Alojamiento



Lo que he dicho de los medios de refacción podría repetirse con referencia a los medios de alojamiento. Durante milenios, el hombre vivió en cavernas. Las primeras viviendas que construyó eran chozas o tiendas hechas con pieles, ramas de árboles y otros vegetales. En las expediciones guerreras se utilizaban estas mismas técnicas para albergar a las tropas en sus desplazamientos y durante los largos asedios.
En Viaje de Turquía, la obra de autor anónimo del siglo XVI que ya he citado, Juan de Voto a Dios se pregunta si es vanidad construir hospitales y donde se podrían aposentar tantos pobres peregrinos si no hubiese servicios de hospitalidad en caminos y ciudades. Pedro de Urdemalas piensa que la construcción de hospitales gratuitos para peregrinos pobres es la mayor (vanidad) del universo si han de ser como ésos (de lujo), porque el cimiento es de ambición y soberbia. El mejor remedio del mundo, dice, es cumplir con la devoción solo cuando se pueden pagar los costes de la peregrinación. De lo contrario, conviene limitarse a cumplir devociones domésticas: Los que tuviesen que gastar en mesones, y los que no se estuviesen en sus tierras y casas, que aquella era buena romería, y que de allí tuviese todas las devociones que quisiesen con Santiago. ¿Qué ganamos nosotros con sus romerías ni ellos tampoco según la intención? Que el camino de Jerusalén ningún pobre le puede ir, porque al menos gasta cuarenta escudos y más, y por allá, maldita la cosa les aprovecha pedir ni importunar. (ob. cit. p. 230)
Luis de Mejía, en Apólogo de la ociosidad y el trabajo (Obras que ha hecho, glosado y traducido Francisco Cervantes Salazar, Alcalá, Juan de Brocar, 1546, citado por Marie-Sol Ortola en su edición de Viaje de Turquía, Castalia, Madrid, 2000, p.230) propone otra solución a los romeros pobres que no hallan hospitales donde alojarse: Cuando todos (los hospitales) estuviesen llenos no pueden faltar portales, casas inhabitadas, cuevas, hornos, estufas, baños. Y algunos hay que se hallan cuando están metidos en una cuba que en un palacio real. Pues si tenéis miedo que os ha de faltar en que dormir, qué región tan estéril hay en el mundo donde no se halla heno o paja; y cuando esto faltare, no puede ni faltar un muladar en que te envuelvas: que no hay mejor género de cama que aquel que hallado no cuesta nada.
Cuando el primitivo carro evolucionó y se generalizó, adoptó formas adecuadas para que los desplazados pernoctaran a bordo y se protegieran contra las inclemencias, como ya he dicho en el capítulo anterior. Los servicios de postas ofrecieron alojamientos en ruta a los viandantes y estabulación y pienso a los animales de carga. También las embarcaciones de cierto tamaño ofrecen a sus tripulantes (guerreros o mercaderes) refacción y pernoctación en espacios harto limitados, no solo en los primeros tiempos sino incluso hasta hace tres o cuatro siglos, ya que las primitivas embarcaciones no estaban pensadas para transportar pasajeros sino para materiales y tropas. Como dice Norval (ob. cit.) el origen y la historia de la hospitalidad es de gran interés y resulta fascinante. Norval busca la historia y la razón de ser de estos servicios en las necesidades del comercio y del transporte en la Antigüedad, sin percatarse de que, antes de que surgieran las expediciones mercantiles, ya había expediciones guerreras, cercos y sitios a las ciudades enemigas a conquistar.
En tanto resulte acertado pensar que la guerra precedió al comercio, podemos suponer que las primeras soluciones al problema de satisfacer las necesidades de comer, beber y descansar durante los desplazamientos debieron darlas los jefes militares de los tiempos más remotos. Los desplazamientos de las tropas eran muy lentos en el pasado, la marcha se hacía a no más de cuatro o cinco Km./hora. Las tropas necesitaban meses y hasta años para aproximarse a su objetivo bélico, y el mismo tiempo, o más, para volver. Una vez en las proximidades del enemigo se procedía a sitiarlo. Sitio viene del latín obsidio, del verbo sitiar, que también significó sentar, según Corominas y Pascual. El sitio podía durar años. La ciudad de Tiro, por ejemplo, fue sitiada durante once años por las tropas babilonias. Muchas ciudades sufrieron sitios que duraron años. Durante tan largos periodos de tiempo había que resolver problemas de pernoctación, alimentación y ocupación en la inactividad de un gran número de guerreros, muchos de ellos mercenarios. La solución consistía en la instalación de campamentos, verdaderas ciudades provisionales construidas con materiales livianos, en las que no podían faltar cocinas, comedores, mingitorios, botiquines, cuerpos de vigilancia y hasta, en ciertos casos, medios de distracción para hacer más llevadera la espera hasta que llegara el momento propicio para el ataque.
Podemos, pues, considerar como la primera forma de hospitalidad ambulante la autoproducida por los encargados de la intendencia al servicio de las expediciones militares. Las expediciones de mercaderes, de menos miembros que las militares, debieron imitar estas formas de hospitalidad ambulante. La posterior generalización del comercio provocó la aparición de servicios mercantiles de hospitalidad en las mismas ciudades visitadas, fueran de paso o de destino, como ya hemos dicho. En la antigüedad más remota no había alojamientos abiertos al público en sentido moderno que ofrecieran acomodación a los viajeros a cambio del precio estipulado, afirma Norval en la obra citada. Más aprovechable es la frase en la que el citado autor dice que a los extranjeros se les ofrecía hospitalidad de un modo generalizado por ser una obligación social y un gravamen público que gravaba a los súbditos. Quienes realizaban un viaje al extranjero no estaban seguros de encontrar un recibimiento agradable. Los extranjeros eran recibidos en el establecimiento y, al partir, se les preguntaba el nombre, el domicilio permanente y el objeto de la estancia. (Ver K. Lange: Die Geschichte des Gasthausgewerbes im Altertum. En: Stehle: Die Geschichte des Hotel- Restautation- und Kaffeehausgewerbes, p. 1, Tomo I, Heinrich Killinger. Norhausen am Harz. Ver también E. L. Sarkis: The Importance of the Hotel Industry. Tesis doctoral. Leyden, N. V. Boek- en Steendrukery Eduards Ijdo,1933). Muchos ricos de la Antigüedad competían entre sí ofreciendo libre hospitalidad a los extranjeros. En Grecia, entre el año 1000 y el 500 a. C. se hicieron acuerdos entre estados para realizar intercambios comerciales. Algunos de estos antiguos estados griegos construyeron hospederías estatales en las que los peregrinos comían y se alojaban libremente. Olimpia, por ejemplo, tenía una posada que fue construida por los lacedemonios en la que se ofrecía hospitalidad a los reyes y a los embajadores de los estados amigos con origen griego. También en la isla de Delos y en Delfi había posadas en las que se alojaban los extranjeros a expensas del estado. En los primeros tiempos del Imperio Romano las posadas se construían y gestionaban a expensas del estado y se destinaban a las necesidades de los funcionarios estatales y de los embajadores de los países extranjeros. (Norval, ob. cit. pp. 196 y 197)
En esta larga y documentada frase del profesor Norval se pone de relieve, por un lado, el rechazo primario que los habitantes de un país pueden sentir contra los forasteros, siempre unos desconocidos, en quienes veían posibles enemigos o, cuando menos, molestos alteradores de sus costumbres. La sustitución de los sentimientos de hostilidad ante el forastero por los de hospitalidad ha sido muy lenta y siempre ha quedado incompleta. La frase de Norval refleja también algo digno de ser resaltado, que la producción de servicios hospitalarios fue durante la Antigüedad una actividad atendida por el sector público. Las autoridades locales se vieron en la obligación de atender la acomodación nocturna de visitantes cuando su continuo crecimiento convirtiera en insuficientes las soluciones basadas en preceptos religiosos o en vagas obligaciones fiscales de los súbditos.
La asunción de la oferta de servicios de hospitalidad por parte del Estado vino impuesta por el crecimiento de las relaciones internacionales, tanto diplomáticas como culturales, militares, comerciales o religiosas en la Antigüedad tardía. Estas relaciones provocaron frecuentes intercambios de visitas de altos funcionarios públicos de unos países a otros. Nada tiene de extraño que el país anfitrión se encargara de dar satisfacción a las necesidades de sus huéspedes facilitándoles servicios de hospitalidad al nivel previamente establecido por el protocolo bilateral en vigor. Aun hoy sigue siendo frecuente. Los gobernantes se ocuparon de disponer tanto en los caminos como en los núcleos habitados instalaciones de apoyo para los viajeros en las que se facilitaban condiciones mínimas de alimentación, pernoctación y protección. Muchas de estas instalaciones eran, en ocasiones, meros cobertizos en las afueras de los poblados.
Como apoyo a las caravanas, se desarrollaron desde la Antigüedad servicios de hospitalidad conocidos como caravansary, caravansar o caravantserai, instalaciones financiadas por los gobernantes y concebidas para alojar a un gran número de personas de paso. El Diccionario de la Real Academia Española recoge en su última edición (la 22ª) la voz caravansar con esta acepción. Eran, como dice el arquitecto venezolano Ciro Caraballo Perichi en Hotelería y turismo en la Venezuela Gomecista (Corporación de Turismo de Venezuela. Caracas, 1993), edificios de grandes dimensiones, con una sola puerta, forma rectangular y cerrados sobre sí mismos que dejaban un corralón en el centro para las bestias. El caravantserai se inspiró en las instalaciones militares asiáticas llamadas ribats. En un caravantserai podía haber instalaciones de diferentes niveles de prestaciones, desde las dedicadas a los pobres de solemnidad hasta las que aseguraban un alto confort a los funcionarios y a los mercaderes adinerados. Un caravantserai podía integrar palacios y mezquitas. Los historiadores citan el ejemplo del caravantserai de Aliabad, construido en el siglo XIX entre Teherán y Qum, dotado de baños, tiendas, almacenes de mercancías y alojamientos de lujo para personajes de alto nivel, un claro y lejano precedente de los modernos establecimientos, tan frecuentes hoy en los países avanzados, establecimientos a los que George Ritzer califica como medios o catedrales de consumo (Ver su obra El encanto de un mundo desencantado, Ariel, Barcelona, 2000)
El anónimo autor de Viaje de Turquía se refiere a los carabanzas turcos al hablar de los mesones de Constantinopla en el siglo XVI: Mesones muchos hay que llaman carabanzas pero como los turcos no son tan regalados ni torrezneros (holgazanes) como nosotros, no hay aquel recado de camas ni de comer, antes en todo el camino no ví carabanzas de aquellos que tuviese mesonero ni nadie. (Son) unos hechos a modo de caballeriza con un solo tejado encima y dentro por un lado y otro lleno de chimeneas, y alto a manera de tablero de sastre, aunque no es de madera sino de tierra, donde se aposenta la gente, sin más cama ni recado, ni aun pesebre para los caballos, sino entre tantos compañeros toman una chimenea de estas con sus cadalsos, y allí ponen su hato sobre el cual duermen echando debajo un poco de heno. Una ropa aforrada hasta los pies lleva cada turco de a caballo en camino, la cual le sirve de cama. (Como) no hay huésped (la cebada para los caballos y todo lo que han menester lo encuentran en) mil tiendas que hay cerca del mesón que de cuanto hay les proveerán, que por la posada no pagan nada, que es una cosa hecha de limosna para cuantos pasaren, pobres o ricos. El autor termina su descripción haciendo referencia a su utilización de un carabanza: Hizimos nuestras camas y echámonos, no con menos frío que ahora hace, todos juntos, la alforja frailesca por cabecera y el tejado por frazada (ob. cit. pp. 463 a 465)
En las grandes ciudades islámicas había alojamientos llamados han muy parecidos a los caravanserai, y, como éstos, apostados en los caminos más transitados. Entre los más conocidos destaca el han de Estambul, construido en 1764. Más modestos eran los establecimientos llamados fondac. El aristócrata francés Charles de Foucauld (ver Viaje a Marruecos 1883 – 1884. Olañeta, Palma de Mallorca, 1998) describe el fondac como un vasto recinto cuadrado cuyo contorno está provisto en el interior de un cobertizo; los viajeros se instalan bajo este abrigo, y los animales se quedan en el centro: el dueño del lugar percibe una pequeña retribución por animales y personas; además vende cebada y paja. Los establecimientos de este tipo, raros en el campo, son numerosísimos en las ciudades; allí el cobertizo tiene encima un piso donde hay pequeñas celdas que se cierran con llave y que se alquilan a los forasteros; son las únicas hospederías que existen (ob. cit. p. 9)
Como se ve, el fondac se asemeja al caravantserai. También el fondac se ofrece a los que se desplazan en una caravana. Foucauld se refiere a un fondac situado en el camino de Tetuán a Fez en el que se hospedó como parte de los servicios convenidos poco antes con un mulero musulmán para que le condujera a Fez formando parte de su caravana, constituida por diez bestias de carga, el mulero y su hijo y un criado. Como Foucauld viajaba en compañía de un judío auténtico (lo aclara porque él iba disfrazado de rabino para encontrar mejor acogida) llamado Mardoqueo, (a quien había tomado a su servicio en Argel y conservó hasta su regreso a la ciudad de partida con el fin de que lo presentara como rabino, lo que formaba parte del disfraz que se vio forzado a adoptar para evitar inconvenientes en sus desplazamientos), la caravana estaba compuesta, además de las tres personas que formaban la tripulación, por tres pasajeros. (El pasaje aumentó en tres personas más al día siguiente). Esta es la descripción que hace Foucauld: El fondac donde estamos parece muy frecuentado; al atardecer se encuentran reunidos cerca de cincuenta viajeros; el patio está lleno; caballos, asnos, mulos y camellos se apretujan entremezclados con rebaños de vacas y ovejas (ob. cit. p. 9)
En los templos egipcios del Nuevo Imperio (1570 – 715 a. C.) había instalaciones orientadas al alojamiento de forasteros, en general nobles y mercaderes. Lo mismo acontecía en Grecia, donde había templos con zonas destinadas a la prestación de servicios de alojamiento.

Norval estudió la historia de los servicios hospitalarios apoyándose en trabajos de otros investigadores como L. Friedländer (Roman Life and Manners under the Early Roman Empire), Sthele y Sarkis (cuyas obras ya han sido citadas aquí). Norval se refiere al incremento de la demanda de servicios de hospitalidad al mismo tiempo que hace referencia a la localización de establecimientos y a la pésima calidad de sus prestaciones en la Antigüedad: Con la mejora de las condiciones económicas y con la expansión del comercio, la hospitalidad privada y la hostelería pública se demostró que eran inadecuadas. Los alojamientos públicos comenzaron a aparecer durante el Imperio Romano, localizándose a lo largo de las rutas comerciales y de las principales vías públicas. La mayor parte de estos alojamientos eran de tercera clase puesto que en ellos se atendían solo a las clases más pobres. Los alojadores tenían una mala reputación; para la policía tenían la misma consideración que los ladrones y los jugadores profesionales ya que eran mentirosos y tramposos, adulteraban el vino y robaban la avena del pienso de las caballerías de los huéspedes. Los alojamientos no eran a menudo más que prostíbulos, aunque en los lugares comerciales más concurridos y en los centros de recreo del litoral había hoteles bastante buenos. Por ejemplo, en Bernice, en el Alto Egipto, en el Mar Rojo, el mercado más importante para productos de la India y de Arabia, en el canal de Canobus y en Carura, en la frontera de Frigia y Caria, donde la primavera era muy cálida, había hoteles de lujo para gente rica. (Norval, ob. cit. p. 198)
La sociedad romana contaba con villas de recreo (las conocidas villae rusticae) en la campiña y en el litoral. Cornelia (siglo II a. C.), hija de Escipión el Africano, más conocida como madre de los Graco, se hizo edificar una lujosa mansión, como segunda residencia, en los alrededores de Roma, un claro antecedente de una costumbre que tantos seguidores tuvo en los siglos posteriores por parte de nobles y burgueses. El crecimiento de la riqueza que se dio en Roma después de las guerras púnicas benefició, sin duda, a las clases altas. Las villas de recreo y descanso proliferaron por los alrededores de Roma. Horacio, que no soportaba la ruidosa vida de la Urbe, huía de la ciudad para refugiarse en su modesta villa campestre, sobre todo cuando llegaban las Saturnalias, bulliciosas fiestas de fin de año reservadas al placer, la embriaguez, las orgías y los juegos. Durante estas fechas, eran muchos los romanos que se ausentaban de Roma. Lo mismo hacían, entre otros, Cicerón y Plinio el Joven. El primero se iba a su villa de Campania y el segundo se recluía en la casa que tenía en Laurentes.
Las ocasiones en las que los residentes en Roma preferían ausentarse de la ciudad eran muy numerosas, pero las que tenían para ir a Roma quienes no residían en la Urbe no serían menores. Los más ricos pasaban largas temporadas estivales en Tibur, Prenesta o Túsculum y, en invierno, en Tarento o en el golfo de Baias, lugares donde la vida se hacía durante la noche y el día se dedicaba a descansar de las diversiones nocturnas, un tipo de vida aparentemente incomprensible, en establecimientos a los que se iba en busca de la salud supuestamente perdida. Los balnearios antiguos, como los de hoy, integraban ya una abundante oferta de servicios de hospitalidad, diversiones y oportunidades de relaciones sociales.
La red viaria romana estaba relativamente bien provista de albergues privados, pero la mayor parte de las veces solo los ciudadanos medios, los comerciantes y los arrieros, paraban en ellos. Sus comodidades eran nulas. La comida se la preparaban los mismos huéspedes, lo que les obligaba a llevar consigo el menaje necesario. Los lechos estaban infectados de chinches y en las habitaciones, colectivas casi siempre, había ratones, mosquitos y arañas. Los albergues de los caminos carecían de higiene. Para colmo, la estancia en ellos no era segura.

Es comprensible, por ello, que los romanos pudientes no pernoctaran en los albergues, llamados hospitios, deversorios o camponas. Para sus desplazamientos, procuraban tener una red de villas en las que pernoctaban y descansaban uno o varios días cuando se desplazaban de un lugar a otro. Parece que Cicerón tenía varias residencias en el camino que utilizaba cuando iba de Roma a Campania. Como la fórmula es obviamente muy cara y no estaba generalizada, muchos romanos ricos tenían que acogerse a la hospitalidad de algún pariente o amigo, o pariente o amigo de aquellos. En sus desplazamientos, los romanos procuraban ir provistos de cartas de recomendación por si tenían necesidad de hacer uso de estos servicios no de mercado.
En el siglo V tuvo lugar la invasión de las provincias occidentales del Imperio Romano por los bárbaros, lo que precipitó una decadencia fulminante y generalizada. La actividad productiva quedó reducida a su mínima expresión y, con ella, los intercambios y las expediciones mercantiles, aunque no así las guerreras y las misiones religiosas. Los desplazamientos motivados por las crecientes relaciones entre los monasterios cristianos, que entonces empezaban a proliferar por las antiguas provincias romanas, compensaron la brusca disminución de la oferta, la mercantil y la no remunerada, de servicios de hospitalidad que la decadencia del Imperio había provocado. Pero ahora ya no se trataba, como antaño, de pésimos albergues solo aptos para mercaderes o arrieros, ni siquiera de alojamientos de lujo en balnearios para patricios aburridos, sino de sobrios cenobios y austeros refectorios de los monasterios, conventos y abadías de la cristiandad. Muchos de ellos contaban con albergues destinados a cumplir con la misericordia de dar posada al peregrino durante algunos días. Proliferaron las órdenes monásticas dedicadas a estos menesteres, llamadas por eso hospitalarias.
Graziano Gasparini y Luise Margolies (ver Arquitectura inka. Universidad Católica de Venezuela. Caracas, 1977 citado por Ciro Caraballo, ob. Cit.) se refieren al tambo, una instalación propia de la cultura tiwanakota de los Andes (siglo VII d. C.), construida y gestionada por los gobernantes para dar alojamiento a emisarios, mercaderes, guerreros y funcionarios. Los tambos se localizaban en los caminos, a distancias regulares unos de otros, lo mismo que los caravantserai asiáticos y africanos y las casas de postas de los países europeos. Los incas desarrollaron el viejo modelo de albergue caminero hasta convertirlo en un claro antecedente de los actuales resorts norteamericanos ya que, como éstos, eran verdaderos centros urbanos con todos los servicios necesarios para realizar estancias pasajeras.
Durante los oscuros siglos que transcurrieron en Europa hasta los albores del Renacimiento puede decirse que la única oferta de servicios de hospitalidad era la que procedía de los monasterios cristianos. Estos servicios religiosos respondían a una práctica piadosa recomendada por las tres religiones monoteístas, judía, cristiana y mahometana, y fueron suficientes para atender la escasa demanda existente durante varios siglos. Los nobles pudieron seguir acogiéndose a la hospitalidad de sus iguales, como en el pasado, lo mismo que las altas jerarquías eclesiásticas. Por su parte, los monjes y el bajo clero se acogían a la hospitalidad de los monasterios, disponible también para los escasos legos que se atrevían a desplazarse de un país a otro.
Marco Polo, al hablar de los mensajeros que había en el país de los mogoles en el siglo XIII, se refiere a la existencia de postas de caballos en Asia con estas palabras: en cada una hay un grandísimo y hermoso palacio en el que se alojan los mensajeros del gran señor (…) y en ellas no hay menos de cuatrocientos caballos que el gran señor ordena permanezcan siempre estabulados en ellas y prestos para los mensajeros. (...) Para los mensajeros que han de recorrer lugares deshabitados, el Gran Kan ha mandado construir esas postas más distanciadas o cada treinta y cinco millas o cada cuarenta millas. Los palacios (de las postas) son también más de diez mil y están dotados de tan rica impedimenta como os he dicho. ( pp. 167 y 168, Ob. cit.) Era un modelo similar al tambo incaico, que se repite en los países europeos y en la Norteamérica de los siglos XV al XIX. No cabe duda de que estamos ante una fórmula común a culturas muy diferentes.
Michel de Montaigne (1533 - 1592) ofrece su visión del estado en el que se encontraba en Europa la oferta de servicios hospitalarios durante el siglo XVI en su obra Diario del viaje a Italia (Ver la edición bilingüe de Miguel Marinas y Carlos Thiebaut publicada conjuntamente por el CSIC y Editorial debate. Madrid, 1994) El viaje lo hizo entre el 22 de junio de 1580 y el 30 de noviembre de 1581. La obra aporta datos sobre servicios de alojamiento y comida que permiten saber que, aunque con deficiencias, ya había en el citado siglo establecimientos mercantiles en manos privadas dedicados a la prestación de estos servicios como complemento a la oferta de los monasterios. Cito varios casos porque creo que su testimonio es harto valioso:
Baños de Plombieres. Los baños se encuentran en los confines de la Lorena y Alemania, en una vaguada. Eran muy frecuentados por bañistas alemanes, sobre todo durante el mes de mayo. También los franceses acudían masivamente. Montaigne se hospedó en El Angel, hospedaje muy próximo a los baños y el mejor de los existentes, con habitaciones privadas, confortables pero no lujosas. La pensión completa y varias habitaciones le costó 15 sueldos diarios fuera de temporada (septiembre), aunque en temporada alta (mayo) le habría costado 1 escudo diario, lo que le pareció barato. El hospedaje tenía un buen servicio de cocina y venta de leña para alimentar el fuego de las chimeneas de las habitaciones. Montaigne anotó que el vino y el pan eran malos. También hace referencia a las ordenanzas de los baños expuestas en carteles en alemán y en francés sobre la normas de higiene, conducta y seguridad que debían seguir los bañistas. Su estancia en Plombieres fue de 9 días.
Basilea. A fines de septiembre de 1580, Montaigne y su séquito llegan a esta hermosa ciudad suiza a orillas del Rin famosa por sus excelentes vinos. Allí se aloja en un albergue que ocupa una gran mansión de la ciudad donde comprueba que nunca hay cortinas en las camas y siempre hay tres o cuatro camas pegadas unas a otras en la misma habitación, lo que habla elocuentemente de su extremada falta de privacidad. Las habitaciones eran sucias pero la comida le pareció buena, sobre todo el pescado. No tuvo necesidad de aguar los vinos porque son ligeros y jóvenes. Los criados se sientan a la mesa con los señores. Se mezclan diversas carnes a la vez, a veces unas sobre otras, pero los platos están bien presentados y son de madera. Para beber emplean jarras de plata. Las comidas duran tres o cuatro horas ya que comen con poca prisa viandas sanas, muy bien aderezadas. El viernes guardan una estricta vigilia en las comidas. Los vinos son buenos y la carne y el pescado abundantes. Los caballos tienen pienso en abundancia. El mismo hospedero sirve de intérprete en sus conversaciones con otros huéspedes. La camas son tan altas y que subir a ellas con escaleras. Bajo ellas hay otras camas más pequeñas. Los precios son tan altos como en París.
Baden. Llega a los baños de esta ciudad suiza cercana a Zurich a primeros de octubre. En este lugar se celebran frecuentes reuniones principescas. Se aloja en una hospedería cercana a los baños, junto al torrente Limaq. Los baños descubiertos solo los usan los bañistas pobres. Los baños cubiertos, a los que llegan canalillos de agua caliente, están en el interior de las casas y se alquilan junto con el servicio de habitaciones He aquí un ejemplo de programa de estancia basado en servicios de salud combinado con servicios de hospitalidad elaborado por el mismo empresario del lugar visitado. Resalta que hay magníficas hospederías. En la que se hospeda hay capacidad para 300 comensales, 70 camas, 17 salas con estufa, 11 cocinas y 50 habitaciones amuebladas. Los bañistas suelen estar cinco o seis semanas y son mayoritariamente alemanes, los cuales llegan a Baden en grandes multitudes, una referencia clara a lo que hoy llamamos turismo de masas y algunos creen que es exclusivo de nuestro tiempo. La temporada alta coincide con los meses de verano. Los baños de Baden funcionan desde muy antiguo. El historiador romano Tácito se refiere a ellos. Los albergues son establecimientos públicos explotados por concesionarios. El precio de la estancia le resulta a Montaigne tiránico, como en todas las naciones, con los extranjeros. Pagó por 4 habitaciones con 9 camas, 2 estufas y un baño la suma diaria de 1 escudo por él mismo, 9 sueldos por cada sirviente y 14 por los caballos, además de alguna cantidad adicional por otros servicios que no especifica añadiendo que de un modo abusivo.
Montaigne anota en su Diario numerosas observaciones de este tenor a través de las cuales nos podemos hacer una idea sobre la situación de la oferta de servicios de hospitalidad en varios países europeos (Francia, Suiza, Alemania e Italia) durante el siglo XVI. Aunque, en general, los comentarios son negativos, se atisba en ellos el despertar de un sector de actividad que estaba llamado a alcanzar niveles de calidad espectaculares tres siglos más tarde. Aunque evolucionó tan lentamente durante tanto tiempo que puede decirse que durante varios siglos estuvo estancado en los niveles que refleja el Diario de Montaigne. En la obra de Alfredo Alvar Vida cotidiana en la España de Velázquez (Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1994. Véase el capítulo VI: Viajes, posadas, caminos y viajeros) puede leerse esta frase extraída del viaje a España de Brunel en 1655: Muy pronto nos fue preciso aprender a viajar a la moda del país, que es ir a comprar en diversos lugares lo que se quiere comer. En cuanto se ha llegado a la posada, se pregunta si hay camas y después de haberse provisto de ellas es preciso o dar la carne cruda que se lleva a cocer o ir a comprarla a la carnicería. Cuando se está en la taberna es preciso ir a comprar el pan, el vino y los huevos, porque todo eso está separado y no es permitido más que a los que han adquirido el derecho a venderlo. Da pena ver esas tabernas; puede darse uno por bastante comido cuando se ha visto su suciedad. (Alfredo Alvar, ob. cit. pp. 123 y 124)
Brunel no hace sino reflejar un estado de cosas que, concretamente en España, obedeció a la existencia de monopolios para la venta local de algunos alimentos perecederos desde el siglo XV. Aunque Felipe II autorizó a algunos posaderos suministrar alimentos y bebidas a sus huéspedes y piensos a los jumentos, lo cierto es que los corregidores siguieron dictando providencias que convertían esta práctica en delito en numerosas ciudades. Esta es la razón que explica que, cuando un forastero llegaba a una posada y pedía algo para comer y un lecho para descansar, éstas no tuvieran más que un poco de pan y vino y unas pobres camas cuyas sábanas y colchones podían estar tan sucias que no animaban al huésped a desprenderse de la vestimenta, dicho sea parafraseando a Brunel (ver Alfredo Alvar, obra citada, p. 124)
España fue célebre durante largos siglos entre los viajeros por su descomunal falta de hospitalidad. El caso de España, aun siendo extremo si lo comparamos por ejemplo con Francia durante los mismos siglos, no refleja sino una situación generalizada que, con sus más y sus menos, se caracterizaba por la escasez, la ruindad y los precios abusivos.
La oferta de servicios de alojamiento de calidad en las ciudades europeas del siglo XVI estaba atendida por el alquiler de residencias palaciegas. Stendhal cuenta en Crónicas italianas que el príncipe Paolo Orsini decidió pasar una larga estancia en los baños de Albano, cerca de Padua, entonces dependiente de la República de Venecia, con la que la casa Orsini estaba unida por servicios recíprocos. Para ello, alquiló tres palacios: uno en Venecia, el palacio Dandolo, en la calle de la Zecca; el segundo en Padua, el palacio Foscarini, sito en la bellísima plaza denominada de la Arena; el tercero lo eligió en Salo, junto a la deliciosa orilla del lago de Garda. Este último había pertenecido antiguamente a la familia Sforza Pallavicini. Pero también había mesones que daban servicios de hospitalidad pagados por persona y día, algunos de calidad alta. Pondré como ejemplo los que cita el autor anónimo de Viaje de Turquía: Dos mesones tiene (Milán) insignes, adonde cualquier príncipe se puede aposentar que los llaman osterías: la del Falcón y la de los Tres Reyes. Eran establecimientos que integraban el alojamiento y la refacción, dos servicios hospitalarios que habitualmente se vienen prestando conjuntamente por un precio global. En el caso de los mesones citados, la comida y la pernoctación por persona y día incluida la estabulación y el pienso de la cabalgadura era a mediados del siglo XVI de cuatro reales y medio. Pedro de Urdemalas nos informa, además de que: No paga más el señor que el particular porque no le dan más sea quienquiera ni hay más que le dar. En cada (mesón) hay un escribano que tiene bien en que entender en tomar dineros y asentar el día y hora en que vino (el huésped). Y ansí allí como en toda Francia bien podéis descuidaros del caballo, que os le darán todo recado y os le limpiarán y no harán la menor traición del mundo. Por allá no hay paja sino heno, ni cebada sino avena.
Especial interés tienen los datos que siguen sobre el personal al servicio de un mesón de cierto nivel hace cuatro siglos y medio: Tiene seis criados de caballeriza que en ninguna otra cosa entienden sino en dar de comer al caballo, y otros tantos de mesa que sirvan, y otros tantos cocineros, y otros tantos despenseros. El dueño del mesón retribuía al personal en especie dándoles la comida. Los trabajadores obtenían un complemento monetario por la “buena andada”, es decir, que por los servicios que hacen a los huéspedes, quien les da un cuarto y quien una tarja, y habiendo tanto concurso de huéspedes es mucho, cada día tocaba 50 escudos uno con otro, que es gran cosa. (ob. cit. pp. 607 a 609)
Esta forma de remunerar el trabajo del personal al servicio de los establecimientos de hospitalidad aun sigue en vigor en algunos países.
Durante el largo periodo de tiempo comprendido entre la decadencia del Imperio Romano y el Renacimiento, quienes necesitaban servicios de hospitalidad en Europa tenían que recurrir a sus amigos o a los monasterios. Como dice el sociólogo alemán Hans-Joachin Knebel (Ver su obra Sociología del turismo. Cambios estructurales en el turismo moderno, traducción al castellano de J. M. Núñez Espallargas, Editorial Hispano Europea, Barcelona, 1974. La obra original es Soziologische strukturwandlungen in modernen Tourismus, Ferdinand Enke Verlag, Stuttgart, 1960): Cada uno solicitaba u ofrecía el derecho de hospitalidad a los de su mismo rango. El aprendiz de un determinado oficio pernoctaba con los maestros de su gremio, el estudiante con sus conmilitones o profesores, el comerciante en las casas o patios de sus colegas mercaderes. Los primeros alojamientos abiertos a todas las clases sociales fueron los de las instituciones benéficas de los monasterios que servían de albergues de peregrinos, aunque con el tiempo predominaron cada vez más los motivos económicos en su apertura.
La baja demanda de servicios de hospitalidad existente durante la Edad Media era atendida por la oferta de instituciones sin fines de lucro. La demanda no justificaba la apertura de establecimientos privados dedicados a ofrecer servicios de hospitalidad. Los pocos que había eran de pésima calidad, como ya hemos dicho. El progresivo aumento de la demanda que trajo consigo la reactivación de la economía que siguió a los grandes descubrimientos del siglo XVI, provocó un creciente interés por parte de la iniciativa privada. Surgieron ventas y posadas en las rutas más concurridas, que fueron también las que recibieron las primeras atenciones para mejorarlas por parte de los gobernantes. Según Werner Sombart (1922), al aumentar el tráfico en los caminos reales europeos, se inició el desarrollo de una red relativamente densa de albergues, posadas y hoteles en pequeñas y grandes ciudades. Las más famosas eran las llamadas posadas de postas, establecimientos que ofrecían a los pasajeros de diligencias, a los caminantes y a los caballeros servicios de descanso, refrigerio, pernoctación y comida, así como alquiler o cambio de montura y estabulación y pienso para los caballos. Hasta el siglo XVIII no se ponen las bases en Europa para el desarrollo del moderno negocio de la hospedería comercial (Ver H. J- Knebel, ob. cit. La cita de Sombart hecha por Knebel está tomada de la obra Der moderne Kapitalismus, Munichs – Leipzig, 1922, vol. II, p. 271).
Las hospederías europeas de los siglos XVII y XVIII diferían sustancialmente de las de tipo han, existentes desde siglos atrás en las ciudades asiáticas. En Europa no había hospederías estatales con servicios integrados. Abundaban, por el contrario, las hospederías en viviendas familiares, improvisadas y de reducida capacidad, de propiedad y gestión privada, atendidas por el posadero y su familia, sin preparación alguna para el servicio. Las habitaciones eran, por regla general, compartidas por varias personas. No había cuarto de baño ni retretes. Desde mediados del siglo XX proliferan de nuevo en los países europeos los servicios de alojamiento de este tipo no profesional adoptando denominaciones muy variadas (bed and brekfast y cottage en Inglaterra, maisons ruraux en Francia, ecotourism en USA, casas de aldea o de turismo rural en España, agriturismo en Italia etc., como respuesta al interés mostrado por los residentes en grandes ciudades por la llamada cultura rural, en fase de profunda reestructuración desde la segunda guerra mundial. Los caminos europeos tenían casas de postas en las que hacían escala las diligencias y en las ciudades empezaron a abundar las posadas desde mediados del siglo XVIII. El escritor francés Gustave Flaubert realizó en 1847 un viaje por la Bretaña acompañado de su íntimo amigo Maxim du Champ. En su obra Viaje a Bretaña, Flaubert, todavía en plena fase romántica (tenía menos de veinte años cuando hizo este viaje), describe con nostalgia las viejas posadas europeas: Nosotros soñamos con aquellas noches en posadas antiguas, con las confusiones de camas, el soplo de las velas en los pasillos, el alboroto de las sirvientas, el posadero diciendo juramentos, la posadera gritando. Es la misma sensibilidad que hoy tiene el urbanita frente a los establecimientos que se abren en pequeñas aldeas y en granjas campesinas.
Las posadas inglesas (inns) aparecen a fines del siglo XVII. Eran establecimientos comerciales dedicados a prestar servicios de hospedaje (alojamiento y refacción) a los forasteros y supusieron un notable avance. Ofrecían habitaciones individuales, lo que en su día fue una valiosísima aportación, y que, al generalizarse, marcaron el umbral de calidad. El término inn se usa en Inglaterra para formar las expresiones inns of Courts (edificios londinenses propiedad de las cuatro sociedades que detentaban los derechos de admisión de quienes aspiraban a ejercer la abogacía) y inns of Chancery (también edificios londinenses que se utilizaban como residencia de los estudiantes de derecho gestionados por sociedades autorizadas). En ambos casos se trataba de la hospedería integrada en instituciones relacionadas con la enseñanza, similares a los internados docentes y a los llamados en España Colegios Mayores. Las posadas inglesas constituyen el más avanzado modelo de la época artesanal de la hospedería y un precedente del modelo hôtel que se desarrolló en Francia a fines del siglo XVIII, el que marcó el nacimiento de la hotelería del siglo XIX, imitado hasta la saciedad desde entonces en todos los países del mundo, convertido en arquetipo universal.
Nunca el hotel se limitó a dar servicios de alojamiento. Lo habitual ha sido siempre que integre la prestación de servicios de refacción y otros servicios. En el siglo XIX ya integraba servicios de lavado de ropa, salas de lectura, peluquería, comercio especializado, instalaciones deportivas, salas de reuniones, congresos y exposiciones. El hotel es un tipo de establecimiento que, aunque ha conservado su nombre primitivo, es desde hace tiempo una empresa integrada de numerosos y variopintos servicios ofrecidos tanto a los forasteros como a los residentes.
La revolución industrial alteró la economía mundial y generó una trepidante movilidad al intensificarse las relaciones comerciales entre diferentes países, sobre todo europeos y norteamericanos. Eran todavía los años de la diligencia y las casas de postas, de los mesones camineros y las ventas pensadas para facilitar los largos viajes a través de regiones poco pobladas, pero también el inicio de profundos cambios en la prestación de servicios hospitalarios. Los nuevos alojamientos se inspiraban, en parte, en el modelo inglés de las inns, y estaban localizados con frecuencia en ciudades portuarias, al servicio de las necesidades surgidas por el desarrollo del transporte marítimo. Destacaba en estos tiempos el Hotel Dessein, en Calais, que contaba con grandes salones, oficinas, jardines y tiendas de artículos de lujo. Con respecto al modelo anterior, el alojamiento moderno dejó de estar integrado o inspirado en modestas viviendas familiares urbanas y adoptó el modelo de los lujosos palacios de la aristocracia francesa. Hôtel es el nombre que se da en Francia a mansiones de lujo. Hôtel de Ville se llama en Francia a la Casa Consistorial. La Revolución Francesa había provocado la huida de los aristócratas y el abandono de sus mansiones. La burguesía emprendedora no tardó en adquirirlos para dedicarlos a vivienda propia, si podía, o a la prestación de servicios hospitalarios de lujo, orientados precisamente a la realeza, a la aristocracia residual y a la alta burguesía emergente. El término hotel se universalizó, perdió su significado original y quedó reservado para designar un hospedaje de lujo.
Según Gerold Meyer (ver Geografía de la Confederación Helvética, Zurich, hacia 1838 – 39. Cit. por Knebel, ob. cit.), hacia la década de los treinta del siglo XIX, había en Suiza solo 459 pensiones y posadas con servicio decoroso. Entre la crisis de 1874 y la segunda década del siglo XX, se asiste en Europa al primer “boom” de la industria hotelera, animado por la febril expansión de las inversiones en el transporte ferroviario, a las que me referí en el capítulo I. André Siegfried (ver Ver Aspectes du XXe Siècle. Hachette. París, 1955. Cap. V: L´âge du tourisme, p. 107), que distingue tres etapas o periodos en el desarrollo de la industria de servicios de hospitalidad: el artesano, el mecanizado y el administrativo, afirma que el primero no queda cerrado hasta bien entrado el siglo XX. Como ya he dicho, el hotel es una innovación francesa. Adoptó el mismo nombre que tenían los palacetes de la aristocracia en los alrededores de París y otras ciudades. Pero además del nombre se imitó el estilo de los lujosos hoteles de la nobleza, así como su habitual servidumbre (cocineros, camareros, doncellas, cocheros, etc.). El diccionario de Manuel Amador, editado por Sopena, Barcelona, 1964, da como significado del término francés hotel palacio, morada suntuosa de un personaje de distinción. Con este significado se utilizaba el término como galicismo en España para referirse a una vivienda aislada y de lujo. Al generalizarse su uso para designar un establecimiento comercial dedicado a la prestación de servicios de alojamiento y refacción, en vez de hotel para referirse a una vivienda aislada se prefirió usar el diminutivo “hotelito”, ahora con el significado de vivienda de clase media. La invención, que revolucionó la prestación de servicios de hospitalidad, se originó en la segunda mitad del siglo XIX. Su desarrollo es concomitante con la expansión del ferrocarril, en cuyos servicios se apoya.
El suizo Edmond Guyer – Freuler, experto en administración y gestión hotelera, publicó en 1874 la obra Das Hotelwesen der Gegenwart, en la que afirma que un hotel es la forma de prestación de servicios de alojamiento (…) ejecutada con personal adiestrado y en edificios especiales dotados de instalaciones adecuadas. Fueron los empresarios hoteleros ingleses los que optaron por ofrecer sus servicios en edificios proyectados expresamente para este fin mientras los países del continente seguían aferrados a la restauración de antiguos palacios. El método terminó por imponerse. Desde entonces casi todos los hoteles son objeto de proyectos arquitectónicos ad hoc en la línea que recoge la cita de Guyer – Freuler. De esta forma pudieron incorporar espacios e instalaciones no habituales junto a los servicios básicos y clásicos de refacción y alojamiento (salones, biblioteca, jardines, espectáculos y tiendas, entre otros)
Como ya he dicho, los servicios de alojamiento eran prestados hasta entonces por personal sin adiestrar y en instalaciones improvisadas. Con la aparición del hotel se entra en una etapa caracterizada por la prestación de servicios de refacción y alojamiento a través de modernas empresas mercantiles, en las que continuamente se integran y ofrecen nuevos servicios mercantiles a los huéspedes. Aunque en los primeros momentos muchos de ellos siguieron en manos familiares, pronto pasaron a las de poderosas y dinámicas sociedades por acciones, muchas de ellas de carácter transnacional. La etapa artesana a la que se refiere Siegfried dio paso a la aparición de la moderna fórmula hotelera. Los empresarios de estos establecimientos se dirigieron con ellos a la burguesía acomodada que surge en Europa gracias a la primera revolución industrial, cuyos miembros ansiaban distinguirse imitando las costumbres y el nivel de vida de la aristocracia. Sin embargo, los primeros hoteles tenían todavía serias deficiencias si los comparamos con los actuales. Los hoteles, alojamientos de lujo, reflejaron el concepto del lujo imperante en la época.
En la primera generación hotelera destacan el Great Western Hotel, en las proximidades de la estación de Paddington, el Great Northern Hotel, en la terminal ferroviaria de King Croos, y el Grosvenor Hotel, cerca de la estación Victoria, todos ellos abiertos a mediados del siglo XIX en Londres. Los primeros hoteles estaban orientados, en general, a un tipo de clientela muy concreto, el viajero de paso. Los hoteles para clientes que buscaban estancias de cierta duración se inspiraron en las hospederías de los balnearios de aguas termales, pronto dotadas de las comodidades propias del modelo hotelero.A fines del siglo XIX, era ya frecuente encontrar hoteles de este tipo en algunos países europeos y norteamericanos. El ya citado André Siegfried se refiere a ellos en Aspectes du XXe Siècle (Hachette, París, 1955) como establecimientos con espaciosas habitaciones, iluminados con velas, con estufas o chimeneas, sin agua corriente ni cuarto de baño, tan solo alguna jofaina y cubos en los que se echaba el agua usada, dice Siegfried, que añade que los ingleses, pioneros de la higiene personal que practicaban ya en el siglo XIX, llevaban con ellos sus bañeras (las había de goma plegables); el Príncipe de Gales, el futuro Eduardo VII, ¡hacía traer de fuera una bañera!. Los clientes no se quejaban de un confort rudimentario y no se extrañaban que no hubiera agua corriente, algo que ya era indispensable para los americanos. Era la sociedad victoriana la que marcaba el tono (ob. cit. pp. 108 y 109). En el comedor había una gran mesa redonda de uso colectivo (table d´hôtel en francés). También tenían biblioteca y salón social.
Siegfried se refiere a los comentarios que Alphonse Daudet hace en Tartarin sur les Alpes sobre el famoso hotel Righi – Kulm, especializado en clientela de alpinistas, con un comedor con capacidad para seiscientos comensales, una inmensa table d’hôtel y un salón de lectura con divanes circulares.
Las compañías ferroviarias incorporaron desde muy pronto dos tipos de vagones especiales a los grandes expresos: el coche restaurante y el coche cama. Los primeros en ofrecer estos servicios fueron los empresarios norteamericanos quienes, en 1867, fundaron la “Pullman´s Palace Car Company”, empresa que, en el llamado vagón señorial proporcionaba a los pasajeros habitaciones privadas para dormir, comer o entretenerse durante los largos desplazamientos. La fórmula fue imitada en 1872 por los alemanes y, en 1876, por los belgas, que, en dicho año, crearon la Compagnie International des Wagons – Lits. El llamado hotel sobre ruedas de las compañías ferroviarias alemanas fue completado en 1880 con un vagón comedor que entró en servicio en 1896. En 1916 se fusionaron las compañías alemanas de coches - cama y coches -comedor en la empresa “Mitropa”, precedente de la Deutsche Schlafwagen und Speisewagen Geselschaft de Alemania.
Las empresas de transporte trasatlántico de pasajeros fueron las primeras ofrecer a bordo servicios de refacción y pernoctación. Muchas de ellas incorporaron servicios hoteleros con el lujo de los hoteles más lujosos, como muestra el ejemplo del Titanic, el más moderno, lujoso y seguro trasatlántico de su época, que tuvo la desgracia de naufragar en su primer viaje (1912)
Ya me he referido a los hoteles “términus” de mediados del siglo XIX y a los hoteles integrados en los balnearios de aguas termales o medicinales, encargados de atender la pensión alimenticia, la pernoctación y el entretenimiento de los agüistas. Knebel (ob. cit.) se refiere a la existencia de tres tipos de balnearios, los de aguas medicinales, los de mar y los de curas de aire. Todos ellos se asociaron para la defensa de sus intereses y dedicaron recursos a la investigación científica para luchar contra la creciente competencia en 1910. El hotel de los balnearios solo se distingue del de las ciudades por la estancia más prolongada de sus visitantes y por no estar tan directamente condicionado al tránsito de la estación del ferrocarril. Como hotel de primera categoría tenía clientes pertenecientes a una capa social que no podía permitirse descender a hospedarse en establecimientos de segunda clase, (razón por la que) estos hoteles (llegaron) al borde de la quiebra tras la Primera Guerra Mundial. La crisis de los hoteles de balneario dio paso a lo que Knebel llama un nuevo estilo de hotel, el hotel deportivo, moderno y pequeño hotel con todas las comodidades que suplantó casi en todas partes al del antiguo balneario. Nos encontramos así ante una evolución que amenazaba al gran hotel de las ciudades y que, en cambio, favorecía a la pequeña y olvidada pensión, caracterizada no por las actividades sino por la calma y la atmósfera personal.
La culminación de la primera generación hotelera corrió a cargo de la aportación realizada por un empresario suizo innovador, César Ritz (1850 - 1918). El primer hotel que llevó su apellido abrió sus puertas en la Place Vendôme de París, en 1898. En pocos años, la empresa se convirtió en una cadena de hoteles de gran lujo con establecimientos en las principales ciudades del mundo. Alfred Siegfried (ob. cit.) cuenta que César Ritz se familiarizó en el hotel Splendide con los problemas típicos de los hoteles de lujo ¿Por qué no hay aquí agua helada ni cuarto de baño?, dijo delante de él un americano, y la observación fructificó en la fértil imaginación de este mâitre de hotel nato. En 1874, Ritz era mâitre de hotel en el Righi – Kulm, en los Alpes suizos, donde conoció al famoso animador hotelero suizo, el coronel Pfyffer d’Altishofen, el fundador del Gran Hotel Nacional de Lucerna, de reputación europea. Se dice que D’Altishofen oyó contar lo que sucedió con motivo de la avería de la calefacción poco antes de que llegara al hotel un grupo de cuarenta americanos muy ricos. La ingeniosa solución que Ritz dio al problema hizo que D’Altishofen le confiara la dirección del Hotel Lucerna, lo que constituyó el inicio de una fulgurante carrera. No solo como mâitre de hotel sino también como organizador, creativo y animador de los más grandes establecimientos de lujo de la época, Ritz renovó totalmente la industria hotelera. Trabajó en el National de Lucerna, el Roches- Noires de Trouville, el Grand Hotel de Baden – Baden, el Frankfurter – Hof, las Termas de Salso – Maggiores, la Villa – Hygeia de Palermo, el August – Victoria de Wisbaden, el Iles Britaniques de Menton… Fue en Inglaterra donde ocupó el puesto más importante de su carrera. Invitado por el propietario a dirigir el restaurante, Ritz llegó a ser su director en 1889, puesto en el que permaneció hasta 1898. Por iniciativa de Ritz se construyeron los hoteles Carlton de Londres y Ritz de París con capital inglés. Como culminación de su extraordinaria carrera se construyeron bajo su dirección hoteles Ritz por todas partes, en Madrid, en El Cairo, en Johannesburgo
Los hoteles de lujo de principios del siglo XX no eran como los actuales. A pesar de que se tenían por hoteles de lujo, no todas las habitaciones tenían cuarto de baño privado, un servicio que pasó a constituir años más tarde el umbral de calidad hotelera inexcusable. Un hotel Ritz se convirtió en sinónimo de establecimiento de gran lujo en el que uno puede alojarse con los ojos cerrados porque la marca es indiscutida, comentaba Siegfried, quien pudo haber resaltado la novedad que supuso la aparición de una oferta de servicios de hospitalidad con “marca” comercial, a imitación de las ramas de producción transformadoras. Los hoteles dejaron de ser exclusivamente establecimientos limitados a la producción de servicios de hospitalidad para iniciar o si se quiere retomar la integración de otras líneas productivas en el mismo establecimiento (atracciones, distracciones, congresos, juegos, tiendas, excursiones, espectáculos, deportes, enseñanza, ferias, exposiciones….) Después de la revolución de Ritz, un hotel es, decididamente, un establecimiento donde, además de comer, beber, dormir y descansar, es posible reunirse, hacer amistades, comprar objetos de lujo, practicar deportes y tener reuniones científicas y de negocios, entre otras muchas actividades.
Durante los primeros años del siglo XX se construyeron en muchas ciudades europeas y americanas numerosos grandes hoteles. Ya he hablado del Hotel Ritz de Madrid. A principios de siglo, cuando el rey Alfonso XIII contrajo matrimonio, la ciudad carecía de hoteles adecuados para ofrecer hospedaje a personalidades de alto rango. Fue la constatación de esta carencia lo que llevó a la construcción del Hotel Ritz en una parcela de más de trece mil metros cuadrados, junto al Museo del Prado, con el apoyo directo del rey. El proyecto se encargó al arquitecto británico Charles Newes, que ya había proyectado otros hoteles Ritz en Londres y París. Newes estuvo directamente asesorado por César Ritz. El Ritz de Madrid es, sin duda, un hotel maravilloso hecho por un hotelero para un hotelero. Las obras duraron 15 meses y el día 2 de octubre de 1910 se inauguró con la presencia de los reyes. Tenía 180 habitaciones y al menos un cuarto de baño y una cabina telefónica en cada piso.
El mismo año de la inauguración del Ritz se tomó la decisión de construir un nuevo hotel de lujo en Madrid, el Hotel Palace. El proyecto lo hizo el arquitecto Ferrés, ganador del concurso convocado por la Oficina Técnica del Palace de Bruselas. León Monneyer y los ingenieros de la Empresa Marquet modernizaron el proyecto e incluyeron un jardín de verano y otro de invierno. Las obras se encargaron a la casa Monneyers et Fils. El hotel quedó terminado en 15 meses y se inauguró en 1912.
La segunda revolución hotelera tuvo lugar en los Estados Unidos hacia la tercera década del siglo XX. Se inicia con ella la época de las grandes firmas transnacionales y alcanza su apogeo el uso de marcas. Los hoteles norteamericanos siguieron la pauta inglesa de elaborar un proyecto específico y, a diferencia de los hoteles continentales europeos, fueron siempre de gran tamaño. Los hoteles siguieron sin limitarse a la prestación de servicios hospitalarios. El hotel americano añade al alojamiento cuatro refacciones diarias incluidas en el precio. Este sistema tarifario es mundialmente conocido como AP, las iniciales de la expresión “American Pension”. Se orientaron también a la demanda de residencia permanente de residentes y se especializaron en alta restauración, celebración de fiestas de sociedad y de empresa, sin olvidar la importante función de lugar de encuentro que muchos hoteles emblemáticos cumplen en las ciudades. El hotel es un centro destacado de la vida social en muchas ciudades norteamericanas.

Los hoteles americanos se caracterizaron también desde muy pronto por las llamadas “suites”, apartamentos de dos o más habitaciones con baño pero sin cocina para huéspedes fijos o de largas estancias. Muchos industriales, profesionales, políticos, escritores y actores de gran éxito optan en Estados Unidos por vivir permanentemente o durante largas temporadas en un hotel. El hotel de la ciudad de Richmond, Virginia, puede que fuera el primero que adoptó este modelo, a fines del siglo XVIII. Un siglo más tarde, la ciudad de Nueva York, en la que existen grandes hoteles que pueden ofrecer hasta 400 habitaciones, podía alojar 200.000 transeúntes y 100.000 estables, según N. Pevsner (ver A History of Building Tipes. Princenton University Press, New Jersey, 1970) quienes estén interesados por el proceso hotelero neoyorquino pueden consultar la obra de Batteberry On the Town in New York. Las aportaciones norteamericanas a la moderna hotelería son numerosas, y hoy por hoy, universalizadas, tanto en materia de diseño arquitectónico como en el campo de la gestión. Los hoteles de los Estados Unidos marcan desde hace más de un siglo las pautas a seguir en esta industria. La marca Westin se creó en 1930 en Estados Unidos. En 1946 introdujo el pago con tarjeta de crédito, fue la primera empresa hotelera que instauró el servicio de habitaciones durante las 24 horas del día y el servicio telefónico de buzón de voz.
A principios de 1947, la escritora francesa Simone de Beauvoir estuvo en Estados Unidos invitada por numerosas universidades. Beauvoir reconoció en 1954 que el suyo fue un viaje de placer, según cuenta en América día a día. Diario de viaje (Mondadori, Barcelona, 1999) Su estancia en USA fue de cuatro meses. Tuvo, pues, tiempo de conocer numerosos estados y muchas ciudades, pero, sobre todo, Nueva York y Los Angeles. Sus comentarios sobre los hoteles americanos son especialmente significativos: En Nueva York el exotismo del lobby hotelero me aturde. Expendiduría de periódicos y puros, Western Union, salón de peluquería, writing –room con taquígrafos y mecanógrafos escribiendo al dictado de clientes: club, sala de espera, gran almacén, todo a la vez. Para Chicago, treinta y seis horas son pocas. Me han hecho reservar una habitación en Palmer House: bar, cafetería, lunch – room, salón rojo, salón victoriano, orquesta cíngara, orquesta mexicana, flores, caramelos, todo tipo de tiendas, agencias de viajes, compañías aéreas, una ciudad en toda regla con sus barrios residenciales, sus tranquilas avenidas y su bullicioso centro comercial, se respira con dificultad en un lobby donde reinan un calor agobiante y un denso olor a dólares.
Simone también incluye en su libro opiniones sobre otros modelos hoteleros, los que hoy llama una editorial madrileña con encanto. Circulando por la carretera de Los Ángeles a San Francisco en el automóvil conducido por su anfitriona comenta: De tarde en tarde un hostal; todos son pintorescos, construidos al estilo western con tronos de madera; a veces tienen letreros con viejas carretas de emigrantes con toldo verde como insignias distintivas. Paramos en un hostal donde servirían una comida refinada como si estuviéramos en Francia; tienen una chimenea grande, bancos de madera, ventanas de cristales cuadrados, vigas en el techo.
A mediados del siglo XX tampoco faltaban en Estados Unidos los lugares de acampada. Simone anota en su diario con referencia al viaje a San Francisco: Dejamos la carretera general, bajamos hacia el valle por un camino angosto, sinuoso, lleno de baches. En un rincón a la sombra de un río, hay un terreno para acampar listo para el turismo; mesas, bancos, hogares para encender fuego, trapecios y columpios, solo hay que plantar las tiendas de campaña. se accede en coche, desde luego; las distancias son demasiado grandes como para venir a pie o en bicicleta. se acampa sin problemas en trailers. Son auténticas casas con ruedas provistas de todas las comodidades americanas
En cuanto a los hoteles de lujo, a los rurales y a las zonas de acampada, en los comentarios de Simone sorprende que haya transcurrido medio siglo porque la descripción de la oferta de servicios hospitalarios está a la altura de nuestros días en Europa. En la actualidad, los hoteles norteamericanos, urbanos o rurales, siguen detentando el sello indiscutido de la calidad y la innovación continua. Antes he hablado de la marca hotelera Westin. La marca es propiedad del grupo norteamericano Starwood Hotels and Resorts, propietario de cinco marcas más. El grupo facturó en 1999 más de 3.500 millones de euros, posee 716 establecimientos en 80 países, en los que ofrece 217.651 habitaciones servidas por 12.000 empleados, dos personas por habitación, lo que refleja el alto nivel de sus prestaciones.
Con empresas hoteleras de este tipo se asiste al nacimiento de la hotelería de tercera generación a mediados del siglo XX que, de nuevo, lleva el sello indiscutible de Norteamérica. Aunque conservan el nombre de hotel, los establecimientos actuales han llevado hasta tal punto la técnica de la integración de servicios que, como reconocía Simone de Beauvoir en 1947, más que hoteles son remedos de ciudades. Basta para comprobarlo la contemplación de un hotel de gran lujo en Las Vegas: además de alojamiento y refacción y todos los servicios que han ido integrando a lo largo de su no demasiado larga historia (piscinas, pádel, salas de congresos, tiendas de todo tipo agencias de viajes, servicios bancarios, medios de transporte, etc.), los clientes tienen a su disposición, entre otras prestaciones, casinos, máquinas tragaperras, parques temáticos, museos, exposiciones, conciertos de música, servicio de fax, acceso a Internet, etc. Pero no quedan aquí las cosas: El Hotel Bellagio de Las Vegas, inaugurado en 1998, ofrece a sus clientes la recreación de la región italiana de su mismo nombre, mientras el Hotel Luxor, también de Las Vegas, cuenta con una reproducción de la tumba del faraón egipcio Tutankamón. Aprovecho la ocasión para comentar lo incorrecto que es afirmar, como hacen los turisperitos, que llaman turismo a ciertos hoteles, lugares y monumentos, que el turismo es inexportable.
Por su parte, los restaurantes experimentaron una evolución similar. Simone de Beauvoir describe así un restaurante de lujo en California: En una sala hay una exposición de joyas hawaianas, collares de conchas, guirnaldas de flores y semillas de colores suaves. Nunca he visto un restaurante tan encantador; es tan bonito como el palacio de los espejismos del museo Grèvin. Invernaderos con plantas exuberantes, acuarios, pajareras con aves de color mariposa revoloteando y bañadas por una inquietante luz submarina; las mesas son veladores de cristal que reflejan la paja brillante que reviste el techo; los pilares en forma de prisma tienen espejos con facetas que multiplican el espacio infinito. Cenamos en una cabaña, al fondo de un lago, en un bosque, en mitad de un diamante negro. La comida nos traslada de forma inesperada a China. Los platos no tienen esa presentación demasiado vistosa que en América, a menudo, disuade el paladar más dispuesto: al contrario, entran por los ojos estimulando los jugos gástricos; y si la cocina francesa es “reflexiva”, según la expresión acuñada por Colette, ésta parece fruto de una meditación milenaria.
Pero la oferta gastronómica se había diversificado ya extraordinariamente en Estados Unidos, el país que ha aportado las cadenas multinacionales de comida rápida. Sobre este punto puede verse la obra de George Ritzer: The McDonalization Thesis: Explorations and Extensions, Sage, Londres, 1998. Hoy es frecuente encontrar cadenas de restaurantes temáticos que ofrecen impresionantes exhibiciones, incluso de cocina (cooking show) junto con el servicio de comida y bebida. La comida ha pasado a ser en muchas ocasiones algo perfectamente secundario. Antes que la comida, los clientes valoraran en ellos el tamaño, la animación, la decoración, la diversión y el exotismo.
Ejemplos de estos modernos restaurantes son el Hard Rock Café, con espectáculos sobre el mundo de la música del rock, el Planet Hollywood, sobre el mundo del cine, o el Rainforest Café, donde se exhiben cascadas, lluvias y tormentas tropicales, con su aparato eléctrico incluido, pájaros tropicales vivos de los bosques nubosos, árboles, mariposas y hasta cocodrilos. Y, junto a todo ello, siempre es posible encontrar una tienda donde se venden productos con el logotipo de la marca de la cadena trasnacional (los llamados merchandising)
Ni que decir tiene que la hotelería que antaño llevaban a bordo los grandes transatlánticos es posible encontrarla hoy en los lujosos cruceros de recreo, habida cuenta de que el transporte marítimo de pasajeros de largo recorrido hace tiempo que desapareció prácticamente del mercado. Hoy los grandes cruceros no son solo simples aunque lujosos medios de transporte. Ni siquiera lo son en primer lugar. Son, sobre todo, grandes ciudades flotantes con todo lo que puede tener una gran ciudad moderna para atender cada una de las necesidades de sus pasajeros, con la diferencia a favor de los cruceros de que éstos se desplazan de una ciudad convencional a otra cambiando de clima y de paisaje, mientras los pasajeros tienen la oportunidad de elegir el tipo de diversión que más les guste y de adquirir a bordo múltiples bienes y servicios de cualquier procedencia.
Las compañías de transporte aéreo también incorporan servicios de refacción y de bar en sus vuelos, servicios que primero solo se prestaban a los pasajeros de primera clase pero que no hace mucho se han extendido a los de clase económica, obviamente incluidos en el precio del pasaje. Las empresas de transporte aéreo integran, además, audiciones musicales, salas de proyección de películas, venta de diversos productos y, últimamente, servicios de telecomunicaciones a bordo.
Y ya que he llegado a los servicios de hospitalidad a bordo de aeronaves no debo dejar pasar la oportunidad para referirnos a los que inevitablemente incorporan los cohetes y las lanzaderas utilizados en la conquista del espacio. Robert Jastron, director durante varios años del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA, la agencia espacial norteamericana, hace este insinuante comentario sobre las cosmonaves que un día podrían salvar a la especie humana de la extinción provocada por el apocalipsis de la lejana pero segura muerte del Sol llevando a bordo grupos de humanos hasta cuerpos celestes con más esperanza de vida: Con el actual nivel de progreso en la tecnología de cohetes, en unos pocos cientos de años, seríamos capaces de construir barcazas espaciales gigantes del tamaño del Queen Mary, que serían autosuficientes y podrían conservar la vida por un periodo de tiempo indefinido. Estas barcazas serían “Tierras” en miniatura que cultivarían sus propios alimentos y transportarían con ellas la cultura de la civilización de sus antepasados. Nacerían allí generaciones que se desarrollarían y morirían en el camino hacia una estrella distante (Robert Jastrow: La exploración del espacio. RBA, Barcelona, 1993, p.178) Estas barcazas cósmicas serían el colmo de la integración de servicios de transporte con los de hospitalidad autosuficiente. Jastrow se refiere a un desplazamiento emigratorio, no a un desplazamiento circular. Pero no hay descartar, puestos a hacer ciencia ficción, que un vehículo de tal naturaleza no pueda ser utilizado también para hacer viajes interplanetarios circulares que satisfagan alguna necesidad que compense los astronómicos costes a pagar.
Volviendo a los servicios de hospitalidad ofrecidos en instalaciones inmuebles, podemos citar ahora los albergues juveniles y las residencias de ancianos. Los albergues juveniles son instalaciones dedicadas a prestar servicios de alojamiento y refacción a bajos precios aunque acogidos a las normas establecidas por la International Youth Hostel Federation. El primer albergue juvenil para estudiantes y escolares se fundó en 1884 en el Imperio Austrohúngaro. K. Fischer, el fundador del movimiento juvenil conocido como Wandervögel (pájaros emigrantes), propició en 1896 el desarrollo de una red de albergues de gran sencillez para poder pasar la noche durante las excursiones educativas de varias etapas realizadas por escolares al cuidado de sus monitores o maestros. En 1909, el maestro de la escuela in der Nette de Altena, R. Schirrmann, propuso el método peripatético de enseñanza, consistente en ir de pueblo en pueblo, y de monte en monte, estudiando a la vista de escenarios reales, un método que obviamente se apoyaba en una red de albergues juveniles. Estamos en presencia del movimiento juvenil, conocido en España como ajismo, de albergue y juvenil. Los albergues juveniles responden a los siguientes criterios:
- dormitorios colectivos separados por sexos
- adecuadas condiciones sanitarias
- sala de reuniones multiuso
- cocina para que cada grupo prepare su comida
- almacén de equipajes
- local para bicicletas, en su caso
Como los hoteles, también los albergues juveniles son de dos tipos: de paso o tránsito y de estancias prolongadas de varios días.
Similar al albergue, aunque con ciertas diferencias, es el llamado campismo. Las instalaciones de pernoctación son en este caso tiendas de lona o de otros materiales livianos, aunque han de contar también con otras instalaciones colectivas, en general parecidas a las de los albergues (salón, cocina, fregaderos, lavabos, comedores, etc.) y con los mismos fines. El movimiento campista se inició en Europa a fines del siglo XIX. El campismo, en los Estados Unidos, un país en el que nació y vivió Henry David Thoreau. Simone de Beauvoir se refiere en la obra ya citada a su visita al estanque de Walden, en cuyas orillas vivió Henry David Thoreau durante dos años y dos meses. Con su experiencia, Thoreau trataba de conocer la resistencia del ser humano a la soledad más absoluta, viviendo como un animal más entre otros animales y en plena naturaleza. Desde Walden se encaminó Simone hasta Concord (Massachusetts), el lugar donde nació (en 1817) y vivió Thoreau la mayor parte de su vida. Concord, una de las cunas de la independencia americana, ha logrado conservar los “viejos puestos del siglo XVIII con sus enseñas y sus comestibles de bonitos colores” (p 299 de la obra citada). Pero no es esto lo más importante.
Concord añade a todo ello haber conseguido ser el lugar donde vivieron otros personajes de la historia de América como Emerson y Nathaniel Hawtorne. Sin embargo, el elemento incentivador por excelencia de Concord no es otro que ser la cuna de Thoreau. Existe en la ciudad la Asociación Thoreau, que cuenta con numerosos asociados de diferentes lugares de América. La asociación organiza anualmente un banquete y se hace cargo del campamento y de la publicación de los trabajos relacionados con la vida y el pensamiento de Thoreau, conocido como el San Francisco de Asís de América por su amor a la naturaleza. Hoy se le tiene como pionero del ecologismo y de la vida en libertad.
En 1861 se fundó en Estados Unidos el primer campamento para muchachos y en 1885 el primer campamento para muchachas. La aparición de la bicicleta fomentó el campismo en numerosos países. En 1901 se creó en Gran Bretaña el llamado Ciclo – Camping y en 1907 los clubes de campismo de Inglaterra y de Irlanda, los países europeos que se consideran pioneros de la afición a pasar estancias pasajeras al aire libre. En este mismo año surgió el movimiento scout en Inglaterra. Su creador fue Lord Baden Powel, quien en el verano del año citado dirigió un primer campamento de 24 niños. Este fue el origen de un movimiento juvenil que se ha extendido por todo el mundo.
La práctica del campismo se benefició sensiblemente de los materiales con los que se hicieron las tiendas para los desplazamientos de las tropas durante la Primera Guerra Mundial para proteger de las inclemencias del tiempo la pernoctación de los soldados. Al acabar la contienda, estos materiales especiales, entre los que se encontraba el nylon, siguieron fabricándose para tiendas de campismo, su nueva utilidad. La realidad de la guerra y las innovaciones que fomenta siguieron aportando soluciones a la vida en el campo. Lo mismo ha hecho el desarrollo de la industria del automóvil. La posibilidad de cocinar y alumbrarse con butano embotellado en pleno campo y las llamadas auto caravanas, que facilitan el auto alojamiento, han propiciado el desarrollo de una tupida y extensa red de instalaciones permanentes adaptadas para los amantes de la acampada.
Hay que referirse también, aunque sea someramente, a la paulatina proliferación de alojamientos en viviendas rurales y en explotaciones agrarias, un sistema de hospitalidad que se viene desarrollando al mismo tiempo que las familias abandonan las actividades agrícolas. Esta fuerza de trabajo está siendo sustituida por la mecanización, en los países industriales desde hace años, con especial fuerza después de la Segunda Guerra Mundial. Francia es un país que destaca por la cantidad y la calidad de sus alojamientos rurales, que se vienen desarrollando desde los años cincuenta del siglo XIX. También en el Reino Unido existen estos servicios, conocidos como “bed and brekfast” (cama y desayuno). Durante el último cuarto del siglo citado, los alojamientos rurales han experimentado un auge tan sorprendente que hoy puede decirse que la prestación de servicios de hospitalidad ya no es exclusiva de las ciudades. Los albergues juveniles y los campismos, por un lado, y los alojamientos llamados “rurales” por otro, tanto en aldeas y pueblos como en viejas explotaciones agrarias han conseguido generalizar estos servicios a cualquier punto de casi todos los países del mundo.