Gobierno y mercado se dan la mano

 

 

 

 

 

 

Los liberales puros y los socialdemócratas (liberales “sociales”) también se dan la mano. Se la dan en la universidad, se la dan en los parlamentos (en los escaños, pero también en las cafeterías y en los restaurantes que hay en su entorno), se la dan en la televisión y se la dan en los gobiernos (que hoy en día son, casi siempre, gobiernos de coalición, además de sufrir los ciudadanos los efectos coaligados de esa auténtica cascada de gobiernos que va desde Bruselas a San Sebastián de los Reyes pasando, aquí en Madrid, por los palacios de La Moncloa y de la Puerta del Sol). Y cada vez que se dan la mano sólo encuentran un motivo de fricción: si les gusta el café cortado con más o menos leche, y si prefieren la leche fría, templada o ardiendo.

Pues lo mismo ocurre con el mercado y el Estado. Las dos manos que nos ahogan –la invisible y la visible, la derecha y la izquierda— hacen muy bien su papel de tenaza, la maldita pinza que nos tiene sin aliento a los ciudadanos de a pie.

Este capítulo se abre con un artículo que pretende aclarar las dos dimensiones que se incluyen –y se suelen confundir-- en el concepto de la “mano invisible” (su lado “normativo”, como si no fuera separable de su aspecto “positivo”). Se propone luego, en un segundo artículo, la única solución coherente con los intereses del ciudadano normal: oponerse a la actuación de este matrimonio mal avenido, pero indisoluble, que tiene ya comprada una plaza conjunta y doble en el cementerio del futuro. En un tercer artículo nos encontramos la cuestión de la oposición no antagónica que existe entre las dos figuras prototípicas del liberal: el práctico (Bush), que se ve obligado a utilizar el Estado en apoyo del mercado, y el teórico (Friedman) dogmático, que usa a, y se deja usar por, el primero y redacta los artículos del catecismo que recita aquél mientras aplica en la práctica lo contrario de lo que reza. Se explican en un cuarto artículo las razones del mito del “Estado del bienestar”, que no es sino la respuesta socialdemócrata al mito liberal de la “sociedad (civil) del bienestar”. Y en un quinto y último artículo se aprovechan las reflexiones de Julio Segura para llegar a conclusiones diametralmente opuestas a las suyas.