EL FIN NO JUSTIFICA LOS MEDIOS. ¿O SÍ?

 

Reconozco mi absoluta ignorancia, en este momento, sobre el origen de esta conocida expresión. Pero la hemos oído tantas veces, nos ha hecho pensar tan a menudo, es tan candente la actualidad de su contenido, que no está de más reflexionar un poco sobre ella, aun en ese contexto de ignorancia inicial, que sin duda me perdonará el indulgente lector.

Normalmente, cuando alguien explica que “el fin no justifica los medios” quiere decir que no se pueden emplear medios perversos para alcanzar un fin considerado bueno. Entonces, si la perversidad incluye la guerra (con sus inevitables consecuencias de pérdidas humanas, entre otros males), ésta no tiene fácil justificación como medio, incluso en el caso de que todos estuviéramos de acuerdo en que el fin es bueno (por ejemplo, acabar con el terrorismo, poner fin a un régimen perverso, etc.). Si alguien justifica las bombas de Hiroshima y Nagasaki, con sus miles de muertos, es porque piensa que esas vidas perdidas salvaron otras vidas, o bien porque otros efectos positivos que puede generar un bombardeo, en términos políticos, estratégicos o de otro tipo, son superiores a la pérdida que suponen las vidas de tantos inocentes y culpables.

En esta contabilidad de bondades y maldades, necesitamos una vara de medir, y no está claro cuál es el patrón de medida que utilizamos en la práctica, y ni siquiera es claro que siempre usemos el mismo patrón. ¿Vale cualquier vida humana lo mismo? ¿La de un millonario, igual que la de un pobre de solemnidad? ¿La de un jefe de Estado, lo mismo que la del último paria de la tierra? ¿Valen lo mismo todos los jefes de Estado del mundo? ¿Es que sólo cuentan las unidades de “vidas humanas” en esta contabilidad? ¿Estará justificada la matanza de afganos sólo hasta que el número de muertos y heridos iguale al de los producidos en los atentados del 11-S? ¿Estaría justificada la matanza de etarras hasta que el número de etarras muertos igualase el de los muertos a manos de ETA? No parece un asunto fácil. Pero en realidad es todavía más complicado. Los etarras --se les llame terroristas o no, se los considere asesinos u otra cosa-- justifican sus acciones porque son, según ellos, el medio adecuado para conseguir sus fines. ¿No hacen lo mismo el gobierno de los Estados Unidos y los demás gobiernos “aliados” (o “liados”) cuando justifican sus muertos por la bondad del fin perseguido?

De hecho, parece que la expresión “el fin no justifica los medios” es más bien pura retórica hipócrita. En realidad, cada vez que juzgamos sobre la bondad política, social, moral, etc., de alguna acción, estamos valorando los fines más que los medios. Franco justificó su golpe de Estado y sus muertos por la bondad de su “cruzada”. Otros “demócratas” también los justificaron (entre ellos, algunos insignes, como don Juan de Borbón o don Francesc Cambó, por citar sólo dos nombres). Y los republicanos que se defendieron a base de matar enemigos del otro bando también justificaron sus acciones militares por la bondad de sus objetivos: la defensa del orden republicano establecido, etc.

Es una simpleza deducir de esto que lo que quiero decir es que “todo depende del cristal con que se mira”. Nada más lejos de mi intención. El relativismo extremo nos perturba mucho a los aficionados a imitar a los científicos en su busca de objetividades más allá de la inevitable subjetividad de cada uno (sujetos y subjetivos a la fuerza, y, por tanto, por razones objetivas). Tampoco es fácil aceptar el juicio de la mayoría en un tema en el que –como en tantos otros— las mayorías se pueden confundir. ¿No estaba la mayoría con los nazis en Alemania, al menos en algún momento? ¿No lo estuvo con Franco en España en ningún momento?

Si no resolvemos la cuestión de principio de quién es el que debe decidir sobre la justicia de los fines y los medios que son objeto de advocación en cada actuación, estaremos siempre dando vueltas en un laberinto sin salida. Por ejemplo, la ley dice que no se puede robar, pero justifica un robo cometido en estado “de extrema necesidad” porque con ese mal se salva un bien superior (la vida en peligro del hambriento ladrón). ¿Son las leyes, los gobiernos y los tribunales los únicos que pueden determinar la respuesta a estas cuestiones? ¿Y qué ocurre cuando hay varios gobiernos en un país (por ejemplo, en el territorio de Afganistán, el día de hoy, 30-XI-2001)? ¿Por qué hace tiempo que los doctores de la Iglesia justificaron hasta el tiranicidio? ¿Quién determina si alguien es un tirano? ¿Se puede tener una opinión a priori, o hay que esperar al veredicto de la historia, la que se hace en los campos de batalla primero, y luego se racionaliza en los manuales de Historia escolares y universitarios?

Yo tengo muchas ideas confusas al respecto, pero me parece cada vez más claro que cada cual justifica su actuación y la de los demás en función del valor que da él mismo a los fines perseguidos en cada caso. Por supuesto, si yo me proclamo partidario de la sentencia “el fin justifica los medios”, es obvio que eso no implica que “el fin justifica cualquier medio” y desde cualquier punto de vista. Si el fin de acabar con “el maligno” justifica el bombardeo de Afganistán, eso no significa que desde el punto de vista de la eficacia militar esté tan justificado bombardear ese país con bombas “cargadas” como con bombas “descargadas”: parece claro que las primeras son más eficaces. Asimismo, si el objetivo fuera acabar con el capitalismo, la frase mencionada tampoco nos liberará del cargo de estúpidos si empleamos medios estúpidos para ese fin.

Pero resulta que en innumerables ocasiones nos vemos aconsejados a emplear medios “democráticos”. Necesitamos saber primero qué es la democracia. Por cultura general y por los medios de comunicación actuales hemos aprendido que la democracia es algo así como el respeto del principio “una persona, un voto”. Pero en los manuales de Economía, sus autores dicen que la democracia es algo distinto: algo así como “una peseta, un voto”. Yo estoy muy preocupado por esta contradicción, quizás por el hecho de tener que dar clases de Economía en una Facultad de Ciencias Políticas.

Si la democracia política que practica el ciudadano de a pie se limita a un simple acto de voto (“libre” dentro del margen de elección que se le da) cada cuatro años, basado en el principio de “un hombre, un voto”; y si, al mismo tiempo, la “no-democracia”, no menos política, que practica diariamente dentro de una empresa depende de decisiones que se toman de acuerdo con el principio “una peseta, un voto” –“un euro, un voto”, “un dólar, un voto”—, así como de decisiones que se practican también diariamente fuera de la empresa –gran parte de la existencia ciudadana depende de lo que pase en los mercados, que practican el mismo principio, de “una peseta, un voto”—, algo falla estrepitosamente. Esta segunda forma “democrática”, la que no tiene nada que ver con el principio de “un hombre un voto”, poco tiene en realidad de democrática, y parece bastante iluso concederle a estas prácticas menos importancia real que a las otras. Aquí hay una grave contradicción que nos afecta a todos.

¿Hay o no hay democracia en nuestra sociedad? En el siglo XIX se decía que en España, en Europa, en el mundo civilizado... había democracia. Pero hace poco nos enteramos –véase el libro de Tortella, La revolución del siglo XX--, de que no: en el XIX no había democracia porque ésta es el contenido de la “auténtica revolución” del siglo XX: la consecución de la democracia. Los decimonónicos europeos se pelearon entre sí durante un siglo (con guerras, huelgas, revoluciones y golpes de Estado, incluidos) en torno a sus “democracias”, pero ahora nos hacen saber que se pelearon en vano, ya que el sufragio censitario y la inexistencia del voto femenino (son sólo dos muestras) impiden calificar aquella sociedad de democrática.

Pues bien, vengamos a principios del siglo XXI, que comienza con un retroceso aparente sobre las nevadas cotas (a veces, nieva en las playas) alcanzadas por las democracias occidentales del siglo XX. ¿Nos dirán los historiadores del siglo XXII que la democracia política que ahora nos “venden” era –es-- también pura propaganda? Indudablemente, en mi opinión: muchos lo dirán. Pero, ¿por qué esperar tanto tiempo, máxime cuando casi ninguno de nosotros va a vivir para contarlo? ¿Por qué no diagnosticar por nosotros mismos el estado de salud de nuestra democracia?

Hay muchos asuntos importantes que tienen que ver con las cuestiones aquí planteadas, y no hay tiempo ni espacio en este artículo para abordarlas siquiera. Yo no me encuentro a gusto teniendo que esperar a ver qué dicen los informativos y los desinformativos de la televisión para saber qué hay que opinar. Prefiero tener una opinión sobre algunos asuntos de especial importancia. Por ejemplo, sobre el llamado “problema del País Vasco”. Aunque los etarras y sus amigos no sean democráticos, tampoco lo son muchos de los que hay enfrente. Sin embargo, lo verdaderamente lamentable es el fin que persiguen los etarras: ¡un Estado más! Comprendo que los liberales de izquierda y de derecha no vean mal eso, pero los intereses del proletariado mundial al que pertenezco no son compatibles con semejante estupidez política.

Un segundo ejemplo, las democracias occidentales saben utilizar el lenguaje apropiado en cada caso a las circunstancias del momento. Emplean el lenguaje de la paz cuando “venden” la paz, y el lenguaje de la “guerra” cuando hay que vender la guerra. Y siempre emplean el lenguaje de la propaganda liberal, con tanta eficacia que casi todo el mundo se ha infectado ya de ese virus (mucho más letal que el propagandístico ántrax), ése que paraliza las defensas mentales de los cerebros libres. La gente cree que ya no hay guerra de clases (que en realidad pasa por fases de guerra militar y fases de paz militar, pero que siempre está indudablemente ahí, debajo de tantos otros frentes abiertos y más visibles). Seguramente ello se deba a que se arma tanto alboroto ambiental entre los vendedores de la democracia occidental, por una parte, y los vendedores de parches contra los efectos colaterales de la misma (feministas, ecologistas, pacifistas, antitabaquistas, “oenegistas”, nacionalistas, izquierdistas liberales y demás defensores de intereses corporativos), por otra, que no llega a escucharse la voz de la conciencia en medio de este ensordecedor bazar universal.

Pero, para disgusto nocturno de la izquierda insomne que sueña con una parcelita de poder, esa voz no se callará nunca mientras las aspiraciones a una democracia real crezcan en el terreno abonado de la falta real de democracia: esa “democracia occidental” que algunos usan como nombre propagandístico de la plutocracia capitalista.