MENSAJERÍA Y COMUNICACIONES




Desde que aparecieron hace unos diez mil años las sociedades sedentarias, los desplazamientos nomádicos (de ida, lineales o abiertos) disminuyeron. Desde entonces, lenta pero firmemente, crecieron los desplazamientos de quienes, sedentarios, viven afincados permanentemente en un lugar (desplazamientos de ida y vuelta, circulares, redondos, cerrados o turísticos). Estos desplazamientos implican una salida y, posteriormente, un regreso al lugar de partida, lo que equivale a la ausencia pasajera del lugar de residencia permanente y a residencia temporal en lugares ajenos.
La mensajería implica un desplazamiento circular. Los primeros servicios de mensajería no tardarían en aparecer una vez implantado el modo de vida sedentario. La esencia de estos servicios consiste en desplazamientos por encargo de otro, es decir, no para satisfacer la necesidad de quien los realiza sino la de quien los utiliza. La mensajería es, por su propia naturaleza, un servicio contra el obstáculo de la distancia.
Los primeros servicios de mensajería eran realizados por emisarios encargados de portar el mensaje o la noticia de un lugar a otro relativamente alejado. Los primeros mensajes serían, obviamente, puramente verbales. Los mensajeros memorizarían el contenido del mensaje del emisor para transmitirlo oralmente al receptor o destinatario. En este tipo de mensajes no son nunca descartables ciertas discordancias entre la versión emitida de un mensaje y la versión recibida por el destinatario, lo que los hace una herramienta poco precisa y escasamente fiable y por ello limitada a necesidades muy específicas.
La invención de la escritura hacia el año 4500 a. C introdujo una mejora sustancial en los servicios de mensajería. Los mensajes escritos comenzarían a sustituir a los verbales ganando en precisión y fiabilidad. Aunque aún se emplean mensajes verbales, los escritos son desde entonces los más usados.
Los egiptólogos han encontrado en los antiguos manuscritos egipcios (ver José M. Galán: Cuatro Viajes en la Literatura del Antiguo Egipto. CSIC. Madrid, 1998) alusiones al envío de misivas y a la utilización de mensajeros. Concretamente, Galán, en la obra antes citada, afirma que en Tell – el – Amarna, la antigua Aketaton, declarada capital de Egipto durante el reinado de Akenaton, se descubrió un archivo compuesto fundamentalmente por correspondencia diplomática escrita circa. 1375 – 1345 a. C. abarcando los últimos años de Amenofis III hasta el reinado de Tutanjamón inclusive. Las cartas están escritas sobre tablillas de barro, en escritura cuneiforme y la mayoría de ellas empleando la lengua acadia. Un grupo de cuarenta y cuatro documentos reflejan las relaciones entre Egipto y los grandes estados del antiguo Oriente: Mitani, Alasia (Chipre), Hatti, el incipiente reino de Asiria y, desde el punto de vista egipcio, la lejana Babilonia. Los reyes se tratan entre sí de “hermano”, y en su correspondencia acuerdan matrimonios interdinásticos, el envío de doncellas sirvientes, intercambios de objetos de lujo y materias primas, etc. El intercambio, tanto de misivas como de regalos y mercancías, era la forma de exteriorizar y materializar la ideología subyacente a las relaciones diplomáticas entre casas reales. El segundo grupo está formado por trescientas seis cartas enviadas entre la corte egipcia y sus vasallos que gobernaban distintas ciudades de Palestina y de Siria. En ellas, los gobernantes informan de la situación política, social y económica del territorio bajo su control, del comportamiento de sus vecinos, de la presencia o ausencia de tropas egipcias, etc. A través de mensajeros, los gobernadores de la periferia del dominio egipcio elevan sus quejas, expresan sus inquietudes y afirman reiteradamente su incuestionable lealtad y servicio al faraón. (ob.cit. pp. 136 y 137)
Los servicios de mensajería nacieron al servicio de las necesidades de la gobernación, la diplomacia y la guerra. El servicio de mensajería tradicional obliga al mensajero a realizar un desplazamiento a pie o a lomos de algún cuadrúpedo. Los primeros mensajeros eran hombres resistentes y de pies ligeros. Hermes, el dios griego de la mensajería, se encargaba también de proteger a los comerciantes y a los ladrones, tres profesiones estrechamente ligadas a los desplazamientos. Hermes, el Mercurio de los romanos, lleva alas en los pies como símbolo de celeridad.
Los mensajes urgentes se transmitían por servidores entrenados en la carrera. Llamamos correo a la mensajería porque el término procede del latín currere, cursum. Decimos “cursar” (enviar) un mensaje. Para llevar un mensaje o cursar una noticia de un lugar a otro, el mensajero corre, a pie o a caballo. Los servicios de mensajería consumen recursos humanos especializados. En los primeros tiempos, solo podían utilizar mensajeros los gobernantes y quienes estaban a su servicio. Los mensajeros eran destacados servidores del poder. Evelyne Patlagean incluye el servicio de correos (el cursus publicus ) en el sistema de administración del Imperio Romano y del Imperio Bizantino, reservado a los funcionarios y a los obispos en sus desplazamientos en virtud del cargo y a los portadores de mensajes oficiales. (ver Introducción a una historia de Bizancio. En E. Patlagean y otros: Historia de Bizancio. Crítica, Barcelona, 2001. p. 20)
En el antiguo Egipto no existió un verdadero servicio postal, pero sí hubo, como ya he dicho, correos ocasionales al servicio del faraón, de los escribas y de los sacerdotes, y también, aunque menos, de los grandes hacendados. Los mensajeros se utilizaban también para obtener información sobre la situación del país y de posesiones alejadas. Los súbditos tenían que confiar en los escasos viajeros que pasaran por su lugar de residencia para poder enviarse mensajes, una fórmula que aun hoy siguen utilizando los residentes en países con economías desfavorecidas. Los mensajes privados eran muy poco frecuentes en el antiguo Egipto. La Residencia monopolizaba los servicios de mensajería, necesitada como estaba de conocer la situación de un país muy extenso y con grandes distancias. La mensajería nació, en realidad, como un instrumento al servicio de la guerra y de la gobernación de los países, sobre todo de los más extensos, desarrollados y poderosos.
Desde los tiempos más remotos se conocen también otros medios menos personalizados de transmisión de mensajes. Entre ellos hay que citar los acústicos y los visuales. Los primeros transmiten los mensajes por medio del sonido con instrumentos como el tambor utilizando sistemas cifrados con códigos muy simples. Los mensajes visuales requieren también la existencia de un código. El más elemental de los medios visuales es el que se basa en el humo, pero hay sistemas que utilizaron banderas y el reflejo de la luz solar con espejos. La transmisión de mensajes acústicos por medio de tambores todavía sigue utilizándose en el África Subsahariana. Jenkins nos facilita un ejemplo que tuvo ocasión de conocer con motivo de la expedición que realizó al río Níger en 1991 acompañado por tres amigos. Más allá de Nianforando, nos dice, la pista se convierte en barro. El camino termina en el pueblo siguiente, Bambaya, donde hay veinte chozas como colmenas agrupadas en círculo y rodeadas por la jungla. El jeep alquilado es inútil para continuar el viaje. El transporte de la impedimenta ha de hacerse con porteadores. Tembakunda está a una distancia de tres días a pie. ¿Qué solución da el guía? Pedir porteadores por medio de señales acústicas. Jenkins incluye en su libro este diálogo:
-Hombres oyen tambores. Hombres oyen lo que tambores dicen. Hombres vienen
En el poblado no hay teléfono. Tampoco lo hay en el lugar al que nos dirigimos. Las escasas tentativas de trazar carreteras se las ha llevado la lluvia, de modo que los poblados siguen comunicándose por medio de tambores. Sori dice que el sonido de un tambor se puede oír a diez kilómetros. A un corredor le llevaría una hora salvar esa distancia. Y un corredor solo llega a un lugar.
Estamos él y yo fuera de la cabaña. Mike, Rick y John han ido a dar una vuelta por el poblado. Sori extiende los brazos y gira en círculo.
-Tambores llegan a todas partes
(Mark David Jenkins, Rumbo a Tumbuctu, Ediciones B. Barcelona, 1998, p. 86)
Sin embargo, las limitaciones de la mensajería por señales obligaron a los viajeros a servirse de un mensajero personal.
En el siglo V a. C., los griegos y los persas libraron numerosas batallas entre las que destaca la de Maratón, una de las más conocidas de la antigüedad. Para advertir a los atenienses de un posible contraataque de Darío, Milcíades envió desde el campo de batalla un mensajero a Atenas. Dada la urgencia, le recomendó correr tan velozmente como pudiera para comunicar la noticia a tiempo. El mensajero corrió tanto que después de cumplir el encargo cayó muerto. La fama y la gloria de la carrera de Maratón ha soportado el paso del tiempo y ha llegado hasta nuestros días. Con el término maratón damos nombre hoy a un deporte olímpico cuyo origen fue la prestación de un servicio de mensajería.
Pondré un ejemplo más de mensajería procedente de la misma guerra. Temístocles envió en secreto este mensaje a Jerjes: “Ataca enseguida, pues si no, se te escaparán los aliados de los atenienses”. Jerjes cayó en la trampa que le tendió el mensaje. Atacó con sus grandes embarcaciones de guerra dotadas de cuatro filas de remeros. Los barcos griegos eran más pequeños, pero también los más versátiles, lo que resultó ser una ventaja para moverse en un mar sembrado de islas. Los persas fueron derrotados de nuevo. Entre las técnicas militares utilizadas juegan un papel destacado los servicios de mensajería.
Hasta ahora me he referido a mensajes no escritos. Con la invención de la escritura proliferaron estos mensajes, más fiables que los acústicos El primer mensaje escrito del que se tienen noticias se remonta al V milenio a. C. Tuvo lugar en Babilonia y consistió en el transporte de una tabla de arcilla escrita en caracteres cuneiformes. El historiador Herodoto de Halicarnaso nos habla de los famosos correos de Ciro hacia 550 a. C. El emperador romano Augusto también se sirvió del correo en el año 30 a. C. Las mejores postas o correos de la antigüedad fueron las que tenían los califas de Bagdag. Y antes de que Colón llegara a tierras americanas ya se conocían los servicios regulares de correos, atendidos por servidores preparados especialmente para ello.
Carlomagno creó a principios del siglo IX tres líneas de relevo de postas al servicio del imperio para facilitar el gobierno de las provincias más distantes (España, Italia y Alemania). En la Alta Edad Media hubo nuevos intentos de establecer un servicio internacional de correos. La invención de la imprenta en el siglo XVI dio un impulso definitivo a la mensajería escrita. La Casa de Austria decidió a fines del siglo citado encargar sus servicios de correos y mensajería a la familia Taxis. Carlos V renovó la concesión, en 1516, a la misma familia, a cuyos miembros concedió el título de correos mayores de todas sus posesiones. El correo, un medio de transmisión de mensajes, informes y noticias, seguía estando al servicio exclusivo de los gobernantes, aunque empezaba ya a extenderse a los monasterios, a los grandes mercaderes y a las universidades.
El servicio real de correos fue establecido en España a principios de siglo XVI aunque limitado a pliegos de carácter oficial. La restricción no se levantó hasta principios del siglo XIX. Emilio Cotarelo y Mori ( 1857 – 1936) es el autor de una biografía de Juan de Tassis, el poeta del Siglo de Oro español más conocido por su título nobiliario, el Conde de Villamediana. Además de poeta y noble, Tassis fue también Correo Mayor de la Católica Monarquía durante el reinado de Felipe III, cargo que heredó de su padre además del título de nobleza. El cargo de Correo Mayor fue ejercido por sus antepasados desde que el emperador Maximiliano nombrara para desempeñar el cargo al italiano Francisco Tassis, quien a su muerte lo legó dividido en reinos a sus tres sobrinos: a Juan Bautista, Flandes; a Mateo, España y a Simón, Italia. El cargo era de gran autoridad e importancia en Europa ya en el siglo XV. Descendiente de Mateo fue el padre del poeta castellano, a quien Carlos V confirmó como Maestro de Hostes y Postas de España, es decir, encargado de dar hospedaje a los servidores del rey y de atender su servicio de mensajería. Gonzalo Fernández de Oviedo dejó escrito que el cargo de Correo Mayor era de gran prestigio y excelentemente remunerado por ser un servicio de reconocida utilidad para la gobernación del reino. Los correos reales se despachaban a través de quien ostentaba el cargo, razón por la que éste tenía que ser leal, solícito y de buen entendimiento. El Correo mayor solía ser muy rico, tanto que muchos de ellos se convirtieron en banqueros. Oviedo decía que no había Correo mayor pobre pues todos eran ricos sin necesidad de correr postas. Era él quien se llevaba las ganancias sin correr el riesgo de caer del caballo. La de Correo mayor era sin duda en España una lucrativa empresa privada de ámbito nacional por especial concesión real, que contaba con un capital considerable en caballos y cuadras y un nutrido cuerpo de servidores. La empresa siguió en manos de la familia Tassis hasta que Felipe V de Borbón la incorporó a la corona, es decir, nacionalizó el servicio, previa indemnización al concesionario el año 1706.
La ampliación a toda la sociedad de los servicios de correos no se alcanzó en Europa hasta el siglo XVIII. Su eficacia aumentó sustancialmente con la invención de los sellos por el inglés Rowland Hill, lo que agilizó el pago de la tarifa para cada envío. Aun hoy, el servicio de correos sigue estando en manos de la administración pública aunque la urgencia de los envíos ha aumentado tanto durante los últimos años que las compañías privadas de mensajería urgente han proliferado en todos los países del mundo.
Hasta la invención del transporte ferroviario, el correo utilizó caballos y servicios regulares de transporte con coches de línea y diligencias apoyados en las llamadas casas de postas. El término postas es la castellanización del francés post, correo, galicismo que también pasó al inglés. Las casas de postas eran instalaciones oficiales dotadas de una serie de servicios entre los que destacaban los de refacción, alojamiento, descanso, refrigerio y cambio o alquiler de caballerías. Ya me he referido a las postas y al percacho, dos procedimientos ideados al servicio del correo o envío de mensajes escritos (cartas). El anónimo autor de Viaje de Turquía describe así el reparto de cartas en las grandes ciudades italianas del siglo XVI: En la posada tienen un escribano que toma todos los nombres de los sobrescritos para quien vienen cartas y pónelos por minuta, y en cada carta pone una suma de guarismo, por su orden, y pónelas todas en un cajón hecho aposta, como barajas de naipes, y el que quiere saber si tiene cartas mira en la minuta que está allí colgada y hallar: Fulano con tanto de porte a tal número; y va el escribano y dícele: “Dadme una carta”. Pregúntale a cuanta está, luego dice a tantas, y en el mismo punto la halla (ob. cit. pp. 565 a 566)
El ferrocarril agilizó de un modo muy significativo los servicios postales desde su invención a mediados del siglo XIX. También el transporte marítimo prestó inestimables servicios a los envíos de mensajes personales y de paquetería. A mediados del siglo XX, con la implantación generalizada del transporte aéreo, este medio comenzó a absorber gran parte de los servicios de correos, sobre todo los de larga distancia. El correo aéreo comenzó a prestarse antes de la invención de los modernos aviones.
Los hermanos Montgolfier rompieron con globos el bloqueo de París impuesto por las tropas de Bismark. El primer envío de mensajería postal se hizo el 23 de septiembre de 1870. Ese día se elevó en el aire el globo Neptune, tripulado por Jean Durof, con 125 kilogramos de cartas. Unas horas después se posó en el castillo de Cracouville, a 5 km. de Evreux, al noroeste de París. El globo salvó una distancia de 104 km. Al vuelo inaugural le siguieron setenta más. Todos salieron de París con un aeronauta, algunos pasajeros y los mensajes. El servicio se puso posteriormente a disposición de todos los parisinos sin restricción alguna y estuvo prestándose hasta unas horas antes de la firma del armisticio, el 27 de enero de 1871. El último servicio fue el realizado por el globo Le Général Cambrone. Cuando se adquirió seguridad en las técnicas de navegación y surgieron las primeras líneas de transporte aéreo, además de pasajeros, los aviones también llevaron cartas y periódicos, como antaño los trenes y los barcos. A partir de los años cincuenta, el correo aéreo es hegemónico.
Debo citar la prensa periódica en el contexto de la mensajería, un medio que ha alcanzado tan alto nivel de desarrollo que merecería un capítulo aparte. La historia de la prensa se entrelaza con la del correo a partir de la innovación y el desarrollo de la imprenta. Sus relaciones se advierten todavía en las alusiones al servicio postal que mantienen algunos periódicos en su cabecera. Antes de la prensa periódica, los estudiosos de la historia de los medios de comunicación citan las hojas manuscritas llamadas gazettas, en alusión a la moneda que fijaba su precio, con las que los gondoleros venecianos en el siglo XVII daban a conocer hechos y habladurías (Juan Luis Cebrián, El peridismo en los tiempos del cólera. El País 10.000, Octubre, 2004) La prensa periódica aparece en el siglo XVIII. En 1702 se publicó en Inglaterra el primer diario conocido, el Daily Courant. El primer diario español se publicó en 1758 con el nombre de Diario Noticioso, Curioso, Erudito, Comercial, Público y Económico. Hasta mediados del siglo siguiente no se generalizó la prensa diaria en el mundo. A partir de 1900, los periódicos se convirtieron en una actividad industrial basada en la búsqueda, tratamiento y difusión de noticias. Más tarde se dedicaron, además, a la creación de opinión.
La prensa presta con frecuencia servicios contra la distancia a quienes elaboran y realizan desplazamientos circulares. Gracias a ella, pueden conocer una serie de datos de interés (situación de posibles conflictos, desbordamiento de ríos, estado de los caminos, tiempo atmosférico) y otras muchas informaciones que, de otra forma, no se conseguirían o serían muy costosas. No obstante, como servicio de producción en masa y estandarizado, la prensa escrita, como más tarde la hablada (emitida por radio), entra más bien dentro de los sistemas de comunicación social, es decir, de interés general, más que en la mensajería personalizada o individual.
Los envíos de noticias personalizadas siguieron produciéndose durante muchos años más con la tecnología del mensajero personal. En algunos núcleos rurales aun sigue existiendo esta figura, sobre todo en los países menos desarrollados. En España se conocieron con el nombre de recaderos. La fórmula ha ido perdiendo parte de su utilidad con la invención y el desarrollo de las telecomunicaciones modernas. Digo modernas porque en la antigüedad hubo también telecomunicaciones, como dije antes, las basadas en la emisión de sonidos o de señales luminosas por medios elementales, tambores o gong en el primer caso y lumbreras en el segundo. El uso de tambores entre las tribus primitivas estuvo muy generalizado. El llamado tan – tan. La emisión de señales luminosas se conoce también desde hace milenios. Los romanos establecieron una red de torres para enviar mensajes cifrados a grandes distancias, generalmente mensajes bélicos, defensivos o agresivos. Los árabes utilizaron este método con frecuencia. Hoy quedan restos de esas torres de telecomunicaciones primitivas en muchos países. Los llamados faros para la ayuda de la navegación se basan en la misma técnica. Citaré entre los más antiguos el famoso faro de Alejandría, que fue una de las siete maravillas del mundo antiguo. Las torres – vigía fueron profusamente utilizadas durante las edades Media y Moderna. La mensajería postal aun necesita apoyarse en el mensajero personal, encargado del reparto de cartas a domicilio.
El primer medio moderno de telecomunicación fue el telégrafo. La primera línea telegráfica se inauguró el 1 de septiembre de 1793 entre París y Lille. Se basaba en la emisión de señales ópticas desde torres regularmente escalonadas que eran recibidas por el receptor con ayuda de anteojos. En la fecha antes citada, se emitió el primer telegrama de la historia. Este sistema se extendió rápidamente por todos los países del mundo.
La primera línea telegráfica española se inauguró en 1931 para dar servicio a la relación Madrid – La Granja de San Ildefonso y Aranjuez. El servicio se instaló, de nuevo, para cubrir las necesidades de la Casa Real. Pocos años después se inauguró la línea Madrid – Irún. El telégrafo óptico fue desplazado por el basado en la emisión de sonidos por medio de hilos, lo que hizo posible la aparición de la telefonía. La invención de la telefonía permitió enviar mensajes orales desde un aparato (teléfono) emisor a otro, el receptor. Aplicado el sistema al telégrafo, permitió enviar mensajes escritos en un alfabeto en clave llamado Morse que, más tarde, en destino, era traducido al alfabeto convencional antes de ser entregado, personalmente o por teléfono, al destinatario. El sistema se perfeccionó con la energía eléctrica. El primer telégrafo eléctrico, el inglés Wheatstone, se complementaba con un aparato Morse en el receptor, pero pronto fue sustituido por un aparato impresor gracias a la invención que aportó el inglés David E. Hughes.
Volviendo al teléfono debo citar entre sus predecesores teóricos al belga Bourseul, quien en 1854 publicó un trabajo sobre la transmisión de palabras a distancia por medio de la electricidad, y también al físico alemán Reis. Con las ideas de ambos, el norteamericano Graham Bell fabricó un sistema de corto alcance con el que mantuvo con Watson, su ayudante, (el 10 de marzo de 1876) una conversación a distancia a través de una línea telefónica local. En 1878 se construyó la primera central telefónica. Años después le siguieron las centrales de Londres, París, Bruselas y otras muchas grandes ciudades, aunque todavía limitadas a la telefonía local. En 1880 se abrieron las centrales de Madrid y Barcelona. A principio del siglo XX ya había líneas interurbanas y pronto se contó con redes intercontinentales. Hoy la telefonía cuenta con centrales totalmente automatizadas en casi todos los países del mundo.
A fines del siglo XX, la conjunción de la electrónica con las telecomunicaciones vía satélite ha propiciado la aparición del llamado teléfono móvil o celular para distinguirlo del convencional, necesitado de líneas de conexión entre emisores y receptores. Puede decirse que ninguna innovación tecnológica ha logrado un nivel de aceptación tan fulminante como la que está teniendo el teléfono móvil. Su rápida generalización está provocando profundas transformaciones en la vida cotidiana. Como decía un editorial del diario El País (25 de enero de 2000), La relación instantánea para transmitir hechos, emplazamientos y emociones, su facultad para enviar y recibir mensajes a varias personas a la vez, ha ido creando una invisible red de contactos inmediatos como no se había conocido nunca. Unas veces el móvil actúa, por su reducido tamaño, su adaptabilidad a la mano o a la oreja, con el efecto de una prolongación orgánica. El cable, en el teléfono tradicional, lo ataba a un lugar externo y objetivo, pero el móvil se apropia y se subjetiviza. Pronto, además, ni será necesario empuñar un artefacto, por menudo que sea. La nanotecnología desarrollará sensores agregados a la ropa que transmitirán la voz y acaso la indicación de diferentes deseos. La miniaturización actual es un presagio de esa sutil relación sin medios perceptibles y la evolución de una ecología de la comunicación y de la información que apenas se ha inaugurado con el desarrollo de este aparato conectable a Internet y capaz, según las previsiones, de llegar a sustituir las interacciones actuales con la pantalla del ordenador portátil. Las reuniones de empresas, el seguimiento de sucesos, la compra de entradas, la verificación de las alarmas del coche o de la casa, la recepción de correo electrónico. El teléfono móvil no ha hecho más que comenzar a ofrecer servicios en cualquier lugar y de cualquier especie.
La telefonía no es el único sistema de emisión de señales acústicas a distancia. En 1885, cuando todavía el teléfono se encontraba en sus primeros balbuceos, el italiano Marconi envió el primer mensaje acústico basándose en la capacidad que tienen las ondas hertzianas para transmitir el sonido. En 1906 se consiguió emitir por primera vez la voz humana a través de la radio. Lo llevó a cabo el ingeniero norteamericano A. Fessenden desde Brant Rock, Massachusetts. Su contenido fue un poema, una conversación y algunas melodías populares Las primeras emisoras permanentes de radio aparecieron durante la década de los años veinte del siglo pasado. Quince años más tarde, la radio se había generalizado por todos los países del mundo gracias a la incorporación de mejoras sucesivas. Después de la Segunda Guerra Mundial se adoptó la primera regulación internacional del medio y, años más tarde, en la segunda mitad del siglo XX, las torres de emisión fueron sustituidas por satélites artificiales. Las emisiones alcanzaron así una difusión mundial.
A fines del siglo XX, las emisiones analógicas empezaron a ser sustituidas por emisiones digitales, evitando las perturbaciones atmosféricas que tanto distorsionan la calidad de la radiodifusión convencional, mejorando la calidad de las emisiones en frecuencia modulada. La radiodifusión es una innovación básica en la evolución de las modernas telecomunicaciones como herramienta de lucha contra la distancia. Como medio de comunicación social, la radiodifusión introdujo una rapidez desconocida hasta entonces entre la ocurrencia de la noticia, la difusión y la recepción por los destinatarios. Pero la radio no puede competir con el teléfono en el envío de mensajes personalizados. La generalización del teléfono a partir de la segunda mitad del siglo XX ha convertido a este sistema de mensajería personalizada en el más eficaz de todos los disponibles. A la transmisión de la voz por el teléfono hay que añadir la transmisión de textos facsímiles gracias al complemento de las recientes técnicas de la digitalización de mensajes.
La radiodifusión quedó complementada con la televisión, un sistema de transmisión de imágenes a distancia. La primera emisión televisiva tuvo lugar en Londres el año 1928. Fue realizada por el físico John Logie Baird. La primera emisión en España tuvo lugar el 28 de octubre de 1956. En los años cuarenta, las emisiones de televisión empezaron a generalizarse en todo el mundo, primero en blanco y negro y, a partir de los años cincuenta, en color. Complementada con el cinematógrafo y la radiodifusión, la televisión se ha convertido en el primer medio de comunicación social de nuestro tiempo. Para ello no se han necesitado más que tres décadas. A partir de mediados del siglo XX, la televisión se convirtió en el principal medio de comunicación social, presente hasta en las viviendas de las clases más humildes.
La integración de todas las innovaciones tecnológicas citadas con los avances en electrónica y en la puesta en órbita de satélites artificiales ha hecho avanzar las comunicaciones personales por medio de la telefonía móvil de última generación que incorpora además de la transmisión de la voz la transmisión de la imagen. Quienes se comunican a través de un teléfono móvil equipado con microcámaras de televisión también se ven mientras hablan. Las llamadas autopistas de la comunicación de banda ancha de Internet están experimentando un avance que nadie duda en calificar de revolucionario. Desde hace una década se califica a nuestra época como la era de la información. El sociólogo español Manuel Castells se refiere a que Internet se originó en un audaz plan ideado en la década de los setenta por los guerreros tecnológicos del servicio de Proyectos de Investigación Avanzada del Departamento de Defensa estadounidense (Advanced Research Projects Agency, el mítico DARPA) para evitar la toma o destrucción soviética de las comunicaciones en caso de guerra nuclear. Arpanet, la red establecida por el Departamento de Defensa de USA, acabó convirtiéndose en la base de una red de comunicación global y horizontal de miles de redes de la que hacen uso individuos y grupos de todo el mundo para toda clase de propósitos, bastante alejados de las preocupaciones de una guerra fría extinta (Manuel Castells: La era de la información. Economía, Sociedad y Cultura. 3 volúmenes. Alianza, Madrid, 1996. Vol. 1, pp. 32 y 33)
La mensajería personalizada ha experimentado a partir de los años ochenta del siglo XX unos niveles de calidad y eficacia insospechados. La combinación de la moderna electrónica con la informática y su organización en redes de usuarios cada día más tupidas está integrando sistemas como la telefonía, la radio y la televisión con las transmisiones vía satélite para provocar lo que, sin duda, es la gran revolución tecnológica de fines del siglo XX, la transmisión instantánea (“en tiempo real”) de datos, textos, voz e imágenes desde cualquier punto a otro, del planeta y fuera del planeta. La mensajería ha conseguido hoy niveles de eficacia muy altos a costes tan bajos que ha situado estos servicios al alcance de cualquier persona física o jurídica. El vencimiento de la distancia que aportan es realmente admirable.
Los servicios de mensajería facilitan extraordinariamente los desplazamientos tanto en la fase de planificación (producción) como en la de realización (consumición). Al facilitar con tanta eficacia la primera, permiten indudablemente incrementar tanto la producción para sí mismo (autoproducción) como la producción para los demás (alteroproducción). Se están alcanzando tan altas cotas de eficacia en la transmisión de información a grandes distancias que la moderna mensajería ha desbordado ya su primitiva función facilitadora de los desplazamientos personales. Una parte de la futura demanda de estos avanzados servicios de mensajería personalizada será generada para evitar desplazamientos.
La oferta de servicios de mensajería tiene hoy capacidad tanto para incrementar la demanda de planes de desplazamientos circular como para disminuirla. Su comportamiento en uno u otro sentido puede variar de un país a otro, de un estrato social a otro y de un momento a otro. Los efectos facilitadores de desplazamientos de los modernos servicios de mensajería deben ser objeto de estimación empírica en cada caso.