LA MALDICIÓN DE LA COMPETITIVIDAD

 

La competitividad es una de las mayores desgracias de la humanidad, y lo peor de todo es que la mayor parte de quienes formamos esta sociedad humana no nos damos cuenta de ello. Hoy existen ya los medios de superar la lucha competitiva y sustituirla por la cooperación eficiente y justa, en el seno de una democracia real donde todos tengamos capacidad de decisión, en vez de seguir sumidos en la desigualdad plutocrática que caracteriza a la economía de mercado. Pero uno de los obstáculos que se oponen a un cambio de este tipo es que seguimos dominados por la fuerza de los mitos, y cada vez más actores sociales, en principio capacitados para la transformación social, parecen renunciar a ella (lo acabamos de ver en los sindicatos y la izquierda intelectual), y no sólo en la práctica sino hasta en el pensamiento.

Los mitos de la competitividad. Se suele decir que una mentira no deja de serlo por muchas veces que se la repita. Sin embargo, hay muchos profesionales de la mentira que conocen la importancia de machacar las conciencias todas las mañanas con la misma mentira, pues, a efectos prácticos, lo importante es que algo parezca verdad (lo sea en realidad o no), y para eso, la omnipresencia sonora y visual de ciertos mensajes acompaña mucho a aquél que no tiene mucho tiempo libre para intentar escapar permanentemente de la inercia intelectual.

Los mitos que circulan sobre la competitividad son falsos, pero, como le ocurre siempre a los mitos, circulan como si fueran verdaderos. El primero de ellos es que la competitividad procede cada vez más de los países menos desarrollados, y ello debido a los bajos salarios de los que pueden gozar. Sin embargo, los empresarios mismos saben, y cualquiera que se detenga un momento a pensarlo estará de acuerdo, que bajos salarios no es lo mismo que bajos costes. De hecho, en la práctica los países y las empresas más competitivas siguen siendo aquéllos donde se pagan salarios más elevados, y ello por la simple razón de que los bajos costes unitarios (por unidad de producto, que es lo que cuenta a la hora de competir en los mercados) se obtienen como resultado de la relación entre niveles de productividad y niveles de salario por persona. Lo normal es que los países y empresas con altos salarios relativos tengan al mismo tiempo una productividad relativa, no sólo mayor, sino mayor en proporción superior, y eso es lo que decanta a su favor la capacidad competitiva. Por tanto, contra lo que pudiera parecer a primera vista, en realidad --como ya explicara Marx-- bajos costes y altos salarios van unidos (como lo demuestra la temible competencia de las empresas suizas, alemanas, etc.; o la total ausencia de huida de capitales hacia África, donde gozan de salarios tan bajos).

La ventaja de costes sigue siendo decisiva a la hora de competir tanto en el mercado nacional como en el mercado mundial. Es falsa la retórica que se ha creado en torno a los nuevos factores competitivos desligados de los costes, y centrados en cosas como la calidad, la diferenciación del producto, las redes de distribución, las alianzas estratégicas, etc. Lo que es falso no es la existencia de esos fenómenos, sino --y éste es el segundo gran mito--, la creencia de que se trata de algo nuevo y, además, independiente de los bajos costes. Esto es falso porque desde hace siglos se sabe (los economistas, los empresarios, los consumidores, todos menos los dogmáticos de la moda y las novedades) que aumentar la cantidad de valor de uso que se ofrece a cambio de una misma cantidad de valor es exactamente equivalente a ofrecer un determinado valor de uso a un valor (precio) más bajo. Aunque se compita en calidad y en diferenciación, ello no se hace en vez de competir en costes y en precios, sino a la vez que. Las dos estrategias vienen a ser las dos caras de la misma moneda, y esto sólo se le escapa a los que se dejan seducir por los cantos de sirena de los que pretenden estar a la última sin conocer la primera.

El tercer mito se refiere a la ingenua creencia en la capacidad todopoderosa de la política económica para conseguir buenos resultados en la batalla competitiva global. Si esto es un defecto típicamente keynesiano, que va mucho más allá del campo específico que nos ocupa aquí, también es verdad que debería ser aun más evidente en este caso, ya que las políticas nacionales (o regionales, provinciales, locales, etc., porque esto vale como principio universal) a favor de la competitividad propia se compensan y anulan mutuamente entre sí. Lo mismo que algunos ingenuos creen que las compañías de automóviles, por poner un ejemplo, ganarían más dinero si no dedicaran tanto a intentarnos vender cada uno de sus modelos (gastos publicitarios = derroche), sin caer en la cuenta que la estrategia común les beneficia a todas (porque si no hubiera publicidad de coches se comprarían muchos menos, y ese dinero iría a otros fines) --esto es un buen ejemplo, por cierto, de lo que algún clásico llamó el comunismo capitalista-, así también ocurre con la competitividad. El que cada patronal local le pida a su respectivo gobierno ayuda para defenderse de la competencia (calificada siempre de salvaje, desleal y otras lindezas por el estilo) que supone la política industrial que aplica el país vecino (y rival) se traduce, al final, en una transferencia de recursos netos de todos los gobiernos hacia todas las patronales, justificada con la coartada conjunta de la amenaza competitiva (lo más lamentable de esta situación es que los sindicatos, incluido aquél al que estoy afiliado, reproduzcan tantas veces un discurso tan similar al de la patronal).

Si uno gana, los otros pierden. El cuarto mito es la creencia de que la competitividad puede beneficiar a todos los que participan de la batalla competitiva. Esto equivale a tragarse sin rechistar la píldora de la economía liberal, ya sea a palo seco, ya sea mediante el trágala azucarado del famoso Estado del bienestar, con sus medidas sociales. El Estado del bienestar es otro importante mito --pero esto exigiría otro artículo, y no podemos analizarlo aquí--, que anda viento en popa en este periodo de predominio neoliberal, que ha llevado a tantos hacia el Mar de los Sargazos de la supuesta edad de oro keynesiana del periodo de crecimiento económico de los cincuenta y sesenta. ¡Con qué poco se conforman hoy algunos, que tanto pedían ayer!

En primer lugar, si uno gana posiciones en el mercado mundial es a costa de otros muchos que las pierden. Aquí sólo sale en la foto el que se lleva la medalla de oro o, cuando menos, sube al podio. A los finalistas, que les parta un rayo; y de los que ni siquiera se clasificaron, ¿qué decir...? Por otra parte, la ola de nacionalismo que nos invade nos está llegando realmente hasta el cuello, pues ¿qué me importa a mí que mi país gane competitividad en el mercado mundial si yo, u otros como yo, nos vemos condenados al paro y a la precariedad laboral en aras de un forzado sacrificio ante el antinatural altar de unos Marte y Mercurio trasmutados, de benéficos amigos griegos, en malignos Malochs orientales?

¿Es posible una política económica alternativa sin una Economía política alternativa? El análisis de la realidad nos tiene que ayudar a comprender también las ideas. Por eso, no podemos perder de vista que mucho de lo que está pasando en el movimiento obrero mundial --la aparente pérdida permanente de posiciones, el generalizado retroceso sindical, el amarillismo y oportunismo como fenómenos crecientes, etc.-- tiene que ver con las propias circunstancias sociales y económicas en las que se ha desenvuelto el último cuarto del siglo XX, y en particular con la fase depresiva de la última onda larga de Kondrátiev, de la que todavía no ha salido la economía mundial (y de la que está por ver si se podrá salir sin una previa, y dolorosa, traca final que cogerá por sorpresa a casi todos). Las famosas globalización, burbujas financieras, economía de casino...; el prurito de intentar seguir el paso al frenético ritmo que imponen las megafusiones empresariales con la invención de un nuevo término/sortilegio cada día, nos hace olvidar muy a menudo lo esencial.

Y lo esencial tiene que ver, en mi opinión, con cosas como ésta. Yo trabajo en una Facultad --la de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM-- donde, sin duda, todos los días aprenden los estudiantes muchas cosas, cosas que les cuentan unos colegas de muy distinto signo ideológico, etc. Pero parafraseando a quien dijo aquello de que “la cultura es lo que queda después de que se ha olvidado todo”, yo añadiría que el mensaje que le transmite mi facultad a los que terminan la carrera, al cabo de 5 años, es básicamente uno. Es el mensaje que constituye el meollo del auténtico pensamiento único, que no es sino la ideología dominante de la clase dominante. La idea --expresada con todos los matices del arco iris partidista y electoral-- de que mercado y democracia no sólo son compatibles sino que se necesitan mutuamente.

Nada hay más falso, al menos para quien quiera ir más allá de las apariencias. Los neoliberales quieren más mercado y menos Estado, y se apoyan para ello en la Economía neoclásica. Los socialdemócratas quieren más Estado y menos mercado, y se apoyan en ese liberal con mejor prensa que se llamó John Maynard Keynes. Ahora se dice que el corazón late a la izquierda, pero se olvida, que el cuerpo necesita de sus dos mitades. El cuerpo de la economía de mercado necesita un cerebro con dos hemisferios: mientras el derecho reclama más mercado, el izquierdo se conforma con intentar someter al mercado al control del Estado. Ambas mitades olvidan que lo que mantiene a ese cuerpo con vida es la conformidad biológica de cada uno de los órganos que lo constituyen. Ambos se necesitan y ambos ocupan el lugar que les corresponde.

Pero de lo que se trata es de sustituir ese cuerpo por otro. No se trata de que el mercado tenga muchos fallos, sino de que el fallo es el mercado. La competitividad no es sino la expresión descarnada y cínica de la competencia, otra forma de describir la realidad capitalista. Muchos se complacen en llamar utópicos e idealistas a quienes todavía hoy se atreven a poner en entredicho la sociedad actual. Esos realistas pragmáticos... simplemente se han acomodado. Pero olvidan que hasta ellos son capaces de cambiar, y lo harán cuando las circunstancias así lo exijan. La plutocracia capitalista se basa en el criterio de “una peseta, un voto”, y esto vale igual para un Consejo de Administración de la multinacional más grande que para la más pequeña transacción de mercado de barrio. Quien tiene mil millones de euros vota mil veces más que quien tiene uno solo. Y así cada día. Mientras la humanidad no se dote de un sistema que le permita acabar con esa falsa (y farsa de) democracia tardo-censitaria, y hacerlo en el día a día de las decisiones comunes y corrientes, el sistema no será de mi agrado y yo estaré ahí para recordarlo. Que me llamen lo que quieran, pero que conste desde cuándo lo vengo diciendo. Dixi et salvavi animam meam.