|
|
|
|
Maldita
competitividad
Los
liberales hacen bien en defender la competitividad porque parten de la defensa
abierta de la competencia –es decir, del lucro, la maximización del beneficio y
el mercado--. En un contexto competitivo que aspira a ser eternamente
competitivo, lo “lógico” es defender la competitividad, es decir la “nuestra”
(de nuestra empresa, nuestro sector, nuestro país, etc.), nuestra mayor
capacidad frente al peligro que suponen “los otros” (los rivales). Los
criptoliberales –es decir, los socialdemócratas, los sindicatos, los críticos,
que son liberales sin saberlo, al igual que el señor Jourdain hablaba prosa y no
se había enterado— quieren encontrar la cuadratura del círculo y mezclar el agua
con el aceite. Hablan continuamente de lo social, lo político, y todo lo que hay
que usar para controlar y domar el mercado, pero no se olvidan de defender
nuestra competitividad porque nunca se olvidan de ser
“realistas”.
Que
hablen de cooperación y de que “otro mundo es posible”, pero al mismo tiempo
sigan creyendo en la necesidad de fomentar sólo “nuestra” competitividad
–competitividad que ellos no son capaces de distinguir de la eficiencia sin
capitalismo porque se han tragado, íntegro, el discurso liberal que convierte al
capitalismo en algo eterno—, demuestra que defienden lo mismo que los liberales
puros, pero con una serie de contradicciones en las que los liberales sin
complejos no caen.
En
un primer artículo de este capítulo se desarrollan los mitos más importantes que
se han creado en torno a la competitividad –y cómo en este punto, la academia y
los medios de comunicación se dan la mano--; en otro más antiguo se ponía ya
énfasis en contrarrestar el principal de esos mitos, que liga la competitividad
con los bajos salarios --¡cuando de hecho lo que hay en el mundo es
competitividad con altos salarios, como norma capitalista!--; y un tercero, el
más reciente de los tres, hace un repaso de las razones que convierten a este
azote de la sociedad moderna en una auténtica plaga y una maldición sobre todo
para los que estamos presos de los dueños de la competitividad (es decir, de
quienes, gracias a la apropiación privada de los logros sociales de la ciencia,
la técnica y la producción, dominan el mundo y nos
someten).