LA ALTERNATIVA DESPUÉS DE LA IZQUIERDA

 

1. Un economista unánimemente considerado de izquierdas, el mundialmente conocido institucionalista y keynesiano John Kenneth Galbraith, afirma, lúcido: “Yo soy una persona conservadora y por tanto tengo tendencia a buscar antídotos para las tendencias suicidas del sistema económico. Pero gracias a la típica inversión del lenguaje esta predisposición suele ganarle a uno la reputación de ser un radical”. En esta sociedad, si uno se pone del lado de Galbraith (en la crítica, en la izquierda) y propone ese tipo (antisuicida) de reformas o transformaciones del sistema (como se vio en la clausura de la reciente reunión en León de la española Asociación de Economía Mundial), se lleva el aplauso de los banqueros (al menos, de los presentes en esa reunión). Mientras que si parafrasea uno a Galbraith para defender lo contrario que él mismo --que no es uno conservador en ese sentido, y por tanto no se interesa por administrarle al sistema esos antídotos contra el veneno que él propio sistema genera--, la misma inversión lingüística que denuncia este autor lo convierte a uno en un “marxista dogmático”.

2. La izquierda actual se debate entre la perplejidad y la desorientación. En un reciente artículo (El País, 31-5-00), Nicolás Sartorius, vicepresidente de la Fundación Alternativas --la Fundación que tradujo al español la Tercera Vía de Tony Blair--, cree erróneo que la izquierda quiera renovarse “acercándose a los postulados de la derecha”, y, tras mostrarse de acuerdo con Felipe González en que la crisis de la izquierda es bastante más que meramente orgánica, reconoce que ésta “carece de proyecto y ha perdido el liderazgo moral, cultural y, por ende, político de la sociedad”. Por su parte, a Daniel Innerarity (El País, 1-6-00) no le gusta la renovación de la socialdemocracia que propugna el teórico de la Tercera Vía, Anthony Giddens, y propugna por ello “otra renovación de la socialdemocracia que tomara como eje la tradición liberal”. No es que este autor desconozca los elementos liberales del discurso de la Tercera Vía, pero al demandar un “aguijón libertario y de crítica al poder”, Innerarity va más allá: aspira a un “Estado con el poder mínimo e indispensable”, y desea una “izquierda individualista, anti-estatal y no socialista”. Su idea parece un cruce entre Cohn-Bendit (y su concepción “liberal o libertaria” de la socialdemocracia) y José María Cuevas (pues critica, como ha hecho también éste, a quienes piensan “como si el mercado fuera el responsable de la miseria del mundo”, cuando, según él, es la falta de un mercado verdaderamente libre el origen de todos los problemas). Pero su artículo tiene el mérito de volver al pensamiento de los siglos XVIII y XIX por considerar que la renovación de la izquierda sólo es posible “si se procede a una revisión general que alcance a sus orígenes históricos”. Como en este último punto estoy plenamente de acuerdo, empezaré por ahí mi propio argumento.

3. El mero recuerdo de que los fisiócratas del XVIII acuñaron la consigna del laissez faire liberal en el contexto y marco de la absolutista e ilustrada corte de Versalles (donde vivía el propio Quesnay), o el recordatorio de que el actual neoliberalismo comenzó a despuntar (antes que en Thatcher y en Reagan) con los Chicago boys friedmanianos de los gobiernos del poco liberal Pinochet, deberían ser suficientes para evitar ese simplismo asociativo de posiciones políticas y económicas que conduce a adjetivaciones precipitadas. Un punto de partida importante es no olvidar que “izquierda” y “derecha” son términos que surgen en el seno de la Revolución francesa, y por tanto como momentos internos de la revolución burguesa por excelencia (lo que significa que son parte consustancial del pensamiento burgués). Aunque el socialismo hereda casi todo lo que la tradición liberal aportó, hubo un socialista (Carlos Marx) que rompió con esa línea intelectual y prefirió la crítica del socialismo liberal. Marx ha sido en realidad un teórico del anarquismo, pero el predominio entonces del socialismo armonicista (en sus distintas versiones: de Estado, de cátedra, cristiano, fabiano, masón, etc.) en lo intelectual, junto a la pujanza de un movimiento obrero que se creyó marxista, dio lugar a una curiosa particularidad en la Historia de las ideas y de los hechos: el surgimiento de un amplio y plural movimiento marxista que poco o nada tenía que ver con las ideas de Marx.

4. Aunque gente tan diferente como los consejistas Pannekoek, Korsch o Mattick, el jurista alemán H. Kelsen o el moderno marxólogo francés M. Rubel (poco traducidos, y mucho menos leídos, en España), están de acuerdo en señalar que la posición de Marx hacia el Estado es la de un anarquista que, a diferencia, de la mayoría de éstos, sabía de economía, lo cierto es que los partidos y sindicatos que surgen como marxistas a partir de finales del XIX defendían, bajo la etiqueta de marxistas, los postulados de los autores de izquierdas que Marx combatió durante toda su vida. Esto es tan predicable de los teóricos de la II Internacional como de la III o de la IV, ya que tanto Kautsky y Hilferding como Lenin o Trotski eran más bien unos lasalleanos defensores del “socialismo de Estado” y de las reformas burguesas del capitalismo de Estado.

Mattick es especialmente clarividente en su análisis de las simetrías entre las dos grandes corrientes --socialdemócrata y comunista-- en que se dividió el movimiento obrero mundial. En consecuencia, no puede sorprender que la caída del muro de Berlín, aunque haya sido incapaz de asimilar (al menos por ahora) el especial capitalismo oriental al modelo occidental, haya terminado por provocar una crisis definitiva de la izquierda marxista que debía terminar contagiando a la izquierda exmarxista. Toda la intelectualidad occidental de izquierdas, formada más en el leninismo que en el marxismo de Marx, inició una travesía de décadas hacia un pragmatismo político que le permitiera conservar cierta dosis de sus ideas originales (mayor o menor según los casos) una vez instalada en el poder. Lo único que había olvidado es que la instalación en el poder es incompatible con el pensamiento de Marx que (muy en el fondo) reclamaban (o reclamaron en el pasado).

5. Otro gran defecto de la izquierda es que, en su diálogo exclusivo (y excluyente) con la derecha, no sólo no piensa por su cuenta, sino que ni siquiera sabe que no lo hace, pues parece haber olvidado que la ideología dominante es la ideología de la clase dominante. Se limita a extrapolar a muy corto plazo las tendencias que observa en el primer plano más miope y retórico. En ocasiones, es menos realista incluso que la propia derecha. Un ejemplo, lo ofrece el entusiasmo injustificado ante las potencialidades de la llamada “nueva economía”. Tiene que llegar un Guillermo de la Dehesa (El País, 1-6-00) para recordarle a esta izquierda entusiasta que la economía de Estados Unidos no puede seguir creciendo como hasta ahora, y que existe el riesgo de que su “aterrizaje” pueda no ser “suave” sino más bien “brusco o forzoso”, lo que podría afectar no sólo a ese país sino a toda la OCDE y “podría desencadenar una caída mucho más profunda de los precios que una mera corrección y provocar una situación recesiva y no una mera reducción del crecimiento”. Sin embargo, aunque de la Dehesa sea suficientemente realista como para reconocer que “la Nueva economía no puede evitar que finalmente la mayor demanda induzca una mayor presión sobre los precios y las autoridades monetarias tengan que verse obligadas a desacelerar su crecimiento”, no por ello renuncia al optimismo al suponer que la caída de la Bolsa es un episodio positivo: “De ahí que la reciente y moderada corrección bursátil haya sido una excelente noticia para la economía mundial y sea de desear que continúe, ya que si no es muy brusca y fuerte, puede favorecer el aterrizaje suave de la economía de Estados Unidos”.

6. En mi opinión, la caída será brusca y fuerte, con consecuencias depresivas para la economía mundial y efectos duraderos y penosos para gran parte de la población mundial. Sin embargo, el capitalismo tendrá capacidad suficiente para retomar luego una senda alcista de crecimiento a largo plazo, entre otras razones porque la población mundial está presa en las mallas de la ideología dominante. Mientras la población crea que para luchar contra el sistema lo que hace falta es una alternativa simplemente “de izquierdas”, el único efecto será una proliferación de adjetivos como “social” (y otros equivalentes) en su literatura archiderrotada. La izquierda es la otra mitad que, junto a la derecha, necesita la bola capitalista para continuar rodando. El llamado pensamiento crítico es el complemento necesario que exige el pensamiento único para sustentarse. Pero ambos destilan, por evaporación, de las mismas retortas pensantes del capital. La alternativa no puede ser ni liberal ni socialdemócrata (incluida la variante comunista), sino que se inspirará en las ideas de Marx que el pensamiento postmoderno se esfuerza en vano por enterrar desde hace siglos.

Cuando se cumplen 75 años de la muerte de Pablo Iglesias y 150 de su nacimiento no está de más recordar que el PSOE --que nació como un partido “marxista” y es hoy un movimiento a la deriva, después de 14 años de sólida instalación en el poder capitalista-- lo constituyeron, en 1879, un grupito de 37 hombres (como lo cuenta Juan José Morato) que en muchos casos poco sabían de las ideas de Marx (entre otras cosas porque el grueso de sus escritos se publicó más tarde), salvo las que iban encapsuladas en informes o mensajes de la Internacional, que debían pasar la criba de la adhesión de revolucionarios honrados pero de muy diversa matriz ideológica.