MEDICIÓN DEL TIEMPO

Calendarios



Además de consumo de espacio, los desplazamientos en general y los circulares en particular implican consumo de tiempo. La duración en el tiempo se comporta como la abscisa en el sistema de coordenadas en el que podría representarse un desplazamiento circular. El tiempo (duración) y el espacio (distancia y hábitat) consumidos identifican el punto que refleja en dicho sistema el desplazamiento concreto planificado/realizado.
El consumo de tiempo se mide por el intervalo que media entre el momento de salida (origen o inicio del desplazamiento) y el momento de llegada al lugar en el que será satisfecha la necesidad que lo genera. En los desplazamientos circulares el sujeto que se desplaza vuelve, por definición, al lugar de partida. Este lugar se comporta no solo como lugar de inicio sino, también, como lugar final del desplazamiento. El sujeto que realiza un desplazamiento circular se ausenta del lugar en el que reside habitualmente, pero solo de un modo transitorio o pasajero. La duración del desplazamiento circular equivale al tiempo de ausencia.
Desde hace al menos cinco milenios, el hombre cuenta con instrumentos de medida del paso del tiempo más o menos adecuados. El primero fue el llamado calendario. La idea de formar un calendario ha sido una de las ilusiones más persistentes de la humanidad. Los primeros calendarios –de los que derivan los actuales- se hicieron a base de la contemplación de las estrellas, dice el escritor catalán Josep Pla en Las horas (Destino, Barcelona, 1994)
El calendario es una herramienta para medir el tiempo que surgió como respuesta a las necesidades de los cultivos agrícolas agricultura Según lo define The New Enciclpaedia Britanica, un calendario es una agrupación de días de un modo adecuado para regular la vida civil y para la observancia religiosa así como para fines historiográficos y científicos. El término deriva del latín calendarium, que significa registro de interés o libro de cuentas y que deriva de calendae (o kalendae), nombre del primer día del mes Romano, que era el día que se proclamaban los días de mercado, las fiestas y otros eventos similares. Cada pueblo tuvo un calendario propio, pero todos utilizaron el periodo de tiempo denominado año. Un año es un conjunto de días. Los años se dividieron en meses. El mes, como el año, es una medida temporal que deriva de la unidad básica, el día.
Desde 1925, llamamos día al intervalo de tiempo que transcurre entre la media noche y la que le sigue. Desde el siglo II d. C., hasta la fecha citada, los astrónomos estuvieron llamando día al intervalo de tiempo que transcurre entre un meridiano y el siguiente. La duración del día es la misma en cualquier caso, pero desde que las relaciones entre pueblos alejados entre sí empezaron a ser frecuentes, gracias al paulatino vencimiento de la distancia, se impuso adoptar una convención clara y terminante ya que de ello dependen numerosas cuestiones en las culturas avanzadas. Entre las cuestiones que requieren adoptar una convención universalmente aceptada se encuentra la planificación (producción) y realización (consumo) de desplazamientos circulares. Los establecimientos hoteleros siguen usando convención antigua (de mediodía a mediodía), pero las empresas de transporte se adhirieron a la convención moderna y más generalizada en todos los ámbitos (de medianoche a medianoche)
Cuando hablo de medida del tiempo me refiero, claro está, a su paso, al antes y al después de cada momento de la existencia. El hombre es el único ser vivo que es consciente de que existe. Percibe la existencia en el tiempo como un flujo imparable de momentos sucesivos desde el nacimiento a la muerte. La necesidad de medir el tiempo la sintieron los hombres tan pronto como surgió la división de clases. El calendario es una institución utilizada para el gobierno de la res pública, un medio para regular las actividades productivas, las fiestas religiosas y las relaciones entre los pueblos. Es también el primer sistema de medidas que conoció la humanidad. La necesidad de medir el paso de las estaciones que forman un ciclo anual es la supervivencia que mantiene al calendario en vigor en plena revolución tecnológica, haciéndolo tan necesario hoy como cuando se inventó en la edad de los metales. Y no deja de ser curioso que, a pesar de los avances que desde entonces han tenido lugar, los calendarios que hoy utilizamos sigan teniendo sus fundamentos en conocimientos científicos superados hace siglos.
El hombre se percató muy pronto de que no podía modificar los movimientos de los astros que son visibles desde la Tierra (ignoraba que algunos, como el Sol, solo se desplazan aparencialmente), pero también se percató muy pronto y de forma persistente de que sus condiciones de vida dependen estrechamente de esos “movimientos”. Nada tiene, por tanto, de extraño que los sistemas propuestos para medir el tiempo en las diferentes culturas se basaran en esos movimientos aparentes del Sol y también en los de la Luna y en los de otros cuerpos celestes como Sirio. Además de calendarios solares y lunares ha habido también calendarios lunisolares, que combinan meses lunares con años solares. De este último tipo eran los utilizados en las civilizaciones de la Antigüedad, en el Medio Oriente, con excepción de Egipto y Grecia. También era lunisolar el calendario romano hasta la reforma de Julio César el 46 a. C.
El calendario lunisolar se inventó en Mesopotamia en el tercer milenio a. C. El año de este calendario estaba dividido en dos estaciones, el verano y el invierno, cada una compuesta de seis meses. Hacia el 2400 a.C. los escribas sumerios utilizaban un año de 360 días (doce meses de treinta días), muy próximo al calendario agrícola, basado en la observación de las inundaciones periódicas de los ríos, que tenía 365 días. El año lunar tiene solo 345 días. El ajuste se conseguía intercalando un nuevo mes cada cierto número de años, por ejemplo, 11 meses cada 18 años, o dos meses en el mismo año, según las necesidades del poder gobernante.
Además de calendarios astrológicos hubo calendarios religiosos y calendarios gubernamentales parcialmente coincidentes con los primeros. Todo calendario requiere la fijación de un momento al que referir el cómputo. En general, el momento de referencia se ha venido estableciendo en coincidencia con un hecho singular. El calendario judío cuenta el paso del tiempo desde la fecha en la que creen que dios creó el mundo, hace unos 5.800 años. El calendario juliano establece el origen del tiempo en la fundación de la Urbe en el 753 a.C. Los mahometanos cuentan el paso del tiempo desde la Hégira, la marcha de Mahoma de La Meca a Medina, hecho que tuvo lugar el jueves 15 de julio del año 622 d.C. Los franceses que hicieron la Revolución de fines del siglo XVIII cambiaron el calendario gregoriano y lo sustituyeron por otro cuyo inicio estuvo marcado por la caída del Antiguo Régimen en 1798. Lo mismo hicieron los rusos que protagonizaron la revolución bolchevique en 1918, los italianos que impusieron el régimen fascista en 1923 y los españoles que ganaron la guerra civil, iniciada el 18 de julio de 1936. Como dice el teólogo español Olegario González de Cardedal, debajo de estos intentos y de la denominación de nuestros años late una convicción: el tiempo fluye sin meta y sin sentido si no es referido a algo que lo ordena, da finalidad y peso. El tiempo sin el ser es insensato; la historia sin el valor eterno de algo rueda hacia un abismo de tiniebla viniendo de un abismo de ignorancia. Nuestra historia y cultura se comprende a partir del nacimiento de un judío, Jesús de Nazaret, en una zona marginal del Imperio Romano, en Judea, hace dos milenios (ver Olegario González, 2000 años ¿después de quien?. El País, 4 de noviembre, 2000)
El calendario más completo y exacto de la Antigüedad fue el egipcio, que ya existía en el año 4241 a. C. Se basaba en la observación de la salida helíaca de Sirio (Shotis) Llamamos salida helíaca de un cuerpo celeste a su aparición por la línea del horizonte. Sirio se hace visible de esta forma después de haber estado invisible durante sesenta días. Los egipcios se percataron de que el tiempo que transcurre entre dos salidas helíacas consecutivas de Sirio es de 365,256 días solares medios. Este es el año sidéreo, que es casi idéntico al año solar (365,242 días solares medios)
El año egipcio (renpit) constaba de 365 días agrupados en doce meses de treinta días normales más cinco festivos, los denominados epagómenos por los griegos. Por tanto, el año de calendario era un cuarto de día más corto que el año solar. Las inundaciones anuales del Nilo (producidas por los deshielos de las montañas del sur) se anticipan un día cada cuatro años del calendario convencional. Los egipcios dividieron el año en tres estaciones de cuatro meses: inundaciones o akhet, el invierno; siembra o peret, la primavera; y maduración o cosecha, shemu, el verano.
Lo que más interés tiene, a los efectos de este libro, es dejar constancia de que la implantación del calendario no está bien documentada hasta el antiguo Egipto.. Según el historiador alemán Eduard Meyer (ver Geshichte des Altertums, vol. I, parte II, Cotta, Stuttgart, 1913, pp. 28 – 30, citado por Arnold J. Toynbee, op. cit.), el calendario era ya una institución establecida entre los años 4241 y 4237 a. C. en el Egipto Faraónico, lo que equivale a decir que tiene unos siete u ocho milenios de antigüedad. Esto quiere decir que posiblemente todas las grandes civilizaciones de la Antigüedad conocían esta institución: asirios, hititas, caldeos, hebreos, macedonios, indios, persas, romanos, musulmanes… El problema, por tanto, no radicaba en su desconocimiento sino en el seguimiento o sometimiento a la arbitrariedad del poder establecido, y, por consiguiente, en su falta de generalización. Había, por otro lado, una gran profusión de calendarios de carácter local que no coincidían entre sí.
El calendario islámico es de base lunar y tiene su origen en el que ya usaba la ciudad de La Meca hasta que su imposición. Los romanos tenían dos calendarios, uno oficial y otro solar, que tampoco coincidían, ya que mientras el segundo se regía por el Sol el primero se atenía a las necesidades de la gobernación del Imperio. Pero parece que además de estos calendarios había otros en la práctica, basados en la utilización de alguna fecha memorable, una guerra, una victoria, el inicio de una dinastía o el nacimiento de un personaje singular.
El calendario que se utiliza hoy en la mayor parte del mundo se basa en el que nos legaron los romanos, quienes a su vez lo tomaron de los griegos (aunque, al parecer, los griegos no medían el tiempo, hecho que se recoge en la conocida frase romana “ad calendas grecas” que significa nunca) y éstos de los egipcios, los caldeos y los hebreos. Dado su carácter de institución del poder, los pueblos antiguos solían nombrar un alto funcionario especialmente encargado del calendario.
El primitivo calendario romano, que tenía 304 días, fue reformado por Julio César, de quien tomó su nombre, en el año 707 post urbem conditam, (46 a. C.). Como cualquier otro, el calendario romano reformado estaba desajustado con respecto al movimiento de los astros. Triunfante de la guerra civil, César se ocupó de la organización del estado y dedicó especial atención a la reforma del calendario. Como ya he dicho, el calendario civil romano era lunisolar: los años tenían meses lunares y cada cuatro años se intercalaba un año para adaptarlo al sol. Los años comunes tenían 355 días repartidos en doce meses, cuatro de 31 días (marzo, mayo, julio y octubre) uno de 28 (febrero) y los demás de 29. Los idus de los meses con 31 días eran el día 15. Los idus de los demás meses eran el día 13. El año intercalar tenía una veces 377 días y otras 378. Contaba este año con la adición de un mes de 22 o 23 días intercalado entre el 23 y el 24 de febrero. El ciclo era el resultado de los esfuerzos que se hacían para ajustar el calendario lunar al ciclo del sol, aunque se producía un error anual por defecto estimado en un día solar. Para compensarlo se autorizó a los pontífices intercalar los días que estimaran oportuno. Pero aplicaron tan caprichosamente esta facultad que el año civil quedó totalmente desajustado con el solar. Como decía Suetonio, las fiestas de la siega no coincidían con el verano ni las de la vendimia con el otoño.
César tuvo que reajustar el calendario civil con el solar y para ello añadió a partir de las nuevas calendas de enero dos meses entre noviembre y diciembre. Por esta razón, como el año 46 a. C. Coincidió con un año intercalar terminó teniendo quince meses. De este modo compensó el déficit de 67 días que por entonces tenía el año civil con relación al solar. El calendario actual es el juliano reformado por san Gregorio papa en el siglo XV.
Hasta después del primer milenio de la era cristiana no hubo en Occidente un calendario de uso generalizado. Un reflejo de los problemas que plantea la existencia de múltiples calendarios la encontramos, por ejemplo, en el procedimiento que se vio obligado a adoptar el evangelista Lucas para datar el inicio de la predicación de Juan, hijo de Zacarías, el llamado precursor de Jesús de Nazaret: Y en el año quince del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilatos, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abisinia…. (Lucas, 3, 1). La falta de precisión del método utilizado por Lucas es, pues, notoria, a pesar de sus infructuosos intentos de ser preciso dando una serie de dataciones.
El calendario juliano fue asumido por la Iglesia de Roma, sede del sumo pontífice de la cristiandad católica. La llamada “era cristiana” o “nuestra era” fue una creación del poder eclesiástico en el año 525 d. C. El abad Dionisio el Pequeño, por encargo del pontífice entonces reinante, hizo una estimación del año de nacimiento del Mesías tomando como base el calendario juliano. Ese año fue designado como el primero de la nueva era, aunque, los modernos cálculos fijan la fecha del nacimiento de Cristo entre los años 7 y 6 a. C. Desde entonces se utiliza el método de medir el paso del tiempo en la parte del mundo que llamamos Occidente por referencia a dicho año. Pero no debe olvidarse que el nuevo cómputo no empezó a generalizarse hasta el siglo IX. En 1582, el papa Gregorio XIII reformó el calendario juliano y promulgó un nuevo calendario, conocido por ello como gregoriano. El calendario gregoriano elevó a definitivas las tradicionales concomitancias entre las exigencias solares, las fiestas paganas, previamente cristianizadas, y las específicas del cristianismo, dando por resultado un híbrido de astrología y mitos que aún hoy se mantiene a pesar de los intentos ultrarracionalistas que hicieron los franceses que instituyeron la Primera República, que se constituyó el 22 de septiembre de 1792, fecha con la que se iniciaba una nueva era y un nuevo calendario, el único de base racional que llegó a existir pero con una vida harto efímera, pues solo estuvo en vigor hasta 1806, el año decimocuarto de la Era de la Razón. El año de este calendario tenía diez meses de treinta días con tres semanas de diez días. Según el historiador británico A. Toynbee, la brevedad del ‘sensato’ calendario inventado por los adeptos franceses de la razón atestigua que, después de todo, los revolucionarios franceses fueron menos sabios que los conservadores romanos (A. Toynbee, op. cit. en nota 2, vol. VII, 2ª p. 386)
Teniendo en cuenta el carácter de institución gubernamental del calendario, sus primeros usuarios debieron ser, durante milenios, los reyes, los sacerdotes, los nobles y sus servidores. Como ya he dicho, la generalización del calendario como instrumento de la vida cotidiana de los ciudadanos debió de ser muy lenta, no solo por la persistente y drástica división de las sociedades en clases dominantes y clases dominadas sino también porque las técnicas de reproducción gráfica fueron muy elementales durante siglos. Ya me he referido a la evolución seguida por los procesos empleados para la fabricación de papel y a la invención de la imprenta. El primer calendario moderno salió precisamente de una imprenta mecánica, la que regentaba Gutenberg en Maguncia. Fue elaborado en 1447 y se refiere al año 1448. Como se sabe, fue en 1445 o 1446 cuando Gutenberg imprimió el primer libro. Desde entonces los procesos de producción no han dejado de mejorar y de abaratarse su elaboración gracias a la continua innovación en soportes de todo tipo hasta llegar en nuestros días a los magnéticos y a su difusión electrónica. Digamos que hasta después de mediados del siglo XIX no se asiste a una progresiva generalización del uso de calendarios, limitados hasta entonces a las clases más altas de la sociedad y a las instituciones gubernamentales y religiosas.