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FUSIONES Y REVOLUCIONES (POLÍTICAS Y
ECONÓMICAS)
Escribe Joaquín Estefanía es su
reciente libro --Aquí no puede ocurrir-- que el economista y el sociólogo
“tienen que reivindicar ante los poderes el deber de la impertinencia”. En mi
condición de economista que trabaja en una Facultad de sociólogos, me siento en
la obligación de ser impertinente por partida doble, razón por la cual, además
de criticar al poder en cuanto tal, me tomo la libertad de criticar al propio
Estefanía, de quien se puede discutir si forma parte, o no, de los poderes
merecedores de impertinencia.
Me da la impresión de que el
poder de mi admirado Estefanía no es enorme, pero tampoco insignificante. En su
equilibrio de poderes y contrapoderes, pudo:
1) contar ayer (15-3-00), en la
presentación de su libro en Madrid, con la presencia y el apoyo de otro poderoso
“contrapoderoso”, Ignacio Ramonet (director de Le Monde
Diplomatique);
2) ver hoy (16-3-00) publicada
una amplia reseña del acto en El País; y
3) ver publicadas el 5-3-00 dos
páginas enteras en las ese periódico extractaba la parte principal del prólogo
de este libro.
Esto no lo digo como crítica,
pues nada me parece a mí más natural que el que el Director de Opinión de un
periódico tan importante tenga esa repercusión mediática, máxime cuando el
contenido del libro lo justifica. La crítica que pretendo aquí se refiere
precisamente al libro, aunque me referiré primero, brevemente, a las reseñas
periodísticas citadas, que tienen en común la frase de Nacha Guevara que tanto
impacto parece haber tenido en Estefanía: “Ya no hay revoluciones, sólo
fusiones”.
Precisamente, una de las tesis
principales del libro es que “asistimos a una segunda revolución del
capitalismo”, uno de cuyos rasgos fundamentales sería la oleada de fusiones
cotidianas que nos ahoga. De donde deduzco que Guevara y Estefanía, en su
compartida frase, no se deben de referir a esta clase de revoluciones
--más retóricas que reales-- sino a las de verdad, a ésas que para
algunos ya no existen ni, al parecer, existirán jamás (si yo fuera médico,
diagnosticaría miopía en este caso, pero tengo que reconocer que no soy
médico).
Estefanía quizás piense que no
habrá ya más revoluciones, pero desde luego no se cuenta entre quienes creen que
los países ricos “nunca van a sufrir los efectos perniciosos del nuevo
capitalismo”. Dicho esto, la primera pregunta que se plantea es: ¿qué es este
“nuevo capitalismo”: qué es lo que tiene de realmente nuevo? Si uno se
limita a leer con detenimiento las reseñas periodísticas, obtendrá una idea
confusa al respecto. En la entradilla al avance del 5-3-00, el periodista
subtitulaba así (bajo el título genérico de La segunda revolución
capitalista): “La ‘financiarización’ de la economía y la acumulación de
crisis caracterizan el nuevo espíritu del sistema imperante”. Esto podría
inducir a pensar que lo nuevo del capitalismo y de la académica Nueva
economía --de la que todo el mundo habla ya como de algo indudablemente
real-- sería ese “nuevo espíritu” (especulativo, financiarizado, americanizado,
desigual, virtual...) del capitalismo, novedad que además se data en una fecha
tan precisa como el berlinés 1989.
Ensordecido quizás --además de
miope-- por el estrépito que levantó la caída del famoso muro, cuyos ecos
todavía resuenan, Estefanía nos da una receta contra los males del
neocapitalismo en voz muy alta (como le pasa a los sordos que creen que todos
los demás también lo somos), receta que tiene dos ingredientes: 1) una
autocrítica de los que procedemos del marxismo --como él y como yo--, para que
reconozcamos que “está en crisis la crítica del capitalismo”; 2) pero también el
establecimiento de una especie de novedosa policía de tráfico, que aplique “sus
semáforos de control”, con multas y tasas incluidas, no al tráfico vial y
municipal, sino al tráfico financiero y globalizado. Esto de los semáforos
merece la pena explicarlo: se trata, según él, de establecer unas “reglas de
juego” que sirvan para controlar “los excesos del nuevo capitalismo”, esos
excesos que ahora critica ya todo el mundo, desde George Soros y Michel
Camdessus a Paul y Robert Samuelson, o Joseph Stiglitz, Stanley Fisher e
tutti quanti. En realidad, más que un programa de policía municipal parece
todo un plan integral de urbanismo, ya que pretende establecer una nueva
“arquitectura financiera” adaptada a las condiciones de este neocapitalismo de
San Vito que padecemos.
Pero es hora de ir entrando en
la materia del libro. Estefanía, keynesiano él como buen progresista rodeado de
neoliberales hostiles, arranca citando al gran maestro: “El nihilismo de los
mercados de capital sin regular convierte el empleo y el bienestar en un simple
efecto secundario de la actividad de un casino”. Esta conocida crítica de Keynes
a la “economía de casino” no debe hacernos olvidar que no hay nadie más liberal
que el propio Keynes (entre los economistas sensatos), y nadie más liberal que
los socialdemócratas (entre los políticos burgueses sensatos). Ahora bien, a
quienes perseguimos una sensatez no liberal (ingenuidad, la llaman otros) no nos
parece correcto hablar de los excesos del nuevo capitalismo --ni tampoco del
viejo--, porque pensamos que lo que de verdad es excesivo es el capitalismo
mismo. Y lo es tanto en el tiempo como en su propia naturaleza. Requiescat in
pacem, le cantarán pronto (no me importa que se rían:
desahóguense).
Frente a los teóricos de la
novedad permanente y vertiginosa nos levantamos los que buscamos la continuidad
en el interior de la historia. No nos olvidemos de que Schumpeter le pedía al
economista de formación tres requisitos: análisis, estadística y sentido
histórico; esto último le falta, en mi opinión, a la mayoría de los economistas,
quizás porque sólo conocen la historia a través de la televisión. Este sentido
de la historia nos impediría olvidar, por ejemplo, cuando se habla de Keynes y
de las burbujas financieras, el antecedente de John Law y de la burbuja del
Mississippi (estoy hablando de 1720, no de antes de ayer). El propio
Schumpeter, que sitúa a Law “en la primera fila de los teóricos monetarios de
todos los tiempos” --y, con él, los demás historiadores de la Economía-- lo
ubica como un clarísimo precedente de Keynes, como también hace
Kindleberger.
Schumpeter ha explicado cómo la
especulación de la Banque Générale de París, que el Regente de Francia le
permitió crear a Law --y asociar al valor de las tierras coloniales francesas en
la Luisiana y el Mississippi, todo ello antes de nombrarlo ministro de
Hacienda--, terminó como tiene que terminar cualquier burbuja (financiera o no):
explotando. Y la experiencia francesa del escocés Law fue “tal que en los
siguientes 150 años se vacilaba incluso en pronunciar la palabra ‘banco’”. El
liberal conservador Schumpeter no duda en señalar que la fama del teórico Law
sufrió mucho como consecuencia de una “práctica bancaria irresponsable” y del
fracaso “de proyectos que salieron mal sin que por ello se pueda decir que
fueran fraudulentos o absurdos”.
El problema de muchos ex
marxistas es quizás que se han acostumbrado por mucho tiempo a leer sólo
literatura mediática, la que entra en el doble circuito del pensamiento
único –el que Estefanía critica-- y del pensamiento mestizo (el
que reivindica). Pero excluyen la otra literatura. Por ejemplo, la de
autores como Henryk Grossmann o Paul Mattick. El segundo escribió un libro hace
treinta años --Marx y Keynes-- cuya actualidad y penetración se revela
cada día mayor. El primero, que en una nota a pie de página de su libro clásico
de 1929 --La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema
capitalista-- también se ocupaba de Law, es uno de esos autores que todo
estudiante de Economía debería conocer, cosa harto improbable mientras los
planes de estudio los elabore la misma coalición de liberales de siempre (los
ultras y los socialdemócratas).
Pero Grossmann, unos meses antes
del octubre negro de Wall Street, escribió en su libro (en
1929):
“Una ilustración más y una
confirmación aquí sostenida nos la ofrece la actual situación económica de los
Estados Unidos de Norteamérica. A pesar del optimismo de múltiples teóricos
burgueses, los cuales creen que los norteamericanos han logrado solucionar el
problema de las crisis y estabilizar la economía, muchos indicios nos señalan
que allí nos aproximamos a un nivel de sobreacumulación” que está provocando
que “enormes fondos pudieran afluir en los canales de la especulación
bursátil o al menos en la sobrecapitalización de muchas empresas a causa de
la facilidad para la consecución de dinero. La situación de estrechez de la
industria se muestra en un aumento de los préstamos especulativos para fines
bursátiles y en la cotización de las acciones hechas subir especulativamente”.
Seguidamente explica cómo “para contrarrestar la especulación” la Reserva
Federal practicó una política de elevación progresiva del tipo de interés,
alcanzando éste un nivel desconocido “desde la primavera de 1924”, a pesar de lo
cual el resultado “parece haber fracasado completamente si se observa la fiebre
de especulación en la bolsa de Nueva York en las últimas semanas de 1928 (...)
La gran quiebra que se avecina ya anticipa algunas sombras. Ya el 8 de
diciembre de 1928 en el New Yorker Stock Exchange se produce un gran derrumbe de
las cotizaciones y de la venta de títulos por efectos del pánico. Se trata de
contrarrestar la tormenta que se avecina (...)” (negrillas,
añadidas).
Y todo esto está escrito
antes del famoso crash de octubre de 1929. Pero claro, se trataba
de un marxista que nunca dejó de serlo[51].
Pero demos un salto de 71 años y
veamos lo que escribe ahora Doug Noland en The Credit Bubble Bulletin
(3-3-00), bajo el título de “John Law y Alan Greenspan: los grandes
inflacionistas”. Tras recordar que “por unos años, el sistema de Law funcionó
maravillosamente, y se produjo un tremendo boom comercial en Francia tras
décadas de depresión”, finalmente “perdió completamente el control de sus
sistema financiero (...) de hecho se necesitó muy poco tiempo para que la
emisión de dinero y de crédito junto a una espectacular burbuja de la bolsa
destruyera completamente el sistema”. Sin embargo, antes de que ocurriera el
desastre, “las autoridades” se oponían a que terminara la fiesta, “igual que
hacen ahora la Reserva Federal y el Tesoro con la burbuja Greenspan”. Al
contrario, ya en época de Law “sus esfuerzos se dirigían cada vez más a sostener
la burbuja con emisiones frenéticas de dinero y manipulaciones de mercado”, y lo
mismo sucede hoy, cuando “una dinámica muy similar propicia una manía aun
mayor”. Por eso, la conclusión final de Noland y su equipo es bien simple:
teniendo en cuenta que “un sistema monetario dominado por la monetización de
activos y por la política acomodaticia de la Reserva Federal, abasteciendo
ilimitadamente de oferta monetaria, es la receta exacta para el desastre” --y,
además, una “réplica insensata del fiasco de Law”--, “estamos completamente
seguros de que los historiadores económicos verán a Greenspan como el mayor
inflacionista. A este respecto, no cede el paso a nadie, ni siquiera de John
Law”.
Sólo me falta, para concluir,
hacer un pronóstico --sin desconocer el riesgo que expresa la definición del
economista como “alguien que explicará mañana por qué lo que predijo ayer no se
ha cumplido hoy”--: la explosión de la burbuja bolsística mundial va a ser tan
estrepitosa que todo el mundo sufrirá, como el menor de los males, sordera y
pérdida de memoria. Por suerte para Estefanía, eso ocurrirá después de que haya
vendido ya muchos libros. Pero, tras esa explosión, aunque todo el mundo se va a
acordar del nombre de ese libro, quizás la gente se dedique a comprar otra clase
de libros, y desde luego muchos se quedarán sin dinero para comprar libros por
mucho tiempo.