ACOMPAÑAMIENTO



En la actualidad una persona puede realizar desplazamientos circulares, incluso de gran recorrido, sin necesidad de acompañamiento, es decir, sin la presencia de una o varias personas a su servicio gracias, entre otras cosas, a la abundante oferta de servicios facilitadores de los desplazamientos, desde los de accesibilidad y transporte hasta los de hospitalidad pasando por los de mensajería y comunicaciones. Los cambios tecnológicos de los últimos doscientos años han propiciado, además, que, desde hace años, vivamos en sociedades cuyos miembros han dejado de ser tan gregarios como lo fueron en el pasado al permitir la existencia de formas de vida con grandes dosis de autonomía individual. Son muchos los factores que han hecho posible que el ser humano pueda vivir en soledad y desplazarse de un lugar a otro sin necesidad de compañía. Durante milenios los humanos tuvieron que vivir en grupo y desplazarse con acompañamiento y protección.
En el pasado, la vida humana solo fue viable en colectividad. El individuo no existía más que como una pieza indesmontable del grupo. Cuando, tras el progresivo abandono de la vida nómada, empezaron a realizarse desplazamientos circulares, éstos nunca se hicieron en solitario. El cúmulo de peligros que acechaban a quienes se alejaran de su núcleo de residencia permanente exigía ir acompañado. Los peligros podían proceder tanto de grupos hostiles como del presumible ataque de fieras y alimañas, muy abundantes en los grandes espacios despoblados del itinerario a seguir. Los peligros también podían proceder de repentinos e imprevisibles cambios en las condiciones climáticas (pensemos en los frecuentes y temibles golpes de fortuna durante las travesías marítimas, por ejemplo). Añadiré entre los obstáculos a salvar durante los desplazamientos, la ausencia o escasez de servicios facilitadores o de vencimiento de la distancia como los que ya he citado en los capítulos anteriores. Muchos factores negativos, pues, se daban cita para entorpecer los desplazamientos de un lugar a otro en el pasado. No es de extrañar, por ello, que se hicieran muy pocos desplazamientos y que los pocos que se hicieron fueran muy costosos en penalidades físicas y en desembolso de recursos materiales.
Quienes hacían desplazamientos no solo tenían que llevar consigo provisiones de víveres y medios para pernoctar que suplieran la ausencia de servicios facilitadores. Además, como digo, no tenían otra opción que desplazarse con acompañamiento. El jefe del grupo era quien establecía la necesidad de realizar el desplazamiento. Era esta la situación más frecuente. Con ello me sitúo en estadios de la humanidad en los que ya había algún rudimento de jerarquía entre los miembros de los colectivos sociales.
Los primeros desplazamientos realizados por el hombre fueron expediciones de caza y de guerra, como ya he dicho en otra ocasión. Más tardíos fueron los desplazamientos motivados por la necesidad de abastecerse de los recursos que en cada comunidad fueran escasos, por procedimientos pacíficos (trueque, comercio) y los que respondieran a la necesidad de asistir a lugares sagrados (las llamadas peregrinaciones religiosas). Los jefes y sus allegados que realizaban estos desplazamientos iban acompañados por servidores cuya misión no era otra que la protección y el auxilio.
El acompañamiento de quienes hacen desplazamientos recibe nombres diferentes según el desplazamiento. En la expedición militar, el jefe iba acompañado por los guerreros que componían su tropa, hueste o ejército. Si el desplazamiento estaba generado por el protocolo de las relaciones internacionales, el acompañamiento recibía el nombre de séquito. Según el diccionario, séquito es una agregación de gente en obsequio, autoridad o aplauso de uno que le acompaña y sigue.
Si se trataba de desplazamientos ceremoniales, el acompañamiento recibía el nombre de cortejo. Nuestro diccionario explica que cortejo es el conjunto de personas que forman el acompañamiento (de alguien) en una ceremonia, en tanto que cortejar es la actividad que consiste en asistir, acompañar a uno, contribuyendo a lo que sea de su gusto.
En castellano disponemos de una tercera palabra para hacer referencia al acompañamiento de quien se desplaza. Se trata de la voz escolta. Escoltar, dice el diccionario, es acompañar algo o a alguien que va de un sitio a otro para protegerlo. Escoltar es también acompañar a una persona, como el rey o un personaje de los que, por su categoría, suelen llevar acompañamiento.
El idioma recoge cuatro modalidades de acompañamiento que se dieron en el pasado y que aún hoy siguen presentes en algunos desplazamientos. Con la mejora de los principales servicios facilitadores y la progresiva generalización de los desplazamientos circulares, empezó a abundar la figura del guía, el servidor que acompaña a quien se desplaza. El guía es conocido desde la más remota antigüedad.
El verbo guiar procede del alemán “weten” según María Moliner. Guiar es la actividad que consiste en ir delante de otros o con otros, mostrándoles el camino que deben seguir. La actividad del guía no es otra que la que consiste en indicar un camino a alguien o dirigir a alguien enseñándole o aconsejándole lo que debe hacer o como debe conducirse. Para María Moliner, de cuyo Diccionario de Uso del Español proceden las citas, guiar equivale a conducir y también a llevar. Por tanto, un guía es la persona que acompaña a una o varias personas en la realización de determinadas actividades, entre ellas las de desplazamiento. Es obvio que hay desplazamientos que se hacen en tales condiciones de tiempo y lugar que la más elemental prudencia aconseja realizarlos con la ayuda de uno o varios guías. No es raro que hasta los ejércitos se sirvan de guías en sus expediciones militares de invasión o de conquista. Los guías son conocedores de los territorios por los que deben pasar las tropas en sus maniobras.
También los mercaderes pueden necesitar servicios de guías en sus expediciones de intercambio cuando desconocen el territorio o éste es especialmente peligroso en algún sentido.
Los guías también pueden asumir una función protectora. Los primeros guías se ofrecían como servidores, por un precio previamente estipulado, a los transeúntes por itinerarios especialmente peligrosos. El francés Charles de Foucauld (1859 – 1916) se sirvió de este tipo de guías protectores en el viaje que hizo por el norte de Africa durante los años 1883 y 1884. En su libro Viaje a Marruecos, 1883 – 1884, precedido de Itinerarios por Marruecos (Olañeta. Palma de Mallorca, 1998), Foucauld hace este instructivo comentario sobre la institución del guía – protector en Marruecos: En todas las tribus independientes de Marruecos, así como en las que no están totalmente sometidas, la manera de viajar es la misma. Se le pide a un miembro de la tribu que nos conceda su anaya, “protección”, y que nos haga llegar a salvo a tal lugar que se designa; él se compromete a ello por un precio que se discute con él, zetata,; una vez que fijada la suma nos conduce o nos hace conducir por uno o varios hombres hasta el lugar convenido; allí nos dejan solo en manos seguras en casa de amigos a los que nos encomiendan. Estos nos conducirán o nos harán conducir más allá en las mismas condiciones: nuevo anaya, nueva zetata, y así sucesivamente. Se pasa así de mano en mano hasta la llegada al término del viaje. Quienes componen la escolta son llamados zeta; su número es extremadamente variable, siempre lo indicaré; se verá que unas veces basta un solo hombre, mientras que otras, a menudo, quince no bastan.
La dedicación al oficio de guía protector constituía en Marruecos una actividad que podía ser muy lucrativa. Foucauld lo explica así: El uso de la anaya, también llamada mezrag, forma parte de una de las principales fuentes de ingresos de las familias poderosas. A ellas, en efecto, se dirigen los viajeros preferentemente, pues la primera condición de un zetat es el poder hacer respetar a su protegido. Hay una segunda cualidad no menos esencial que hay que buscar en él: la fidelidad. (ob. cit. p. 34)
El inglés Wilfred Thesinger, nacido en Arabia, volvió a este país en 1945 comisionado por la FAO para realizar varias misiones por el llamado Territorio Vacío (el gran desierto saudí) desde dicho año hasta 1954. Thesinger sabía muy bien que solo podía pasar por el desierto planificando minuciosamente sus desplazamientos. No solo adquirió el medio de transporte idóneo para el desierto, un grupo de camellos, sino que solicitó al wali de Salalah un grupo de bedu que le sirvieran de guías acompañantes. El wali dispuso que le acompañaran cuarenta y cinco bedu. Thesinger siguió escrupulosamente las indicaciones que le dio el cónsul británico en Mascate, previamente acordadas con el sultán. El precio de cada acompañante se fijó en diez chelines diarios, una cantidad que a Thesinger le hizo escribir en Arenas de Arabia. (Península. Barcelona, 1998) estas dos frases:
Me di cuenta de que todo el mundo veía aquí mi viaje como una oportunidad enviada por el cielo para enriquecerse y que todos intentarían que mi grupo fuera lo mayor posible. El wali insistía en que, como había serio riesgo de que me encontrara con bandidos, no podía asumir la responsabilidad de permitir ir a Mughshin con menos de cuarenta y cinco hombres, y que los propios bedu no consentirían en ir con un grupo más pequeño (…) Finalmente, después de varias reuniones con el wali, accedí a llevar treinta árabes (p. 63)
Los bedu llegaron después del desayuno acompañados por una muchedumbre de Salalah. Era un grupo de aspecto salvaje: la mayoría se cubría con un taparrabos y todos iban armados con rifles y dagas. (p. 65)
Podría pensarse que a Thesinger le habría bastado con la escolta contratada. Pero no fue así. Para atravesar el Territorio Vacío por los dominios de los duru tuvo necesidad de contratar, además, los servicios de un rabia, figura similar a la que hemos visto en el Marruecos de fines del siglo XIX, lo que permite pensar que se trata de una institución si no universal sí propia de los pueblos de cultura islámica. Thesinger escribe: Para viajar a salvo entre los duru necesitábamos un rabia o compañero que pudiera franquearnos el paso por su territorio. Podía ser de los duru, o de cualquier otra tribu a quien las costumbres concedieran el derecho a ofrecer protección a sus compañeros de viaje entre los duru mientras estuvieran en su compañía. Un rabia hacía un juramento: “Sois mis compañeros y la seguridad tanto vuestra como de vuestras posesiones está en mi rostro”. Los componentes de un grupo eran responsables de la seguridad de los otros y se esperaba de ellos que lucharan en defensa de los demás si era necesario, incluso contra sus propias tribus o familias (ob. cit. p. 221)
En Memorias de un turista (1838), Stendhal se refirió a los guías con estas palabras: Esta mañana, al levantarme tomé un guía y volví orgullosamente a mi gran café. Seiscientos años antes de la Era Cristiana, Bourges era la antigua Avarium sitiada por César. Volví en seguida a la catedral; el portero, mi amigo, me dio un guía de quince años que, a pesar de su juventud, desempeñó muy bien sus funciones. Sabe de memoria los nombres de las cinco cosas que hay que ver. Me condujo al Tribunal Real, instalado en el hotel de Jacques Coeur. Nada más curioso. Es una encantadora obra del Renacimiento. Mi joven guía me ha llevado a la casa de los Enfents Bleus. Esta casa es más bonita todavía que la de Jacques Coeur; es una encantadora y pequeña obra maestra; Es la arquitectura del Renacimiento en toda su gracia. Nunca me hubiera perdonado haber dejado Bourges sin verla. Mi joven guía iba trotando delante de mi y repitiendo a media voz la lista de todas las bellas cosas que debe ver el extranjero que visita Bourges. Luego fuimos a la Puerta Romana de Saint Cursin, cerca del parque de artillería. He ido al Marché – Neuf, que honra mucho a M. Julien, el arquitecto municipal he acabado por el museo y la biblioteca. En lugar de comer en mi triste fonda como lo habría hecho un viajero vulgar fui a pasar las dos últimas horas a la catedral.
Stendhal establece magistralmente en las frases citadas el perfil de la figura que hoy llamamos guía turístico, un servicio que abunda en los lugares visitados por turistas. No debo dejar pasar la oportunidad para resaltar un aspecto que puede resultar de interés. Stendhal tiene al protagonista de su obra por un turista. De hecho fue, como se sabe, el primer escritor que se decidió a utilizar este anglicismo para referirse al singular tipo de viajero que empezaba a ser frecuente en el continente europeo a mediados del siglo XIX. La misma frase de Stendhal permite adivinar en qué consiste la singularidad de tal tipo de viajero, el que va de un lugar a otro porque quiere conocer las cosas bellas que se encuentran desperdigadas por todos los rincones del mundo (catedrales, iglesias, palacios, bibliotecas, museos de pintura y escultura, ruinas del pasado, paisajes memorables, pueblos raros y costumbres exóticas). Turista es para los hablantes el que se ausenta de su lugar de residencia permanente para satisfacer una necesidad específica: la curiosidad.
Hasta el siglo XIX, esta necesidad solo pudo ser satisfecha por miembros de la nobleza y de las clases dirigentes, la llamada clase ociosa. Pero, a partir del siglo citado, también pudieron satisfacerla, primero los burgueses ilustrados y, más tarde, ya en el siglo XX, los miembros de las diversas clases medias. En tiempos de Stendhal ya se distinguía entre el turista, un viajero ilustrado, adinerado y de buen gusto, y el viajero vulgar. Según el comentario de Stendhal, mientras éste se queda a comer en la triste posada, el turista aprovecha el escaso tiempo disponible para contemplar alguna de las cosas bellas que debe ver un extranjero, por ejemplo, la catedral de Bourges. El significado vulgar de turista evolucionó. Hoy se usa para resaltar los mismos comportamientos, pero ya gregarios.
La figura del guía sigue teniendo sentido en los desplazamientos que se hacen en la actualidad por muchos países pero, sobre todo, en los países atrasados. La prensa trae a menudo noticias sobre asaltos, robos y asesinatos sufridos por residentes en países desarrollados que realizan expediciones de riesgo por territorios poco habitados que no tuvieron la precaución de contratar los servicios de acompañamiento que todavía son imprescindibles en dichos países. Incluso en los países del mundo desarrollado es aconsejable contratar servicios de guía cuando se hacen desplazamientos caracterizados por la presencia de peligros y obstáculos (desorientación, aludes, accidentes, etc). Los servicios de guía presentan ya en numerosos países un alto nivel de desarrollo y son prestados por empresas especializadas a precios en general competitivos y previamente estipulados.