EL PROGRAMA DE LA “CUARTA VÍA”

 

Tras la publicación por El País de mi artículo ¿Sólo pasan “tres vías” o cabe una cuarta? (28-1-00), algunos amigos han echado de menos que --tras el repaso que en él hacía del contenido básico de las posiciones de las vías Primera y Segunda, junto a la de la (aparentemente) más novedosa Tercera vía-- no hubiera explicado con más detalle los perfiles por los que habría de transcurrir lo que para algunos era una sugerente (pero meramente enunciada) Cuarta Vía. El propósito de este artículo está, pues, claro: trataré de ser más explícito en la formulación de lo que, a mi juicio, son las tres grandes reformas que necesita el capitalismo actual para avanzar por el camino de esta Cuarta Vía. Sin embargo, se impone un recordatorio mínimo de las propuestas de las otras tres vías, a fin de situar al lector que no haya leído el artículo citado, o no recuerde lo que en él se decía.

La introducción del reciente libro de Carlos Rodríguez Braun (Estado contra mercado) deja muy claro el planteamiento de la Primera Vía: “La tesis de este ensayo es que el Estado ha crecido excesivamente a expensas del mercado y ha usurpado derechos y libertades de los ciudadanos no sólo más allá de lo económicamente conveniente sino también de lo políticamente lícito y lo moralmente admisible (...) No hay ‘terceras vías’ entre el mercado y su eliminación: esta última alternativa ha desaparecido (...) Pretendo combatir frente a un adversario más difícil, pero también más trascendental: no el agresivo Estado comunista sino el benévolo Estado democrático, que no comporta la aniquilación del mercado sino que lo admite, aunque lo condiciona y limita en aras del emprendimiento de costosas políticas económicas, principalmente de carácter redistributivo”.

Igualmente claro es el prólogo de Joaquín Estefanía a su no menos reciente Aquí no puede ocurrir, donde se presenta la Segunda Vía como una apuesta expresa por el capitalismo regulador frente al capitalismo sin reglas: “El economista, el sociólogo, tienen que reivindicar ante los poderes el deber de la impertinencia. La historia demuestra que en estos territorios conviene ser prudente. Máxime cuando se cree que sin una crítica reforzada, el capitalismo continuará destruyendo la cohesión social y cuando se entiende urgente hacer el análisis del nuevo espíritu del capitalismo tras la caída del muro de Berlín: el capitalismo global (...) Hay en estos tiempos una coincidencia generalizada en considerar que muerto el socialismo real se ha dado un triunfo del capitalismo con características casi universales. Pero decir esto no basta: ¿qué tipo de capitalismo es el vencedor? ¿Un capitalismo sin reglas?, ¿un capitalismo regulador?”.

El proyecto de la Tercera Vía es asimismo nítido, pues en el famoso libro de su ideólogo, Anthony Giddens --La Tercera Vía (1998)--, se explica su contenido ya en el propio subtítulo: “La renovación de la socialdemocracia”; y un poco mejor al final del capítulo primero, donde Giddens trata del “socialismo y su posteridad”: “¿Qué orientación debería tener [la socialdemocracia] en un mundo en el que no hay alternativas al capitalismo? (...) Daré por hecho que la ‘tercera vía’ se refiere a un marco de pensamiento y política práctica que busca adaptar la socialdemocracia a un mundo que ha cambiado esencialmente a lo largo de las dos o tres últimas décadas. Es una tercera vía en cuanto que es un intento por trascender tanto la socialdemocracia a la antigua como el neoliberalismo”. El propio Tony Blair asimiló así las enseñanzas de Giddens en un folleto homónimo (también de 1998): “La tercera Vía (...) se nutre de la unión de dos grandes corrientes de pensamiento de centro-izquierda --socialismo democrático y liberalismo-- cuyo divorcio en este siglo debilitó tanto la política progresista en todo Occidente”. Y José Borrell, en el prólogo a la edición española del librito de Blair, fue aun más sintético, ya que, según él, se trata de “compatibilizar mayor globalización y mayor cohesión social”, lo que ya habrían hecho hace tiempo los socialistas españoles: “Un gran líder del PSOE, Indalecio Prieto hizo famosa, ya en 1922, la frase ‘Soy socialista a fuer de liberal’, frase que Felipe González repitió abundantemente siendo presidente del Gobierno”.

Pues bien, ¿en que consiste la Cuarta Vía que yo propongo? Podría decirse que consta, por ahora, del simple núcleo de un modelo de reforma del capitalismo que no puede aspirar a ser un auténtico programa alternativo hasta que no haya un grupo suficiente de gente trabajando en torno a dicho programa, elaborando y reelaborando en el terreno de lo concreto las propuestas que aquí sólo se ofrecen en un plano conscientemente abstracto (como resultado, sin embargo, de lo que pretende ser buena, y no mala, abstracción, algo imprescindible para desarrollar cualquier verdadera teoría). Dicho núcleo, formado por las tres propuestas que se analizan a continuación, se basan en el rechazo de la hipótesis implícita en las tres primeras vías (la supuesta necesidad del mercado en cualquier tipo de economía capitalista). Lo que aquí se propone es una reforma del capitalismo que permita pasar a un capitalismo sin mercado, es decir: con planificación, con decisiones descentralizadas y democráticas, y sin capitalistas. Intentaré explicarlo sucintamente.

1. Las técnicas de planificación económica no estaban desarrolladas suficientemente cuando las sociedades del Este de Europa pretendieron planificar sus economías. Hoy en día no sólo contamos con la aportación teórica de Kantoróvich y su escuela (Rubínov, Makárov, etc.), la del húngaro András Bródy, y otras, sino que sabemos que, por primera vez, es ahora posible planificar una economía donde existen millones de bienes y servicios (de consumo y de producción) diferentes, como lo cuentan Cockshott y Cottrell en su reciente libro, Towards a New Socialism. Lo primero que la sociedad capitalista reformada debe planificar es la porción de la producción global que desea someter a decisiones colectivas centralizadas y, por consiguiente, también la fracción restante, la que pretende someter a la decisión y el reparto descentralizados de los ciudadanos. La categoría de ciudadano del mundo es de importancia fundamental, puesto que en esta sociedad del Internet y de la Información ya existen los medios técnicos necesarios para que toda la población mundial vote simultáneamente una propuesta planteada colectivamente por una instancia política global.

2. Entre dichos medios técnicos cabe citar --aparte de los ordenadores superveloces que exige la planificación detallada, o de las técnicas de cálculo iterativo que facilitan enormemente la eficacia y la velocidad del rendimiento computacional-- lo que yo llamo para mi fuero interno la “Visa político-económica”. Aun a costa de ser acusado de hacer publicidad encubierta (aunque no creo que sea más grave este caso que el de quien dice de pasada que necesita una aspirina), creo necesario usar este concepto para explicar la idea que encierra esa expresión. Se trata, sencillamente, de que, como primer paso en dirección a reformas futuras (sin duda más perfeccionadas), es ya factible dotar a cada uno de los seis mil millones de terráqueos de una tarjeta electrónica de identidad que le permita votar, a la vez, política y económicamente. Los economistas ortodoxos que hablan de que los consumidores votan en el mercado cada vez que eligen un producto frente a otro rival, están sin duda en lo cierto. Únicamente olvidan el pequeño detalle de que el voto a través del mercado es, respecto al voto que yo propongo, algo así como la democracia censitaria comparada con el sufragio universal.

Mi propuesta tampoco debe confundirse con la de socialismo de mercado que defienden los marxistas analíticos, escuela que propugna el mercado (tanto o) más que los economistas que ella critica. Es importante comprender que, aunque la capacidad generalizada de decisión económica descentralizada surgió, históricamente, con el desarrollo del mercado, no se necesita ya de ningún mercado para desarrollar aun más esta capacidad de decisión autónoma y descentralizada, que no sólo no entra en contradicción con la planificación, sino que la refuerza, la ayuda a tomar decisiones y la democratiza. Fíjese el lector en que en este capitalismo reformado cada ciudadano votaría de forma enteramente democrática, pues cada uno --sea hombre o mujer, niño o viejo, habitante de lo que hasta ahora se ha llamado Primer Mundo o del Tercero, etc.-- tendría la misma capacidad adquisitiva descentralizada que cada uno de los demás cinco mil novecientos noventa y nueve millones novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve ciudadanos del mundo, incluidos los que en el capitalismo prerreformado han ejercido de reyes, de millonarios, de Papas o de cualquier otra profesión ya periclitada.

El tercer punto de reforma, sin duda el más difícil de poner en práctica y el que más espacio exigiría para ser desarrollado mínimamente, se puede resumir, no obstante, diciendo que consiste en la eliminación de los capitalistas (y demás profesiones ligadas a esa figura social anticuada). No se trata, claro está, de su eliminación física, pues el modelo de reforma que aquí se presenta no exige violencia alguna que no sea defensiva, es decir, que no sea la pura autodefensa de la población amenazada ante los ataques de los que, previsiblemente, mostrarían agresivamente que no están dispuestos a renunciar a sus privilegios. Sin embargo, ya se advirtió al principio de que aquí se está exponiendo un simple modelo, y, como dice mi amigo, el catedrático de Teoría económica Alfons Barceló, siguiendo a su maestro, el filósofo argentino-canadiense Mario Bunge, los modelos son como los mapas: de nada nos servirían si tuvieran que ser de escala 1:1.

Por tanto, admitida la necesidad y conveniencia de simplificar, puesto que estamos haciendo teoría --que sea buena o mala teoría lo tendrá que decir el lector--, no me toca a mí, sino a todos los que quieran trabajar por la Cuarta Vía, pensar en las formas concretas en que hay que organizar la materialización de la reforma número tres aquí propuesta. Evidentemente, yo tengo algunas cosas pensadas al respecto, pero razones de espacio aconsejan dejar esas reflexiones para un artículo ulterior, contando, claro está, con la magnanimidad del periódico al que se destinan estas líneas.