LA GLOBALIZACIÓN DEL LIBERALISMO

 

Hoy en día, la mayor parte de la derecha y de la izquierda es liberal. La diferencia estriba en que la izquierda es crítica de ese espantajo que ha inventado y que llama “neoliberalismo”, mientras que la derecha prefiere criticar a los críticos de la globalización y del neoliberalismo.

En el terreno de la economía esto es especialmente evidente por la frecuencia y solidaridad con la que izquierda y derecha se dan la mano. Un economista bien conocido y académicamente prestigiado, Juan Velarde, representante aquí de la derecha, criticaba hace poco a los críticos de la globalización reunidos en Porto Alegre apoyándose en un argumento del liberal presidente de Brasil --pero de impecable trayectoria socialdemócrata y de izquierdas en el pasado--, Fernando Henrique Cardoso. Decía Cardoso que “los reunidos en Porto Alegre se imaginan que el mundo puede girar en sentido contrario”, razón por la cual Velarde piensa que los economistas que apoyan a los de Porto Alegre son, usando una expresión de Jacob Viner de medio siglo antes, simplemente “subdesarrollados”.

Se ve que lo de las leyes físicas le gusta mucho a todos los liberales, y no sólo a Cardoso. El liberal Mario Vargas Llosa, que ahora apoya al izquierdista candidato peruano Alejandro Toledo, escribía el 3-2-2001 un artículo en El País titulado “Abajo la ley de gravedad”, en el que usaba el Manifiesto de otro compatriota, el poeta Augusto Lunel –“Estamos contra todas las leyes, empezando por la ley de la gravedad”--, para criticar a quienes, en política, rechazan la realidad y se empeñan en sustituirla por la ficción. Ponía como ejemplo de esta actitud a los quiebraquilos, seguidores brasileños del padre Ibiapina que, con un siglo de retraso sobre los famosos ludditas, preferían destrozar, en vez de máquinas, “los nuevos pesos y medidas --las balanzas, los quilos y los metros-- adoptados por la monarquía” brasileña con un afán modernizador y occidentalizador. Vargas hablaba de Ibiapina y los quiebraquilos como símbolo de esos mismos críticos reunidos en Porto Alegre “contra la globalización, un sistema tan irreversible en nuestra época como el sistema métrico decimal” en época de Ibiapina. Vargas Llosa terminaba su artículo declarándose progresista, y desde esa fe en el progreso --que tanto inquietaba a su maestro Karl Popper, por cierto-- protestaba contra los quiebraquilos contemporáneos que piden que “la rueda del tiempo se detenga, retroceda y nos regrese al aislamiento y la fragmentación nacionalista”.

Más recientemente (véase El País de 21-4-2001), el exsecretario de Estado socialista Guillermo de la Dehesa, tras citar también a Popper y defender el liberalismo --que, según él, “no tiene nada de ‘pensamiento único’, sino de pensamiento más práctico y mejor adaptado, por el momento, a la realidad económica”-- respondía brevemente a unas críticas que yo le había hecho en el mismo periódico, acusándome él a mí de quiebraquilo. Como dio la casualidad de que mi artículo apareció el mismo día que el de Vargas Llosa, terminaba De la Dehesa recomendando que me leyera “el excelente artículo de Mario Vargas Llosa publicado en la misma sección y el mismo día sobre los ‘quiebraquilos’, en el que aparece retratado como uno de ellos”, y felicitando al periódico por el “gran acierto” de “haber publicado ambos artículos el mismo día y en la misma sección de opinión”[47].

Pues bien, sí que me había leído el artículo de Vargas Llosa, y tengo que decir que no me siento identificado con los quiebraquilos en absoluto. Al contrario: son los liberales de derecha y de izquierda, tanto los dogmáticos como los pragmáticos, los que se empeñan en detener la rueda del tiempo en la que Vargas Llosa sí cree. Éste, en el prólogo de los Nuevos ensayos liberales de su amigo y liberal Pedro Schwartz, está de acuerdo con Schwartz en denunciar, con mucha razón, que la mayoría de las críticas hacia el liberalismo son en realidad una crítica de su caricatura neoliberal. Schwartz tiene toda la razón al afirmar que los liberales siempre han tenido un programa basado en un Estado pequeño pero fuerte y “baluarte de las libertades individuales”. Esto es exactamente lo que propone el líder actual del partido socialista en la entrevista que le hace el director de El País el 6-5-2001: “la identificación de la libertad como esencia de un proyecto progresista”. Y este liberalismo del PSOE llega al extremo de acusar al PP de poco liberal, pues --como dice Zapatero tras justificar su proyecto de “una reducción muy drástica de los tipos” del IRPF-- la liberalización prometida por el PP es sólo “presunta” y no “real”, no en vano “tenemos el Gobierno más intervencionista desde la transición. Ese intervencionismo es muy negativo. Este Gobierno no tiene verdadera voluntad de fomentar la competencia. Lo que ha fomentado es la concentración de poder económico en pocas manos”.

Estos liberales de izquierda y de derecha parecen olvidar que es precisamente la competencia el mecanismo que provoca la concentración del poder económico en pocas manos. Parecen olvidar que cuando declaran a los cuatro vientos que las grandes empresas, multinacionales y bancos españoles se tienen que concentrar para ser competitivas en este mundo global, donde las multinacionales extranjeras son todavía mayores y más competitivas, están precisamente abogando por la concentración del poder económico en pocas manos. ¡A los liberales de izquierda incluso les molesta que los liberales de derecha no sean suficientemente liberales! Y agrega Zapatero: “Lo lógico es que las empresas busquen el beneficio” --ni se les pasa por la cabeza siquiera la distinción entre la empresa capitalista, típica del presente, y la empresa postcapitalista que puede predominar en el futuro--; y “lo que no es lógico es que este Gobierno les ofrezca un día bajar los impuestos y luego les diga que no los baja, en función del dato de inflación”.

Todos estos liberales, incluidos los críticos de los neoliberales que ven en Vargas Llosa a un criptosocialista (por ejemplo, Estefanía), como contrapartida de que éste vea en ellos a criptoliberales, no se dan cuenta de lo antiguo que se ha quedado ya su liberalismo. Los que defendemos las libertades concretas, reales y múltiples de todos, y no sólo de unos pocos, tenemos que criticar directamente al liberalismo, y no sólo a su caricatura, el neoliberalismo. (Si nos acostumbramos a pelear con los de cuarta fila, nunca estaremos preparados para debatir con los liberales listos). Es más, tenemos la obligación de denunciar que la crítica del neoliberalismo puede ser sólo una capa para tapar la aceptación más o menos vergonzante de la idea liberal.

Como yo no soy liberal –y, gracias a Dios, nunca lo he sido--, y como no tengo el complejo que tienen los socialistas y comunistas de partido por haber llegado más tarde al liberalismo que los liberales tradicionales, puedo hacer la prueba aquí, una vez más, para ver si un periódico tan liberal como El País es capaz de acoger en sus páginas un alegato antiliberal. No soy liberal porque los liberales son los retóricos de la libertad, y se llenan la boca con su espuma prolibertaria que sólo pretende asegurar la libertad de explotación y de beneficios. El socialismo liberal o burgués, ya de antiguo denunciado por los maestros antiliberales, cree que los capitalistas tienen que seguir siéndolo en beneficio de la clase obrera. Los asalariados contemporáneos, aunque no nos hayamos reunido todavía en la organización Asalariados Sin Fronteras, somos ya lo bastante mayorcitos como para saber que los obreros de hoy en día --que ya no somos como los de antes, pues se nos unen, por ejemplo, los 3000 llamados “directivos” que la Hewlett Packard va a despedir este año-- no necesitamos de los capitalistas para defender nuestros intereses (más bien al contrario). Los medios de producción no nos pertenecen, claro; pero sentimos que el futuro nos habla y nos dice que algún día sólo pertenecerán a los que estemos dispuestos a participar conjuntamente en la producción, y no a los que se aprovechan de la producción ajena para seguir siendo dueños de nuestra esclavitud.

Es sólo cuestión de tiempo: el reloj de Vargas Llosa y de los liberales sensatos mueve sus manillas siempre en la misma dirección, igual que se empeña en moverse este planeta nuestro (y no sólo de Cardoso). Qué le vamos a hacer. La ley de la gravedad hace que las cosas caigan para abajo. La ley del tiempo hace que los relojes se muevan sólo “en el sentido de las agujas del reloj”, como a lo mejor podía haber dicho Descartes. Los socialistas y comunistas de partido quieren salir ahora en la foto liberal simplemente porque no saben qué decir y se han dejado convencer por los dueños de los correspondientes gabinetes fotográficos (¿subcontratas de Kodak y Canon, quizás?).

Pero los no liberales siempre estaremos ahí para recordar que no. Que no se necesitan capitalistas para seguir haciendo fotografías (o cualquier otra cosa). Sólo se necesita trabajo, y en el futuro acabaremos repartiendo el trabajo entre todos, mal que les pese. Por mucho que la derecha y la izquierda se empeñen ahora en hacernos creer lo contrario.