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CAPITALISMO, DESEMPLEO Y
FEMINISMO
El análisis del desempleo en
general, y del desempleo juvenil en particular, se suele hacer desde un punto de
vista poco científico, más moralizante que descriptivo. Esto es un grave error
para todo el que pretenda transformar la sociedad en la que vive, ya que si no
se comprende la realidad de los fenómenos, y se remplaza el esfuerzo analítico
de los mismos por su simple denuncia ética, no se están poniendo las bases para
el cambio que se dice estar buscando. En una sociedad capitalista, fenómenos
como el desempleo o la evolución de los salarios vienen condicionados por la
dinámica de la acumulación de capital, que a su vez se explica como una función
de las expectativas de beneficio empresarial (y de los beneficios capitalistas
efectivos). Cuando la acumulación está en pleno auge, la demanda capitalista de
trabajo crece rápidamente y eso provoca descensos en la población desempleada y
aumentos en los salarios. Por el contrario, cuando el proceso de acumulación
experimenta dificultades desde el punto de vista capitalista --debido a que la
rentabilidad obtenida por esta clase no es suficiente, a su juicio, para
mantener lo que llaman su esfuerzo
inversor--, entonces la producción mercantil se detiene o se frena, el
empleo se estanca o cae, y otro tanto ocurre con los salarios, todo ello porque,
si no fuera así, los empresarios perderían (más) dinero, cosa que iría contra
las bases de funcionamiento del propio sistema. Mientras ese sistema siga siendo
el capitalista, el beneficio lo es todo, y a él se sacrifica todo lo demás:
todo.
Esto es lo primero que hay que
entender como mínima obligación científica de quien pretenda comprender el
desempleo como fenómeno global, y sus diferentes manifestaciones particulares
como casos especiales. Una denuncia que se limite a insistir en las
desigualdades evidentes sin ir al fondo y a la raíz de las mismas, sólo puede
servir para limpiar la conciencia de forma superficial y temporal. La denuncia
casi retórica de la tasa desigual de desempleo juvenil o femenino se presta
fácilmente a la demagogia; y, en mi opinión, una revista seria dedicada a los
jóvenes debe renunciar a cualquier clase de demagogia que no sea la de los
hechos puros y duros. Para entender esto, veamos primero el ejemplo del llamado
“diferencial salarial de la mujer” (véase el Boletín que elabora el Gabinete de
Estudios del Consejo Económico y Social, llamado “Panorama sociolaboral de la
mujer en España”). Este diferencial se define como el “porcentaje de ganancia
media mensual de las mujeres sobre la de los hombres, que recoge los pagos
totales en pesetas en jornada normal y extraordinaria para todas las ramas de
actividad y categoría profesionales”. Por citar un dato, diré que en el 4º
trimestre de 1998 este coeficiente era del 76.5% (76.6% en igual periodo de
1997). Esto da muy a menudo pie para denunciar la desigualdad entre hombres y
mujeres como si se tratara de un problema generado por el machismo, y da paso a
reivindicaciones feministas que proclaman el derecho de las mujeres a hacer
desaparecer dicho diferencial (es decir, de conseguir la igualdad
salarial).
Pues bien, lo que pretendo decir
con este ejemplo es que nos sirve muy bien para comprender la raíz del típico
error de análisis que se denuncia en este artículo. La desigualdad real entre
hombres y mujeres no tiene que ver con una supuesta explotación de las segundas por los
primeros, sino que es un fenómeno “natural”, en el específico sentido de
“consustancial con la dinámica del capital”. Es la existencia del mercado, del
beneficio y del capitalismo, lo que provoca este diferencial. La razón es casi
la misma que explica un diferencial parecido entre el sueldo medio de un
trabajador (hombre o mujer) español y otro francés, o entre el de un trabajador
madrileño y otro andaluz. Sería demagogia barata derivar de estos hechos que los
trabajadores franceses explotan a los españoles, o que los madrileños explotan a
los andaluces. Con ese tipo de argumentos, lo único que se consigue es que el
capital se vaya de tapadillo y a la vez de rositas, o sea, que el verdadero
culpable desaparezca entre la maraña del discurso ideológico. Diciendo cosas así
lo único que hacemos es el juego del capital, que busca y persigue siempre y en
todo lugar la división de sus víctimas, siguiendo el antiguo principio clásico
del “divide y vencerás”.
Otro tanto ocurre con el
desempleo juvenil y el femenino, y, curiosamente, en ambos casos se puede
reproducir sin dificultad el doble ejemplo comparativo ya señalado (entre
españoles y franceses, y entre andaluces y madrileños). El que la tasa de paro
española sea muy superior a la francesa, o la andaluza muy superior a la
madrileña, no debe llevarnos a descargar sobre los llamados “privilegiados”
(curiosa costumbre, la de proclamar rey al tuerto en el reino de los ciegos)
responsabilidades o culpas, sino a entender el porqué de estas diferencias. Sin
entrar ahora de lleno en el análisis de esas complejas causas, recordemos
simplemente que, si algo tiene de verdad la tesis del “paro tecnológico”, no
estriba en la forma en que aparece habitualmente --es decir, como si el
desempleo fuera un subproducto inmediato del progreso técnico sin más; esto,
dicho así, es falso--. Si en algo se aproxima a la verdad la tesis del paro
tecnológico, es sólo una vez corregida para matizar que el desempleo en el país poco competitivo es un
subproducto indirecto del progreso técnico en el país muy competitivo. Por otra parte, hay que insistir en
que las razones de las diferencias observables entre niveles de salarios o de
desempleo por sexos tienen que ver con las pautas estructurales de la dinámica
de la acumulación de capital, y no, por ejemplo, con la puesta en práctica por
los gobiernos de turno de una política económica más o menos correcta (en el
seno del sistema capitalista, nunca puesto en entredicho).
Para explicar esto con otro
ejemplo, recurramos a la información proporcionada por la Encuesta de Población
Activa (EPA) y el Instituto Nacional de Empleo (INEM), y elaborada por las
Secretarías de Trabajo y Economía de Izquierda Unida (el 20 de mayo de 1999), en
forma de “Notas sobre la EPA del primer trimestre de 1999”. Al final de este
documento se recoge un cuadro sobre “Contratos registrados y creación de empleo
asalariado”, que abarca el periodo de 1988 al primer trimestre de 1999. De dicho
cuadro se desprende que, entre 1988 y 1995, se produjo una creación neta de
empleo asalariado de 914.000 empleos, cifra que es en realidad el resultado de
una destrucción de empleos indefinidos
(-742.800) y una creación de empleo temporal de 1.656.800 empleos.
Claramente, los datos muestran que en esos ocho años (y con independencia de la
evolución del paro, para lo que habría que tener en cuenta la evolución de la
población activa, cuyo crecimiento puede permitir el avance simultáneo del
empleo y del desempleo) se produjo una precarización evidente del trabajo
asalariado, debido a esta sustitución de trabajos indefinidos por trabajos
temporales. Por el contrario, según los mismos datos elaborados por IU, entre
1996 y el primer trimestre de 1999, la creación neta de empleo asalariado fue de
1.401.400 empleos, con un incremento del empleo temporal (+303.500) pero sobre
todo del indefinido (+1.097.900).
La tentación demagógica --en la
que caen siempre los partidos políticos que se turnan cómodamente en el poder
del Estado— es doble:
1) por parte del gobierno, la
tendencia a atribuirse los buenos resultados del empleo como mérito propio, y a
despachar los malos datos de la misma variable como culpa de factores externos o
exógenos, atribuibles a las causas más peregrinas (crisis internacionales,
etc.);
2) por parte de la oposición, la
tendencia a hacer exactamente lo contrario: explicar la bonanza del empleo como
fruto de la “suerte” de una buena coyuntura internacional, mientras se achaca a
la torpeza de la política económica del gobierno la responsabilidad de los malos
resultados.
Ambas posiciones son igualmente
erróneas, y su error se debe a las razones explicadas más arriba. Es la
acumulación de capital la que genera el movimiento del empleo y el desempleo, y
dicha acumulación no entiende de gobiernos ni de políticas económicas, siempre
que se trate de gobiernos y políticas económicas --como es el caso en España--
que no pongan en entredicho el funcionamiento de la economía capitalista, y que
se ufanen y vanaglorien de estar al timón de un Estado que farda tanto como para
ser calificado (y constitucionalmente elevado a la categoría de) “Estado social
y democrático de derecho”.