MANO INVISIBLE, CORAZÓN VISTOSO (O DOS TIPOS DE LIBERAL: FRIEDMAN vs. BUSH)

 

Puede que fuera la casualidad la única responsable de aquella coincidencia, pero el 11 de noviembre, en El País-Domingo, los dos capitalismos --el cínico y el ético; el que esconde siempre la mano y el que la saca para golpearse el pecho con aflicción-- se veían mutuamente las caras, casi página contra página, expuestos en su máximo esplendor, para solaz o desgracia del perplejo lector. En una extensa entrevista al premio Nobel de Economía y “defensor a ultranza del libre mercado”, Milton Friedman, la periodista del Spiegel, Michaela Schies, llegaba a acusarlo de “cínico” por burlarse él de la petición de ella de un “nivel de vida decoroso” para los pobres de los Estados Unidos. De esta manera, Schies mostraba una sensibilidad similar a la que, cuatro páginas más abajo, criticaba el irónico reportaje de Vicente Verdú sobre la actual moda de “la economía con buen corazón”, en la que abundan los “negocios espirituales” de los Fondos Socialmente Responsables, hoy en boga, o se celebra un “día del Comercio Justo” en Europa (¿acaso se deploran los 364 días restantes como “comercio injusto”?), y hasta se hace “rock de caridad” en beneficio de los afectados por graves enfermedades, huracanes o guerras.

En su entrevista, Friedman viene a decir lo siguiente. Tras los atentados del 11-S, “el ambiente ha cambiado radicalmente”, Keynes “vuelve a estar de moda”, y la “presión aplastante” de la opinión pública sirve como pretexto para una, según él injustificada, mayor intervención del Estado y un aumento del gasto público (al que se opone incluso en su vertiente militar). Sin embargo, lo que se debería hacer es dejar al mercado a su propia ley; por ejemplo, que ciertas empresas de transporte aéreo o aseguradoras suspendan pagos o quiebren, si es necesario, pues eso haría que “mejores gestores” sustituyeran a los “malos gestores” responsables y culpables de la situación. Friedman, naturalmente, admite que “nada es perfecto en este mundo”, y acepta la queja contra la burbuja de las punto.com, pero se siente aliviado de que el gobierno de su país no haya impedido en este caso actuar al mercado, dejando que la burbuja finalmente “explotara”. Y es que su “confianza ilimitada en el mercado” deriva de lo que para él es un hecho evidente: “en el mercado sólo se puede tener éxito cuando se es útil a los demás” y sólo se puede ganar dinero “produciendo cosas que necesitan los demás”.

Lo que hace Friedman, como sus compañeros neoliberales, es recurrir, una vez más, al mito de la Mano Invisible, esa falsa creencia, no de que la famosa mano opere –¡por supuesto que opera!--, sino de que opera siempre positivamente, en beneficio de la sociedad, y consigue lo más parecido al óptimo colectivo que quepa imaginar. Esta falsa esperanza es permanentemente combatida por muchos críticos del neoliberalismo, como los keynesianos que menciona Friedman –véase el artículo de Stiglitz, uno de los Nobel del 2001, reclamando que “ahora es el momento adecuado para que el FMI regrese a su misión original: asegurar la liquidez global para permitir el crecimiento global sostenido”-- o los socialdemócratas que no menciona (quizás porque en su país a éstos se les llama “liberales”). Pero, en mi opinión, la combaten, por lo general, de manera incorrecta.

La mayoría reproduce el argumento de la periodista alemana: ¿por qué desconfiar de los “representantes del pueblo, elegidos democráticamente”?; ¿por qué no corregir los excesos y abusos del mercado con una intervención política democrática que asegure los derechos de todos, especialmente de los más perjudicados por el modus operandi puramente mercantil? Estos críticos olvidan que, en la práctica, el mercado y el Estado siempre han actuado hermanados (aunque los hermanos no siempre se lleven bien) y al unísono, y que los resultados que observamos (por ejemplo, ese 29% de hogares estadounidenses que, según la periodista, no llegan al nivel de vida “decoroso”) son el resultado de la operación conjunta de los vectores de fuerzas impulsadas tanto por “el mercado” como por “el Estado”, cada uno en su respectiva dirección y de acuerdo con su propia “lógica”. El error de estos críticos consiste en creer ingenuamente que esas direcciones y lógicas son mucho más dispares de lo que son.

Algunos piensan que el capitalismo europeo, o “modelo social europeo”, es distinto, a este respecto, del “modelo americano”. Pero esto es más un voluntarioso ejercicio de fe que una evidencia científica, y nada es más sencillo que encontrar entrevistas de periodistas europeos, con pequeño o gran corazón, preguntando a algún “despiadado” político qué es lo que está haciendo realmente su gobierno para socorrer la pobreza alojada en el corazón de nuestro sistema (que, por ejemplo, en España, según Cáritas, es de un orden de magnitud similar al del modelo “no social” de los Estados Unidos). Pero este tipo de argumento “social” tampoco es ajeno al propio Friedman, quien asegura que una de las razones por las que está “a favor de que el Gobierno sea más débil, más reducido” es que, así, se podrá “reducir el poder de las grandes empresas”, que se reparten los favores de Washington por medio de los “generosos fondos” que sus lobbies reparten entre “los políticos”.

Cuando Vicente Verdú recuerda, por su parte, que para Malraux, “el siglo XXI será espiritual o no será”, añade que “por el momento, ese espíritu se concreta en la simulación de una postura ética en los negocios”. Esta postura ética simulada es en realidad tan plural como la geometría variable. Para los unos, nada más ético que la “disciplina de los resultados, o sea, los mercados” (Friedman), ya que nadie puede preocuparse más por el dinero que su auténtico propietario, puesto que es suyo, mientras que el de los políticos es “de los demás”. Para los éticos críticos del mercado, la última moda ya la denuncia Verdú: la del “dinero ético”, los “Fondos éticos”, y, en definitiva, la “ética como cosmética”. Esto recuerda el reproche de Chirac (¿o fue Giscard?) a Mitterrand, en un debate televisivo preelectoral, recordándole a la izquierda que no puede pretender “le monopole du coeur” (la caridad se ha practicado siempre, y el comercio justo sólo sirve, como señala Pascal Bruckner, para que la “limosna” ya vaya “incluida en la compra”). Pero los críticos más de izquierda saben que la ética se tiene que apoyar también en una base económica y política, y por eso reclaman la intervención contundente de la poderosa mano visible del Estado, como instrumento fundamental en la lucha contra las injusticias que genera el mercado.

En realidad, la mano invisible es el mecanismo por medio del cual la búsqueda del interés exclusivo, privado, puede servir de base para la reproducción social (resultado social objetivo) de un sistema donde nadie fija otro objetivo colectivo que la salvaguardia misma de esos intereses privados. Pero los liberales no lograrán nunca saltar limpiamente la charca de barro lógico que les impide derivar a partir de ahí la necesaria bondad de ese resultado social objetivo. Es verdad que la oferta termina ajustándose a la demanda. Pero se ajusta sólo ¡a la demanda “efectiva”!, que realmente existe en las condiciones sociales que imperan, sin que importe un ápice si éstas son “buenas” o “malas”. Por ejemplo: si éstas requieren la existencia de armas, de drogas o de prostitución; o bien de mercenarios, mafiosos y mercados negros; o incluso tráfico de niños, de esclavos, de órganos o de emigrantes...; si todo este surtido de eficientes mercancías debe poder estar disponible para sus consumidores en las dosis adecuadas, en cantidad y calidad, según las específicas necesidades acordes con la sociedad en la que estamos, no le quepa duda al lector de que el mercado las va a proporcionar. También el mercado de políticos corruptos es una necesidad social hoy ampliamente sentida, con su oferta y su demanda en equilibrio relativo y al alza; y el resultado de dicho “equilibrio” vendrá en ayuda del funcionamiento de los demás mercados, en una especie de equilibrio general universal que para sí lo quisiera don León Walras.

Por otro lado, las empresas, gracias a la férrea disciplina que les impone el mercado, se ven obligadas a cerrar sus plantas, dejar inactiva una parte de los equipos y despedir a la fuerza de trabajo sobrante, todos ellos factores productivos convertidos en “superfluos” para las necesidades reales de la sociedad capitalista del momento. Por ejemplo, la comida, la bebida, las medicinas o los servicios de alfabetización..., que al parecer gran parte de la sociedad de consumidores (por ejemplo, en África) no desea consumir --o al menos no con la fuerza suficiente para convertirla en auténtica “demanda de mercado” (se conoce que prefieren el ocio)--, obligan a las empresas a cerrar sus instalaciones y reducir sus plantillas a la espera de que esa demanda termine por llegar.

Mientras tanto, puede que el mercado de ataúdes de talla infantil y de otros productos similares de amplia demanda en los países pobres siga desarrollándose, de acuerdo con la necesidad social, ampliamente sentida allí, de mantener muy bajos los índices de esperanza de vida (véase Hispanoamérica). Claro que, si los gustos sociales de estos parias “consumidores”, auténticos “soberanos” a pesar de todo (lo dice Milton Friedman en sus libros), se decantasen por otras formas más funcionales de volver a la tierra que los vio nacer (por ejemplo, envueltos en cómodos y “flexibles” sacos de plástico, en vez de en los artificiosos y “rígidos” féretros de madera al uso), tampoco lo dude el lector: prestas y raudas, acudirían las serviciales empresas de mercado, con una generosa oferta adicional de polivinilo y otros materiales (de vieja o nueva tecnología), adaptada a las necesidades de todos los bolsillos.

Pero, por desgracia, ése es precisamente el problema: los bolsillos. En nuestra vieja sociedad, lo que ocurre es que probablemente las manos siguen siendo invisibles porque llevan siglos hurgando en busca de la imposible riqueza de los bolsillos propios. Y sólo encuentran pobreza, claro: una y otra vez. Más, quizás, unos gramos de cinismo en el bolsillo derecho, y unos gramos de ética bienintencionada en el bolsillo izquierdo. El mercado, mientras tanto, insiste en aceptar sólo dólares. O, como mucho, euros.