Deriva genética

 

Los antropólogos sostienen hoy que la selección natural ha dejado de explicar por sí sola la aparición hace casi 2,5 millones de años de los seres humanos. Hoy se piensa que tuvo que darse, además, una imprevisible transmisión “anormal” o “defectuosa” de pequeñas porciones del código genético desde algún ejemplar de grandes simios a su prole. Este fenómeno, que pudo haber tenido lugar hace unos diez o doce millones de años, es conocido por los expertos como deriva biológica o genética. Su primera consecuencia fue un aumento de la biodiversidad. Gracias a ella apareció una nueva especie, los ancestros inmediatos de la especie humana, sometida como las demás a las leyes de la selección natural. Los homínidos legaron a la futura especie humana la vida en grupos organizados, la cooperación entre grupos diferentes y la exogamia. La dentición definitiva se fue retrasando con el consiguiente aumento del periodo de la infancia. Este hecho provocó el alargamiento de la unión procreativa de las parejas y con ello se introdujo la división de tareas entre machos y hembras (Ver Jesús González: Cazadores de la edad del hielo. En: Jesús González y Alfonso Moure: El origen del hombre. Arlanza Ediciones. Madrid, 2000. La cuestión del origen del hombre y de su comportamiento es,  como se sabe, de extremada complejidad. Las teorías existentes son no solo abundantes sino también a veces enfrentadas. Además, en palabras del citado Jesús González: la hominización no es un fenómeno repentino sino una acumulación gradual de cambios, con algunas aceleraciones y estancamientos.

 El reparto de tareas por género forma parte, pues, de la herencia que recibió la especie humana de sus antecesores. Los hombres se ocuparon exclusivamente de las actividades que implicaran trato con seres animados, es decir, con otros grupos humanos y con los animales en general. Se trataba de dominarlos y vencerlos haciendo uso de la violencia por medio de la guerra y la caza. Relacionadas con ambas, ejercía otras actividades como los juegos de destreza y habilidad y la hechicería y el “arte”, en la medida en la que, a través de estos procedimientos se proponía alcanzar objetivos cinegéticos o depredadores La asignación exclusiva al hombre de actividades relacionadas con lo esotérico (magia, hechicería, brujería e incluso la religión) ya en estadios superiores, ha de hacerse con cierta precaución ya que parece que está bien documentada la dedicación de mujeres a las mismas. No obstante, puede que la presencia de los hombres fuera claramente preponderante. Las actividades de ocio, realizadas al aire libre, fuera del hogar, eran cosa de hombres. Ellos fueron, por tanto, la primera clase ociosa o dirigente.

Por su parte, las mujeres se ocuparon, también exclusiva o preponderantemente, de las actividades relacionadas con el manejo de las cosas inanimadas (los objetos): manipulación de animales sacrificados y de vegetales, en ambos casos como aportadores de alimentos, vivienda y abrigo (utilidades o satisfactores de necesidades), además, obviamente, de la gestación y de la crianza de la prole  En esta dedicación de las mujeres a las crías, que son sin duda seres animados, se aprecia cierta contradicción. No obstante, la contradicción  puede quedar resuelta diciendo que se trata de una actividad a favor de la vida y su conservación, absolutamente alejada de la violencia intrínseca de las actividades encomendadas a los hombres, una violencia que buscaba precísamente la aniquilación cruenta de los seres animados con los que tenía que relacionarse (semejantes y animales). Digamos también que la utilidad es la esencia de las actividades femeninas mientras que en las actividades masculinas, ajenas a la conservación utilitaria de la vida, hay, como intuyó Thomas Mann al referirse al gran arte, algo de cruz, muerte y tumba, una construcción de mundos para después de destruirlos (citado por Rüddiger Safranski, 1997: El mal o el drama de la libertad. Tusquets, Barcelona, 2000)

Las mujeres realizaban actividades de negocio dentro del hogar o en su entorno inmediato. Ellas fueron, por tanto, la primera clase negociosa o productora.

La rigidez más extrema presidía el reparto de los dos tipos de actividades. Los dos eran igualmente imprescindibles y provechosos para el grupo social. Los tiempos que en la realización de ambas se consumían eran tiempos igualmente comprometidos.         

Con el paso del tiempo, las actividades masculinas, las ociosas, terminaron por ser consideradas como generadoras de honor, poder y distinción, mientras que las actividades femeninas, las negociosas, fueron consideradas como humillantes, serviles y degradantes.

Los grupos humanos vivieron de esta forma durante casi 2,3 millones de años plenamente inmersos en la naturaleza. Solo eran conscientes del presente. Vivían plenamente inmersos en el aquí y ahora, y, como los animales que les rodeaban, eran soberanos y libres y sufrían las consecuencias de la escasez de recursos para cubrir sus necesidades vitales. Contaban ya con los primeros rudimentos de organización social, pero sus pautas de comportamiento obedecían exclusivamente a la satisfacción de las necesidades inmediatas. Su sistema productivo se basaba en el empleo de una tecnología incipiente (caza, pesca y recolección)

 

El simplificado modelo explicativo se resume en el cuadro 1

 

 

 

 

 

Cuadro 1

Modelo simplificado de la distribución de las actividades de ocio y de negocio por géneros en las sociedades arcaicas o primitivas

 

 

Hombres

 

 

Mujeres

Grupo 1.

 

Actividades relacionadas con seres animados (guerra, caza, juegos preparatorios, hechicería): Honor, dignidad, violencia física Actividades de ocio realizadas al aire libre (fuera del hogar)

 

Grupo 2.

 

Actividades relacionadas con objetos. Gestación y cuidado de la prole. Satisfacción de necesidades vitales. Servilidad. Actividades de negocio en el seno del hogar y entorno inmediato

  Fuente: Elaboración propia con ideas de T. Veblen: Teoría de la clase ociosa (1899)