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EL DESEMPLEO JUVENIL (MASCULINO Y FEMENINO)

 

Apliquemos la misma norma de análisis utilizada en el artículo anterior al fenómeno del desempleo juvenil. ¿Por qué hay, tanto en España como en los demás países capitalistas, una tasa de desempleo juvenil tan claramente superior a la tasa media de la economía? Muy sencillo: porque, en términos comparativos, los jóvenes pueden permitirse “el lujo” de estar parados con más facilidad que aquellos que tienen “responsabilidades familiares”. Precisamente porque los mayores tienen que sostener a la familia, los jóvenes parados pueden contar con un colchón de seguridad que les permite sobrevivir estando parados y sin tener acceso a las prestaciones (contributivas o no contributivas) que otorga (siempre con cuentagotas, por supuesto) el Estado. No es que los jóvenes sean más vagos --en absoluto se está manteniendo aquí esa tesis--, sino que el colchón de seguridad del que ellos disponen (mientras sus padres, no) se combina con la estrategia empresarial de fomentar la competencia entre los trabajadores (estrategia tradicional y universal, pero siempre bien legitimada por los gobiernos de turno, sean liberales o socialdemócratas; y no sólo legitimada, sino financiada y protegida con todos los medios legales y fácticos del Estado) para conseguir que la lucha por reducir el valor de la fuerza de trabajo se libre más encarnizadamente en torno al segmento joven de la población, que, al no necesitar urgentemente la independencia familiar, la reproducción de una familia propia, etc. --más correcto sería decir: al ver eliminar esa necesidad por la esclavitud que le imponen las circunstancias--, ven constreñirse sus necesidades de reproducción, abaratarse por tanto el coste de reposición de su fuerza de trabajo, y alimentar así las necesidades de plusvalía relativa del capital.

Veamos ahora qué ocurre con el empleo y el desempleo femeninos. En la tabla 1 se observa que la tasas de actividad (proporción de la población que está en el mercado de trabajo) de las mujeres jóvenes (de entre 16 y 24 años) es, en la actualidad, casi tan alta como la de los varones jóvenes (sólo un 15% más baja en términos relativos), mientras que las tasas correspondientes son mucho más bajas para las mujeres entre 25 y 55 años (un tercio más baja que la masculina) y para las de más de 55 años (dos tercios más baja). En cambio, la tasa de paro femenina es claramente superior: dos tercios más alta (relativamente) para las jóvenes hasta 25 años, un 130% superior para las de 25 a 54 años, y sólo un 30% más alta para las de más de 55 años.

Esto significa que la mercantilización de la fuerza de trabajo femenina joven es un hecho (si se descontara a los varones que hacen el servicio militar o el civil sustitutorio, las tasas de actividad serían prácticamente idénticas). Sin embargo, el que las tasas de paro femeninas sean más altas que las masculinas, pero lo sean en la específica forma señalada, significa:

1) que las mujeres activas de más de 55 años son las que mayores responsabilidades familiares tienen, o son solteras o viudas que necesitan su puesto de trabajo relativamente más que las más jóvenes;

2) que entre las mujeres casadas con hijos pequeños y adolescentes la pertenencia a la población activa se reblandece como consecuencia de las responsabilidades familiares que la división familiar del trabajo les impone, y como consecuencia también de la dependencia económica relativa respecto al cónyuge varón;

3) que las más jóvenes tienen una tasa de dependencia menor respecto del cónyuge (la mayoría son solteras y viven con los padres o viven solas o sin hijos), pero mayor respecto de sus padres (con quienes en gran parte conviven todavía).

Digamos, para concluir, que tanto la precariedad como la temporalidad –fenómenos reforzados en los últimos años por la presencia y actuación de las Empresas de Trabajo Temporal (las famosas ETT)-- no parece que vayan camino de reducirse, sino de padecer ciertos cambios en la composición interna de las distintas figuras de contratación, como se observa en la evolución seguida desde 1998 a febrero de 2000 por las tres modalidades principales de la contratación temporal. Esa evolución se resume así: aumento de la presencia de los contratos de obra y servicio, y disminución de los eventuales temporales y de los temporales a tiempo parcial.


Tabla 1: Tasas de actividad y paro por edades y sexo

 

 

1980

1985

1990

1995

1996

1997

1998

1999 (1)

Activos (% población + 16 años)

 

 

 

 

 

 

 

 

16-19 años

46.7

37.7

32.3

23.9

24.6

23.7

24.5

26.3

 

Varones

52.4

42.9

33.3

26.0

27.2

26.4

28.4

29.7

 

Mujeres

40.5

32.1

31.1

21.6

21.8

20.9

20.3

22.7

20-24 años

59.5

60.9

67.1

60.9

59.6

59.6

59.5

61.3

 

Varones

63.1

66.9

72.7

63.5

62.5

62.2

62.5

65.1

 

Mujeres

55.2

54.4

61.3

58.1

56.4

56.7

56.5

57.3

25-54 años

62.0

64.0

70.1

74.1

74.9

75.4

75.9

76.1

 

Varones

95.7

94.0

94.1

92.4

92.6

92.4

92.8

92.6

 

Mujeres

30.4

34.7

46.8

56.0

57.4

58.7

59.4

60.1

55 y más años

25.6

21.7

19.5

16.2

16.0

16.0

15.5

15.4

 

Varones

44.0

37.0

32.5

25.8

25.6

25.5

24.7

24.4

 

Mujeres

11.4

9.7

9.2

8.5

8.3

8.3

8.1

8.1

Parados (% sobre población activa)

 

 

 

 

 

 

 

 

16-19 años

34.9

55.9

35.5

50.6

50.8

50.9

43.7

35.5

 

Varones

32.9

54.1

30.8

46.0

44.2

44.4

36.6

29.6

 

Mujeres

37.6

58.6

43.0

56.2

59.4

59.2

53.9

43.5

20-24 años

24.1

44.6

30.6

39.8

39.2

35.5

31.4

26.5

 

Varones

24.4

42.2

24.4

33.9

33.7

29.7

24.2

19.5

 

Mujeres

23.7

47.8

38.3

46.8

45.7

42.4

39.7

35.0

25-54 años

7.3

15.8

13.1

20.0