REFERENTES



Con este libro entro en una parcela de esa cosa misteriosa que llamamos realidad, concretamente en la que lleva el nombre de turismo. Y lo hago con la intención nada inocente de indagar lo que es, aunque presiento que bien puede ser como “fijar el número exacto de los arquetipos platónicos, el enigma que ha atareado durante siglos la perplejidad de los pensadores” (Borges).

Sé que para hacerlo debo contar con todo lo que me ha pasado en la vida, “incluso con las humillaciones, los bochornos, las desventuras, porque todo eso nos ha sido dado como arcilla, como el material que debemos aprovechar para hacer de la miserable circunstancia de nuestra vida, cosas eternas o que aspiran a serlo” (Borges, de nuevo)

Invocar al genial argentino para una tarea tan prosaica como la que me propongo cumplir puede parecer desmesurado. Me consuelo pensando que Borges se dirige a todos sin excepción y que incluye todos los propósitos.

Puede que no sea capaz de alcanzar la tarea que me propongo, pero me reconforto con el aliento de dos escritores no tan dispares como pudiera parecer, el español Camilo José Cela y el francés Georges Bataille. Ambos hacen la misma advertencia.

Según el primero, “si el escritor no se siente capaz de dejarse morir de hambre, debe cambiar de oficio. La verdad del escritor no coincide con la de quienes reparten el oro. La ley del escritor no tiene más que dos mandamientos: escribir y esperar. El cómplice del escritor es el tiempo”.

Para Bataille, “un escritor de verdad muestra, a través de la autenticidad de sus escritos, el rechazo al servilismo (y en primer lugar el odio a la propaganda). Precisamente por ello no se deja arrastrar por la muchedumbre y sabe morir en soledad”.

Son frases exigentes.

Y comprometedoras.

Con el crítico literario Miguel García Posada, andaluz de Sevilla como yo, coincido en que “a las cosas hay que llamarlas por su nombre porque es la única manera de que no perdamos el sentido común”. Los dos parece que seguimos la regla volteriana, tan criticada por Karl R. Popper, que aconseja “no perder jamás de vista la costumbre de definir los términos”. O de identificarlos objetivamente, diría yo.

Como el brasileño Paulo Coelho, “escribo para decirme las cosas a mí mismo. Un libro puede ser un elemento catalizador y revolucionario. Su potencial es prácticamente infinito”.

Al escultor francés Augusto Rodin le preguntaron un día donde comprendió la escultura. Respondió con estas palabras inesperadas: “en los bosques, mirando los árboles, en los caminos, observando la construcción de las nubes, en el taller, observando el modelo. En todas partes excepto en las escuelas”.

Si a mí me preguntaran cómo he llegado a mi visón personal del turismo, respondería: observando a los empresarios, inquiriendo a los consumidores, espiando a los vendedores, en definitiva, estudiando la conducta diaria de los agentes que intervienen en el mercado. En todas partes menos en la Universidad.

Los referentes elegidos para exponer mi visión personal o autopsia del turismo son ambiciosos, exigentes y puede que desproporcionados. Por ello musitaré con recogimiento y devoción la bella oración de Charles Baudelaire: “Dios mío, concédeme la gracia de producir algunos versos buenos, que a mí mismo me prueben que no soy inferior a los que no aprecio”, una vez deflactada de indeseables connotaciones personales porque no debemos despreciar versificadores: solo versos.

He escrito una obra que seguramente no alcanza el acabado que soñaba darle. Como mucho, es un modesto ensayo, admito que de longitud excesiva, lo mismo que su contenido. Una obra indiscutidamente imperfecta, sin precedentes en su campo, deliberadamente arriesgada y provocadora. Una obra que busca el debate y la discusión. Nunca el asentimiento gratuito.

No he contado con ayudas personales para recopilar el material para mi investigación.

Algunas ideas de esta obra han sido ya publicadas en trabajos anteriores.

Hasta la fecha, mi planteamiento del turismo no ha merecido la atención de los llamados expertos científicos en turismo. Ellos sabrán por qué.

Me gustaría pensar que ahora sí la alcanzará, aunque a fuer de realista no debiera esperarlo.

Al publicar mi pensamiento de modo sistemático y exhaustivo me veo como el náufrago que introduce su mensaje en una botella, la cierra y la lanza al mar. Acaricio la idea de que, más tarde que pronto, habrá alguien que la abra, lea su contenido y, al criticarlo, opte por mejorarlo si es que, decepcionado, no la tira de nuevo al mar.