INTÉRPRETES

 

 

La Biblia recoge en el Génesis (11, 1 - 9) la aspiración de la humanidad a entenderse en un idioma único con esta conocida frase:  Toda la tierra hablaba una misma lengua y usaba las mismas palabras. Al emigrar los hombres desde oriente encontraron una llanura en la región de Senaar y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: Vamos a hacer ladrillos y a cocerlos al fuego. Emplearon ladrillos en lugar de piedras y alquitrán en lugar de argamasa; y se dieron: Vamos a edificar una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo; así nos haremos famosos y no nos dispersaremos sobre la faz de la Tierra. Pero el Señor bajó para ver la ciudad y la torre que los hombres estaban edificando, y se dijo: Todos forman un solo pueblo y hablan una misma lengua; y este es solo el principio de sus empresas: nada de lo que se propongan les resultará imposible. Voy a bajar a confundirle su idioma para que no se entiendan más los unos a los otros. De este modo el Seños los dispersó de allí por toda la tierra y dejaron de construir la ciudad. Por eso se llamó Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de todos los habitantes de la Tierra, y desde allí los dispersó por toda la superficie.

Los filólogos actuales han demostrado, con Noam Chomsky a la cabeza, que la lengua que cada pueblo habla tiene raíces claramente biológicas. Por esta razón todas las lenguas obedecen a un amplio patrón universal diferenciándose tan solo en algunas variantes específicas y, sobre todo, en aspectos de vocabulario. De forma narrativa y simbólica, el texto bíblico refleja esa unidad lingüística básica y las diferencias existentes entre las lenguas. Las diferencias llegan a ser tales que los pueblos de la Tierra no pueden entenderse entre sí más que utilizando el lenguaje de los gestos, los signos y la mímica. Se trata, de un grave inconveniente para la realización de desplazamientos que bien pudo tener en el pasado efectos inhibitorios muy serios, aunque lo más probable es que no afloraran en toda su magnitud pues quedaron opacados por otros mucho más inmediatos y contundentes.

El inconveniente de las lenguas solo afectó a los desplazamientos que no requirieron el establecimiento de relaciones relativamente profundas entre quienes se desplazaban y los habitantes de los territorios por los que había que pasar. Los desplazamientos que exigían estos contactos no existieron hasta que no se desarrollaron las expediciones mercantiles especializadas en la época de las grandes civilizaciones de la Antigüedad. Para entonces ya había una solución para mitigar el obstáculo lingüístico. Como sabemos, en la Antigüedad, el idioma hegemónico fue el acadio. Este era el idioma utilizado por los mensajeros encargados de portar misivas de todo tipo de un reino a otro. Los mercaderes también lo conocían. Ya entonces había conocedores del acadio y de algún otro idioma dedicados a servir de intérpretes entre los interlocutores.

El papel del acadio lo jugó el griego entre los pueblos que habitaban la península del Peloponeso, y el resto de Grecia. Más tarde debió ser el latín el idioma que cumplió la útil y necesaria función de lengua internacional para el comercio, la diplomacia y las demás relaciones internacionales (religiosas, culturales, amistosas, deportivas, etc). Como es sabido, el latín ha sido la lengua internacional desde la fundación de Roma en el siglo VIII a. C. hasta la desaparición del Imperio de Occidente en el siglo IV. En el Imperio Bizantino siempre se habló griego aunque se conociera el latín. Este idioma logró desbordar las fronteras del antiguo Imperio de Occidente y convertirse en universal porque la iglesia católica lo tomó como idioma propio. También fue usado como vehículo de entendimiento entre estudiosos y eruditos.

El desarrollo de los actuales idiomas modernos, muchos de los cuales proceden del latín, tiene lugar a partir del siglo XII. El latín siguió utilizándose en el comercio, en la diplomacia y en la ciencia hasta el siglo XVII, aunque cada vez menos, siendo sustituido progresivamente por los idiomas modernos en todos los campos. El francés se convirtió en el idioma de la diplomacia y del comercio durante los siglos XVIII, XIX y parte del XX. El italiano fue un idioma muy utilizado en todos los países europeos desde el Renacimiento como medio de comunicación a efectos de arte y cultura. Después de la primera guerra mundial se impuso el inglés como idioma del comercio internacional y de comunicaciones entre científicos. A partir de la segunda guerra mundial la hegemonía del inglés es incuestionable. Hoy cumple la función de idioma universal a todos los efectos, seguido a una distancia progresivamente acortada por el español, aunque sin olvidar el enorme potencial del chino en el inmediato futuro.

Como muestra de los obstáculos derivados de la existencia de diferentes idiomas en materia de relaciones internacionales incluimos un párrafo tomado de la narración de la escritora británica Virginia Woolf (1882 – 1941) titulada Una posada andaluza (Ver V. Woolf: Viajes y viajeros, Plaza Janés, Barcelona, 2001): el tren llegó a la estación (de un pueblo de Granada que no cita donde quedó interrumpido el servicio). Apareció corriendo la inevitable multitud para contemplarnos, y se quedaron boquiabiertos cuando enseñamos la cuidada disposición de palabras españolas con que expresábamos nuestro deseo de una posada. Una frase en un manual de conversación es algo de una naturaleza semejante a un monstruo extinto en un museo: solo los especialmente iniciados pueden decirte si está emparentado con un animal vivo. De inmediato resultó obvio que nuestro espécimen era extinto sin remedio, y aun más se insinuó la terrible certeza de que tanto la naturaleza de lo que preguntábamos como la lengua en la que lo hacíamos eran ininteligibles.

Hoy nos puede resultar incomprensible que en 1905 nadie entendiera que la escritora y su acompañante se veían en la necesidad de pernoctar en el pueblo hasta que el tren reiniciara su marcha al día siguiente y que para ello preguntaban por un hotel, un término internacional que todavía era desconocido por los habitantes de aquel pueblo andaluz. Los residentes desconocían las posadas. Ni la ayuda de los diccionarios ni los supuestos conocimientos de francés de un empleado del ferrocarril sirvió para que los nativos entendieran a los forasteros.

Desde hace al menos un siglo existen en numerosas ciudades servicio profesionales  de intérpretes y traductores desde de diferentes idiomas del mundo al idioma del lugar visitado. Por otra parte existen diccionarios bilingües que ofrecen la posibilidad de traducir un texto escrito en un idioma a cualquier otro. Incluso existen modernas máquinas electrónicas que hacen lo mismo de un modo automático. No cabe duda de que la situación actual, a efectos de las dificultades que las diferentes lenguas establecen para los desplazamientos de un país a otro, es hoy muy diferente a la del pasado no solo remoto.