EL AUTISMO DEL MERCADO

 

En los dos últimos años ha cogido mucha fuerza el movimiento “post-autista” en economía. Primero fue un grupo de estudiantes franceses de doctorado (de l’École Normale Supérieure) el que protestó por la falta de pluralismo y el exceso de formalización en la enseñanza y en la investigación de la economía. Luego salió un segundo manifiesto, procedente de la no menos prestigiosa Universidad de Cambridge (en el Reino Unido), que se unió a la protesta sobre bases y argumentos muy similares. Y finalmente han surgido manifiestos e iniciativas en todo el mundo, que han culminado en un “movimiento post-autista” en Economía, que se sostiene en la página web de la pae (post autistic economics) y su correspondiente revista electrónica.

Aunque se pueden encontrar otros precedentes a este movimiento –no en vano el problema viene realmente de lejos--, es grato encontrarse con la sorpresa de que, en el último número de la prestigiosa revista neoyorquina Science and Society, el editorialista comente lo siguiente:

“Paseando por el nuevo campus de la Universidad Complutense en Madrid, en mayo de 1999, me sorprendió ver un eslogan pintado en la pared: ‘¡La economía trata de la gente, no de curvas!’. Nadie que no haya estudiado Economía puede captar plenamente ese sentimiento estudiantil de tormento por culpa de las “curvas”, esas relaciones entre variables que se representan mediante diagramas (por ejemplo, la intersección de las curvas de oferta y demanda). El eslogan criticaba la teoría abstracta y cuantitativa de la Economía –y por extensión de las ciencias sociales en general— y abogaba por el estudio de la realidad concreta, histórica y social. No tenía ni idea entonces de que ese eslogan ‘gente versus curvas’ iba a resultar profético. En junio de 2000, un grupo de estudiantes franceses publicó un escrito en la ‘web’, quejándose del estado actual de la Economía: su uso indiscriminado de las matemáticas; el ‘dominio represivo’ de la teoría neoclásica y la exclusión de enfoques alternativos y críticos. Los estudiantes llamaban a los profesionales de la Economía a comprometerse con lo empírico y lo concreto; a evitar el ‘cientifismo’ y abrazar ‘un pluralismo de enfoques adaptado a la complejidad de los objetos económicos y a la incertidumbre que rodea a la mayoría de la grandes cuestiones económicas’; así como a realizar reformas ‘para rescatar a la Economía de su estado autista y socialmente irresponsable’. El manifiesto puso en marcha el Movimiento por una Economía Post-autista, que se ha propagado como el fuego entre los estudiantes de Francia y España, y cuenta con un número creciente de adeptos también en otros países. El 21 de junio, Le Monde hizo un reportaje sobre el tema y se interesó por la opinión al respecto de importantes economistas de todo el mundo. En diciembre del 2000, se realizó un Congreso para reunir propuestas más detalladas. Desde entonces, el movimiento ha seguido creciendo y desarrollándose (http://www.paecon.net/)”.

En las Jornadas de Economía Crítica de Valladolid (28 de febrero-1 y 2 de marzo de 2002, las octavas que se celebran en España desde 1987) se va a discutir un manifiesto que propone que nos sumemos en nuestro país a este movimiento. Por tanto, parece ésta una buena oportunidad de volver a discutir sobre el autismo en la Economía académica y universitaria, empezando quizás por el análisis del fenómeno que le sirve de base real, que es el autismo económico que practica el mercado en la realidad (no sólo en la teoría).

En mi opinión, sobre la cuestión del papel del mercado en la economía y en la sociedad hay tres grandes corrientes cuyo impulso fundamental podemos caracterizar como sigue. En primer lugar, están los “fundamentalistas del mercado”, aquéllos a quienes siempre parece insuficiente la cantidad de mercado realmente existente, y que, como los defensores de cualquier otra panacea, hacen bien en ser coherentes con su diagnóstico y reclamar la receta apropiada que se sigue del mismo. Por tanto, sus partidarios quieren universalizar y globalizar aun más la economía de mercado –“el problema es que no hay suficientes mercados”, nos dicen--, y recortar o eliminar todas las instituciones y reglas que se oponen por doquier a su dominio absoluto. Estos economistas están dispuestos, no sólo a privatizar el sistema nacional de ferrocarriles (véase la excelente película de Ken Loach, “La cuadrilla”, para una ilustración de sus efectos en el caso británico), sino a privatizar incluso las cárceles y, si hiciera falta, siguiendo los postulados del maestro de Margaret Thatcher, Friedrich von Hayek, a privatizar totalmente el dinero en circulación.

Un segundo grupo de economistas, crítico del primero, se presenta como la alternativa a éste y se preocupa, por tanto, sobre todo, por aparecer como lo contrario del fundamentalismo. Entre los que insisten en los numerosos “fallos del mercado” hay todo tipo de sensibilidades teóricas y prácticas, desde las que se basan en un sentido del realismo más acorde con el sentido común hasta las que, más cultas, apoyan sus argumentos en sólidas tradiciones de pensamiento que, si no arrancan con celebridades del siglo XIX, como Karl Marx o Thorstein Veblen, lo hacen con famosos autores del siglo XX o incluso del XXI, desde Karl Polanyi y Maynard Keynes hasta Amartya Sen o Albert Hirschman. Como decía recientemente José Luis Sampedro, el decano de los economistas españoles, para ellos (los críticos) no se trata de eliminar el mercado, sino de conseguir que la economía de mercado no se convierta en una “sociedad de mercado”, en una especie de “régimen” todavía más totalitario y asfixiante que el que denunciaban el otro día, desde estas mismas páginas, Diego López Garrido y Nicolás Sartorius.

Desde esta perspectiva, se entiende bien lo que el movimiento post-autista, integrado sobre todo por economistas pertenecientes a este segundo grupo, concibe como el autismo de los economistas mayoritarios. Es verdad que la definición que del autismo ofrecen los diccionarios plantea algunos problemas de aplicación en este caso. Por ejemplo, el excelente Diccionario de Seco nos describe el autismo como un “trastorno psicológico caracterizado por el ensimismamiento y la falta de interés por el mundo exterior, generalmente acompañado de aislamiento y dificultad de comunicación”. Cierto es que los economistas ortodoxos y los fundamentalistas del mercado se encierran en sus modelos bellamente construidos y se olvidan del desapacible mundo exterior. Pero no es verdad que en esa actitud se vean limitados por dificultad de comunicación alguna, sino más bien todo lo contrario. De hecho, de lo que nos quejamos los economistas críticos, en España y en el mundo, es de que estos fundamentalistas de mercado se comunican tanto, con tanta facilidad y con tales medios, que, como efecto colateral inevitable, nos tienen a los demás en un tris de que callemos para siempre jamás.

Pero más difícil lo tenemos aun quienes simpatizamos con el reducido grupo de economistas que compone el tercer grupo en liza. En este caso, no se trata simplemente de denunciar los “fallos de mercado” porque, pensándolo bien, ¿qué partidario del mercado, desde Adam Smith a Milton Friedman, no ha sido al mismo tiempo crítico de algunos de sus fallos más sonados, como ése al que tanta manía le tienen y que se llama “monopolio”? ¿Qué economista, incluidos Carlos Rodríguez Braun o Pedro Schwartz en nuestro suelo patrio, se atrevería a negar la existencia de externalidades o de bienes públicos puros?

Sin embargo, lo que el reducido tercer sector de economistas planteamos es que, a lo peor, es el propio mercado el que encierra el fallo. No se trata de que el Estado y otras instituciones deban complementar o completar el papel del mercado porque hay funciones que aquéllos pueden y deben cumplir mejor que éste. De lo que se trata es que es muy posible que la culpa de los males económicos reales que padece la sociedad de mercado sea del propio mercado. Si el mercado funciona desequilibradamente y crea desigualdad, y si el Estado, tras dos siglos y medios de esfuerzos aparentemente bienintencionados, no es capaz de invertir esa tendencia a la desigualdad, que se presenta hoy con más fuerza que nunca, a lo peor resulta que el sistema no funciona correctamente (sólo hay que leer los periódicos con atención para darse cuenta).

Y es que los economistas de esta tercera clase (los que no viajamos en coche cama ni siquiera en litera) tenemos una pregunta que hacer a nuestros colegas, tras un comentario previo para tantear si podemos ponernos de acuerdo.

Comentario (triple). Los que viajáis en primera nos habláis de la “economía del bienestar” que genera y difunde el mercado entre toda la sociedad. Los que viajáis en segunda respondéis que qué sería del mercado y de la sociedad si no fuera por la benéfica actuación contrarrestante del “Estado del bienestar”. Sin embargo, los que nos agolpamos en los vagones de tercera no observamos el bienestar sino en la televisión que nos retransmite lo que sucede en los coches delanteros del tren.

Pregunta. ¿Tan seguro está todo el mundo de que es absolutamente imposible que la sociedad se decida a sustituir estos anticuados trenes por otros en los que todos los viajeros disfruten y sufran de las mismas condiciones materiales?

Febrero de 2002