CARTOGRAFÍA



El consumo de espacio y tiempo juega un papel esencial en la elaboración y realización de desplazamientos circulares. Ambos elementos configuran un sistema de coordenadas en el que cualquiera de sus puntos representa un desplazamiento circular concreto.
Me ocupo hora del consumo de espacio territorial derivado de la superación o vencimiento del obstáculo de la distancia entre dos o más puntos. Además del vencimiento de la distancia entre dos puntos, el consumo de espacio o territorio es la estancia en un hábitat cualquiera que sea su duración, desde la habitual o permanente a la puntual o momentánea pasando por la pasajera o transitoria.
El espacio o territorio es percibido, en general, como el soporte físico de la vida y de los recursos que la hacen posible, y, a nuestros efectos, como la distancia que separa un hábitat de otro, como la discontinuidad entre los hitos, puntos o lugares involucrados en los desplazamientos. El espacio o territorio es, a estos efectos, un conjunto de lugares o hábitat relacionados o conectados (“comunicados”) por líneas reales /virtuales que configuran /simulan una red. Cada línea o combinación de líneas recibe el nombre de itinerario o ruta. Como ya se ha dicho, las limitaciones inherentes a cualquier lugar concreto en materia de dotación y disponibilidad de recursos aptos para satisfacer necesidades, se encuentran en la base de las decisiones que se ven obligados a tomar los humanes de desplazarse a otro lugar con carácter permanente o pasajero.
La historia de los itinerarios se confunde con la historia de los lugares que los configuran. La historia de los itinerarios es también la historia de las vías de comunicación y del transporte (ver capítulo II). Cualquiera que sea la opción que elijamos, se abre un horizonte tan amplio para estudiar la historia de la ordenada espacial de los desplazamientos que no resulta fácilmente abarcable.
Me limitaré, por ello, a las representaciones gráficas del territorio y de los itinerarios que lo cruzan. Disponer de una representación gráfica del territorio facilita tanto la ejecución de los desplazamientos como su adecuada planificación. Por ello se entiende que, a partir de un determinado momento, el hombre procurara dotarse de ilustraciones, mapas o cartas gráficas más o menos completas del hábitat ocupado y de su hinterland. Son representaciones gráficas del territorio y sus contenidos en una superficie plana.
En la jerga cartográfica se habla de mapas-itinerario, los que muestran los caminos, especifican las distancias y resaltan la importancia de cada punto singular expresándola por su población, servicios de hospitalidad, patrimonio incentivador y la práctica de determinadas actividades productivas y, en general, por todo aquello que puede ser de utilidad o de interés para quienes se desplazan o planean desplazarse. Existen otros tipos de mapas además de los citados. Entre ellos se encuentran los llamados mapas militares, en los que se marcan los vados de los ríos, los accidentes montañosos, los medios de comunicación y los establecimientos de todo tipo, especialmente los que tienen carácter estratégico para las confrontaciones armadas, y los mapas topográficos, relativos a territorios de extensión limitada en los que se detallan las características orográficas (montes, vaguadas, barrancos, llanuras), hidrográficas (costas, lagos, ríos) y también obras públicas de interés.

Al margen de su especialidad, los mapas son útiles para planificar desplazamientos, aunque solo sea por la representación del itinerario y porque orientan en territorios desconocidos con cierta seguridad, lo que es útil si no existen o no son adecuadas o frecuentes las señales indicadoras.
No es posible saber con certeza desde cuando el hombre dispuso de ideas sobre la forma de la Tierra. Los babilonios la representaban como una montaña emergente del mar. Para los egipcios, la Tierra era una planicie apoyada en los montes. Para Homero era una concavidad circular en cuyo centro estaba el mar. Un cilindro es la figura geométrica que utilizó Anaximandro, discípulo de Tales de Mileto, el primero en atreverse a representar la Tierra habitada, mientras que Jenofonte la imaginaba con forma cónica. Tales de Mileto cayó en la cuenta de que el cielo semeja una esfera en cuyo centro flota la Tierra, como una yema en la clara. Hecateo de Mileto (fines del s. VI a. C.), un griego peregrinabundo que mejoró la representación de Anaximandro de la tierra por medio de una circunferencia (gês períodos) que se completa alrededor de un contorno (periegesis).
La Tierra era el lugar de intersección entre la naturaleza y la historia para los filósofos presocráticos. Pitágoras representó la Tierra por medio de una esfera, conjetura a la que llegó por observación de la forma circular que tiene su sombra en los eclipses de Luna.
Los primeros desplazamientos de los hombres se hicieron ignorando la forma de la Tierra y también muchos de los detalles situados a cierta distancia del sujeto. Los mismos desplazamientos aportaron datos útiles sobre el entorno del lugar habitado. La información se transmitió oralmente hasta que se encontró la forma de plasmarla gráficamente en algún soporte (corteza, cuero, papiro o pergamino) dando lugar a los primeros mapas parciales. En el capítulo titulado Expediciones a las canteras de su obra El Antiguo Egipto día a día (Planeta, Barcelona, 1999), el egiptólogo francés Christian Jacq se refiere al empleo de mapas precisos por el jefe de las expediciones. Se trataba de mapas en los que se representaban las zonas más o menos alejadas con mayor interés por su riqueza en recursos valiosos: granito en Asuán, alabastro en Hatnub, oro en Sudán, esquisto en Uadi Hammamat, cuarcita roja en Gebel el-Amar, cobre y turquesas en el Sinaí, madera en Líbano y en la Tierra de Punt, etc. En el Museo de Egipto de Turín se conserva el fragmento de un mapa egipcio, la muestra cartográfica más antigua que se conoce. Los mapas se preparaban para uso de los jefes de las expediciones que se planeaban y se hacían a territorios de difícil orientación. Las grandes civilizaciones de la Antigüedad contaron ciertamente con mapas, aunque, por supuesto, muy burdos. A pesar de sus imperfecciones, los mapas se usaban para orientase por el territorio en los desplazamientos guerreros y en las expediciones de abastecimiento. También en los que se hacían para facilitar las tareas de gobierno (expediciones de reconocimiento).
El comercio entre países era en la Antigüedad una actividad que contaba, como hoy pero de un modo más exclusivo, con la protección del poder político. En las culturas antiguas, el comercio era una actividad estatal o realizada en nombre de los gobernantes, como lo fueron casi todas las actividades vitales para el grupo. Los mismos desplazamientos circulares que se realizaban con los fines apuntados aportaron datos de sumo interés para la elaboración de mapas cada vez más precisos, que sirvieron, a su vez, para planificar y realizar nuevos desplazamientos.
Los mapas servían tanto para planificar desplazamientos como para realizarlos con las máximas posibilidades de éxito ya que las posibilidades de extraviarse tanto a la ida como a la vuelta eran muy altas. Sin embargo, durante milenios, la ayuda de los mapas fue limitada debido a sus insuficiencias.
En el Museo Británico se conservan inscripciones que aluden al catastro que los babilonios elaboraron en el 3800 a. C. Los antiguos egipcios, como buenos geómetras, dispusieron hacia el 1330 a. C. de un mapa catastral en el que figuraban los límites entre países. El griego Anaximandro dibujó un mapa basado en las enseñanzas de su maestro, Tales de Mileto (siglo VI a. C.), el fundador de la escuela Jónica y uno de los siete sabios de Grecia, el cual, como se sabe, estudió durante varios años en Egipto. Según Eratóstenes (276 - 196 a. C.), éste es el primer mapa verdadero que conocemos. Los pueblos griegos utilizaron el mapa realizado bajo la dirección de Aristóteles, en el siglo IV a. C., en la ciudad de Mieza, por encargo de Filipo II de Macedonia, para la formación de su hijo Alejandro.
Para el historiador G. R. Crone, cualquiera que sea la razón, es claro que la cartografía tal como se la conoce es un producto de la civilización occidental (Historia de los mapas, FCE. México, 1998). Los mapas primitivos representaban la Tierra como la sección transversal de un cilindro, plana y de cierto grosor. Esta imagen siguió empleándose durante mucho tiempo para dibujar el mapamundi. El mar se concebía como el contorno circular de la tierra firme. Los mapas se basaban en teorías especulativas adobadas con los relatos de quienes habían realizado desplazamientos por cualquiera de las necesidades frecuentes en la Antigüedad (guerra, comercio, mensajería, caza, exploración, religión, salud, investigación...)
Marino de Tiro (120 a. C.) dibujó un mapa que mereció la atención de Claudio Tolomeo (90 - 168), quien, al escribir Geografía, dibujó un mapa del mundo que estuvo extraviado durante siglos. A partir de su hallazgo, en el siglo XV, fue muy utilizado. Julio César encargó un mapa del Imperio Romano para planificar y conducir sus numerosas expediciones bélicas. El nuevo mapa se terminó el año 7 a. C. y contaba, entre otras cosas, con un itinerarum scriptum, por lo que puede considerase como el primer mapa de carreteras. Este mapa se conoce con el nombre de Tabula peutingeriana porque la copia que de él hizo el monje Colmar fue adquirida por Conrado Peutinger. La copia se conserva en Siena.
Las técnicas cartográficas de la Antigüedad sufrieron un serio retroceso durante la Alta Edad Media por causa de su forzosa adaptación al texto bíblico, elevado por el cristianismo a la categoría de la más alta expresión de la sabiduría. Los primeros atisbos de la esfericidad de la tierra quedaron soterrados. En su lugar se impusieron concepciones cartográficas del mundo llenas de fantasías, casi siempre con centro en la ciudad de Jerusalén. La ciencia cartográfica se refugió durante estos años oscuros de Occidente en los países islámicos, entre los que destaca Irak, sobre todo su capital, Bagdag. Como es sabido, los árabes, muy dados a los desplazamientos y con avanzados conocimientos de geometría y geografía, hicieron aportaciones muy valiosas en esta materia. Las culturas asiáticas consiguieron igualmente avances destacados en este campo, pero no superaron los conocimientos logrados por los occidentales.
Los avances de la astronomía fueron de gran utilidad para la tecnología cartográfica de la Baja Edad Media. El mapamundi de Jorge Calapoda data de 1552 y recoge con bastante aproximación los datos que aportaron los navegantes españoles y portugueses que participaron en los llamados Grandes Descubrimientos, pero, sobre todo, los que aportó el español Juan de la Cosa, compañero de Colón en sus viajes, considerado hoy como el primer cartógrafo de las tierras americanas. Como ya hemos dicho, la navegación astronómica recurría a la observación del sol y las estrellas. La nueva cartografía incluía meridianos graduados y latitudes. Gracias a ella pudo suplirse la estimación a ojo de experto de la posición de la nave por cálculos más precisos. Las cartas, planas o de grados iguales, eran una proyección cilíndrica rectangular o equidistante que mejoraron muy sensiblemente la carta de Marino de Tiro.
A mediados del siglo XVI se asiste a una profunda revolución tecnológica en la cartografía científica. Las cartas de marear fueron posteriormente perfeccionadas gracias a la meritoria labor investigadora desarrollada tanto por la Audiencia como por la casa de Contratación de Sevilla, creada por real cédula el 14 de febrero de 1503. En el capítulo VI volveremos a referirnos a la Casa de Contratación, un organismo público que se ocupaba de todos los asuntos relacionados con el comercio y tráfico de las Indias.
La elaboración de mapas era una tarea realizada por expertos en navegación marítima. La especialización dio lugar a la división de funciones entre el cosmógrafo y el piloto, aunque ambas podían coincidir en la misma persona. Es el caso del sevillano Alonso de Chaves, quien, nombrado el 11 de julio de 1552 piloto mayor del Rey, siguió dedicado hasta su muerte a la cosmografía. En el siglo XVI, el reino de Castilla disponía ya de una Carta Universal, también conocida como Carta General o Padrón Real. Se trataba de un documento matriz con arreglo al cual se confeccionaban las cartas de marear de los pilotos. En el Padrón Real se vertían con el mayor secreto las observaciones de interés y los descubrimientos que hacían los navegantes solventes al regresar de sus viajes.
En 1526, el hijo de Colón, Hernando, recibió una Real Cédula de Carlos I en la que se le encargaba hacer una carta de navegar, un mapamundi y una sphera en la cual se sitúen todas las yslas y tierra firme, y nuevas yslas que ya estuvieren descubiertas, o que se descubriesen de aquí en adelante” (Granada, 6 de octubre 1526) Para ello recurrió a los más renombrados expertos del momento, entre los que destacó el citado Alonso de Chaves, quien acumuló experiencias como navegante y como autor de cartas e instrumentos para la navegación (aguja de marear, astrolabio, cuadrante, sonda, ampolleta, ballestilla y otros. (Ver la edición de Paulino Castañeda, Mariano Cuesta y Pilar Hernández de la obra de Alonso de Chaves Quatri Partitu en Cosmografía Práctica, y por otro nombre Espejo de Navegantes, escrita en el siglo XVI, en fecha desconocida, y publicada por primera vez por el Instituto de Historia y Cultura Naval. Madrid, 1983)
El libro primero, parte primera, de la obra citada ofrece a los pilotos un compendio para la elaboración de cartas de marear. En primer lugar, pasa revista a los diversos tipos de cartas que se conocían en el siglo XVI: esféricas y planas. Las primeras son consideradas las más perfectas, pero las más usadas eran las segundas, llamadas cuadrangulares, a causa de no ser los pilotos doctos ni entender la theorica, ni la razón ni proporción que hay entre los meridianos y paralelos.
En el siglo XVIII se dio en Francia un fuerte y definitivo avance en la tecnología cartográfica gracias a la labor realizada por sus grandes navegantes, exploradores y geodestas. La geodesia y la topografía son los fundamentos científicos de la cartografía moderna.
Años más tarde, Alemania llegó a ser el centro de estos conocimientos gracias a las aportaciones de Humboldt. Hoy, con la tecnología de la fotointerpretación y con la información facilitada por satélites artificiales (Sistemas de Información Geográfica), se han alcanzado elevadas cotas de perfección en la representación de lo que está sobre la superficie de la tierra, e incluso de lo que está en el subsuelo y en la atmósfera, lo que era absolutamente impensable hace menos de un cuarto de siglo.
A fines del siglo XX se utilizan sistemas de información geográfica basados en datos facilitados por transbordadores espaciales. Cuando éstos estén plenamente implantados se dispondrá de mapas treinta veces más precisos que los hasta ahora se consideran de alta precisión.
Hasta la invención de la imprenta, las técnicas de impresión de mapas fueron estrictamente artesanales. La fabricación de papel recibió un impulso decisivo con la invención de la imprenta hacia 1440, atribuida al alemán Gutemberg, impresor de Maguncia. La imprenta aportó un abaratamiento progresivo de este producto. La industria editorial y de artes gráficas dedica desde hace más de medio siglo especial atención a la elaboración de mapas de escala variable y con fines diversos, utilizando para ello los datos aportados por los potentes y numerosos centros científicos que existen en todos los países avanzados. Las técnicas actuales se basan en fotografías tomadas desde satélites artificiales procesadas en laboratorios con ayuda de trabajos de campo y de la moderna informática, en fases sucesivas. Los fotograbados se imprimen finalmente en off-set.
Los mapas constituyen por sí mismos elementos facilitadores de los planes de desplazamiento y son una herramienta imprescindible de los libros - guía y para el trabajo de los guías acompañantes. Los mapas están hoy totalmente generalizados. Los altos volúmenes de producción de la industria editorial han abaratado los costes de producción de mapas hasta niveles insospechados hace tan solo medio siglo.
En épocas pasadas no disponían de mapas más que las clases altas. Los mapas estaban reservados a las personas poderosas y a los organismos ligados al poder. En la obra antes citada de Alonso de Chaves se alude a que los mapas eran documentos destinados al emperador Carlos V para acompañarle en sus viajes. Los mapas empezaron a generalizarse a fines del siglo pasado pero no llegaron a estar disponibles para las capas medias y bajas de la sociedad hasta hace algunas décadas. En nuestros días, la revolución informática que está teniendo lugar desde hace dos o tres quinquenios ha puesto a disposición de las clases altas y medias mapas en formato CD-Rom que incluso pueden incorporarse al pilotaje de los medios de transporte (terrestres, marítimos, aéreos o cósmicos) tanto colectivos como de uso personal El Pentágono llevaba varios años preparando una expedición científica para la confección de un nuevo mapa de la Tierra que será treinta veces más detallado que los más precisos que existen actualmente. El transbordador espacial Endeavour se puso en órbita el 11 de febrero de 2000 con seis tripulantes. En varias jornadas de 12 horas de trabajo se toman datos estereofónicos de la superficie de la Tierra con ayuda de un radar. El mapa resultante muestra la Tierra en tres dimensiones. Su interés inmediato es militar y de espionaje. Esperamos que, a no tardar este mapa será puesto, al menos parcialmente, al servicio de otros fines, entre ellos los relacionados con la elaboración y realización de planes de desplazamiento circulares.