Relojes



El calendario debió bastar para planificar con cierta aproximación la duración temporal de los desplazamientos circulares hasta la aparición del reloj. El reloj es el instrumento con el que medimos el paso de las horas del día. Los primeros relojes se basaron en la sombra proyectada sobre una superficie plana por un cuerpo iluminado por el Sol, generalmente una varilla inclinada situada sobre una superficie plana. El reloj de sol fue conocido por los antiguos egipcios. El ejemplar que se conserva en el museo de Berlín lleva el nombre del faraón Tutmosis III y tiene cerca de 3,5 milenios. También los babilonios conocían el reloj de sol. Algunos lo atribuyen a Bereso, que vivió en Babilonia en el siglo VII a. C y fue, al parecer, quien lo llevó a Grecia, donde fue perfeccionado por Tales de Mileto. En el siglo III a. C. se introdujo en Roma. Como durante la noche y los días nublados el reloj de sol no marca la hora, los egipcios introdujeron ya en el siglo IV a. C. el reloj de agua o clepsidra. Platón lo introdujo en Grecia y Escipión Nasica en Roma en el siglo II a. C. Los nobles romanos se servían diariamente del reloj. Aristóteles instaló un reloj de sol en el patio del edificio en el que impartía sus enseñanzas a sus discípulos, entre los que se encontraba el adolescente Alejandro, heredero del trono de Macedonia. En la biblioteca que utilizaba para la formación del príncipe y de sus selectos compañeros, Aristóteles instaló un reloj de agua.
Los navegantes desarrollaron sistemas para calcular la hora sin necesidad de relojes. Unos se utilizaban durante el día y otros durante la noche. El primero se basaba en los rayos solares. Se debe a Iohanes de Monteregio y recibe el nombre de “horóscopo”, y el segundo en la estrella polar. En el libro segundo de la obra citada de Alonso de Chaves se explican ambos métodos. Desde entonces la inventiva tecnológica en este campo ha pasado por los relojes de aceite y de arena Los navegantes llevaban a bordo un reloj de arena al que llamaban ampolleta. En el tratado segundo del libro primero de Alonso de Chaves (ob. cit. p. 131) se hace referencia a este tipo de reloj, utilizado para mostrar la hora del día y de la noche en todo tiempo y lugar, aunque sea en tiempo tempestuoso, lo cual es cosa muy necesaria y de mucho provecho en la navegación, no solo para saber las horas del tiempo que es ya pasado, mas también para medir el tiempo de las singladuras y derrotas que son necesarias hacerse en la navegación, y para repartir el tiempo de las velas de la gente para la guardia de la noche que se hace. La frase documenta la utilidad de los instrumentos que miden el paso del tiempo tanto para la planificación como para la realización de desplazamientos. El tratado primero del primer libro de la obra citada se dedica precisamente al calendario, que no era otro que el Romano, según el uso y costumbre de la santa Iglesia de Sevilla. Además de la medición del paso del tiempo, el calendario estaba destinado a indicar los días que la Iglesia de Sevilla celebraba las fiestas de los santos que todo cristiano venía obligado a guardar.
Así se llega al siglo X de la era cristiana, en el que tiene lugar la invención del reloj mecánico, basado en una cinta de acero enrollada (muelle) que al ser soltada regularmente actúa sobre un juego de ruedas dentadas accionado por un péndulo. Este instrumento es, si no el más antiguo, sí el más sensacional, el más sobrecogedor invento de los hombres, reconoce Camilo José Cela. El reloj mecánico fue inventado por el monje Gerberto (947 - 1003), que más tarde fue papa con el nombre de Silvestre II. Ya me he referido al generalizado interés que los relojes mecánicos despertaron tanto entre las nobleza como en el pueblo llano, hasta el punto de convertirlo en un objeto cuya posesión confería prestigio a la ciudad (relojes públicos en iglesias y consistorios), familiar (relojes domésticos) e individual (relojes de uso personal). Pero desde su primera expansión en el siglo XII hasta la total generalización alcanzada a mediados del siglo XX media casi un milenio de perfeccionamiento y abaratamiento de costes de producción.
Al referirse a la capacidad tecnológica de China, Manuel Castells (Ob. cit. Vol. 1, p. 33) afirma que hacia 1400, cuando el Renacimiento europeo estaba plantando las semillas intelectuales del cambio tecnológico, que dominaría el mundo tres siglos después, China era la civilización tecnológica más avanzada de todas, según Joel Morkyr (1990, pp. 209 – 238). Los inventos clave se habían desarrollado siglos antes, incluso un milenio y medio antes (…) Además, Su Sung inventó el reloj de agua en 1086 d. C. sobrepasando la precisión de medida de los relojes mecánicos europeos de la misma.
Desde entonces hasta hoy se han dando pasos sorprendentes en el perfeccionamiento del reloj hasta conseguir que midiera unidades de tiempo inferiores a la hora como el minuto, definido como una unidad de tiempo sesenta veces menor que la hora, y el segundo, definido a su vez como la unidad de tiempo sesenta veces menor que el minuto. El segundo es la unidad de tiempo elegida por la Xª Conferencia General de Pesos y Medidas (París, 1954). Los relojes más avanzados hoy son los que utilizan la energía atómica. No debemos descartar que se sigan dando nuevos avances en el futuro previsible.
Al margen de la tecnología relojera de punta, hay que decir que el avance más importante se dio hace unos cien años, un avance más social que tecnológico, y que ha consistido en que casi todos los hombres y mujeres lleven un reloj personal como complemento habitual de su indumentaria, algo tan frecuente en nuestros tiempos que puede hacernos olvidar que tuvieron que pasar muchos siglos antes de que fuera así. En el pasado reciente los relojes personales solo eran poseídos por gobernantes políticos, jefes religiosos y, en general, por personas con alto nivel de renta. Hasta la generalización de los usos doméstico e individual de los relojes, la información sobre la hora del día corría a cargo de los relojes públicos instalados en los edificios civiles y religiosos de las ciudades.
Sin embargo, no bastó con la generalización del uso del reloj a todos los niveles. Como en el caso del calendario y el de los pesos y medidas, la progresiva globalización de la humanidad necesitaba la adopción de una convención aceptada por todos los países. Todavía en el siglo XVI, cada país tenía su propia forma de medir las horas y de entender el día de veinticuatro horas. Algunos países como España contaban las veinticuatro horas de un mediodía al siguiente. Otros como Italia las contaban desde una puesta del sol hasta la siguiente.
Combinemos los diferentes cómputos del tiempo de cada cultura con los diferentes calendarios y los diferentes modos de cuantificar las horas del día y nos percataremos de los inconvenientes que han existido hasta no hace tanto para la producción y el consumo de planes de desplazamiento circular. Solo así llegaremos a calibrar en toda su importancia la función facilitadora que han tenido las convenciones adoptadas en cada uno de los aspectos citados. El calendario gregoriano se acepta desde hace años como referencia de fecha (año, mes y día) en casi todo el mundo. El establecimiento de una convención universal para el día y la hora ha sido más tardío, pero en la actualidad se ha impuesto el criterio de que las veinticuatro horas del día empiezan a contarse a media noche. La elección del meridiano de la ciudad inglesa de Greenwitch como meridiano cero ha permitido fijar husos horarios, sumando o restando horas según el lugar se encuentre al este o al oeste, respectivamente, del citado meridiano.
Los últimos avances en la medida del tiempo se han dado con la aparición del cronómetro controlado y homologado por una comisión internacional de expertos. Sometidos a diferentes posturas y temperaturas, los cronómetros son capaces de medir el tiempo con una precisión casi absoluta. Se instalan en laboratorios especializados, en observatorios astronómicos y en los medios de navegación marítima, aérea y espacial. Queda aun un aspecto de interés a los efectos de la medición del tiempo. Como es sabido, la Tierra rota cada vez más despacio. Al final de cada año, los días son alrededor de un segundo más largos que al principio y cada cierto tiempo hay que ajustar el sistema de cómputo. Es previsible que tal ajuste haya que hacerlo con mayor frecuencia que hasta ahora. Los expertos creen que es aconsejable redefinir el concepto de segundo. Este asunto se discutió a primeros de agosto de 2000, en la Asamblea de la Unión Astronómica Internacional que tuvo lugar en Manchester. Según uno de los asistentes, el frenado constante del planeta obligará a añadir cada vez más segundos bisiestos y con mayor frecuencia, lo que traerá problemas a los sistemas de comunicaciones y de navegación, algo que afectará, entre otras cosas, a la elaboración y a la realización de desplazamiento circulares sobre todo en los que se dirigen al espacio extraterrestre.
No todo depende de los avances tecnológicos en la medición del paso del tiempo. También las convenciones son de enorme importancia en este campo.. El economista español Josep M. Colomer recuerda que, en una guía turística norteamericana de los años veinte del siglo XX, se incluyeron estas instrucciones: Al pasar la frontera de Portugal a España, usted deberá cambiar escudos por pesetas y adelantar su reloj veintiún minutos... Al cruzar a Francia, deberá cambiar pesetas por francos y adelantar su reloj veintitrés minutos... Al llegar a la frontera con Italia, deberá cambiar la moneda por liras y adelantar su reloj treinta y ocho minutos. La variedad de los cambos horarios de antaño se debía a que cada Estado había adoptado como oficial la hora solar de la capital y las distancias entre Lisboa, Madrid, París y Roma no son uniformes. Colomer termina diciendo: Actualmente, los costes de transacción y adaptación horaria del viajero han desaparecido gracias a la implantación de un horario único europeo (Ver J. M. Colomer, La hora del euro. El País, 3 de diciembre, 2001)