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LOS QUE VENCEN LA DISTANCIA

 

 

 

“porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra

 que da sus frutos para todos”

(F. García Lorca: Poeta en Nueva York)

 

Como expuse en el capítulo I, la distancia obstaculiza la satisfacción de ciertas necesidades. Los humanos lograron aplicar el conjunto de servicios tratados en los capítulos siguientes, desde los de accesibilidad hasta los de protección personal pasando por el transporte y la hospitalidad, la cartografía, los guías acompañantes, la mensajería y las comunicaciones sin olvidar la intermediación financiera y los seguros. El uso de los servicios con los que se consigue vencer la distancia implica un coste que si bien pueden afrontar algunos no lo pueden afrontar otros. En este capítulo expongo el paulatino proceso de ampliación que ha tenido lugar en el número y características de los usuarios de estos servicios desde las clases dirigentes en el pasado hasta las clases medias de hoy. Para ello me veo obligado a utilizar las aportaciones de los antropólogos culturales y los historiadores de las civilizaciones.

De la noción de ocio a la de tiempo libre

 

En los primeros años de la humanidad, las actividades de ocio eran, por definición, las encomendadas a las clases dirigentes. El resto de la sociedad realizaba otras actividades, las llamadas de no ocio (negocio). Las primeras eran dignificantes y conferían honor, las segundas, serviles e indignas. Las de ocio se basaban en el ejercicio de la violencia, las de negocio, en la pacífica y resignada labor de obtención o transformación de cosas útiles para satisfacer las necesidades vitales (producción). La más extremada rigidez presidía el reparto de unas y otras, primero entre hombres y mujeres y más tarde entre clases sociales (nobles y siervos). La humanidad puso en marcha un proceso irreversible de sublimación de la violencia cuyo trasunto institucional es la resignada y fructífera paz del trabajo.

Ocio es un término muy antiguo, perdido hace años y recuperado recientemente. Para indagar en su significado utilizo las aportaciones de antropólogos y filólogos, es decir, recurro a cosas ya sabidas porque creo con Martín Heidegger que en ellas se oculta aún algo digno de pensarse.

El término ocio es especialmente polisémico; es la forma romance del latín otium, cuya primera acepción, la más superficial, es la de reposo o descanso. El economista norteamericano Thorstein Veblen realizó en 1899 una investigación de la clase ociosa que después de un siglo no ha sido mejorada. El término ‘ocio’ tal como aquí se emplea, no comporta indolencia o quietud. Significa pasar el tiempo sin hacer nada productivo: 1) por un sentido de la indignidad del trabajo productivo, y 2) como demostración de una capacidad pecuniaria que permite una vida de ociosidad (Teoría de la clase ociosa, FCE, México, 1971, p. 51) Más adelante agrega: Desde el punto de vista económico, el ocio, considerado como ocupación, tiene un parecido muy cercano con la vida de hazaña (p.52) La institución de la clase ociosa es entendida por Veblen como la excrecencia de una discriminación de tareas con arreglo a la cual algunas de ellas son dignas y otras indignas (p.17)

Según Corominas y Pascual (1980), el término ocio está documentado en nuestro idioma desde 1433, pero hasta hoy sigue siendo voz culta, poco usual en el lenguaje hablado (Joan Corominas y J. A. Pascual, Diccionario Etimológico Castellano e Hispánico, Gredos, Madrid, 1980 aserto Posiblemente hoy los dos eximios lingüistas habrían matizado este aserto ya que el término ocio se ha popularizado durante los últimos veinte años. El programa del 6º  Congreso Mundial de Ocio (Bilbao 3- 7 de julio, 2000) es una buena muestra de ello.

En el pasado lo habitual era referirse a los derivados ocioso, ociosa. Fernández Palencia        distingue dos nociones de ocio, el vulgar y el filosófico. Algunos han dado en llamar al segundo ocio con dignidad para distinguirlo del primero, el ocio vulgar, sin dignidad, el ocio de la plebe, pero, sobre todo, el ocio de los marginados sociales. Cada una de estas formas de ocio correspondía a un grupo social determinado y generaba actitudes valorativas específicas. El citado lingüista recoge la distinción entre ambas formas de ocio con esta conocida frase: Si es ocio vulgar trae denuesto, pero si es filosófico lóase (Alonso Fernández Palencia: Universal vocabulario en latín y en romance. Sevilla, 1490)

Al cabo de los siglos, el significado de ocio se ha diversificado pasando por una polisemia creciente. Hoy con este término se designa tanto el descanso gratificante y necesario de quien realiza actividades productivas, como la vagancia o desocupación de los marginados y delincuentes. Sebastián de Covarrubias insiste en que el término ocio no es tan usado como ociosidad y que por ello, ya en su tiempo, era preferible referirse al ocioso como aquel que no se ocupa de cosa alguna (ver Alonso Fernández Palencia: Universal vocabulario en latín y en romance. Sevilla, 1490

Al tratar Covarrubias la voz oficio dice que alude vulgarmente a la ocupación que cada uno tiene en su estado y aclara que por eso podemos decir del ocioso y desacreditado que no tiene oficio ni beneficio. En la Europa del siglo XVII, ocio era ya algo más que cesación del trabajo. El término tenía una clara connotación peyorativa, presente en el refrán latino otium omnium malorum fomes (el ocio es el origen de todos los males o vicios). Son muy frecuentes las expresiones en las que figura la idea de ocio unida a la mala reputación. El Diccionario de Latín de Agustín Blánquez Fraile (Sopena, Barcelona, 1966), de donde se ha tomado la nota antes citada, recoge otras expresiones y significados: el espíritu se embota en la ociosidad”; ociosamente: sin fruto ni utilidad; ocioso: que no tiene uso; entregarse a la ociosidad; ociosidad: desidia. Como se ve, la relación entre el ocio y la ausencia de utilidad de las actividades realizadas por los ociosos es la idea dominante del concepto ocio al margen de las connotaciones de moral puritana que la civilización judeocristiana le infundió posteriormente, un significado con el que se ha utilizado el término hasta no hace tanto.

El significado peyorativo se está perdiendo también junto con el original desde hace algunos años, lo que sin duda se debe a las transformaciones que han tenido lugar en el modelo de sociedad a lo largo del tiempo.

El derecho a un periodo de vacaciones pagadas reconocido por el gobierno francés en 1936, y su posterior introducción en la legislación laboral de todos los países occidentales, puede estar en el origen de una noción de ocio desprovista de sus connotaciones originarias y también de las de moral puritana que tuvo hasta no hace tanto El art. 24 de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre (1948) recoge el derecho a un periodo anual de vacaciones pagadas como parte del contrato laboral.

Hoy se usa el término ocio por los estudiosos como sinónimo de tiempo libre, un tiempo no comprometido en el proceso productivo. Ocio significa ya vacación, cese de la actividad laboral; y negocio: su contrario, ocupación laboral siempre que sea remunerada.

La connotación de estatus social, su conexión con la clase dirigente, al que estuvo unido el término ocio en el pasado, se pierde y en su lugar se ha ido implantando un significado que hace referencia a la actividad laboral remunerada pero vista desde su cese temporal, desde la vacación, el tiempo no dedicado al trabajo. En consecuencia, las investigaciones sobre el ocio terminan centrándose en los tiempos consumidos tanto en el trabajo como en su interrupción transitoria y ocupándose de su cuantificación por grupos sociales (hombres y mujeres, activos, parados y jubilados, ricos y pobres, empresarios y asalariados, trabajadores remunerados y no remunerados, titulados y no titulados). Sorprendentemente, se desatiende la investigación de carácter teórico y conceptual que ofrezca el marco de referencia sin el que las cuantificaciones corren el riesgo de quedarse en los vacíos de la insignificancia.

Hay una célebre frase Torston Veblen (ob. cit.) que alude al carácter estatutario de quienes realizaban actividades de ocio, a la dignidad que su ejercicio daba a quienes las tenían institucionalmente asignadas y a su (falta de) conexión con el negocio, es decir, con las actividades que hoy incluimos entre las productivas y remuneradas realizadas por empresarios y asalariados públicos o privados: desde los días de los filósofos griegos hasta los nuestros, los hombres reflexivos han considerado siempre como un requisito necesario para poder llevar una vida digna, bella o incluso irreprochable, un cierto grado de ociosidad y de exención de todo contacto con los procesos industriales que sirven a las finalidades cotidianas inmediatas de la vida humana. Parece claro que con la frase transcrita Veblen no alude a la simple desocupación o al descanso vacacional, el llamado tiempo libre, sino a la ocupación en actividades superiores, honorables y socialmente dignificantes. Refiriéndose a la privación gubernativa que el historiador Ramón Carande sufrió en 1945, el también historiador Santos Juliá afirma que empleó sus ocios en revolver los papeles de Simancas que le sirvieron como sólido cimiento a sus tres volúmenes de Carlos V y sus banqueros (El País, Babelia, 24 de junio, 2000). Ocio es aquí sinónimo de cesantía o vacaciones, forzosas en este caso, pero significativamente dedicadas a una actividad investigadora.

Fue a mediados del siglo XX cuando se implantó legalmente el  tiempo libre en la sociedad opulenta. Pero es cierto que antes hubo que pasar por una larga fase en la que los herederos de las clases dirigentes o partes significativas de ellos se entregaron a la corrupción de la más espuria ociosidad. El proceso continuó su curso hasta nuestros días en los que la noción de ocio ha perdido ambas referencias para quedar reducido a tiempo no comprometido con obligaciones sobre todo laborales. Ciertas actividades consuntivas, antes reservadas primero a las clases dirigentes y más tarde a los sectores sociales de altos niveles de renta, quedaron al alcance de quienes pertenecen a segmentos de niveles de ingresos cada vez más bajos.

Quienes realizan estas modernas actividades de ocio generan una demanda específica de bienes y servicios que dan lugar, a su vez, a líneas de producción antes desconocidas o poco significativas orientadas a satisfacerla. Al tiempo libre o no comprometido con compromisos de cualquier tipo se le viene llamando también tiempo de ocio sin tener en cuenta la riqueza conceptual del término. El 6º Congreso Mundial de Ocio de Bilbao ha ofrecido todo un festival de significados de ambos términos. Con los textos de las comunicaciones libres y los de las conferencias magistrales y temáticas de destacados especialistas en la materia podría hacerse un interesante estudio sobre la polisemia extrema de ambos términos. Como muestra de la misma citaremos una frase que incluye el programa del congreso. En ella se hace referencia a algunos de los incontables papeles desempeñados por el nuevo ocio en la sociedad actual: producto de consumo, elemento de disfrute y diversión, impulsor del desarrollo económico, generador de empleo, promotor del desarrollo personal y comunitario, etc. Las actividades productivas y consuntivas citadas son consideradas hoy, unas veces, de ocio, otras, de tiempo libre. Incluso se habla de empresas de ocio, de instalaciones de ocio y de equipamientos públicos de ocio. El término griego para ocio es skole, del que procede escuela en los idiomas modernos. Con este término se referían los antiguos griegos a los establecimientos en los que se formaban los hijos de las familias de la clase dirigente u ociosa, pero hoy lo usamos para denominar los centros en los que se forman los ciudadanos cualquiera que sea su clase social. La etimología conserva la idea de ocio en el término escuela, la institución dedicada a la práctica de actividades de ocio. Sin embargo, con la reiteración de su uso se ha perdido este significado primigenio y por ello podemos utilizar frases como esta: realización de actividades extraescolares de ocio.   El sentido no se altera si sustituimos ocio por tiempo libre. Los nuevos tiempos han conseguido lo que no consiguieron los pasados: introducir en el habla ordinaria el culterano término ocio y hasta dar algún sentido a la expresión, contradictoria en sus términos, el ocio es negocio. Los investigadores científicos dedicados a los modernos estudios de ocio aceptan la polisemia del lenguaje ordinario y trabajan con ella sin aparentes incomodidades. En muchos de los abundantes trabajos que se presentaron al 6º Congreso de Ocio de Bilbao es posible  encontrar usos y significados de ocio y tiempo libre desde diferentes enfoques mezclados luego como si se hubieran hecho desde el mismo punto de vista.

Como ya he dicho, lo contrario de ocio es no ocio, negocio, un cultismo que tuvo mejor fortuna en el habla popular. En los orígenes, negocio designaba el conjunto de tareas residuales que realizaban los miembros de los grupos dominados, la ocupación de quienes se encargaban de realizar las actividades ordinarias del colectivo, destinadas a generar recursos para satisfacer las necesidades derivadas del diario vivir. Según Sebastián de Covarrubias (ob. cit.), negocio es la ocupación de cosa particular, que obliga al hombre a poner en ella solicitud. Negocio, según Corominas y Pascual (ob. cit.) es un cultismo ya antiguo y bien arraigado en el habla popular. ¿Se debe tan dispar evolución lingüística de ambos términos a la doble correlación existente entre ocio y clases dirigentes, por un lado, y negocio y clases productoras, por otra?

Intento estudiar aquí la evolución del reparto del ocio por clases sociales con la pretensión de determinar si existen en la actualidad actividades de ocio en su sentido originario. El reverso no es otro que el reparto o distribución de actividades de negocio. Tanto unas como otras se repartieron primero entre hombres y mujeres y, más tarde, entre clases sociales. Las actividades de ocio eran nobles, dignas, inútiles (improductivas) y honorables y las de negocio, humillantes, indignas, útiles (productivas) y deshonrosas. Hubo pues dos grupos o estatus sociales bien diferenciados, los ociosos y los negociosos.

El término ocio necesitó de adjetivos cuando las clases nobles o dirigentes rompieron la rigidez imperante en las sociedades tradicionales y se dedicaron cada vez más a desarrollar actividades productivas. Pero antes, la degradación y la corrupción de las clases dirigentes del llamado Antiguo Régimen, pusieron las bases para que las sociedades productivistas que surgieron con las revoluciones industrial y burguesa a fines del siglo XVIII infundieran al término ocio primero un rechazo social y más tarde una condena moral.

El proceso se afianzó progresivamente hasta llegar a nuestros días. Hoy sigue habiendo actividades de hombres y actividades de mujeres. En el mundo rural aun quedan supervivencias muy marcadas de la primitiva distribución de tareas por géneros, pero ya sin apoyos legales, al menos en las sociedades avanzadas.  Amando de Miguel cuenta en El miedo a la igualdad (Grijalbo, Barcelona, 1975) esta curiosa anécdota con motivo de una famosa revuelta estudiantil en la Universidad de Columbia: Encerrados para protestar contra la desigualdad y la represión de todo tipo, de repente se dieron cuenta de una extraña división del trabajo que se había producido: las chicas se ocupaban de preparar los bocadillos mientras los chicos preparaban los carteles y discursos. Excrecencias de la división del trabajo por géneros las habrá sin duda en diferentes países y culturas. Su extraordinaria antigüedad confiere una extraordinaria resistencia a la institución. Pero su demolición hace tiempo que comenzó y sin duda tiene los días contados.  Tampoco existe el rígido reparto de actividades por clases sociales propio de las sociedades premodernas. De ambas instituciones tan solo quedan, como diría Veblen, excrecencias o supervivencias que sin duda desaparecerán en el futuro.

Las trabas y las rigideces de antaño en materia de reparto de actividades sociales han desaparecido, al menos en los países más avanzados. ¿Pero existen hoy actividades ociosas en el sentido originario? Y de existir, ¿qué grupos sociales las realizan? La respuesta requiere aplicar una visión retrospectiva desde sus orígenes.

Para ofrecer una visión retrospectiva de la distribución del ocio y del negocio entre géneros y clases sociales me basaré en la definición de cuatro grandes estadios. Para ello utilizo un modelo extremadamente simplificado y del concepto de deriva, un término procedente de la navegación marítima que está siendo utilizado con cierta frecuencia por algunos sociólogos. Con él se alude metafóricamente a la evolución no esperada  que sigue algo o alguien provocada por fuerzas desconocidas o ingobernables. Represento la evolución de la sociedad por medio de cuatro derivas: la biológica, la económica, la femenina y la masculina.