El tiempo libre como banalización del ocio

 

Luis Cernuda combinó con gran brillantez la noción de ocio con la de trabajo en un texto escrito en México (Variaciones sobre tema mexicano, 1952, en Prosas Completas, Barral Editores. Barcelona, 1975) El poeta se alojaba en un hotel cercano a la playa. No hacía nada; solo pensar. En estas circunstancias escribió refiriéndose a sí mismo: No hacer nada es para ti una actividad bastante. Coincide con el significado de inactividad como sinónimo del ocio, la forma de actividad a la que los antiguos llamaron ocio, la actividad creadora. Cernuda se muestra receptivo al clima que disfruta en México y se percata de que tiene una serie de ventajas, entre ellas darse cuenta de que la vanidad y el aburrimiento contribuyen al exceso de actividad humana. La frase es una reivindicación del ocio creador y un rechazo del ocio vulgar. Sobre esta base acomete un ataque frontal contra el negocio alienante o destructor: Para vivir, ¿es necesario atarearse tanto? Si el hombre fuera capaz de estarse quieto en su habitación por un cuarto de hora. Pero no: tiene que hacer esto, y aquello, y lo otro, y lo de más allá. Entre tanto, ¿quién se toma el trabajo de vivir? ¿De vivir por vivir? ¿De vivir por el gusto de estar vivo y nada más? Bueno, deja ahí el soliloquio y echa una mirada en torno. Y continúa con estas clarividentes reflexiones: Mirar. Mirar. ¿Es esto ocio? ¿Quién mira el mundo? (…) Mirada y palabra hacen al poeta. Ahí tienes el trabajo que es tu ocio: quehacer de mirar y luego quehacer de esperar el advenimiento de la palabra. Ahora levántate y marcha a la playa. Por esta maña ya has trabajado casi suficiente en tu ocio.

Me imagino al poeta dando fin a su trabajo de ocio para practicar algún tipo de deporte acuático o simplemente para tumbarse en la arena de la playa para asolearse. Pasaba así del ocio filosófico al ocio vulgar, del pensamiento creador al dolce far niente al que muchos constriñen hoy el turismo, del ocio de las clases inútiles originarias al tiempo libre de los productores de hoy.

En cualquier caso, si nuestra civilización ha conseguido vaciar la noción de ocio del significado que tuvo en las culturas de la Antigüedad y lo hemos dejado reducido a simple tiempo libre, cabe preguntarse con el historiador italiano Carlo Schmidt (La segunda revolución industrial. Espasa. Madrid, 1974)  si este tiempo es una bendición o una maldición. Para el citado historiador, en la sociedad de lo que él llama segunda revolución industrial (la que se beneficia de la aplicación industrial de las innovaciones tecnológicas provocadas por las necesidades bélicas durante la Segunda Guerra Mundial), el tiempo libre u ocio tiene un triple uso:

·          la reproducción de la fuerza de trabajo

·          el descanso o reposo para reponer las energías consumidas en el proceso de producción

·          la formación profesional y el estudio en general para contrarrestar la enajenación del trabajo remunerado

El primer uso del tiempo libre hace referencia, en realidad, a la reproducción de la especie, una actividad de carácter genético a la que no suele darse connotaciones de uso del tiempo libre, aunque las autoras de una de las comunicaciones presentadas en el Congreso de Ocio de Bilbao se preguntaban si el quedarse embarazada una mujer constituye una actividad de ocio. Era una más entre las innumerables formas de entender el ocio que se manejaron por los participantes en el citado Congreso. De dárselo, también habría que incluir el tiempo dedicado a comer y a dormir como de hecho hacen algunos expertos. La profesora María Luisa Setién, por ejemplo, lo hace. (Ver su obra El ocio de la sociedad apresurada: el caso vasco, en colaboración con Aranxa López Marugán. Documentos de Estudios de Ocio, nº 10. Instituto de Estudios de Ocio. Universidad de Deusto. Bilbao, 2000)

Pero esta conceptuación plantea disfunciones que habría que evitar si aspiramos a disponer de una noción precisa de ocio en nuestros días.

El tercer uso del tiempo libre al que se refiere Schmidt alude a una de las actividades que realizaban en exclusiva los miembros de la clase ociosa en el pasado, la asistencia a la escuela. Su proceso de socialización se inició en el siglo XIX como ya hemos dicho. Desde entonces la casi totalidad de las actividades propias de la clase ociosa han experimentado un proceso más o menos intenso de mercantilización convirtiéndose en actividades remuneradas. Podemos afirmar, por tanto, que desde mediados del siglo XX, todas las actividades sociales están orientadas, directa o indirectamente, al proceso de producción hegemonizado por el mercado. Incluso el descanso físico, como reconoce Schmidt, está al servicio de la producción. La mayor parte de los hombres (y cada vez más mujeres) tienen hoy el estatus de una máquina que por ser todavía orgánica y biológica se agota pasajeramente realizando actividades productivas. Ha habido que acudir a la institucionalización del tiempo libre, aparentemente no comprometido con las actividades productivas remuneradas, para reponer las fuerzas perdidas y poder seguir produciendo al día siguiente, a la semana siguiente o al mes siguiente, según los casos.

No es cierto que haya un triple uso del ocio en la actualidad. Tan solo existen diferentes momentos en la vida de los productores remunerados, hombres y mujeres, a los que el principio de eficiencia económica, llevado hasta sus últimas consecuencias lógicas, ha conducido a que todos estemos, o lleguemos a estar, plenamente dedicados a la producción remunerada.

En consecuencia, no estamos en realidad ante una situación que pueda dar lugar a la bendición o la maldición. Más acertado es pensar que la sociedad moderna ha erradicado las actividades de ocio por su incompatibilidad con el principio de eficiencia. Las ha sustituido por las actividades de tiempo libre[1], plenamente compatibles, éstas sí, con el mercado y con la producción remunerada.  XXXXX     Hombres y mujeres disponen hoy de suspensiones pasajeras y puntuales de la actividad productiva porque así lo exige la eficiencia de las actividades productivas. Solo a estas situaciones deberíamos llamarlas tiempo libre. En la medida en que todos seamos o lleguemos a ser productores todos tenemos, o tendremos, derecho a consumirlas[2].

En los centros de investigación de países avanzados hay estudiosos que se ocupan del ocio y del tiempo libre, pero en realidad más de éste que de aquél, con el acendrado y el puntilloso pundonor del contable. Sus investigaciones resultan de especial utilidad para la mejora del sistema productivo. Los poderes establecidos tienen necesidad de conocer en detalle a qué dedican los ciudadanos el tiempo no reglado ni disciplinado por el cumplimiento de las obligaciones laborales o sociales. La gobernación de la sociedad es viable cuando los productores se dedican a producir. En los momentos en los que los productores no producen por alguna razón (por disfrute de un tiempo libre o por desempleo involuntario, ambos en proceso de expansión) la gobernación de la res pública se complica. Se impone, entre otras medidas, la cosificación o banalización del ocio, su conversión en tiempo libre, en un producto que, sirve para recuperar las energías productivas perdidas o incorporadas a la producción. Pues de eso es de lo que se trata, precísamente. Ya que el tiempo libre está en franca expansión y lo seguirá estando, hay que evitar que no quede desvinculado, directa o indirecta, del proceso productivo remunerado, generador de riqueza y de disciplina social.  El ocio, convertido de esta forma en tiempo libre al servicio de la producción, no es más que un eslabón más de la larga cadena del proceso de producción para el mercado.

El sistema productivo debe su existencia a la necesidad de combatir la escasez de recursos vitales. Es, pues, hijo del principio de eficiencia. Después de un desarrollo milenario ha logrado alcanzar tales cotas de éxito que en los países avanzados la escasez ha sido sustituida por la abundancia. Según el economista norteamericano Galbraith, una parte del mundo vive hoy en sociedades más que ricas opulentas. Lo que no ha llevado aún, ni previsiblemente llevará en años, a la adaptación de las antiguas instituciones a la nueva situación. Antes al contrario: el sistema se ha comportado desde sus orígenes como un generador de nuevas necesidades que lo mantienen en funcionamiento porque no solo no elimina la escasez sino que la crea. Satisface unas necesidades y crea otras nuevas.

El tiempo no fue percibido por las culturas del pasado como un recurso productivo. Pero ha ido adquiriendo la consideración de recurso escaso a partir de la revolución industrial del siglo XIX. El tiempo es oro, afirman los ingleses con no disimulado orgullo, pues atribuyen a esta creencia su pasada prosperidad. Las políticas de desarrollo aplicadas por los demás países consiguieron sus propósitos y, a la vez, lograron convertir el tiempo en un recurso especialmente escaso.

¿No convendría, antes de realizar investigaciones empíricas para medir el tiempo libre y su distribución por géneros, actividad, edad y nivel de formación, elaborar un marco teórico y de valores que sirva de referente para los resultados?


 

[1]     Existen en las sociedades modernas distinciones de clase basadas en las actividades de tiempo libre. En clave de humor ácido, Máximo publicaba en El País del 15 de julio de 2000 el siguiente diálogo entre dos ejecutivos: “-Adoro los weekends porque me voy a la segunda residencia y compro en las grandes superficies. –Yo, además del shock – shopping, hago jogging, juego padle y tras la siesta relax, mi chapuzón o swimming me motiva y energiza para el top of the day:¡la barbacoa!. –Supongo que luego vendrá el danzing y el cachondeo. –Yo solo respondo del drink y de la música. El glamur se lo trae cada uno. -¿No te parece que somos un poco gilipollas?. –Bueno, como todo el mundo, ¿no?

[2]     No podemos entrar aquí en el problema del paro en general ni en el llamado masivo en particular. Tan solo diremos que los parados aspiran a insertarse en el proceso productivo cuanto antes. Los poderes públicos se afanan por financiar cursos de reciclaje para parados de larga duración, para jóvenes que aún no han conseguido su primer trabajo y para mujeres que todavía siguen dedicadas a sus labores en el seno del hogar y aspiran a tener un trabajo remunerado. Ni los parados ni las amas de casa consumen tiempo libre. Las amas de casa, porque no lo tienen, y los parados en contra de su voluntad, porque no lo quieren.