INTELECTUALES (2): DRAMA EN VARIOS ACTOS, CON UNA CARRERA DE FONDO AL FONDO

 

Todos tenemos manos, pero unos son manitas y otros somos manazas. No todos los que no se dedican a actividades intelectuales --por ejemplo, la mayoría de los albañiles-- son necesariamente manitas. Igualmente, no todos los que nos dedicamos a actividades intelectuales somos necesariamente inteligentes (por ejemplo, Manuel Castells). Por tanto, yo sólo reivindico aquí mi papel de intelectual, lo cual no quiere decir, como demuestra el ejemplo citado, inteligente.

Aclarado entonces que ser modestos no requiere autoexcluirse de la calificación de intelectual, entremos en materia. A los intelectuales se les atribuye un papel especial en la vida pública, quizás al menos desde la época en que Platón pensara su república de sabios. Pero aquéllos eran sin duda otros tiempos, donde la democracia significaba algo distinto. Hoy, la democracia significa lo que no tenemos y aquello por lo que luchamos: iguales posibilidades materiales e iguales derechos, presupuesto imprescindible para desarrollar de verdad la diversidad individual y enriquecer certeramente la vida social. No me cabe duda de que nada de esto será posible con el capitalismo, a pesar de lo cual algunos intelectuales prefieren imaginar que lo único que es posible es el capitalismo (llueven los media sobre sus cabezas sin paraguas, sus cerebros hacen de filtro, y hablan sus bocas: “amén, Fukuyama”).

Pero me quiero fijar aquí en un aspecto del papel de los intelectuales, a los que, gracias a Dios (que no existe), no represento. Precisamente en este aspecto quiero insistir: cada intelectual tiene que pensar por su cuenta; si no, será sólo intelectual por decreto. Por ejemplo, si mi trabajo se incluye en el “personal docente e investigador” de la universidad, siempre habrá alguna EPA y algún funcionario del INE o de otro organismo que me encasillará, por ese solo motivo, entre los intelectuales. Pero el auténtico intelectual es el que va notando cada vez más nítidamente su soledad de corredor de fondo, y no le importa. Recuerda que antes corría en medio de un pelotón amplio, pero también que --no sabe muy bien por qué-- la gente que había a su alrededor ha ido desapareciendo. Se han ido metiendo en callejones sin salida --que, como en las películas de Hollywood, están siempre llenos de cubos de basura--; o se han dejado deslumbrar por anuncios fluorescentes, y a menudo sonoros, y han perdido el rumbo; o se han parado a descansar, derrotados, en algún bar de esquina... Uno sigue corriendo a paso tranquilo, en dirección a la meta que desde un principio se fijó, o le fijaron, o no tenía más remedio que fijarse, y no entiende qué es lo que hacen los demás (que, encima, de vez en cuando le gritan como si fuera él el que ha descarrilado).

Desde que empezó la carrera, el intelectual fondista se viene fijando en lo que sucede a su alrededor. De vez en cuando, alguno se coloca a su lado y le dice que si sigue en línea recta, encerrado en su senda, no experimentará la riqueza de experiencias que se tiene cuando se dedica uno a chapotear en todos los charcos, a mear en todas las esquinas o a montarse en el primer carro que pasa, aparentemente en dirección a la primera meta volante. El corredor tiende a pensar que eso suena a cantos de sirena, pero que deben ser mucho más desafinados que los que Ulises no quería oír, algo así como si el pasajero acompañante pretendiera convencerle para aceptar el gato de la “Rosa de España” a cambio de la liebre de Renata Tebaldi.

Pero es realmente curiosa la cantidad de ocasionales acompañantes de este tipo que surgen en la carrera de un corredor de fondo, y, curiosamente, todos con su dorsal, donde uno puede leer “ecologista”, “feminista”, “sindicalista”, “miembro de una ONG”, “pacifista”, “nacionalista”..., y hasta recuerdo a uno que llevaba escrito: “un poco de todo a la vez”. Más adelante, aparecen otros pegajosos corredores de ocasión que se atreven a llevar un cartel liviano en su mano derecha (o izquierda), donde uno puede leer: “abajo las reválidas”, o “de transvases, nada”, etc.; y recuerdo a uno, muy curioso, que llevaba uno en cada mano: en la derecha se leía: “memos impuestos, que es lo progresista”, y en la izquierda: “más impuestos, que es lo progresista” (el pobre, con tanto peso, sólo pudo aguantar diez pasos).

Ahora bien, los más persistentes de este bullicioso grupo --he llegado a la conclusión-- se pueden agrupar en dos tipos: aquellos a los que llamaré “militantes a la antigua”, y los que voy a denominar “novedosos militantes”. Tanto unos como otros se dirigen al corredor de fondo desde el coche en que viajan (llevan un chófer al volante) y por medio de un altavoz; y en ambos casos me he fijado que en los coches pone: “Mercado político, S. A.”, aunque en letra pequeña. Como yo le tengo pánico a los mercados, cada vez que aparece un coche de éstos, espontáneamente acelero, pero, claro, poco puedo hacer contra la gasolina sin plomo. Así que me resigno a escuchar sus mensajes desaboridos. Dicen los “neo-militantes”: “Vivan los nuevos movimientos sociales y la madre que los parió” (no me digan que no tiene su gracia). Yo, ni caso; pero me acuerdo una vez que, aburrido transitoriamente de tanta carrera, entablé diálogo con ellos: “¿por qué habrían de vivir: porque son nuevos, porque son movimientos o porque son sociales?”. El del coche aparentaba no oírme, o a la mejor es verdad que no me oía, pero yo insistía: “En lo nuevo hay cosas buenas y malas, como en botica; entre los movimientos, los hay terribles, como el sangriento Movimiento Nacional de Franco; y en lo social, también hay de todo, hasta brigadas político-sociales”. Al cabo de un rato, el chófer paró en un mesón de carretera, y ya no los volví a ver.

Luego, me acuerdo también de los coches de los “viejos militantes”. Estoy seguro de haber reconocido esos coches porque en más de uno me había montado yo mismo hasta que decidí dedicarme al atletismo intelectual, y cambiar la gasolina sin plomo (que entonces era horriblemente plúmbea) por el libre pensamiento. Incluso reconocí a más de un chófer y a más de un piquito de oro. Lo que más curioso me pareció es que no inventaran un lema propio, sino que se limitaran a repetir el mismo que gritaban los “neo-militantes”, si bien es verdad que con una pequeña variante. Los “paleo” decían: “Vivan los nuevos movimientos sociales y la madre que los parió, que soy yo”.

Desde luego, resultaba un poco extraño oír al camarada Roberto, con su bigote de siempre, gritar lo de “la madre que los parió, que soy yo”, pero ya se sabe que en la buena militancia uno debe estar dispuesto a todo...; y recuerdo muy bien el tándem que formábamos Roberto y yo, pues en las pegadas de carteles no había quien nos superara.

Bien. Y ahora me pregunta usted que a dónde me dirijo. Pues le contesto. Quiero una democracia de verdad, no como la que me quieren vender los liberales (los de verdad y los de pacotilla). Quiero que el principio “un hombre, un voto” se aplique siempre y en todas partes:

1) en las empresas, para que los antiguos dueños (es decir, los actuales) dejen de mandar;

2) en el mercado, para que éste se transforme en otra cosa y para que Bill Gates, por ejemplo, que posee 52.800 millones de dólares, no vote 52.800 millones de veces más que yo, que sólo tengo un dólar;

3) en la ONU y demás organismo internacionales, para, entre otras cosas, poner a Israel[49] y a Estados Unidos en su sitio; es decir, para que la gente que vive en esos desgraciados países pueda celebrar la alegría de liberarse de semejantes gobernantes sanguinarios;

4) en los parlamentos, para que no haga falta ser millonario (es decir, miembro de una familia millonaria, o de un partido millonariamente mercantilizado) como condición necesaria para ser diputado;

5) en los medios de comunicación, para que sean los periodistas los que informen, y no los dueños de los periódicos los que desinformen;

6) etcétera.

¿Le parece a usted que esa meta no merece la pena, y que me voy a detener en la carrera porque el primero que pase me invite a una caña? No me conoce, entonces, no. Esta carrera la corremos para denunciar tanto al malo como a su apuntador. El malo es el mayor culpable: él nos obliga a correr, cuando lo que queremos es caminar con tranquilidad; pero no olvide usted que su papel de malo es una exigencia del guión.

Ahora bien, el apuntador es peor, si me apura. Porque el guión le daba libertad y ha escogido la traición.

 

FIN DEL PRIMER ACTO