Deriva económica

 

Llamo deriva económica al largo proceso a través del cual tiene lugar un profundo y significativo cambio en el seno de los juicios de valor relacionados con la riqueza en los grupos humanos. El inicio del cambio es difícil de precisar. 

Georges Bataille, inencasillable pensador francés (1898 – 1962), estuvo muy interesado en el estudio de la alienación del hombre, lo que le llevó a cultivar de un modo muy personal la antropología cultural, de la mano, en un principio, de Michel Leiris y Marcel Mauss. Sus aportaciones más conocidas en este campo son La notion de dèpense y La parte maudite. La primera es un artículo de 1933 publicado en la revista trotskista “La Critique Social”. La segunda es un libro publicado en 1949 por Les Editions de Minuit, de París, editorial que publicó ambas obras juntas en 1967 (La parte maudite precèdé de La notion de dèpense). Hay versión española de esta edición en Icaria, Barcelona, 1987 en traducción mía. Georges Bataille sostiene que, en una fase avanzada de la humanidad, el grupo vencedor dejó de exterminar al grupo vencido para eliminar solo a los machos adultos. Las crías y las hembras adultas eran incorporadas al grupo vencedor en igualdad de condiciones. En un estadio posterior, el grupo vencedor renuncia a exterminar a los hombres adultos y los incorpora, junto con todos los demás, a su propio grupo. Aunque ahora, no en igualdad de condiciones sino en calidad de siervos.

Tan profundo cambio de comportamiento supone una clara superación de la violencia cruenta. Para Bataille se debe a la adquisición del sentido del paso del tiempo por la especie humana. Denominamos a este proceso deriva económica porque dio lugar a la aparición de nuevas necesidades para cuya satisfacción fue imprescindible ampliar las actividades de negocio, el sistema productivo encomendado a las mujeres.  

Asistimos al nacimiento de la sociedad de clases. Los miembros del grupo vencido son obligados a las tareas de las mujeres del grupo vencedor. Los hombres vencidos fueron degradados y obligados a la fuerza a realizar tareas femeninas.

Con la deriva económica tiene lugar un nuevo avance en el proceso de institucionalización de la sociedad cuyos efectos se acumularon al que abrió la deriva genética: supuso el abandono por una parte del género masculino (los hombres del grupo vencido) de ancestrales comportamientos cruentos y su sublimación paulatina en aras de un comportamiento acorde con los prolegómenos del principio de racionalidad o de eficiencia económica que estaba llamado a revolucionar la sociedad. Dicho de otro modo, la explotación de unos hombres por otros puede verse como un hito positivo en el proceso de hominización (alejamiento del estado animal). Como afirma el ya citado Safranski (1997), el mal es el precio de la libertad. El hombre no se reduce al nivel de la naturaleza, es el ‘animal no fijado’, usando una expresión de Nietzsche.  El Génesis escenifica este trascendental proceso haciendo referencia a una grave trasgresión de la primera pareja y a su posterior expulsión del Paraíso (metáfora de la animalidad). A sus puertas, un arcángel con una espada de fuego impide el regreso.

Con la aparición de las clases se crea también una nueva institución social, encargada de la administración de los recursos escasos susceptibles de usos alternativos, la economía o norma del hogar, entendida como sistema eficiente de obtención (producción) de recursos aptos para satisfacer tanto la necesidades de hoy como las de mañana.

A su amparo surge el concepto de riqueza y patrimonio, la garantía de satisfacción de las imprevisibles necesidades futuras, algo que solo se consigue a costa de la satisfacción de las necesidades del presente, de las de aquí y ahora, en aras de las de allí y después. Como es sabido, Max Weber sitúa los orígenes del capitalismo en la moral calvinista, basada en la austeridad y en el ahorro (contención del consumo en el presente) como fórmula Se abandona la ancestral dilapidación de un recurso productivo, el representado por los hombres adultos de los grupos vencidos, los cuales fueron asignados, junto con las mujeres del grupo vencedor, a las tareas ordinarias, serviles y humillantes, es decir, a las actividades de negocio   La división en clases de los grupos humanos no solo marca un estadio superior en el proceso de hominización por la progresiva renuncia a la violencia cruenta. También lo es porque introduce la primera equiparación social entre hombres (los vencidos) y mujeres.

La clase negociosa quedó ampliada y reforzada.

Los hombres del grupo vencedor pasaron a constituir la clase de los señores o nobles, la nueva clase ociosa, dominante y rectora del grupo ampliado En la división del trabajo por géneros que trajo consigo la deriva genética es posible observar los primeros indicios del principio de eficiencia que se desarrolla plenamente con motivo de la deriva económica aunque limitado a las necesidades de la supervivencia de la especie. Sus actividades obligatorias se llevaba a cabo campeando, fuera del hogar, en espacios abiertos.

Los siervos masculinos contaron con algunas posibilidades de ganar honores por su participación en guerras y en incursiones violentas a las órdenes de los señores, pero sus actividades eran, como las de las mujeres, productivas, en general fuera del hogar o en espacios cercanos. Los siervos femeninos no contaban con la posibilidad de asumir honores. Solo realizaban actividades productivas siempre dentro del hogar o en su entorno inmediato.

En una segunda fase, la clase de los señores pasó a nutrirse con aportaciones de individuos femeninos, las esposas de los señores y las hijas de éstos, las cuales serán más tarde esposas de señores. Participan  por este conducto del honor de los señores pero de un modo derivado. Forman parte de una clase ociosa ampliada y realizan actividades que Veblen llama de ocio vicario, aunque siempre dentro del hogar o en lugares solemnes y dedicados a los ritos.

Se adopta, por tanto, una nueva y revolucionaria división del trabajo, esta vez horizontal, por clases sociales, que se combina con la tradicional, la división vertical o por géneros. Esta nueva sociedad, dotada de una doble división del trabajo, puede que apareciera bastante después del fin de las glaciaciones, hace unos quince o veinte mil años, en el llamado paleolítico inferior. En esta época se asiste a los primeros desarrollos técnicos, los utensilios de piedra y el arco y las flechas, la primera máquina conocida. La primera revolución tecnológica, como las que tendrán lugar miles de años más tarde, aumentó significativamente la productividad y la producción y, como consecuencia de ello, la población.

El posterior desarrollo del principio de eficiencia que la conciencia de futuro había aportado a la vida del hombre dio lugar miles de años después a una nueva revolución tecnológica: la agrícola y ganadera, técnicas de producción de bienes y servicios que vinieron acompañadas por la vida sedentaria en hábitat permanentes (aldeas y ciudades) y puso en marcha el trascendental proceso de independencia de la especie humana de los recursos aportados por la naturaleza. La productividad y la producción volvieron a aumentar y, en función de ellas, volvió a aumentar una vez más la población.

Las grandes civilizaciones de la Antigüedad recibieron en herencia la doble división del trabajo (por géneros y por clases sociales), la consolidaron durante milenios y la hicieron más compleja y refinada al elevarla a la categoría de complejas instituciones sociales.

En coherencia con el reparto de tareas de estas sociedades premodernas, el ocio se aposenta en el grupo de los hombres nobles y de sus mujeres (esposas e hijas). Aparece el ocio como ostentación, tan bien estudiado por Veblen (ob. cit.), caracterizado por altos niveles de consumo, en coherencia con el poder que detentan quienes pertenecen a este privilegiado estatus social, traducido en elevada participación en el producto social. Los hombres y mujeres siervos se hacen cargo de las actividades de negocio en base a las cuales se genera y aumenta el producto social. Las mujeres siguen recluidas en actividades de producción en el hogar y sus inmediaciones, el lugar del alumbramiento y de la crianza de los hijos, mientras que los hombres se dedican básicamente a la producción fuera del hogar, un ámbito productivo que estaba llamado a convertirse en hegemónico El proceso de división del trabajo productivo que la eficiencia económica puso en marcha provocó una especie de big – bang económico que terminó rompiendo los estrechos límites del hogar familiar, en el que se procedía a la llamada producción doméstica y no remunerada, para ganar ámbitos más amplios. La consecuencia fue el mercado moderno, la empresa lucrativa y el trabajo remunerado.

La producción doméstica queda progresivamente relegada a niveles cada vez menos significativos política, social y económicamente hablando.