las actividades productivas) se pusieron a disposición de la producción. Pero las desigualdades entre las minorías opulentas y las inmensas mayorías sociales no solo permanecen sino que, a juicio de los estudiosos más comprometidos y competentes, se agrandan.

¿Podemos imaginar un mundo en el que las desigualdades sociales desaparezcan? El economista y millonario Georges Soros cree que la solución está en fomentar el desarrollo de las sociedades abiertas (porque solo ellas) hacen posible que personas con opiniones, antecedentes e intereses distintos vivan juntos y en paz. Teniendo en cuenta nuestra naturaleza humana, no es posible evitar los conflictos, pero las probabilidades de que se produzcan crisis que precisen una intervención externa se ven enormemente reducidas[1].

Si por sociedad abierta entendemos con el creador de la expresión, el filósofo austro – británico Karl R. Popper, aquella en la que impera la tolerancia y la permanente sublimación de la violencia, habrá que hacer todo lo posible por institucionalizarla. Su culminación debería tener la virtud de devolver al actual tiempo libre de los productores las características del ocio creativo sin connotaciones de desigualdad social.

Las sociólogas vascas expertas en estudios de ocio María Luisa Setién y Arantxa López (ob. cit.) se basan en Lewis y Weigert[2] para distinguir “tres tipos  de tiempo social a los que se atribuyen distintas características”:

·          Tiempo organizacional, el dedicado a organizaciones o instituciones. Normalmente coincide con el tiempo de trabajo remunerado, formación y otras obligaciones ajenas a la capacidad de decisión individual

·          Tiempo de interacción. Es el tiempo que se dedica a las relaciones personales, bien sean formales o informales (compromisos sociales, familiares) (…) pertenecer a una asociación, formar una familia, o ser miembro de un equipo deportivo de amigos

·          Tiempo personal. Es el tiempo libre de obligaciones que tiene el individuo

Setién y López sostienen que solo este último es el que se dedica  a actividades de ocio, al descanso, etc., (…) el que la persona tiene la libertad para decidir, en función de sus gustos y de las actividades que le producen mayor satisfacción.

Aplicando este enfoque, propio de la epistemología individualista que hoy impera en las ciencias sociales, corremos el riesgo de caer en el falso hedonismo del modelo norteamericano de sociedad. Manteniéndolo, perdemos de vista el ocio primigenio, el que se concibe como un compromiso con el prójimo como el que caracterizó a las clases ociosas de la antigüedad. Estas clases realizaban, como hemos visto, actividades tan provechosas para la sociedad como las que realizaban  las clases negociosas. Por ello, ciñéndonos a la clasificación anterior, creemos que la recuperación del ocio originario en las sociedades actuales, más allá del tiempo personal o tiempo libre, el que se pone al servicio de la producción, se encuentra precisamente en la cantera del tiempo de interacción, un tiempo que puede llegar a ser tan comprometido como el tiempo organizacional, pero al margen del contrato laboral, si se inserta en un contrato más amplio al que podríamos llamar social.

Las actividades de voluntariado en su más amplio sentido (cooperación con países desfavorecidos, ayuda a personas necesitadas, militancia en organizaciones humanitarias y en partidos políticos y tantas otras) son la punta emergente de ese iceberg de actividades de ocio creador al servicio de la sociedad que tal vez algún día lleguemos a recuperar en toda su plenitud originaria[3]. Pero no hay que olvidar la existencia de grupos sociales todavía mayoritarios que también realizan actividades que consumen tiempo de interacción. Nos referimos a las amas de casa en general y a todos aquellos que realizan actividades no remuneradas (gestación y cría de la prole, tareas domésticas, cuidado de enfermos, minusválidos y ancianos).

A la luz del análisis precedente, parece claro que estos grupos (voluntarios y amas de casa) han logrado combinar en nuestros días parte de las actividades productivas de las antiguas clases negociosas (las que antaño se llevan a cabo en el hogar) con parte de las antiguas actividades de la clase ociosa, las que estaban desconectadas del negocio y hoy siguen desconectadas de la producción remunerada. Tanto unas como otras consumen un tiempo comprometido en el sentido interactivo de Lewis y Weigert (en el caso de los voluntarios, por propia decisión y, en el de las amas de casa, por la imposición de instituciones sociales obsoletas pero aun en vigor). Las actividades de ambos colectivos resultan, sin duda, de alto interés para la sociedad de la que forman parte[4]. Si todo ello es cierto como parece, ambos grupos, al realizar trabajos provechosos y no remunerados son depositarios de algunas de las actividades de la clase ociosa primitiva[5]. El resto de las actividades de ocio quedan recogidas por la producción de mercado y por instituciones sin fines de lucro, tanto públicas como privadas.

El reconocimiento del valor productivo de las actividades de las amas de casa es de justicia. Cuando queden remuneradas, dejarán de realizar sus actividades en tiempo interactivo y pasarán a consumir tiempo organizacional. Las últimas reminiscencias de una clase ociosa en la actualidad  quedarían reducidas al voluntariado, una institución moderna de la que cabe esperar un desarrollo espectacular en el futuro como moderadora de la hegemonía actual del mercado.

Durante el tiempo libre o personal, no comprometido ni social ni laboralmente, se practican actividades muy diferentes. Son las que se orientan al cultivo del egocentrismo, una dedicación sin duda legítima pero también carente del honor y la dignidad que acompañaron siempre desde sus orígenes a las actividades de ocio.

Convendrá realizar las investigaciones empíricas pertinentes encaminadas a probar si existe en la realidad situaciones que las reflejen de un modo convincente. Es la tarea que acometeremos en el Instituto de Economía y Geografía del CSIC en el marco del libro en preparación antes citado. Por el momento, aprovecharemos los resultados de la encuesta realizada en el Departamento de Economía del citado instituto sobre trabajo no remunerado en la Comunidad de Madrid a una muestra de 1.133 mujeres responsables de hogar. Las mujeres encuestadas se distribuían por ocupación como sigue: el 64,5% eran amas de casa; el 24,6% estaban ocupadas; el 4,6% eran paradas en busca de empleo y el resto, el 6,3%, jubiladas. En la tabla que sigue se muestran los resultados obtenidos relativos al descanso vacacional.

 


 

[1] Georges Soros: Capitalismo frente a democracia. El País, 15 de julio, 2000.

[2]   Lewis y Weigert: Estructura y significado del tiempo social, en : R. Ramos Torres (comp.): Tiempo y

      sociedad. CIS. Madrid, 1992 (pp 89 – 131)

[3]   La llamadas “obras de misericordia” del cristianismo son un buen catálogo de actividades de este tipo.

[4]   De especial interés resulta la investigación de la prof. María Angeles Durán  publicada en la obra Los 

     costes invisibles de la enfermedad. (Fundación BBVA, Bilbao, 1999). En esta obra se cuantifican por   primera vez en España las aportaciones de familiares y cuidadores a la atención complementaria a enfermos e incapacitados. Sin estas aportaciones, los servicios de la sanidad pública española quedarían colapsados.

[5]   Antes hemos dicho que la división del trabajo llevó a que la primitiva producción doméstica rebasara

      los estrechos límites del hogar familiar. Al mismo tiempo, las actividades de la clase ociosa original

      rebasaron también las fronteras de las familias de la nobleza dirigente para expandirse por las instituciones de la sociedad moderna. El Estado heredó el llamado “monopolio de la violencia”, la atención a los desvalidos y la  administración de justicia, entre otras tareas encomendadas a la antigua clase ociosa. Numerosas fundaciones privadas, entidades formalmente sin fines de lucro, han asumido otras actividades  como el mecenazgo de las ciencias, de las artes, los deportes, las aventuras, los cultos, etc.)