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BORBÓN, S.A.
Muy recientemente, el conocido
economista Julio Segura
escribía una vez más sobre la decisiva cuestión de “el sector público en las
economías de mercado”.
Y lo hacía, además, empezando por señalar, muy correctamente, que “existe un
discurso muy extendido que trata de enfrentar al Estado con los mercados como
entidades antagónicas, casi incompatibles, y cuya versión extrema es la
identificación reduccionista entre mercado y sociedad
civil”.
Efectivamente: ese discurso,
también conocido como “liberal” o “ultraliberal”, está muy difundido en la
actualidad. Pero no menos popular es el discurso al que se adscribe el propio
Segura, que no es sino otra variante del mismo tronco común del liberalismo. Por
ejemplo, tanto el FMI y demás instituciones gemelas como muchos de los críticos
superficiales de la “globalización” apuestan por un liberalismo más
intervencionista, como defiende en España el propio Segura, o a escala universal
el mundialmente conocido George Soros, gran filántropo y gran especulador, que
son dos características que suelen ir muy unidas en el cariñoso corazón de los
capitalistas (que, como todo el mundo sabe, tan bien se portan con sus nietos).
Así, Segura escribe:
“Hoy día, tras varios episodios
que han puesto de manifiesto los riesgos sistémicos potenciales de algunos
comportamientos y la dificultad de valorar, tanto interna como externamente, los
riesgos de las instituciones financieras, se empiezan a discutir en organismos
internacionales instrumentos para regular los movimientos de capital a corto
plazo desestabilizadores; y la búsqueda de una supervisión y regulación
financieras de carácter supranacional es activa en los foros internacionales. Lo
que ha dado en llamarse un proceso de re-regulación
financiera”.
Aunque lo anterior sea bien
verdad, las conclusiones que de su artículo extrae nuestro autor no me parecen
tan defendibles. En el capítulo que dedica a ellas, empieza arremetiendo tanto
contra quienes llama “criptoliberales” como contra los que denomina
“paleocolectivistas”, para terminar escogiendo la vía del medio, desde donde,
según él, se ve claramente no sólo que el dilema “no es Estado contra mercado o
mercado contra Estado”, sino también que la aparente solución exige “una
combinación entre mercados y Estados imperfectos que se complementen y potencien
mutuamente”.
No hay duda de que Segura no es
un “paleocolectivista”, aunque algo de la era paleolítica sí parece quedarle en
sus genes porque se ha olvidado de que, desde hace dos o tres siglos, el
conflicto social fundamental no es ya entre “ricos y pobres”, como él lo
entiende, sino entre capitalistas y asalariados. Por otra parte, no es exacto
que quien concibe la opción real como una elección “entre mercados perfectos” y
“Estado imperfecto” sea un criptoliberal: sería más bien un liberal de los pies
a la cabeza, y lo sería bien a las claras, sin ocultar para nada su
bandera ideológica liberal (que sería lo que, por el contrario, denotaría la
figura del criptoliberal).
En mi opinión, el criptoliberal
cuasi perfecto es Julio Segura: o sea, el típico liberal que quiere presentarse
como crítico del liberalismo o, cuando menos, crítico de sus excesos (eso que se
califica corrientemente de neoliberal). Su criptoliberalismo rezuma a
todo lo largo y ancho del escrito que comentamos, tanto en las presencias como
en las ausencias que hay en él. Por ejemplo cuando escribe sobre “los efectos
distorsionadores de todo sistema fiscal” se está refiriendo a sus efectos
distorsionadores sobre el funcionamiento del mercado capitalista. Pero para un
liberal --aunque sólo sea cripto-- lo general se confunde siempre con lo
particular. Por eso el sistema fiscal, según él, “distorsiona” (porque
distorsiona al sacrosanto mercado), y, sin embargo, el mercado en su opinión no
distorsiona (ningún economista, ningún manual, se expresaría así, aunque a mí no
me cabe duda de que la economía de mercado lo primero que hace es distorsionar,
contorsionar, contusionar, “fisionar”, fracturar, e incluso quebrar, todo el
esqueleto vertebral de la existencia humana, tanto individual como colectiva, a
la que convierte en una piltrafa de carne envenenada y arrebujada con un montón
de relaciones sociales corruptas).
El criptoliberal Segura aboga
por “un mejor Estado y mejores mercados”, y eso lo hace desde “la perspectiva
del economista”. Oiga usted, señor mío, perdone: hable usted en nombre de los
economistas de su clase (si quiere), pero no nos incluya a todos los economistas
y no me obligue a repetir lo que Marx le espetó a Proudhon. Es verdad que ahora
tienen ustedes la mayoría --de eso no hay duda--, pero a la minoría irreductible
no nos van a doblegar por mucho dinero con que cuenten para ese fin. Que su
bonito artículo aparezca en el Boletín de una benéfica institución como
es la Fundación Juan March --aquel benefactor empresario mallorquín que tan
generosamente financió los costes de la guerra del general Franco contra una
mayoría de españoles--, que hoy preside su nieto Carlos March, el hombre más
rico de España según la revista Forbes, tan filántropo como su abuelo
--no en vano nos ofrece en la calle Castelló, de Madrid, una excelente
exposición con 68 obras maestras,
y todo ello sin cobrarnos a los visitantes ni un solo duro,
nada de eso le da derecho a arrogarse el supuesto punto de vista (en singular)
de el economista.
Sepa usted que estamos mirando
para el mismo lado y vemos cosas completamente distintas: o bien es usted muy
miope o bien las gafas que le puede haber regalado don Carlos March son de oro
también en la parte del cristal. Si es así, haga el favor de quitárselas cuando
hable de la realidad. Y recuerde que el amarillo oro --y usted lo recordará en
alguna pesadilla nocturna-- no borra del todo esa mezcla de naranja-fuego y
rojo-sangre con que se construyen los ladrillos de las benéficas instituciones
capitalistas.
[Llegado a este punto, se
preguntará el lector: ¿y todo esto qué tiene que ver con un título como el de
Borbón, S. A.? Simplemente: que ayer soñé que había un grupo empresarial
español llamado así, con unos “relaciones públicas” maravillosos, altísimos y
guapísimos --gente guapa, pero guapa, guapa--, y que tenían un gestor llamado
Carlos March y un botones para todo llamado don Jesús Polanco. ¿Se dan cuenta
ustedes de las locuras que puede uno llegar a soñar?].