CONTRA MERCADO Y ESTADO

 

Contra lo que pudiera sugerir el título de este artículo, no se trata en él de hacer una defensa convencional del anarquismo, sino de presentar una propuesta para reformar el capitalismo en la línea de lo que el difunto Marx proponía como primer paso. No ignoro que Marx murió hace tiempo, pero sé que Adam Smith aún lleva más tiempo bajo tierra, y sin embargo siguen sacándolo en procesión aunque no sea Semana Santa.

En mi opinión, las críticas morales al mercado no llevan a ninguna parte (salvo al confesionario). Mi colega madrileño Carlos Rodríguez Braun, en su artículo “El vendedor de El Corte Inglés no me quiere” (21-4-00), ha demostrado qué fácilmente se puede desmontar ese tipo de críticas, usando como blanco el artículo de mi colega barcelonés Félix Ovejero, y su “La ortopédica amabilidad del mercado” (20-3-00). Ovejero pretendía atacar dos mitos --el de la autoridad ciega del mercado y el de la economía moral del mercado-- recurriendo a la idea de la “forzada” amabilidad del vendedor sometido al control del capitalista, y de la necesidad de “compasión” y solidaridad por parte del cliente consciente de que el primero se juega cada día su puesto de trabajo. Por su parte, Braun, tras dar gracias a Ovejero por haberlo sacado de su infantil error --pensar que “cuando un empleado de El Corte Inglés me sonreía es que me quería de verdad, como mi papá y mi mamá”--, ofrece un argumento suficiente (que comparto) para contrarrestar el doble ataque de Ovejero: “no hay mercados sin justicia y no hay justicia sin criterios morales”.

A estas alturas, el lector estará pensando que tiene a la vista un artículo más de otro ultraliberal. Pero se equivoca. Pues lo que tiene delante es un raro ejemplo de los escritos que prefieren no criticar al neoliberalismo --para no irse por las ramas moralizantes de los olivos de los cerros de Úbeda-- sino atacar directamente al liberalismo. Porque, en efecto, yo no soy nada liberal, porque soy partidario de la libertad de la mayoría, no de la libertad de comercio y de propiedad de la minoría.

Los liberales quieren combinar democracia política y economía de mercado, y en esto coinciden tanto los ultraliberales (Braun, Vargas Llosa...) como sus blandos críticos habituales (Estefanía, Ramonet...). Es curioso que la presentación del nuevo libro de Estefanía en el Círculo de Bellas Artes (16-3-00) la hiciera Mario Vargas Llosa, viejo amigo de Estefanía con quien éste afirma mantener una vieja discusión: Mario “dice que yo soy un liberal vergonzoso y yo digo de él que es un socialdemócrata vergonzoso”. No sé por qué discuten, porque ambos tienen razón, y lo que da vergüenza es que ninguno de los dos se dé cuenta. Pero no menos curioso es que en la presentación del reciente libro de Braun --también en el mismo Círculo (y, oh, coincidencia, editado por la misma editorial que el de Estefanía)--, aquél apareciera flanqueado por Carlos Solchaga y Miguel Boyer, los dos exministros de Economía del PSOE más famosos, que aprovecharon la ocasión para echar flores a la política económica del PP, reconociendo el primero que “ha dado buenos resultados” y “no ha habido graves errores”, y disparándose el segundo hasta la afirmación de que esta última ha sido una etapa “muy brillante”.

El mismo día del artículo de Rodríguez Braun, a un tercer colega, Juan Torres López (de Málaga, esta vez) le publicaba El País una carta en la que, citando a Vicente Verdú, que también estuvo casualmente en la presentación del libro de Estefanía por Vargas Llosa --si es el que mundo es un pañuelo...; y el mundo de la Nueva economía, un pañuelo virtual--, terminaba rematando el chiste que recogía Verdú en su columna de 15-3-00 sobre “la actitud de diferentes profesionales ante un automóvil averiado”. Añadía Torres, graciosamente, a los cuatro “expertos” del chiste original --que culminaban con el informático, que pretende arreglar el problema aplicando al coche la panacea universal contra los ordenadores desobedientes: “salgamos y entremos de nuevo”, hasta que el aparato se pone a andar— un quinto experto: el economista liberal. Éste, orillado al borde del arcén y pensativo, se enfrenta así a la avería: “supongamos que funciona...”. Lo cual me recuerda el chiste postkeynesiano sobre la Mano Invisible que reivindica Braun en todos sus aspectos: “Pregunta: ¿Cuántos economistas hacen falta para desenroscar una bombilla que se ha fundido? Respuesta: ninguno..., porque ya se encarga de eso la mano invisible”.

Pues bien, yo también reivindico la Mano invisible, como Smith y como Marx. Sólo que, en vez de defenderla para el capitalismo actual, la reivindico para un capitalismo “reformado” y sin capitalistas. Lo que Braun llama “marco de reglas” y “justicia”, yo, que soy más prosaico, lo llamo Estado, de donde infiero que tiene razón cuando dice que no hay mercados sin Estado. Ahora bien, propongo un cambio en esas normas y en ese Estado, que, de paso, afectaría a la forma de funcionar hasta de El Corte Inglés. Se trata de un cambio muy simple: demos a cada uno de los 40 millones de españoles una tarjeta cuya información magnética contenga: 1) la misma capacidad adquisitiva descentralizada que tienen los otros 39.999.999 españoles; 2) la misma cuota (1/40 millones) de propiedad de todas las empresas (incluido El Corte Inglés) del país; 3) por otra parte, dejemos que el peso del Estado en la producción total sea el mismo que ahora (sin rebajarlo al 20%, como quería Braun en su libro anterior).

Entre los 40 millones estarán incluidos los antiguos propietarios (exclusivos) de las empresas, que ahora serán, como el resto de la población, consumidores, propietarios y también trabajadores (otro cambio de normas). La libre asignación descentralizada del 50% de la demanda nacional viene garantizada por el voto democrático (político a la vez que económico) de los “ciudadanos-tarjeteros”, donde un Botín vota ahora en auténtica igualdad de condiciones que un ex ‘okupa’ (otro cambio de normas). Los trabajadores de El Corte Inglés deberán seguir siendo amables si no quieren que los consumidores se vayan a otras empresas, lo que podría llegar a obligar a la sociedad a decidir redistribuir el trabajo desde la empresa Corte Inglés, que ya no gozaría de tanto favor del público, a otra que gozara de mayor favor.

Como ya no habría que pagar los beneficios de los antiguos propietarios exclusivos --porque ahora no se necesitan beneficios, pues un “rendimiento” normal que formara parte de los costes desempeñaría esa tarea--, la redistribución del trabajo social no significaría desempleo, sino cambio de empleo. Evidentemente, los trabajadores deberán seguir siendo amables si quieren conservar su lugar de trabajo (su puesto concreto, su ciudad), y no estarán desmotivados para esa parte de su jornada activa. Ahora bien, ésta podría ser mucho más corta, dando más tiempo y motivación para dedicar el resto de las horas a la gestión política, a la educación, al debate de los temas que afectan a cada empresa y al país en su conjunto. Todo ello rebajaría mucho, además, la propensión a la corrupción política, pues nadie podría consumir más cantidad privadamente, y el control público evitará que nadie consuma más bienes públicos.

Lo que no sospechan los liberales es que lo que el mercado inventó, en su primera fase de desarrollo, fue la forma política capitalista que hemos conocido hasta ahora, pero lo que ahora está produciendo el mercado es, paradójicamente, una nueva forma política, opuesta a la anterior, que consistirá, en breve, en un capitalismo sin capitalistas (y sin auténtico mercado). Se tratará de un mundo burgués, sin duda, pero reformado. Porque, aunque no haya burgueses ni propietarios exclusivos, aunque el trabajo y la propiedad estén socializados (ahora que ambas cosas son técnicamente posibles), el Derecho y el Estado pervivirán tras esas reformas, así como el principio de igualdad (reformado y ligado a la condición de ciudadano), que seguirá siendo, en cuanto tal, un principio burgués. Sin embargo, este capitalismo reformado deberá evolucionar hacia otras formas más desarrolladas de ciudadanía.

Tres comentarios finales. El primero tiene que ver con la que le espera al capitalismo actual en el corto plazo. Muchos no se imaginan siquiera que el estallido pueda ser tan estrepitoso, y sus consecuencias tan dolorosas, que la conmoción consiguiente borrará del mapa ideológico, por bastante tiempo, a los ultraliberales. Esto será una injusticia, porque Carlos Rodríguez Braun será olvidado y no debería serlo porque es un buen profesional. En segundo lugar, ese estallido no tiene nada que ver con el final del capitalismo porque se producirá en medio de un desconcierto social e intelectual tal (el que ahora existe) que de él no podrá salir otra cosa que más capitalismo (que, efectivamente se reproduce, siguiendo su pauta cíclica, con toda naturalidad, dando lugar cada expansión a una nueva depresión, pero también cada depresión, a una nueva expansión). La gente no ha alcanzado todavía el estadio de pensamiento que le permita ver más allá del capitalismo, y ésa es una condición necesaria para que el capitalismo termine en su continuidad cíclica. Y tercero, tendrán razón los que apuntan a las dificultades para poner en marcha la reforma que propongo (que será aun más difícil si hay que aplicarla a 6 mil millones de personas, como debe ser, en vez de sólo a cuarenta millones). Ahora bien: ¿es que no ven ellos dificultades en las propuestas alternativas y moralizantes que hacen? ¿Tan sencillo ven ellos acabar con el hambre, el analfabetismo, la explotación... a base de caridad, una caridad que se ha practicado siempre y que siempre ha demostrado su inutilidad? Que expliquen cómo lo van a conseguir: ¿haciendo lo mismo que hasta ahora?