AMÉRICA Y ANTI-AMÉRICA

 

En su artículo en El País de 20-X-01, Fernando Savater usa elegantemente la figura dieciochesca de Lady Mary Montagu para argumentar que el presente conflicto internacional que ocupa las primeras páginas de los periódicos desde el 11 de septiembre último no puede ser en ningún caso un “conflicto de civilizaciones” –ya que la civilización es sólo una--, sino más bien un conflicto “de sistemas políticos”, y, más particularmente, un “choque” entre “democracias” y “teocracias”.

Estoy de acuerdo con Savater en que “sólo hay una civilización, la que proyecta más allá de las limitaciones culturales con las que uno ha nacido y nos urge a comprender, aunque no forzosamente a compartir, las restantes formas que ha sabido darse el espíritu humano”. Me parece por tanto indudable que lo que hoy presenciamos no es un “conflicto de civilizaciones” à la Huntington. Pero me sorprende mucho que Savater, que tan agudos análisis políticos ha hecho otras veces, presente en ese artículo una visión tan ingenua y simplista de la democracia como la de Francis Fukuyama, que insistía al día siguiente, en el mismo periódico, en que “seguimos en el fin de la historia” porque aún estamos en la “modernidad, caracterizada por instituciones como la democracia liberal y el capitalismo”.

Las simplificaciones de Savater pueden ser tan peligrosas como las de Fukuyama. Si el enfrentamiento mundial actual se reduce al dilema “democracia versus teocracia”, tendremos que concluir que Israel es un ejemplo de lo segundo, y Cuba, de lo primero. Si la democracia se identifica con la libertad de prensa –y podemos entender que un escritor prolífico como Savater sea tan sensible a esa libertad fundamental--, haríamos bien en tener en cuenta lo que en aras de la libertad de expresión escribe Norman Birnbaum, catedrático de ciencia política en Georgetown (Estados Unidos): “La prensa que piensa de sí misma que es libre es en realidad un gigantesco ministerio de propaganda”; o también: “El ciudadano [de Estados Unidos] ha dado paso al creyente, y las funciones del presidente se parecen más cada día no a las de un jefe de Estado electo, sino a las de un Pontifex Maximus de una iglesia monolítica”, lo que significa “una amenaza para nuestra salud nacional peor que la del ántrax (carbunco)” (El País, 21-X-01). Podemos comprender que las necesidades de la “guerra contra el terrorismo” coloquen la realidad actual en una situación “excepcional”, pero lo que algunos nos tememos es que los “estados de excepción”, que para muchos de sus pacientes han constituido más la norma que la excepción, se conviertan finalmente en la norma suprema que entierre las libertades de todos bajo un montón de escombros más descomunal aun que el de la tristemente famosa “zona cero”.

Las concepciones simplistas de la democracia, al estilo de Savater o Fukuyama, pueden ser atacadas tanto desde un punto de vista formal como desde la perspectiva de los contenidos de hecho de la realidad democrática que reclaman. Si nos fijamos en lo primero, dos anécdotas pueden servir de ejemplo. Cuando en diciembre de 1990 cuatro profesores españoles de Economía Política (la profesión de Fukuyama) hicimos un viaje de trabajo a Nueva York –que no nos impidió visitar el mirador de las Torres gemelas, por cierto, que, por fortuna, en Europa se pueden seguir citando en público, y no como en Estados Unidos, cuyo democrático gobierno ha censurado momentáneamente, al parecer, hasta a John Lennon y a Frank Sinatra--, nos vimos “obligados” a mentir al solicitar nuestro visado, afirmando que ninguno de los cuatro pertenecíamos o habíamos pertenecido a “organizaciones comunistas” (lo cual era falso en todos los casos). Años antes, mi amiga alemana Beate D. era rechazada en unas oposiciones para cartero en su país por la misma razón, ya que la democrática Alemania Federal no admitía a funcionarios “comunistas”.

Trascendiendo lo anecdótico, puede añadirse que el “sistema político” parece significar, para Savater, algo exclusivamente reducido al ámbito nacional o estatal. Sin necesidad de comulgar con la pesadísima propaganda de la “globalización” –ya que el capitalismo ha estado globalizado desde el principio--, es evidente que el aparato estatal y demás instancias políticas, como en general las relaciones sociales básicas del mundo actual, tienen una dimensión “inter” o transnacional que no puede estar ausente en ninguna concepción seria de la democracia. Así, resulta que los Bin Laden o los Sadam Hussein --o incluso los Noriega o los Franco, por salir un poco de la esfera musulmana-- eran buenos amigos “democráticos” de los aliados estadounidenses (o sea, fueron cocineros antes que frailes). La democracia “orgánica” de Franco repugnaba a muchos españoles, pero a los gobiernos de los Estados Unidos y a los organismos internacionales controlados por ellos les parecía extremadamente compatible con sus democracias inorgánicas. Las corruptas y teocráticas oligarquías de los países del Golfo pérsico –y en general todo lo que el economista egipcio Samir Amin ha denunciado como representación del “Islam político ultraconservador y reaccionario”— han sido y son aliados estructurales de los Estados Unidos (aparte de la amplia gama de aliados coyunturales más o menos presentables cosechada estos días). Y en los organismos internacionales de todo tipo (desde la ONU al FMI), los votos se recuentan en dólares y no según el principio democrático de “un hombre, un voto” (ni siquiera, en términos de un voto por país).

Pero es más fundamental la crítica de los contenidos de la democracia que la de sus formas. ¿De qué le sirve a los habitantes del País Vasco vivir formalmente en un “Estado social y democrático de derecho” si las circunstancias fácticas impiden que sus ciudadanos practiquen la democracia y hacen que se vean amedrentados por el “terrorismo” sin control? ¿Diría Savater que la democracia “formal” es suficiente en este caso? Todo el que pretenda guiarse sólo por los dictados del libre pensamiento sabrá reconocer con humildad y sin fariseísmos que, cuando se condena el terrorismo, de hecho condenamos en nuestro fuero interno el uso del terror para fines que no aprobamos. Sin embargo, cuando el fin lo justifica, todo el mundo acepta el uso del terror como algo “necesario”. Y, si no, veamos algunos ejemplos. Las bombas atómicas que destrozaron Hiroshima y Nagasaki se pueden justificar, con sus miles de muertos, si se consideran un medio ineludible de poner fin a una guerra “aun peor”. Incluso la estrategia de fingir sorpresa ante el previsto ataque japonés a Pearl Harbor –conocido por los servicios secretos estadounidenses, pero ocultados por Roosevelt[46] y su gobierno (como se ha divulgado repetidamente ahora por los media de aquel país), en aras del bien superior de la humanidad, ya que el “campeón de la democracia” estaba obligado a entrar en la guerra para “defender el derecho internacional y la libertad de los pueblos”-- puede encontrar una justificación similar. Y sin salir de España, ¿habrá que recordar cómo mucha gente (entre la que me incluyo yo, para no ser hipócrita) justificaba de alguna manera el terrorismo de ETA porque contra Franco todo parecía valer, pero lo empezamos a rechazar sin contemplaciones cuando quedó claro que el objetivo de un nuevo Estado independiente (y capitalista) más sólo serviría, más allá de la propaganda, a los mismos intereses de clase que había defendido el propio Franco?

Sin embargo, si toda esta argumentación debe llevarnos hacia alguna conclusión, la más importante es no olvidar que la racionalidad, siempre amenazada, pero gravemente herida en tiempos de guerra como el actual, es algo a lo que no debemos renunciar nunca. Hay que hacer un esfuerzo por ver más allá del 11 de septiembre y del skyline de Nueva York. La actual oleada de antiamericanismo la mueve el viento del americanismo, y cuando se apacigüe la tormenta de antiamericanismo musulmán, tomará el relevo un nuevo huracán. Así que mejor haríamos en sustituir la mitología por la meteorología, pues el pertinaz combate entre modernos Eolos y Poseidones nos retrotrae al bello pero limitado mundo de los mitos, y nuestra civilización no puede permitirse el lujo de dejar a la poesía huérfana de ciencia.

Habría que comprender que la irracionalidad del movimiento “luddita” y su lucha contra las máquinas era hija de la cruel racionalidad del progreso mecánico e industrial capitalista, y, en ese sentido, tan “racional” como ésta. En un mundo donde las clases existen a pesar de todos los miopes incapaces de verlas, donde la explotación capitalista a escala planetaria exige que el aparato de Estado supranacional funcione con cierta eficacia a escala también “global”, donde el aparato represor de los dominados por los dominadores no puede sino reflejarse de forma extremadamente distorsionada en el espejo horriblemente cóncavo de la irracionalidad política, religiosa o militar –por mucho que los analistas más vulgares quieran reducirlo todo a economicismo barato, cuando no a una guerra por el petróleo--, estas cosas tan terribles “tienen que pasar”.

¿De qué nos sirve llamar locos a los Bin Laden y a los Mohamed Atta? ¿De qué sirve calificar de igual manera a Hitler? Hay que saber que, como ha recordado Balibar, la historia se empeña muchas veces en “avanzar por su lado malo”, y que estas cosas seguirán pasando mientras el discurso universal siga siendo retórico y falso. No se practica impunemente el doble lenguaje de ensalzar la democracia de los votos mientras se ejerce la dictadura del dinero. Las gentes parecen creerse todo, y es cierto, como dice Birnbaum, que “repiten como propias las banalidades que han oído en la televisión”. Pero los momentos de lucidez reaparecen cuando menos lo espera uno, o bien operan de forma continua aunque lo hagan en el nivel del subconsciente y no siempre salgan a la luz de forma pacífica.

Por grande que sea la fuerza de la televisión global, será muy difícil convencer a todos y para siempre de que el mundo ya vive en democracia, y de que la Historia se ha terminado tras el reparto del último guión, en el que tanto el emperador como sus senadores provinciales dicen haber distribuido las tablas de la ley “definitivas”, que asignan a una mayoría el discutible papel de esclavos. A los imperios, y sobre todo a los sistemas sociales que los sustentan, les ocurre como a los organismos vivos, que a menudo enferman de repente cuando más sanos parecen estar. Y es que se olvida que sólo vivir mata. Y lo mismo que sucede con los individuos acontece a escala social. La democracia capitalista, por mucho que guste a algunos, es posible que padezca un cáncer incurable. Lo padece indudablemente en mi opinión.

Puede que erupciones tan llamativas, pero superficiales, como las de Nueva York y Washington no sean, al auténtico cáncer de esta sociedad, más que lo que los molestos síntomas del ántrax cutáneo y benigno son al carbunco homicida que acecha en el interior del sistema. Mientras médicos y curanderos discuten en un plató de televisión sobre cómo curar al enfermo, el tiempo se encarga de ir cavando su fosa a espaldas de las cámaras.