LAS ONG, LA CUARTA VÍA Y EL MARXISMO

 

Las ONG están de moda. Algunos las critican y prefieren denominarlas OMG: “organizaciones muy gubernamentales” (James Petras, si no recuerdo mal). Yo propongo, más bien, crear OAG: “organizaciones anti-gubernamentales”. Por ejemplo, una podría ser la OAG Asalariados sin fronteras. Esto podría revivir los contenidos de la vieja Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) sin perder el aura de modernidad que le proporcionaría la magia (o capacidad de hipnosis) que para algunos tiene un simple nombre nuevo.

Entre las reacciones a mi artículo de El País de 28-1-00 (“¿Sólo pasan tres vías o cabe una cuarta?”), he recibido una crítica justificada y una demanda compartida. Algunos me dicen que no es difícil perderse entre tanta vía, en un artículo, que como muy bien resume mi amigo Pepe Tapia, nos sitúa, como mínimo, a la altura del intenso cruce ferroviario de Alcázar de San Juan. Pero también otros, a veces los mismos, se han quedado con la curiosidad de saber más acerca de la cuarta vía que propongo en el citado artículo. Me propongo, por tanto, aceptando la amable invitación que me ha hecho Mundo Obrero a empezar a desarrollar contenidos de esta cuarta vía, empezando por las cuestiones --interrelacionadas-- del Estado y la nación, o, más exactamente, por la cuestión de las relaciones entre la estructura social, los comportamientos políticos y las posiciones ideológicas referidas a los dos entes citados.

Apelando a mi memoria, creo recordar haber leído dos afirmaciones de Julio Anguita que tienen bastante interés al respecto. En la primera de ellas, más antigua, Anguita aseguraba que el programa de Izquierda Unida era un programa socialdemócrata. En la más reciente, en cambio, afirmaba que, como comunista, él era contrario al Estado, y daba a entender que no comprendía por qué se asombraba el periodista que tenía enfrente al oírle a él decir eso. Estas afirmaciones plantean una cuestión de mucho calado y antigüedad, como es, nada menos, la de las relaciones entre marxistas y anarquistas en relación con el problema de la abolición del Estado capitalista. Por lo general, la impresión dominante que recuerda el que se haya acercado alguna vez a la literatura que generaron aquellas disputas es de un enfrentamiento radical entre Marx y Bakunin, que puede hacerse extensivo a un enfrentamiento más amplio y universal entre marxistas y anarquistas. Sin embargo, las cosas no son tan simples como parecen a primera vista.

En una carta muy famosa de Marx a su amigo Weydemeyer, el primero le decía al segundo que él no se atribuía el mérito de haber descubierto las clases ni las luchas de clases, pues éstas eran realidades ya conocidas desde mucho tiempo antes, al menos desde la Revolución francesa, y ambas habían sido tratadas y analizadas por toda clase de pensadores burgueses, desde los historiadores a los economistas de la escuela clásica de Economía, pasando por los socialistas utópicos de principios del XIX. Si él había aportado algo --y cito de memoria--, era haber descubierto que la lucha de clases se correspondía exclusivamente con un determinado periodo histórico de la humanidad (con un principio y un fin, por consiguiente), y haber llegado a la conclusión de que la lucha de clases conduce necesariamente, en el capitalismo, a la dictadura del proletariado.

La magia de las palabras ha hecho que muchos marxistas poco leídos vean con recelo la expresión “dictadura del proletariado”, y muchos reaccionan de hecho como, al parecer, lo hizo Santiago Carrillo, que dejó escrito aquello de que: “Dictadura, ni la del proletariado”. Esto es, en mi opinión, un error. La dictadura del proletariado es, para un marxista, algo a lo que no puede renunciar salvo al precio de dejar de ser marxista, precio que muy bien puede pagar quien lo desee, porque nadie le obliga a seguir siendo marxista (ni puede obligarse jamás a una cosa así, ya que si algo demostró Marx es que todo lo que hizo y escribió lo hizo única y exclusivamente inspirado en un solo principio: su férrea defensa del libre pensamiento). Lo que oscurece bastante la claridad de ideas a este respecto es la asociación involuntaria que se tiende a hacer entre dictadura del proletariado y el tipo de dictadura de proletariado que Lenin parecía defender.

Recuerdo que, más o menos en mi época de militante del PCE, el partido se debatía entre su autodescripción como “marxista-leninista” y su definición como “marxista revolucionario de inspiración leninista” (o algo así: se trata de expresiones aproximadas que nuevamente menciono de memoria). Toda la izquierda leninista --que incluía no sólo a los partidos comunistas occidentales mayoritarios, sino también a los estalinistas, los trotskistas, los maoístas, etc.-- era fiel a Lenin en la interpretación que éste hacía de la dictadura del proletariado de Marx. Sin embargo, yo por entonces no conocía que otros marxistas, como Rosa Luxemburgo, o luego Pannekoek, Korsch, Mattick y tantos otros, eran partidarios de una dictadura del proletariado de tipo diferente al que proponía Lenin y, muy posiblemente, de un contenido mucho más próximo a lo que el propio Marx entendía por ella.

No me puedo extender sobre esto, pero sí traer a colación a la gran hispano-peruano-francesa Flora Tristán, que fue la primera en acuñar la consigna de que la emancipación de los trabajadores debía ser la obra “de los propios trabajadores”. Esta idea la desarrolló luego Marx, especificando que, por consiguiente, dicha emancipación no podía ser obra de alguien que, viniendo de fuera, inoculara en los trabajadores una especie de vacuna ideológica suficientemente fuerte como para hacerlos capaces, no sólo de resistir la epidemia de gripe social permanente que supone el capitalismo --y que a tantos ha llevado al cementerio después de hacerlos pasar por diversos episodios recurrentes de bronconeumonía aguda--, sino de curarse y recuperarse por completo, hasta el punto de terminar gozando de una salud de hierro gracias a la labor altruista de estos filántropos médicos venidos de no se sabe dónde, hasta poder aspirar a una sana vida feliz dirigida por tal vanguardia sanitaria.

Hay un episodio en la historia del marxismo que es prácticamente desconocido para muchos, y que sin embargo, en mi opinión, reviste la mayor trascendencia. Cualquiera con una mínima formación sabe que Eduard Bernstein es el gran padre del revisionismo dentro del marxismo. Esto ocurrió a partir de la última década del siglo XIX. Algunos sabrán también que, antes de llegar a sus posiciones revisionistas, Bernstein, que era cinco años mayor que Kautsky, y que había trabajado codo con codo con el viejo Engels, era un fiel defensor de la ortodoxia marxista y un fiel colaborador de Engels en sus trabajos políticos y editoriales. Sin embargo, lo que desconoce la mayoría es la primera etapa (anterior a las dos citadas) de la vida de Bernstein, o, al menos, un episodio de la misma que lo llevó a firmar, junto a otros dos colegas socialdemócratas, un manifiesto --que por entonces se conoció como el manifiesto de los “tres de Zúrich”, pues era en esta ciudad suiza donde residían-- en el que se reclamaban varias cosas. Entre otras, mayor presencia para los intelectuales dentro del partido y mayor moderación en sus posiciones políticas, porque, según los firmantes, cosas como la defensa de la Comuna de París y otros extremismos alejaban a las masas de los planteamientos del partido y las empujaban hacia el terreno de los partidos burgueses.

Pero resulta que cuando esta carta-manifiesto se hizo pública (en 1879) Marx todavía estaba vivo (murió en 1883), y, junto con Engels, redactó una respuesta a la misma tan tajante y tan clara que todo marxista la debería leer --y no sólo leer, sino estudiar a fondo-- si quiere de verdad comprender cuáles eran los planteamientos de los fundadores del marxismo. Muchos socialdemócratas saben que su teoría tiene un lejano origen en Marx y en otros pensadores socialistas del siglo XIX, pero argumentan básicamente que el capitalismo ha cambiado mucho para que pueda seguir siendo válida una teoría que no esté completamente actualizada. En realidad el argumento del paso del tiempo --el ardid cronológico lo llamaría yo-- es un argumento que se usa siempre a beneficio de inventario, es decir, sólo contra los autores que no nos gustan, renunciando cada cual a aplicarle idéntica crítica a aquellos clásicos más afines en los que, en último termino, se fundamentan siempre las propias teorías. Y es así como lo usaba Bernstein, al decir que el capitalismo de 1890 ya no era como el de Marx (a lo que cualquiera podría replicar hoy, con igual o más razón, que el capitalismo del año 2000 no es como el de 1890). Pero es más interesante rememorar el debate en torno a las posición de este “primer” Bernstein.

Éste, recién llegado a Suiza desde Alemania, pasó a trabajar como secretario de un tal Höchberg, y entre ambos, junto a Schramm, escribieron en 1877 un artículo sobre “El movimiento socialista en Alemania: su pasado”. En él se defendía la posición de Lassalle, en contra de la de Marx:

“El movimiento que Lassalle consideró como eminentemente político, al que llamó no sólo a los obreros sino también a todos los demócratas honestos, a cuya cabeza deberían marchar los representantes independientes de la ciencia y todos los que estuviesen animados de un verdadero amor por la humanidad, se rebajó, bajo la presidencia de Johann Baptist von Schweitzer [el sucesor de Lassalle en la dirección del Partido], al nivel de una lucha estrecha de los obreros de la industria por sus intereses”. Los autores reprochan al partido su “rechazo de la democracia burguesa” porque esto ahuyentará a las capas burguesas; en cambio con una postura más abierta, “harán su aparición numerosos adherentes de los círculos de las clases cultas y pudientes. Pero si la agitación que se lleva a cabo ha de alcanzar resultados apreciables..., es preciso empezar por ganar a éstos” (p. 302). Según ellos, el socialismo alemán ha “atribuido demasiada importancia a la acción de ganar a las masas, y con ello ha descuidado la enérgica propaganda en las llamadas capas superiores de la sociedad”, por lo que “al partido le siguen faltando personas preparadas para que lo represente en el Reichstag”, pues “es deseable y necesario conferir el mandato a hombres que tienen tiempo y oportunidades para informarse plenamente de la documentación importante. El simple obrero y el pequeño empresario... no tienen para eso, salvo raras excepciones, tiempo libre (...) Precisamente en los tiempos actuales, bajo la presión de la ley de excepción contra los socialistas, el partido demuestra que no se inclina a seguir el camino de la violenta y sangrienta revolución, sino que está resuelto... a seguir el camino de la legalidad, es decir, de la reforma (...) Cuanto más sereno, objetivo y razonable sea el partido, esto es, en la medida en que se manifieste con críticas a las condiciones existentes y proposiciones para introducir cambios en ellas, tanto menos posible será una repetición de la actual estrategia exitosa (cuando se promulgó la Ley de excepción contra los socialistas) por la cual la reacción consciente ha aterrorizado a la burguesía con su miedo al espectro rojo (...) Que nadie nos interprete mal”; no queremos “abandonar nuestro partido ni nuestro programa, pero piénsese que durante años tendremos bastante que hacer si concentramos toda nuestra fuerza y energía en el logro de ciertos objetivos inmediatos que de todos modos es preciso alcanzar antes de poder pensar en la obtención de objetivos de más largo alcance” Entonces los burgueses, pequeños burgueses y obreros que “en la actualidad están alejados, atemorizados... por los reclamos de largo alcance, se nos unirán en masa”. Los “exagerados ataques contra los fundadores de compañías” o el apoyo del partido a la Commune tuvieron la desventaja “de que gente por otra parte bien dispuesta hacia nosotros se alejó, y en general aumentó el odio de la burguesía contra nosotros”. Además, “el partido no está completamente libre de culpa por la promulgación de la Ley de octubre, porque había aumentado el odio de la burguesía en forma innecesaria”.

La respuesta de Marx y Engels ilustra lo que Löwy ha calificado “el episodio más representativo de las divergencias entre Marx, Engels y los sectores reformistas del Partido” después del “asunto del programa de Gotha”, es decir, lo que Fernández Buey ha llamado “el combate librado contra los intelectuales ‘contrarrevolucionarios’ (grupo de Zúrich) y el ala derecha de la fracción parlamentaria”. En carta a Sorge (1877), Marx se queja de que “en Alemania haya prevalecido un espíritu ‘podrido’ en nuestro Partido, no tanto en la masa como en los jefes”, y en especial de la “banda de estudiantes inmaduros y de doctores demasiado sabios que quieren darle al socialismo un ‘giro ideal más alto’”. Ante la propuesta del grupo de Zúrich sobre una política no tan obrera para el Partido, Marx y Engels responden en una carta circular que, según Löwy, “pertenece a la categoría de los documentos olvidados del marxismo”. Tras resumir las tesis del artículo, el Moro y el General pasan al ataque:

“En resumen, la clase obrera es incapaz de lograr por sí misma su propia emancipación. Para lograrla, debe ponerse bajo la dirección de burgueses ‘cultos y pudientes’, los únicos que poseen el ‘tiempo y las oportunidades’ para informarse de lo que es bueno para los obreros. Y en segundo lugar, no hay que combatir de ningún modo a la burguesía sino que hay que ganarla mediante una enérgica propaganda (...) No hay que abandonar el programa, sino únicamente postergarlo... para las calendas griegas. Se lo acepta, no para uno mismo y para la época en que ha de vivir, sino como programa póstumo, como legado a transmitir a su hijos y a los hijos de sus hijos. Entretanto, uno dedica ‘toda la fuerza y la energía’ a toda clase de bagatelas y a remendar el orden social capitalista, para tener por lo menos la apariencia de que se hace algo sin amedrentar al mismo tiempo a la burguesía (...) En lugar de resuelta oposición política, espíritu general de conciliación; en lugar de lucha contra el gobierno y la burguesía, tentativas de ganarlos y persuadirlos (...) La gente que en 1848 se declaró demócrata burguesa puede hoy llamarse con razón socialdemócrata. Para aquella gente, la república democrática era inalcanzable, remota, y para esta gente el derrocamiento del sistema capitalista también lo es (...) Lo mismo sucede con la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía. Se la reconoce sobre el papel porque ya no puede negarse su existencia, pero en la práctica se la oculta, se la diluye, se la atenúa (...) Ésta es la misma gente que, so pretexto de infatigable actividad, no sólo no hace nada, sino que también trata de impedir que ocurra cualquier cosa que no sea charlar (...) Es un fenómeno inevitable, enraizado en el curso del desarrollo, que gente proveniente de la que ha sido la clase dominante se una al proletariado militante y lo provea de elementos culturales. Esto lo hemos dicho claramente en el Manifiesto. Pero en este caso es preciso agregar dos puntos: Primero, para ser útiles al movimiento proletario, esta gente debe aportar verdaderos elementos culturales (...) En este caso hay una total ausencia de material cultural verdadero, sea práctico o teórico. En su lugar tenemos intentos de armonizar superficialmente las ideas socialistas con los más variados puntos de vista teóricos que esta gente trae consigo de la universidad o de cualquier otra parte (...) Segundo, si gente de este tipo, que proviene de otras clases, se une al movimiento proletario, la primera condición es que no traiga ningún resto de prejuicios burgueses, pequeñoburgueses, etc. (...) Pero esos caballeros, como lo han demostrado, están atiborrados y empachados de ideas burguesas y pequeñoburguesas (...) No podemos comprender cómo el partido puede seguir tolerando a los autores de este artículo (...) En cuanto a nosotros, teniendo en cuenta todo nuestro pasado, sólo nos queda un camino. Durante casi cuarenta años hemos insistido en que la lucha de clases es la fuerza motriz esencial de la historia, y en particular que la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado es la máxima palanca de la revolución social moderna; por ello nos es imposible colaborar con gente que desea desterrar del movimiento esta lucha de clases. Cuando se constituyó la Internacional formulamos expresamente el grito de combate: la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma. Por ello no podemos colaborar con personas que dicen que los obreros son demasiado incultos para emanciparse por su cuenta y que deben ser liberados por los filántropos burgueses y pequeños burgueses. Si el nuevo órgano del partido adopta una línea que corresponde a las opiniones de esos caballeros, si es burgués y no proletario; entonces no podríamos hacer otra cosa, por mucho que lo sintiéramos, que declarar públicamente nuestra oposición al mismo y terminar con la solidaridad con que hasta ahora hemos representado al partido alemán en el extranjero”.

Releyendo el artículo, caigo en la cuenta de que no habido espacio para referirse a la cuestión de la izquierda y el nacionalismo, pero quizás esto pueda tocarse en un nuevo artículo.