¿ES BUENO SER LIBERAL?

 

Hombre, pues... depende. En una sociedad liberal, esto va en gustos. A mí, por ejemplo, no me disgusta que El País sea tan liberal como para publicar (previo pago, claro) los anuncios también liberales de mi amiga Susana, como ése del día 9-XI-99, que rezaba así: “SUSANA. 20 años. Liberal, bellísima, me gusta que me lo hagas vendada por delante y por detrás. 10.000. Tel. 91/...” (en la sección “Servicios de relax”, del suplemento “Madrid”). Tampoco me parece mal que me publique este artículo (sin cobrarme nada, por supuesto), demostrando así ser liberal (en el doble sentido americano, al menos) hasta con quienes no somos liberales ni en el sentido hispano-gaditano de 1812 ni en el austriaco-haideriano de 2000.

En el terreno más propiamente político, la ideología liberal sigue estando en el centro de todos los debates, aunque no siempre en la superficie. A este respecto, es un problema que no siempre sepamos qué debe entenderse por “liberal”, dado el uso y abuso, por activa y por pasiva, que se ha hecho siempre, y se hace cada vez más, de este término, uno de los que la lengua española proporcionó a la literatura política universal. Un conocido liberal español, Pedro Schwartz, ha señalado recientemente, en sus Nuevos ensayos liberales, que la confusión de los conceptos es un mal “que aqueja especialmente a la doctrina liberal”, como lo demuestra, en su opinión, el que se tienda a confundir el liberalismo no sólo con el “liberalismo americano” --donde se emplea como “sinónimo de intervencionismo socialdemócrata”--, sino también con el anarquismo, la democracia, el nacionalismo o el socialismo. A Schwartz, liberal clásico, le preocupa todo oportunismo, y por eso llega a criticar, como buen liberal coherente, incluso a los padres de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776), porque cayeron en la tentación “oportunista” al hacer la lista de los derechos humanos inalienables. Oportunista, según él, porque escribieron en ella “la Vida, la Libertad y la Búsqueda de la Felicidad”, desviándose así de la más “acertada fórmula de Locke”, que rezaba exactamente “la Vida, la Libertad y el disfrute de su Propiedad”, sin contener la “inoportuna modificación” introducida por los americanos.

Otro gran liberal, el premio Nobel estadounidense Paul Samuelson, es más partidario del intervencionismo estatal que Pedro Schwartz. En realidad, Schwartz, Rodríguez Braun, Vargas Llosa, Popper, etc., no sólo no se oponen a la intervención estatal, sino que, como afirma el propio Schwartz, son partidarios de un programa público y estatal fuerte y nada anarquista, pero donde el coste del Estado sea módico (defienden que el Estado “les salga barato” a los capitalistas, que diría un antiliberal vulgar). En cambio, Samuelson, quizás porque en los Estados Unidos el Estado no les sale tan caro como en Europa, no se preocupa tanto de que el peso del Estado en el PIB pueda aumentar en determinadas circunstancias. Samuelson, en su universalmente conocido manual de Economía –para muchos, “la Biblia” de la Economía de la segunda mitad del siglo XX-- nos explica, o describe, por qué razón el gasto del Estado parece tener una tendencia a aumentar continuamente: “La renta y la producción nacionales han venido aumentando durante más de un siglo; pero , al mismo tiempo, en la mayoría de los países y culturas, el gasto público ha aumentado incluso más deprisa [que en EE. UU.]; cada periodo de emergencia --cada guerra, cada depresión, cada época de aumento de la preocupación por la pobreza y la desigualdad-- expande las actividades del Estado; cuando termina un periodo de este tipo, el gasto público nunca parece recuperar su nivel anterior”.

En realidad, Samuelson está refiriéndose, sin mencionarla, a lo que los economistas llaman la “ley de Wagner”, que lleva el nombre de un economista alemán del grupo de los “socialistas de cátedra”, Adolfo Wagner, que en 1876 formuló una ley “histórica” sobre la tendencia al crecimiento de las actividades públicas y estatales como consecuencia natural del propio desarrollo económico y cultural. Este mismo Wagner fue el creador del término, y defensor del concepto, de “socialismo de Estado” (en 1887, en un libro que se llamaba precisamente Hacienda Pública y socialismo de Estado), muy en la línea conservadora de Bismarck, partidaria de crear los primeros seguros sociales como forma de oponerse y combatir al auténtico socialismo obrero. Esta política imperial prusiana constituyó de hecho el primer núcleo de lo que mucho después comenzaría a llamarse, propragandísticamente, el “Estado del Bienestar”, que, como todo el mundo sabe, tiene su origen en las citadas leyes de seguros sociales del Canciller de Hierro.

Por cierto, que este Wagner era partidario de: 1) la abolición de la propiedad privada de la tierra (como el radical burgués americano Henry George), 2) de una política social redistributiva, y 3) de un sistema de fiscalidad basado en el principio de progresividad. Pero al tiempo fue un gran crítico de otro socialista más radical, Carlos Marx, que se había anticipado a la famosa “ley de Wagner” en casi treinta años. No se sabe a ciencia cierta si la ley de Wagner se llama así porque la Academia, como es lógico, le tiene más respeto a los socialistas “de cátedra” que a los de mal asiento; o bien porque los académicos, que no siempre son necesariamente ignorantes, desconocían en este caso la obra del joven Marx, que ya en 1850 --y en una revista poco académica, desde luego-- escribió que “el Estado burgués no es más que una sociedad de seguros mutuos de la clase burguesa contra sus miembros individuales y contra la clase explotada; el costo y la aparente autonomía frente a la sociedad burguesa de dicho seguro irán en aumento, porque reprimir a la clase explotada se vuelve cada vez más difícil; el cambio de nombre de este seguro en nada modifica sus condiciones (...)”

Claro que este autor también se había anticipado un siglo (en 1844, con sólo 26 años) a lo que podría haber constituido la base de la crítica, por parte de la izquierda, de lo que a mediados del siglo XX empezó a llamarse “Estado del Bienestar”:

“Los Estados que se han preocupado del pauperismo nunca han pasado del nivel de las medidas administrativas y caritativas, cuando no han quedado por debajo de este nivel. ¿Puede actuar el Estado de otra manera? El Estado nunca buscará la causa de las imperfecciones sociales ‘dentro del mismo Estado y de las instituciones sociales’ (...) Donde existen partidos políticos, cada partido considera que la causa de estos males es que quien dirige el Estado es el partido adversario y no él. Incluso los políticos radicales y revolucionarios buscan las causas del mal no en la naturaleza del Estado, sino en una forma particular de Estado, que quieren reemplazar por otra (...) En última instancia, cada Estado busca la causa del fenómeno en los defectos accidentales o intencionados de la administración y pretende resolver el mal con una reforma de la administración. ¿Por qué? Simplemente, porque la administración es la actividad organizadora del Estado mismo. La contradicción entre los objetivos y las buenas intenciones de la administración, por un lado, y los medios y recursos, por otro, no puede ser abolida por el Estado sin abolirse a sí mismo, porque esta contradicción es su propio fundamento. El Estado se basa en la contradicción entre la vida pública y la privada, entre los intereses generales y los particulares. Por consiguiente, la administración ha de limitarse a una esfera de actividad formal y negativa, porque su poder termina donde empieza la vida civil. Ante las consecuencias del carácter antisocial de la vida de la sociedad civil, de la propiedad privada, el comercio, la industria, de la expropiación mutua de los diferentes grupos de la sociedad civil, la ley natural de la administración es la impotencia. Estas divisiones, este envilecimiento y esta esclavitud de la sociedad civil son los fundamentos naturales del Estado moderno, del mismo modo que la sociedad civil era el fundamento de la esclavitud en que se basaba el Estado de la antigüedad. La existencia del Estado y la existencia de la esclavitud son inseparables (...) El principio de la política es la voluntad. Cuanto más parcial y acabado es el pensamiento político, más cree en la omnipotencia de la voluntad y menos capaz es de ver las limitaciones naturales y mentales de la voluntad, menos capaz es de descubrir la causa de los males sociales”.

Tras leer estas tesis del joven de Tréveris, uno no puedo menos que extrañarse de la cantidad de utopía que encierra la ilusa creencia liberal en que es posible volver a un Estado delgado y barato, como el manchesteriano, pero siglo y medio más tarde. Mi colega liberal Carlos Rodríguez Braun lo cree, sin embargo, posible cuando piensa en un “pequeño Estado benefactor con una presión fiscal máxima de, digamos, un 20 por ciento del PIB”. Pero su maestro Pedro Schwartz parece más escéptico, y más consciente de que “este modelo archicapitalista se acerca mucho al anarquismo”, tanto que hay un “ejemplo de anarquista, el de Thomas Hodgskin, quien, considerándose socialista utópico, escribía los editoriales en pro del laissez-faire en The Economist durante los años posteriores a su fundación en 1843”. Para Schwartz, la libertad económica “sólo es concebible dentro de un marco legal, y la utopía anárquico-mercantil es un óptimo inalcanzable”.

Del 3 al 5 de febrero se han celebrado en Albacete las poco académicas VII Jornadas de Economía Crítica (JEC, cuya tradición viene de 1987, en una especie de heterodoxa vuelta a España que las ha hecho pasar por Madrid, Bilbao, Barcelona, Valencia, Santiago y Málaga en sus seis etapas anteriores). Ante la ausente mirada de los medios de “comunicación” e “información” liberales, los dos centenares de economistas allí reunidos hemos debatido sobre mercado y Estado una vez más. Es gracioso que Rodríguez Braun se queje a menudo de que los medios de comunicación españoles abran sus páginas más fácilmente a los “intervencionistas” que a los liberales. Quizás tenga razón respecto a los “intervencionistas liberales”. Pero lo que sí sabemos todos los colegas de las JEC es que cuando coincidimos en una misma región los intervencionistas liberales y los no liberales, como ocurre en estas Jornadas, no sólo no aparecen los medios de comunicación que prestan más atención a los “liberales no intervencionistas”, sino que tampoco están los que se la prestan a los “liberales intervencionistas”. ¿Será por si se nos escapa a alguno de los asistentes --con el consiguiente riesgo de tenerlo ellos que reproducirlo, de acuerdo con los principios de la honradez periodística-- aquello que dijo una vez el citado treverisino, sobre que la primera libertad en la sociedad actual es la “libertad de explotación”, algo que tal vez suene muy real, pero desde luego poco liberal, en el umbral del siglo XXI?