GUÍAS



Los libros – guía son manuales de instrucción de quienes planifican o realizan desplazamientos circulares. Podemos pensar que los libros – guía son de muy reciente aparición. Sin embargo se trata de instrumentos de apoyo al vencimiento de la distancia que tienen cierta antigüedad. Los primeros libros fueron escritos en su mayor parte con fines sapienciales pero muchos se usaron como facilitadores de desplazamientos.
El investigador del CSIC José M. Galán nos ha regalado recientemente una valiosa obra José M. Galán, Cuatro viajes en la Literatura del Antiguo Egipto (Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, 1998), en la que hace un minucioso estudio de cuatro manuscritos, previamente traducidos por él mismo del idioma ugarítico. Sus títulos son los siguientes: El Náufrago, Sinuhé, El Príncipe predestinado y Unamón.
El protagonista de El Náufrago es un personaje que puede parecer normal, pero dispone de tales cualidades que puede instruir al propio faraón. Este personaje narra su expedición a (Nu)Bia por encargo del faraón Sesostris. La embarcación naufraga a causa de una tormenta y los ciento veinte hombres de la tripulación perecen, pero él se salva. Arrastrado por una ola es llevado a una isla habitada por una Serpiente que le exige que le haga saber el motivo de su viaje si no quiere perecer. El náufrago lo hace y la Serpiente le concede el don de volver a Egipto cargado de mercancías maravillosas. A su regreso llevó las mercancías al faraón y éste le hizo rico.
Según Galán, el texto narra un viaje contrariado a causa de una catástrofe natural, un fenómeno totalmente fuera de su control, que surge inesperadamente y del que no hay escapatoria, pero también habla de las maravillas que hay en la isla, seguramente irreal, como el personaje de ficción que la habita. Hay en la narración bases para hacer toda suerte de interpretaciones, pero no cabe duda de que también puede ser interpretada como un manual de la navegación marítima en unos tiempos en los que, como las técnicas de navegación eran harto primitivas, se presumían peligros que solo un héroe podía superar.
El relato de Sinuhé tiene lugar en el siglo XX a. C., bajo el gobierno de Sesostris I. Sinuhé se encontraba fuera de Egipto acompañando al príncipe heredero, esposo de Nefer. El príncipe se entera por un mensajero de la muerte de su padre y parte de inmediato a su país. Sinuhé siente un miedo inexplicado y huye en una balsa sin timón empujada por el viento del oeste durante cincuenta días seguidos. Finalmente es rescatado por los nómadas. Con ellos vive muchos años vagando por tierras de Palestina y Líbano. El texto alude a que los nómadas le abastecían de todo tipo de viandas. La tierra es descrita como un paraíso similar a la isla donde se refugió el protagonista de El Náufrago. En ella se granjea la amistad del jeque, en un pasaje que de nuevo es comparable al de la recepción que la Serpiente brinda al náufrago del texto anterior. Alcanzada una avanzada edad, Sinuhé se siente fuera de su tierra y decide tomar el llamado Camino de Horus, la vía más frecuentada por los egipcios, en la que se topa con una guarnición egipcia apostada en el camino. El alto oficial le ayuda a embarcarse y Sinuhé llega al palacio del faraón Sesostris I, para postrarse humildemente ante él en el gran salón de audiencias. Este texto, al margen de sus enigmáticas intenciones, parece cumplir también una función de manual de viajes, tanto en lo que concierne a la descripción de las bellezas de tierras desconocidas y a las advertencias de los peligros que pueden surgir en todo viaje como al natural deseo de regresar al país de origen que siente todo aquel que lo abandona.
Lo mismo cabe decir de los dos libros atribuidos a Homero: la Ilíada y la Odisea. Incluso de los nueve libros de la Historia de Heródoto de Halicarnaso. La Eneida de Virgilio, imitación de la Odisea, no deja de ser también un libro de viajes. Durante milenios, los libros de viajes fueron las obras que se encargaron de transmitir los conocimientos que los viajeros lograban gracias a su estancia en tierras lejanas, empapadas de misterio, escenarios de hechos fabulosos y de civilizaciones arruinadas o en todo su esplendor.
Hay que esperar a la llegada del Renacimiento para que surjan obras con la intención de transmitir conocimientos más sistematizados, basados en el ejercicio de la razón y al margen de las fantasías que tanto abundan en las obras de la Antigüedad. Los libros de viajes siguieron apasionando al género humano. Aun hoy, nutren uno de los géneros más cultivados en todos los idiomas del mundo.
En la Edad Media tenemos el libro sobre los viajes de Marco Polo, ya citado aquí, en el que seguramente se mezclan hechos verídicos con la desbordante fantasía del autor, un expediente al que siempre recurrieron los autores de libros de viajes y que constituye una de las constantes del género. Según el lúcido comentario de Jorge Luis Borges, Marco Polo sabía que lo que imaginan los hombres no es menos real que lo que llaman la realidad. Marco Polo incluye en el libro que dictó a un compañero de la prisión de Génova, en la que estuvo recluido, comentarios sobre el estado de los caminos, las costumbres y peculiaridades de la corte del Gran Kan, las maravillas tanto vivas como monumentales de los países que visitó, la utilización de escoltas de hasta doscientos hombres en ciertos desplazamientos, la existencia de mensajeros y de casas de postas, el número de jornadas que se necesitan para cubrir determinadas rutas, la ausencia de albergues que padecen algunas de ellas, lo imprescindible que es ir provisto de agua al realizar desplazamientos, la descripción de fiestas, la abundancia de caza e incluso este interesante comentario sobre la prostitución como servicio pagado en los lugares con abundantes forasteros: Y también os digo que dentro de la ciudad no osa vivir ninguna mala mujer de las que obran impuramente con su cuerpo por dinero, sino que todas están en los arrabales. Y habéis de saber que son más de veinte mil las mujeres que pecan por dinero y aun os digo que todas resultan necesarias debido a la gran abundancia de mercaderes y forasteros que acuden (a la ciudad) de continuo.
No debo olvidar en esta relación de manuales del viajero el Codex Calixtinus, para algunos el primer libro de la historia realmente pensado como guía para quienes planean hacer un desplazamiento (peregrinación) al sepulcro del apóstol Santiago el Mayor en el Finisterre de Galicia. Desde la inventio del Sepulcro del Apóstol en Iria Flavia (año 812), el Camino de Santiago fue una realidad política, geográfica, cultural, social y religiosa que gozó de una muy intensa presencia en la vida de los europeos de toda condición entre los siglos IX y XVI. A partir del siglo XVII comenzó a ser solo un recuerdo del pasado hasta el punto de que se perdió la memoria del Sepulcro, recobrada hace ahora algo más de un siglo. En 1879 tuvo lugar la segunda inventio. Con ella, el culto jacobeo volvió a recuperar sus latidos.
No solo los papas dieron a Santiago de Compostela su alto reconocimiento. También los monarcas de la Cristiandad, los monasterios y las Ordenes Militares distinguieron el Camino con su más encendida fe y lo hicieron objeto de su más integral protección. El obispo Teodomiro avaló con su autoridad el prodigio de las luminarias nocturnas avistadas por el ermitaño Pelayo que dieron nombre al lugar (Campus Stellae, Compostela). Su fe la transmitió al rey asturiano Alfonso II el Casto (759 - 842). Alfonso la transmitió, a su vez, al emperador Carlomagno después de peregrinar con toda la corte hasta el lugar señalado. La protección real y la ayuda incondicional del Emperador, la primera autoridad política del momento, sirvió para la inmediata y eficaz difusión de los hechos por todos los reinos europeos, después de contar con las oportunas bendiciones del papa León III. El monasterio francés de Cluny asumió más tarde, de un modo ciertamente eficaz, las funciones de celoso administrador de tan fecundo patrimonio. La presencia de la presunta tumba de un apóstol de Cristo en uno de los confines occidentales de Europa (finis terrae), convirtió a Compostela en miembro destacado de la triada de los grandes centros de peregrinación del mundo cristiano medieval, junto con Roma, sede del Vicario de Cristo (objeto de peregrinación desde el siglo IV) y Jerusalén, lugar del Santo Sepulcro (cuyas peregrinaciones puede que empezaran muy pronto, sobre todo desde Bizancio). Goethe apuntó que Santiago fue el fermento de la identidad de Europa. Torrente Ballester se pregunta en un libro de 1948, recientemente reeditado, cómo fue posible que Santiago se impusiera a Roma como aglutinante de la unidad europea, a pesar de la competencia que pudo representar Roma, que tiene el sepulcro de Pedro. No es fácil dar una respuesta a esta pregunta. La que aporta Torrente es una más entre otras muchas igualmente discutibles. Pero lo cierto es que la semilla de Europa fue Santiago, contra todo pronóstico, no Roma.
Américo Castro habla de la presencia de Santiago de Galicia en la España cristiana de la Reconquista, una presencia que califica de real y palpable por el hecho de estar sólidamente enraizada en una creencia en la que participaron todos los estamentos sociales de la época, reyes, nobles, clérigos, soldados, pueblo llano y desheredados de la fortuna. La difusión de la noticia del Sepulcro de Santiago por la España cristiana y por otros reinos cristianos de Europa fue tan rápida que Compostela se convirtió muy pronto en el lugar de peregrinación por excelencia de los cristianos europeos. Algunas fuentes hablan de casi medio millón de peregrinos anuales durante la Alta Edad Media. Fue tan descomunal la afluencia de peregrinos que la Sede Compostelana se vio obligada a realizar un esfuerzo inusual en su época en materia de servicios públicos y de hospitalidad para responder a las necesidades de unos peregrinos que pertenecían a todas las clases sociales, desde miembros de familias reinantes hasta nobles, clérigos y monjes, desde teólogos, soldados y escritores hasta artesanos, vagabundos e incluso marginados y delincuentes en cumplimiento de penas a redimir por su presencia ante el Sepulcro. La fe y la peregrinación los unía a todos sin distinción en una auténtica reconstitución de las primitivas comunidades cristianas entonces ya ha tiempo olvidadas. Mucho habría que hablar del espíritu de democracia espontánea que generaron las peregrinaciones a Santiago de Compostela, sobre todo hasta el siglo XVI, época en la que sufrieron su primera crisis con motivo de la Reforma Luterana. Durante siglos, las peregrinaciones masivas no se tuvieron por turismo pero, desde hace algunas décadas, si. Y, sin embargo, hay turisperitos para quienes el turismo masivo solo tiene medio siglo de antigüedad.
Los peregrinos a Santiago tuvieron el privilegio de ver muy pronto satisfecha la necesidad de disponer de un libro - guía. En el siglo XII apareció el Codex Calixtinus, llamado así porque fue atribuido al papa Calixto II. El historiador francés Bedier, a principios de este siglo, llamó a esta obra Liber Sancti Jacobi, nombre con el que también se le conoce hoy. La obra ha llegado hasta nosotros como un conjunto de materiales de aluvión aportados durante los muchos siglos que estuvo en uso continuado hasta cristalizar en una combinación de textos entre los que podemos destacar el relato de viajes, la recopilación de consejos morales y la guía del peregrino. Los historiadores vienen considerando el Codex como un claro precedente de los modernos libros - guía. Su autor, sea quien sea, demuestra ser un consumado conocedor del Camino. Desde la aparición del Codex hasta hoy la producción de libros - guía fue y sigue siendo uno de los más dinámicos sectores de la próspera y tecnificada industria editorial del mundo.
Un hito destacable lo estableció la publicación de la obra en tres volúmenes del alemán D. J. J. Volkmann Noticias histórico – críticas de Italia, (Leipzig, 1770 – 71), obra que contiene una exacta descripción de este país, de sus usos y costumbres, forma de gobierno, comercio, economía, estado de las ciencias, y especialmente de las obras de arte, con un juicio de las mismas. Todo ello recopilado de las descripciones de viajes francesas e inglesas más recientes y de las propias observaciones personales (ver Rafael Cansinos Asséns, presentación de Viajes Italianos, J. W. Goethe, en Obras Completas, Aguilar, México, 1991). Puede decirse, continúa Cansinos, que esa obra fue la guía de viaje de Goethe, que este conocía por mediación de su amigo Knebel.
Fue en el siglo XIX cuando aparecieron los libros – guía que hoy conocemos. Los primeros editores de guías fueron John Murray en el Reino Unido y Karl Baedecker en Alemania. John Murray se desplazó por primera vez al Continente en 1829 con el fin de completar su educación. Como escribió más tarde, lo hizo desprovisto de guías a excepción de unas cuantas notas manuscritas sobre ciudades y fondas que le facilitó su buen amigo el dr. Somerville, lo que indica que dedicó tiempo, trabajo y tal vez dinero a preparar su plan de desplazamiento. Fueron las dificultades que encontró a la hora de hacer sus desplazamientos lo que le llevó a recoger y sistematizar toda la información que pudo. Dicho con sus propias palabras, todas aquellas informaciones y estadísticas que un turista inglés puede tal vez necesitar.
Murray continuó haciendo desplazamientos al Continente y recogiendo datos de utilidad. Con ellos publicó a fines de 1836 el manual del viajero titulado Holland, Belgium and the Rhine. Ante el éxito obtenido, años más tarde publicó el manual titulado France, South Germany and Swizerland. Estos dos manuales los escrbió él mismo, pero pronto encargó los demás manuales publicados a especialistas como Richard Ford (Spain), Sir Gardner Wilkinson (Egipt) o Sir Francis Palgrave (Nord Italy). Las llamadas “guías rojas” de Murray se hicieron mundialmente famosas.
El más importante competidor de Murray fue el alemán Karl Baedecker. Baedecker, siguiendo la profesión de su padre, fundó una librería y una imprenta en la ciudad alemana de Koblenz en 1827. Años más tarde compró los derechos de una obra titulada Rheinreise a su autor, un tal Klein. Baedecker rescribió personalmente esta obra y la publicó en 1839 con un nuevo título, Die Rheinlande. Siguiendo el método de Murray, Baedecker también realizó numerosos desplazamientos a fin de tomar los datos que necesitaba para las guías que se proponía publicar, para cuya cubierta también eligió el color rojo. La primera guía Baedecker se publicó en 1839, tres años después que la de Murray, con el título Belgien und Holland, en el que se advierte su clara intención de competir con la guía de Murray relativa a dos países comunes. En 1842 se publicó Handbuch und der Österreischichen Kaiserstaat (Viena), en 1844 Suddeutschland und Österreich, Ungarn und Salzburg y Die Schweiz, a la que siguió en 1855 Paris und Umgebungen. Baedecker obtuvo tanto éxito que continuó publicando guide – books para nuevos países tanto europeos como orientales y norteamericanos con versiones en los principales idiomas (inglés, alemán, francés) después de patentar su método.
El producto que el alemán Bernhard von Tauschnitz puso en el mercado no eran precisamente guías sino libros de lectura para aprovechar las horas muertas de muchos desplazamientos. En 1837 von Tauschnitz abrió en Leipzig una imprenta en la que cuatro años más tarde empezó a publicar libros de lectura para leerlos en los desplazamientos. Estos fueron los comienzos de la famosísima colección de autores ingleses que a mediados del siglo XIX ya había alcanzado 2.600 títulos. Von Tauschnitz tuvo tanto éxito que se hizo millonario y hasta compró un título nobiliario. Con sus publicaciones provocó una auténtica revolución en las prácticas de los desplazamientos ya que éstos, que solían hacerse con algún acompañamiento, empezaron a hacerse cada vez más en solitario. El sabía que los turistas tenían que soportar días lluviosos y prepararse para atardeceres aburridos; matar las largas horas de espera en los transbordos ferroviarios y combatir el demonio del tedio. Incluso si un extranjero se merecía realmente el agradecimiento del inglés que hace viajes, ése era el barón von Tauschnitz.nLos datos sobre Murray, Baedecker y Tauschnitz los he tomado de la obra de A. J. Norval. Norval, quien, a su vez, los tomo de las siguientes obras: Dictionary of National Biography, Encyclopaedia Britanica, Chalmer’s Enciclpaedia: Winkler Prins, Algemeine Encyclopaedië y Shand: Old Time Travel.
Las colecciones de guías iniciadas en la primera mitad del siglo XIX continuaron publicándose durante la primera mitad del siglo XX, época en la que aparecieron nuevas guías editadas por otras empresas. Entre ellas debo citar Les Guides Bleus de la editorial francesa Hachette.
A fines del siglo XIX, el escritor portugués Eça de Queiroz, que fue cónsul en Inglaterra, incluyó en uno de los artículos que publicó en la prensa de su país, una abrumadora referencia a los libros de viajes publicados en Londres en “estas dos últimas semanas”, copiada de dos periódicos ingleses que transcribo a continuación: Atheneum y Academy: Mi estancia en Medina, Entre las hijas de Han, En las aguas saladas, Lejos en las Pampas, Santuarios del Piamonte, El nuevo Japón, Una visita a Abisinia, La vida en el oeste de Irlanda, Por el Mahaka arriba y por el Barita abajo, A caballo por el Asia Menor, Escenas en Ceilán, A través de ciudades y prados, En mi bungaló, Huyendo para el Sur, Tierras del sol de media noche, Peregrinaciones en la Patagonia, El Sudán egipcio, Tierra de los Manglares, A través de la Siberia, Norks, Lapp y Finn (¿dónde estará esto?, se pregunta con sorna el editor), Guerra, peregrinaciones y ondas (¡qué título, Dios piadoso!), La linda Atenas, La península del Mar Blanco, Hombres y cosas de la India, A bordo del “Raposa”, Sport en la Crimea y el Cáucaso, Nueve años de cacerías en Africa, Diario de una perezosa en Sicilia, Al Oriente del Jordán.
A partir de la segunda mitad del siglo XX se asiste a tan descomunal aluvión de guías que no resulta fácil mostrar su evolución en el tiempo. Al llegar a las postrimerías del último siglo, las guías incorporan las recientes innovaciones en tecnologías de la información y el mercado se inunda de guías audiovisuales en formato CD-Rom.
Con este novedoso tipo de guías se inicia una nueva época en el largo proceso evolutivo de las guías de viaje al facilitar de un modo integral todo aquello que realmente necesita quien decide hacer un desplazamiento en nuestros días. Las guías en CD-Rom incorporan la geografía, las costumbres y la historia de cada uno de los países incluidos. Estas nuevas guías llevan hasta sus últimas consecuencias las técnicas que inició Heródoto de Halicarnaso con Los nueve libros de la Historia (fue Cicerón quien nos aclaró que historia significa, precisamente, investigación y verificación, los dos elementos con los que se deben elaborar las guías) en el siglo V a. C. (el siglo de Pericles), tradición que luego tantos eminentes viajeros cultivaron a lo largo de los dos milenios y medio que han pasado desde entonces. Las obras de aquellos primeros viajeros estaban destinadas a hacer partícipes a sus semejantes de los conocimientos que los autores lograron alcanzar sobre el mundo a través de sus viajes.
Como ya he dicho, los libros de viajes fueron los primeros textos utilizados para la difusión del saber. Los viajes fueron el primer método empírico utilizado por los sabios de la Antigüedad para conocer la realidad, un método que hoy sigue siendo necesario, pero ahora solo de un modo complementario, opcional y si se quiere lúdico, gracias a los numerosos bancos de datos existentes y a las grandes facilidades que la era de la información pone en nuestras manos.