INTELECTUALES

 

“¿Por qué no [te] dedicas (...) a buscar soluciones más prácticas, como el reformismo?” (Guillermo de La Dehesa, en email de 27-2-01 dirigido al autor; itálicas, añadidas).

El pragmático Guillermo de la Dehesa, que en su juventud leyó obras “marxistas”, conserva en la frase citada el sentido que desde la tradición “revolucionaria” (por ejemplo, leninista) se atribuía al término “reformismo”. Pero no hay por qué limitar el “reformismo” a ese ámbito tan reducido. En cierto sentido, desde luego más amplio, yo también me considero un reformista: por ejemplo, me parecen bien las propuestas de quienes quieren reformar esta sociedad eliminando de ella las relaciones de producción capitalistas y manteniendo todo lo demás. En cierto sentido, lo anterior significa también ser “conservador”, pues sin duda a mis admirados reformistas les gustaría conservar todo lo que en esta sociedad quedaría de bueno una vez suprimida la relación capitalista --y el capital-- en todas sus dimensiones.

Sin embargo, De la Dehesa, que fue viceministro en el gobierno capitalista de un partido llamado socialista, probablemente no comparta mi concepción del “reformismo” y del “conservadurismo”. Y esto no lo digo sin fundamento, ya que en el mismo mensaje citado al principio se mostraba bastante explícito al respecto: “Tu artículo (...) estaba perfectamente en tu línea: mientras no se acabe con el capitalismo no hay nada que hacer. Puestos a soñar, cualquier pensamiento puede ser válido, pero no deja de ser utópico, al menos en este siglo. Menos mal que no lo veremos, ya que las alternativas hasta ahora han sido desastrosas.”

Sin embargo, GD no está acertado al caracterizar “la línea” de DG. Si yo pensara que “mientras no se acabe con el capitalismo no hay nada que hacer”, me prepararía para un ocio extremadamente prolongado, cosa que nunca voy a hacer. Intento hacer otras cosas, como todos. Lo que pasa es que los intelectuales liberales (los de derecha y los de izquierda) participan de la falsa creencia de que “hacer” algo se reduce a hacerlo dentro del estrecho abanico que va desde los puestos de control de la maquinaria gubernamental (que sólo controla una pequeña parte de la amplia esfera que se imaginan algunos ilusos) a los puestos correspondientes en este gran salón de danza globalizado donde sólo se practica el “baile de San Vito” de la izquierda universal --que consiste sólo en “moverse”, moverse cuanto más mejor, y cada uno al ritmo que le marca su orquesta preferida (todas tocando, por cierto, al mismo tiempo), mientras se tararea la letra del último twist de moda--. A los que no hemos sido nunca muy aficionados a las discotecas no nos choca esta concepción “bailonga” de la militancia, y ya hace mucho tiempo que nos ha dejado de hacer mella la inevitable acusación de sosos que se nos viene encima. Seguimos, pues, pensando que sin música se piensa mejor.

Los intelectuales típicos, siempre tan ilusos, se creen una cosa sustancialmente distinta del “trabajador normal”. Los estudiantes, que son esos mismos intelectuales típicos pero unos años más jóvenes, reproducen la misma creencia, y lo hacen con la misma comprensible fidelidad con que los receptores de radio reproducen las ondas de las emisoras. Por eso, si un intelectual osa autoincluirse dentro del proletariado mundial, aunque sea en el contexto singular de un curso sobre “Economía marxista” en la Universidad de Bilbao, se arriesga a que le pase lo que me sucedió a mí el otro día: que los estudiantes protesten esa letra ante el notariado general de la opinión pública: “Oiga usted, que aquí ya no llevamos alpargatas...”. Esto quiere decir que los intelectuales liberales han convencido a todos de que el intelectual no es un proletario, que las clases ya no se definen “económicamente”, sino ideológicamente, y que si la mayor parte del proletariado piensa como quienes lo explotan, eso es señal inequívoca de que la Historia se ha terminado. Pero estos maestros y aprendices de liberalismo ni siquiera han entendido a Hegel.

No se han parado a pensar que los zapatos de hoy cuesta menos producirlos que las alpargatas de ayer, y que, por eso, aunque ellos trabajen el mismo tiempo en ambos casos (quizás más ahora), aunque más intensamente cada vez, les sobra una proporción cada vez mayor de su jornada laboral, con la cual es posible pagar a un tiempo:

1) las deportivas de marca del hijo mimado del comprador de calzado;

2) los esquíes del comerciante que le vendió al primero los zapatos y las deportivas;

3) los exquisitos Armani del financiero que prestó el dinero al comerciante que lo necesitaba para abrir su tienda;

4) los suaves mocasines del cura que le da al financiero la comunión un domingo sí y otro no (o también); y

5) hasta las botas Segarra que usan los soldados y los policías de nuestro glorioso Estado del Bienestar, más “social” y más “de Derecho” que ninguno de nuestro entorno (entorno “competitivo”, por supuesto), para patrullar la zona vigilada por el gobierno, incluidos los alrededores del gran salón de baile donde nuestros liberales (intelectuales y manuales) usan sus pies para consumir zapatos.

Pero si uno se pone las babuchas y se sienta frente al ordenador para decir estas cosas, será censurado severamente si mientras escribe no acompaña el ruido del teclado con un distraído movimiento de su pie, al cacofónico son del sonsonete de la música de anoche... que suena en el aparato reglamentario.

Seguramente, GD considere que el “reformismo” (en el sentido de lentitud en el ritmo de cambio) del actual gobierno es excesivo. Otros reformistas actuales considerarán todavía hoy (y muchos más lo consideraban antes) que el “reformismo” de GD y de su gobierno (llamado “socialista”, ¡qué risa!) “de entonces” era también excesivo. Eso es lo bueno que tiene el “reformismo”: que es un remedio contra la soledad porque, en él, todo el mundo se siente acompañado --ya sea crítico y/o criticado— y, sobre todo, cuando más lo necesita. Pero a los reformistas que creemos, a pesar de todo, en la “actualidad de la revolución” (sin que eso signifique que seamos “mandelistas”) no nos dejan ser reformistas ni siquiera para, en vez de mirar al futuro, echar la vista al pasado. Y esto es muy necesario, sobre todo cuando uno pretende llegar a inteligir algo algún día. Porque el pasado nos ayuda a comprender el presente y también el futuro. Gracias precisamente a que la realidad tiene un pasado podemos aprender ciertas cosas. Aprender, por ejemplo, que las revoluciones sociales siempre se han producido sin que los intelectuales las imaginasen primero (sólo las “imaginan” a posteriori, y lo hacen en sentido literal: casi inevitablemente mal).

Muchos intelectuales se parecen al ladrón del refranero, ése que se cree que todos son de su condición. Pero no todos los intelectuales pensamos que en el futuro se tengan que producir las revoluciones gracias a la clarividente y benéfica inteligencia de ningún grupito. Al contrario. Los intelectuales hoy dicen que ya no habrá más revoluciones en el futuro, confirmando así lo que nadie duda: su ignorancia. Pero su ignorancia del futuro no debería llevarlos al deseo de ignorar también el pasado, ni tampoco a huir del presente mediante el recurso a la ideología liberal más fina: por muchos malabarismos que hagan en su circo mediático y multicolor, la relación objetiva capitalista/asalariado está ahí. Más allá de las vallas circenses, donde campan a sus anchas los “equilibristas” (los de Paco Alburquerque y los otros), está en el mundo real, cada vez más amenazante para la estabilidad emocional de los liberales. Pero esta realidad está como tiene que estar: envuelta en un refinado papel regalo que suelta la inevitable fragancia cuando se lo desenvuelve. Si los dominados no participaran de la ideología de los dominadores, ¿qué sentido tendría la idea cierta de que “la ideología dominante es la ideología de la clase dominante”?

Pero vayamos ahora a la objeción que suele aparecer justo en este momento en la letra del karaoke discotequero y repetitivo de los liberales: la del “simplismo” del que hacemos gala los no liberales. En general, llaman “simplismo” a mucho de lo que decimos quienes preferimos hablar, por ejemplo, de “complicación”, y evitar rimbombantes “complejifisticaciones” (que ellos, sin duda, “descomplejifisticarían” si buenos “descomplejifisticadores” fueran...) y otras lindezas terminológicas aun peores. El liberal se cree libre, pero como ignora el pasado, eso suele deberse a que nunca llegó a leer al clásico que dejó escrito para siempre aquello, tan verdadero, de que “el hombre se cree libre porque no se apercibe de sus cadenas” (que no es el clásico en el que están pensando). Como mucho, el liberal leería (cuando estaba de moda, claro) al otro clásico que criticó a los liberales por defender el sistema de libertades basado en la “libertad de explotación”. Pero seguramente de eso ya no se acuerda el liberal actual, antiguo marxista, o le da vergüenza acordarse (y sobre todo, que se lo recuerden). Y ésos eran los mejores: la mayoría ni siquiera llegó a la página donde se decía eso (Y, si no, hagan la prueba y pregúntenles).

Esto quiere decir que los intelectuales de hoy son tan sólidos como los azucarillos verbeneros de las zarzuelas de antaño. Se reían de Marta Harnecker cuando, tras haber leído poco más que el libro de esta señora (si acaso; la mayoría sólo oyó hablar de él), algún intelectual más culto les reprochaba la simpleza con la que hablaban de “fuerzas productivas” y “relaciones de producción”. Ahora que dicen lo mismo, pero en lenguaje “complejifisticado”, aparentan reírse de su propio pasado --cuando es al revés: su pasado se ríe de ellos, sólo que, de momento, por lo bajinis--, porque han seguido la misma trayectoria que la pobre Marta, que dejó la senda de Althusser para seguir la del lama Castells.

Además de miopes, estos intelectuales parecen estar sordos. Por eso no oyen las risas de las “fuerzas productivas” y las “relaciones de producción”, que –perdóneme el lector-- se descojonan de ellos. Ellas sí saben qué insignificantes y simple son, a largo plazo, los complejifisticados cerebros de nuestros intelectuales.